.................................. Endeveras, no sé pa'qué me ha sonsacao tantas cosas.
La memoria es com'un aljibe que juntase l'agua del tiempo. ¡Ya
he baldiao bastante! Lo que l'he contao es la verdá mesma. Tan
verdá como que me llamo Proto Orosimbo Ochoa.
Los
Ochoa
El Juido
(El Patriarca)
Sí, mi amigo, soy santafareño,
santafesino que le dicen, de Esquina de la Guardia, acordobesao
en Cruz Alta y Cabeza del Tigre. Mis andanzas
comenzaron como pioncito de posta, cuarteador y qué sé
yo.
Dispués de la licenciada del 83, cuando vine
a dar con los huesos en esta Villa, aquellas andanzas no me pesan ya.
Son como saltos de langosta en el recuerdo. Hasta me parece que n'hubiese
sufrido nada yendo una y mil veces de Esquina del Lobatón
a Saladillo de Ruiz Díaz, a Zanjón,
a Fraile Muerto, a Tres Cruces, a Capilla
de Dolores, a Esquina del Abogado, a Arroyo
San José, a Cañada de Luca, a Corral
de Barrancas, a Arroyo Chucul y la Concepción
del Río Cuarto. Saltos de langosta. Tas, tas, tas...
Mocito ya, me capujaron las levas. Anduve por campamentos,
cantones y fortines tres años enteros. Jui trompa del coronel
Victorino Ordóñez en la Punta del Sauce. Cuando
lo mataron los indio el 64, la guelta de las cosas me ataron a las órdenes
del general Victoriano Rodríguez.
Mientras tuve a su servicio, murió gente que
daba gusto. Sesenta muertos en la lucha de la cevilización contra
la barbarie... No: ríase, macaneo... El indio vivía mejor
qu'el cristiano. Entre la milicada, el hambre y los piojos de la frontera
y la mugre gorda de la toldería, me quedo con ésta. Y
tan me quedo, que dos vece me refalé más allá del
Río Quinto al pago de Mariano Rosas. Ricuerde. Lo mesmo le pasó
a Martín Fierro:
Anduvo siempre juyendo
Siempre pobre y perseguido;
No tuvo cueva ni nido
Como si juera un maldito;
Porque el ser gaucho, carajo
El ser gaucho es un delito.
Fruncido por la necesidá y el frío,
pa'escabullirme la primera vez pasé las de Caín. Porqu'en
invierno hay qui'hacer la cosa: cuando la gente s'escuende bajo cueros
de oveja o se'arrejunta en los fogones, cogote con cogote, como batatas...
Esa vez¡ay mi madre!me salvó
un pantano más hediondo qu'hígado podrido. Me hundí
cagao de frío, respirando por un canuto, hasta que se perdió
de vista la partida. Menos mal qu'había sol, y tuve tiritando
hasta que se secaron mis pilchas con más tajos y remiendos que
billar de campaña.
No creiga, amigo, que juir es lindo, durante y dispués.
Al que ruempe la consigna una ocasión, le cargan tuitas las infamias.
Lo chichonean a mansalva. De perro p'abajo, le dicen de todo. Ricién
cuando le abrí una canaleta en la panza al resabiao de Casildo
Cueva, la farra si'acabó.
Pero tuve que seguir aguantando dend'el sargento
al comendante. Pa'ellos, que cobran sueldo y pichulean con coimas y
abastos, la patria es sagrada. Pero pa' mí, que jui mozo
de leva, como se decía entonces, y siempre carne de chuza
y chumbo, la cosa es diferente. Nu'hay más salvación qui'alzarse.
Ser un animal alzao que guelve a juntarse con la chusma cimarrona de
l'indiada.
L'última vez fue dend'el Fuerte Necochea.
No daba más. Uno aguanta di'aguantador qu'es. Pero ese alférez
porteño me raspaba las pelotas por cualquier macana.
Más malo que pegarle a la madre, andaba siempre
con una camisa color verdolaga que daba risa. ¿Qu'iba'hacer uno
sino ráirse? Engréido, sacaba'relucir el apeyido. El apeyido...
¿Acaso el apeyido li'agrega sabor al puchero, mocha l'espina a
las penca, le quita olor al zorrino?
Sindudamente, tenía un entripao conmigo. Ta
bien que jui criao a sopapos de posta en posta, ta bien que nadie dé
tres patadas por mí; pero me calientan los compadre. Ya seco
de sus parada, dije para mis entretela: Largate, Proto: pa 'maneador
es largo. Y dispuse que a la primera de cargo no debería
ni podería recular ni'un jeme.
Así paso. Mesmamente por la pavada de tocarl'el
culo a una fortinera de su'amistá se me vino al humo. Pa'qué
contarle. Gueno, sí, le contaré:
¡Guacho! Sotreta pasmaocomenzó.
