Decio 8A
AVISO Una vez terminada esta
novela, estando vivo el protagonista, fue sometida a su consideración. LA ESCALERA Cuenta el relator Cuando Décimo Ochoa (10¼ 8A), al ingresar al Colegio Nacional,
de motu proprio se convirtió en Decio Ochoa, reveló
tres cosas: a) su ruptura total con la tradición familiar; b)
su rebeldía a la nomenclatura ordinal que usaban sus parientes;
c) su acierto al contraer elegantemente su nombre. Hacía frío esa madrugada de mediados de otoño.
Decio se coló en el tren hasta la localidad próxima. En
la estación de servicio del pueblo, acababa de descargar nafta
un camión tanque. Pocas palabras bastaron. Ese transportador
lo aceptó en su cabina. Había pescado su firme designio
de abandonar la población en la propia confianza con que actuaba.
No anduvo con titubeos. Le planteó su problema. Y lo comprendió
en el acto, porque, siendo muchacho como él, pasó por
un trance similar. GRABACIÓN: Nunca olvidaré a ese camionero. Se
llamaba Camilo de Juan. Tenía cara de candado y puños
de llave inglesa. Hice con él, durante meses, los viajes más
imprevistos y extraordinarios. Su Volvo me abrió como
un abanico los panoramas del país. Fuimos hasta casi las fronteras
de Brasil y Paraguay. Adonde lo mandaran, yo sumaba mi curiosidad y
mi desinterés. Porque jamás le acepté paga o retribución
a mi ayuda y compañía. Me bastaba, como sueldo, su seguridad
y experiencia; y como viático la amistad que necesitaba la fatiga
y la tensión de los trayectos. Durante los largos recorridos que hicieron en el camión-tanque
manejado por Camilo de Juan, más que la vecindad de los cuerpos
los unía la atención que rodaba en el camino a través
del parabrisas. Sí, allí adelante, en la intemperie de
las noches, mientras cae el silencio cósmico a la par del rocío,
se juntaban los pensamientos de sus mentes concentradas. COLLAGE: San Antonio de Areco (de un enviado especial) El accidente El Peugeot había partido de Pergamino a las 7.30 manejado
par su propietario, don Venancio Ríos. Acompañábale
su esposa, Doña Julia Lebon de Ríos, y tres hijas: Clara,
Celia y Clotilde, de 19, 15 y 11 años respectivamente. Las víctimas De inmediato, los conductores de otros vehículos que transitaban
por ambas rutas y que presenciaron el accidente dieron aviso a las autoridades,
las cuales acudieron enseguida lo mismo que ambulancias del hospital
municipal y Clínica Morgan de la localidad. Opiniones sobre el cruce Vecinos del lugar, próximos al cruce de la ruta nacional
8 con el camino 41, señalan que éste no es el ni será
el último accidente. "Casi todos los días choca alguien,
con terribles consecuencias para algunos". Indican que el trazado
del falso road-point es una trampa mortal en el kilómetro
110 de la ruta nacional 8. Urgen, pues, medidas de vialidad para orientar
correctamente el tránsito y evitar estas funestas consecuencias". (Clarín, 7VII196...)
Advertido por el que muchos datos de la realidad
habían sido omitidos, confiscados o transgredidos en
ella por la imaginación del autor, pedí a su arbitrio
las enmiendas y agregados que la veracidad le sugiriese.
Mi solicitud ha sido satisfecha. Obedecen
a ello las grabaciones que, a manera de collages, han
sido incorporadas al texto con un tipo de letra distinto.
Fecho lo cual, obviamente, la peripecia cobra
cabal identidad.
PRIMERA PARTE
¡Al carajo esa manía de numerarnos
que viene desde mi bisabuelo! Desde que se le ocurrió la boludez
de bautizar así a sus hijos Primo, Segundo y Quinto, los demás
extremaron la nota. ¿Por qué Sexto en vez de Sixto; por
qué Octavo en vez de Octavio? No los entiendo. Y menos el colmo
de haber sintetizado en cifras el nombre y apellido: 1¼ 8a, 2¼
8a, 7¼ 8a... ¡Hágame el favor!
En realidad, el albur lo había puesto en otra
órbita.
La enfermedad consuntiva de su madre, sola, abandonada
en un rancho desquinchado en Estación La Gilda, lo hizo a él
párvulo de meses depositario de la compasión
del vecindario.
La esposa joven de un chacarero sin hijos, se apiadó
a fondo al morir Doña Novena Ochoa en la más atroz de
las miserias. ¡Pium desiderium! A no ser esa decisión,
el chico una gurrumina flacucha y panzona a la vez hubiera
ido a parar al cementerio local junto con "la Nona", la popular
Nona, en la fosa de las maldiciones que se cumplen. Decimo tuvo suerte.
Y con todos los síntomas de la desnutrición, con todos
los harapos percudidos, entró a su casa. Mejor, entró
a su regazo nostálgico, nido de ternura superior a cualquier
amparo seguro.
En efecto, el matrimonio de Casilda Agüero y
Evaristo Puy parecía condenado a no tener hijos. Parecía...
Porque sucedió lo de siempre. La mujer presunta y desencantadamente
estéril, no lo era. Confluían en ella los factores inhibitorios
que originan la ansiedad de ser madre. Su frustración estaba
en un círculo vicioso. La feliz circunstancia de adoptar a Décimo
la sacó de él. Entonces, la preocupación por cuidar,
alimentar y mimar al pobre y esmirriado huerfanito, a los pocos meses
de tan noble consagración obró el milagro de borrar su
histeria. Y poco después, como premio quedó embarazada,
exhibiendo por doquiera su rotunda gravidez como un trofeo.