Te vo'a enseñar.
Deslenguao de mierda ¡no se me desacate!le
retruqué.
¡Yo desacatarme a vos! ¡Habráse
visto!
Le pareció irrisión mi contesta. ¿Ande
si'ha visto que haiga desacato sólo di'abajo p'arriba? Por más
alférez que juese, él se desacató conmigo. Yo me
cago en los galones cuando no me respetan. Debió tener un conceto
muy chiquito de la ley pareja, pues áhi nomás se me vino
encima, echando espuma, con el sable desenvainao.
Tranquilo, li'abarajé la muñeca. Le
pegué una patada tremenda en la caniya. Y cuando empezó
a doblarse a causa del dolor, lo solivié, y con su mesmo sable
empuñao se golpió... Gueno, lo golpié del lao zurdo
rebanándole l'oreja.
Tranquilo, monté un lobuno panza blanca (no
del todo) y me juyí a un escondite que conocía, pasando
la Laguna Alegre, en el Monte de la Vieja. En
el hecho hubo testigos: milicos, gauchos reclutas. Pero si vieron, no
vieron nada; si oyeron, no oyeron nada. Es lo convenido. Hoy por mí,
mañana por vos. Naide se priesta a joder a naide en ese juego
de cepo, consejo de guerra, capilla y cuatro tiros.
Anduve de noche solamente. Cuatro días. Me
gusta l'amistá de l'oscuro. Pa'los junagranputa que persiguen
resertores, un jinete de día es tan fácil de ver y sentir
com'un animal muerto en un médano. Ansina orillé la Laguna
del Pollo y gambetié Zorro Colgao, Tremencó
y Chamalcó, rumbiando pa' Leubucó.
Pero no llegué entuavía. En l'oría
de la Laguna de Calcumulén estaba coloriando l'alba
cuando m'encontró acostao en el apero un indiecito como de diez
años, jetón, porrudo y chueco hasta decir basta. Un cuzquito
toriador que traiba m'empezó a ladrar.Juera, perrole
grité. Y cosa del diablo se cayó. Risulta qu'entendía
el cristiano y que el chico era indio sólo la mitá. Su
mamá era de La Carlota, cautiva de un capitanejo.
Me dejó tarumba la noticia. Y más tarumba
saber que se yamaba Felisa, igualito a una julana que li'arrastraba
l'ala cuando servía al taura de Victoriano Rodríguez.
Nunca supe más d'ella. ¡A lo mejor sea la mesma Felisa escarciadora,
que siempre tráiba chorriando el mate!...
Con un yesquero que me sobraba conquisté al
tapecito. El rancho'staba cerca. Rancho... es un decir. Eran ramadas
sobre una tapera en medio d'un tunal. Algo debió adelantarl'el
chico, porque apareció una mujer pálida y sucia que m'indicó:
Abájese y desensiye.
Reconocí a Felisa. Asemejaba una bruja di'avejentada.
Pero era l'único suave, sin punta, en esa miseria espinosa. Me
senté en una cabeza de vaca y empezaron a olisquearme los perros
que había. Perros y más perros, muertos di'hambre, oliendosé'l
trasero, mordiendosé los garrone. Perros lagañoso, llenos
de garrapata, rascandosé hasta sacarse chispas. Perros con nombres
pampaChandi, Tromén, Carubé, Pichiaullando
cuando lo'echaban; y perros con nombres huincasJazmín,
¿Cuál?, Lulú, Porfiaoaullando cuando venían...
N'hubo más rimedio qu'empezar a patadas y
coscorrones pa'sacarselós d'encima. Charlamos, claro, charlamos
arrempujando la charla con algunos bastimento que tráiba. En
eso, a través di'una alpiyera colgada, puerta y cortina a la
vez, vide unas cosa que relucían. Me fijé bien. Eran un
cáliz de plata, una sopera de loza y un moliniyo de café.
¡Válgame Dios, las cosa que
roban en los malone! pensé. Más inútiles
no pueden ser. En estos descampao son tan al pedo como los bolsiyo pa'los
manco...
¿De qué te réi?saltó.
Macanas que se me'ocurren, no más.
No. Vos te rei de mi disgracia.
Pero m'hijal'animé palmiandolé
la paleta por entre las hilacha. ¿Cómo te crés
eso?
¡Pobre! La dejé que yorara cuanto quiso.
Nu'hay nada mejor. Dejeló al triste que yore, pa'qu'el yanto
lave esa roña del alma que son las pena.
Mal que mal, la pasé mejor en esa tapera que
haciendo de gaucho matrero. Hasta me acosté con ella, atención
que agradeci de guena gana acostandomé de nuevo, a su pedido...
El capitanejo de Felisa no vino ese dia ni el siguiente.
Asigún me dijo debia andar en alguna correria. No tuve ni'un
jerónimo de duda. Pero yegaron otros ranquele. ¡Viera la
pinta! Con las chaquetiya y los kepise que les regala el gobierno rotos
y mugrientos sobre las greña y el cuerpo sobao con grasa. Eso
si, las lanza de seis varas bien afiladitas, adornadas con penacho de
pluma de flamenco.
Dejuramente, Felisa los apalabró, pues me
trataron muy bien. Al atardecer mesmo me yevaron al toldo de Mariano
Rosas. No'staba. Pero'staba un puntano léido e escrebido qu'hace
de tinteriyo.
M'hizo un interrogatorio en forma. Comprendió
mi caso, qu'era también el suyo, y me adelantó que dentraria
ni bien hablase yo al cacique.
Ansina fue. Como entiendo su lengua dende l'otra
vez, esa experiencia me vino al pelo. Hablé hasta por los codo.
Y me destinó a su escolta, pa'tener cerquita mis conocimiento
de los huinca.
El indio pampa obedece siempre. Obedeciendo tamién
uno, nu'hay problema. Porque si'uno s'encula, asunto concluido: será
una osamenta más perdida n'el pajonal.
Gueno, dentré a vivir en los toldo. Usté
no sabe lo qu'es l'hediondez de la chusma. Se junta mugre y piojo a
discreción. Jede una barbaridá. Es un olor que se pega
como choncaco, que penetra en la sangre y sale pol sudor y el aliento,
por los mocos, los orines y la mierda.
Masomeno, tuve dos año entre los ranquele.
Haciendo lo qui'hacen ellos: rascars'en las tolderia y pasar a degueyo
en los malones. Robar hacienda y adiestrar cabayos. Y cuando les suebra
el tiempo, chupar y pintarrajearse.
Es gente rara, pa'entenderla de golpe. Sabe peliar,
no trabajar. Naide maneja chuzas y boliadoras con su baquía.
Agil pal'ataque y la defensa, no vale un pito pa'cosas di'utilidá.
Su istinto alerta en la lucha parece embotao pa'mejorar su situación.
Pero no se quejan. Taimados, haraganes, los ranquele confian más
en robar qu'en arar y sembrar. De mientras matan y saquean, y disponen
de achúcar, yerba, aguardiente y tabaco, todo es
ñampilln, diversión par'ellos.
Hay qu'estar en sus pago cuando llegan a galope tendido
de una correria provechosa. Son propiamente demonios enfurecidos. Gritan
desaforadamente, golpeandosé la jeta con la palma de las mano:
¡Ba-ba-ba-ba-ba-ba-ba! ¡Ñampilln!
¡Huija, huija! ¡Ñug mapú, ñampilln! ¡Ba-ba-ba-ba-ba-ba-ba!
Masomeno dos año pasé'n Leubucó.
Mentiria si mal. Par'un condenao a muerte, como de fijo era yo, esa
permanencia fue también ñampilln: un paseo, una diversión.
Y algo más: una enseñanza. Áhi aprendi que'el hombre
asciende'nel trabajo pasando de gaucho a pion, lo mesmo qu'en la tropa
se pasa de recluta a cabo.
Un día estando viendo cómo los indio
variaban un parejero, senti una de chiflidos y chiflidos de la gran
puta. Doblé la cabeza y vide al tinteriyo puntano con los dedos
grandes encajaos en la boca. Dispués, moviendo los brazo como
espantapájaro en el vendaval, me gritó:
Vení. ¡Vení rápido!
¡Está por llegar el Coronel Lucio V. Mansilla! Un chasque
acaba de tráir la novedá.
Por Dios, era cierto. Al'hora nomás, al frente
di'un pelotón de dieciocho personaslas contéllegó
al toldo del cacique Mariano Rosas el Comendante en Jefe de la Frontera
en el Rio Cuarto. Yo conocia al coronel Mansilla por las mentas... y
otras yerbas, más blandenguerias que gauchadas. ¿Qué
pastel era ése, entre el ahijado y el sobrino del Restaurador?
Lo cierto es que venia jarifo en su pingo, bordeado por dos frailes
franciscanos más saludadores que teros de laguna.
Las cautiva yoraban de puro pálpito. Era un
bochinche flor. ¿A qué vienen?preguntaban todos. Que
lo averigue Vargas. ¿Acaso el pobre sabe alguna vez lo que los
rico conviersan?
Gueno, esa vez lo supe. Faltaban lenguaraces p'atender
a tanta gente en los parlamentos y saludos; pa'cambiar ideas y regalos;
pa'negociar cautivos y otras cosas más.
Yo era amigo de Piutrin y Duguinao. De dos de los
hijos del cacique, pues de los otros varonesEpumer, Waiquinir,
Amunao y Lincolnmejor ni hablar: eran la piel de Judas con sarna
afuera y adentro... D'este modo jue que m'entreveraron en muchas chácharas.
El fraile joven, llamado Moisés Álvarezcordobés
astuto y buen mozón pa'mayores señasme agarró
de traductor. Mejor, de apaciguador, porque ¡s'armaba cada discusión
cuando queria cristianar y casar salvajes! Los ranquele no crén
en nada. Y eso de qu'el Niño Jesús nació de la
Virgen Maria no les dentra ni a cañonazos. Del infierno ¿pa'qué
hablarles? Responden que ya lo conocen: es la calamidá que les
trái el gualicho de los huinca...
El costao lindo de la tarea fueron las fiesta, comilonas
y chupandinas qu'el cacique principal y los capitanejos ofrecieron en
honor a la comitiva durante la visita a Leubucó. Como lenguaraz
tuve en todas ¡en todas! mamandomé ni bien los curas s'iban
a su toldo.
Y aquí viene lo gueno. Por medio del fraile
m'enteré qu'el alférez desorejado en Fuerte Necochea
había sido muerto di'un trabucazo en el Saladillo de Ruiz
Diaz. El mocito confundía bravata con bravura, y se l'insolentó
a un capitán de paso. Enterrao en ese lugar, su cruz de palo
verde es un churque más en l'inmensidá.
Entonce fue la mía. Lo trabajé al curita
pa'qu'el coronel Mansilla me perdonase. Total, muerto el perro se acabó
la rabia... Pero en el ejército nu'es asi. El coronel alegó
que lo mio er'una insubordinación muy grave; y la muerte del
alférez una cosa justa en defensa de la jerarquia militar.
¡Mire las palabra qui'usan pa'joder a quien rebana un'oreja y no
a quien quita una vida!
Mañoso, mañereando, poniendo mil incordios,
al fin me concedió el perdón. El padre Donati, que medió
pa'conseguirlo, me dijo que fue un parto dificil. Tan difícil
como otro parto de su mala voluntad cuando, pa'congraciarse con Mariano
Rosas y su hermano Epumer, les regaló el puñal de cabo
y vaina de oro y plata y la capa colorada que queria tanto.
Yo'staba en tan guenas migas con Piutrin y Duguinao,
que su padre me autorizó a ausentarme cuando quisiese. L'ocasión
se presentó clinuda y l'agarré. Dispuse entonce que m'iria
con la tropa de carga de la comitiva. Y asi fue.
Pero antes, aconsejao por Chañilao, lenguaraz
y baquiano de confianza del hijo de Painéun tal Manuel
Alfonso, nativo de Villa de la Concepciónfui a ver a Felisa.
Yené dos alforjas con ropas, botines y articulos que me agencié
pechandoselós a los frailes. Y una tardecita frescona rumbié
a la tapera de Calcumulén.
¡Ay, cómo yoró agradecida al ver
aliviada su miseria! ¡Cómo yoró de contenta al ver
la sopera yena de golosinas pa'su hijo! ¡Cómo yoró
de risa al ver que molia café su moliniyo!... Entonce le dije
que podia yevarla también. Qu'el Padre Donati habia gestionao
su liberación. Pero no quiso, en asoluto. ¡Es al ñudo:
cuando un pingo se aquerencia adora hasta los abrojo!
Felisale roguées l'oportunidá
de su vida. Vengasé con nosotro. La yevamo.
No. ¡Cómo voy a abandonar a m'hijo!
¡Nunca!
¡Bah! ¿Por ese tapecito jetón,
porrudo y chueco se va' sacrificar usté? Vamo. No sea sonsa.
¡Jamás! ¡Es m'hijo y es hijo
d'él! Serán todo lo que quiera, pero los dos me quieren.
Son tristes las despedidas. Ésa no se me olvidará
mientras resuelle. Yorando mocosamente se me prendió al pescuezo.
Aflojó luego con una aflicción resignada. Y cuando'staba
montando corrió, y m'entregó el cáliz de plata
de recuerdo. Entonce ¿pa qué voy a negarlo?
yo tamién yoré.
Van'hacer quince años que golvimos de Leubucó.
El cáliz fue a parar a manos de los franciscano. Nada más
justo. En mi soledad bichoca, la mar de veces se me presenta com'una
aparición en la vislumbre el Jefe de la Expedición. Nos
réimos juntos: él de mis diabluras; yo de sus chacotas
y las bondades que dispués me dispensó. Y no puedo con
mi genio y yo también grito:
¡Ese coronel Mansilla toro!