La infancia y pubertad de Décimo Ochoa, en
casa de sus padres adoptivos, fue la de todos los chicos que tienen
la fortuna de pertenecer a un hogar normal. Normal (en apariencia),
no regular; porque la regla es el desquicio de los sentimientos y el
desbarajuste de la economía.
Hubo, sin embargo, graves problemas en torno al hijo
postizo cuando nació el hijo legítimo. Más aún,
mientras crecieron casi paralelamente en el ámbito hogareño.
La preferencia natural a lo genuino comenzó la tarea paulatina
de desplazar al intruso, hasta relegarlo a las sobras del afecto, a
los requechos de la comodidad. Mas, como acontece a menudo, la naturaleza
se venga favoreciendo al menos afortunado. Y Décimo fue el parangón
saludable de las enfermedades y el ejemplo obligado de las vicisitudes
escolares que padeció "su hermano", Evaristo junior.
Acota el protagonista:
Sí, mi "hermano", entre comillas
de sorna...
Siendo casi un mocoso, había advertido la
diferencia de trato que nos dispensaban "mamá" y "papá".
Me resultaba algo incomprensible. Tales diferencias constituían
fragrantes injusticias que debía soportar sin chistar, pues,
de lo contrario, se hacían más funestas con el castigo
que me daban.
Data de ese entonces, más o menos, la taimada
explicación de mi origen. La explicación que revela todo
sin decir nada. De buenas a primeras, al festejarse los diez años
de Evaristo, me ordenaron: De hoy en adelante nos llamarás
madrina y padrino. ¿Entendés?
Mentiría si consignara que sufrí con
ello. No puedo quejarme. He tenido y tengo la suerte de ignorar quién
fue mi padre y la suerte mayor de que mi madre rutera y puta de
rastrojo muriese antes de fijar en mí su recuerdo. Ese
doble privilegio me brindó la oportunidad de usufructuar la relativa
caridad de esos padres de repuesto.
Evidentemente, habían mermado su cariño
a una dosis casi mínima. Mas no pudieron negarme del todo su
aprecio. Mediaba una razón importante. No sé si por don
innato, por viveza o mayor atención en clase, mis calificaciones
en la escuela primaria ofrecían un contraste aleccionante con
las de Evaristo. Y bajo ningún concepto quisieron desaprovechar
mi carácter de ladero, mi influencia de guía y consultor
a mano, para el haragán de su hijo.
Pibe de catorce años, al ingresar al colegio
secundario, poseía ya una filosofía personal y un propósito
deliberado: pasarla lo mejor posible; no enojarme por nada; salir del
paso sin rencores cuando algo mío se insinuaba como estorbo.
De cualquier modo, por mal que fuera, siempre estaría mejor con
ellos que llevando vida de huacho al azar de las cosas.
Convertido en recuerdo esos infortunios, desde el
promontorio de libertad en que me hallo, recompongo mi pasado de hijo
adaptivo. Adaptivo, no adoptivo; pues jamás "adopté"
esa convivencia mezquina como cartabón de un vivir permanente.
Las disensiones, débiles al principio, se
tornaron recias al matricularnos al tercer año. Mi madrina, ya
madre de tres hijos y otro en viaje, era otra persona. La evoco con
asco.
Recuerdo sus carnes desparramadas, sus delantales
sucios y unos olores menstruales que todavía me trastornan. No
dejó maldad por hacer en complicidad con Evaristo. Dedicó
sus horas en mortificarme, acentuando las preferencias y el desprecio.
Una tarde, remendándome un bolsillo del pantalón,
gruñó:
Es la última vez que lo compongo. ¡Qué
tanto hurgarse y hurgarse las verijas! Si llego a saber que les enseñás
malas costumbres a los chicos, Dios te libre y guarde de ese pecado.
Pude contenerme. Pero unos días después,
dije adiós a todo. Había resuelto emanciparme de una tutela
cada vez más ominosa. Solapado, tranquilo, preparé mi
plan. Tengo la certeza de haber obrado juiciosamente, como estila a
veces la adolescencia que se reprende y reprime porque sí, al
reverendo pedo.
Le agradezco la gauchada. Con usted o con otro,
lo cierto es que hoy me iba. Estoy forrado para lo peor. Mire. Lo que
más me asusta es la miseria con frío. Mire y le
mostró parte de la cintura y del busto en el cual se acolchaban
las telas de dos camisetas, dos camisas, dos pullóvers y dos
calzoncillos...
¡La poronga! Parecés el afiche
de los neumáticos Michelín.
A los pocos kilómetros, en la primera
parada, Decio afirmó su calidad. Sin hacer nada concreto, su
comedimiento en algunas minucias dióle la pauta de su reciprocidad.
Limpiar parabrisas y faros del automotor no implican ningún esfuerzo,
pero demuestran un afán, una voluntad de servicio. Por eso, cuando
cerca de Firmat advirtió varias tuercas flojas de una rueda trasera,
el transportista, mientras las ajustaba, computó la oportunidad
de su observación pues impidió sin duda un accidente de
graves consecuencias.
Semejante conducta le grangeó su simpatía.
Y ya en la destilería de San Lorenzo, su espontánea mediación
le gestionó un alojamiento provisorio en el depósito de
camiones.
Tomá, pendejo. La primera noche es siempre
la más dura.
Y le entregó como cama una colchoneta de espuma
de goma.
En un viaje a Concordia, detuvo el camióntanque
en lo más lindo del "Palmar". ¡Qué espectáculo!
Jamás había imaginado la realidad de un oasis enorme en
la orilla misma del río Uruguay.
Paré a propósito: para que abrás
la boca y los ojos ante tanta belleza. Y para que sepás también
que hay palmeras machos y palmeras hembras. Pero, como entre los hippies,
no se distinguen los sexos...
A propósito de sexo, debo confesar que él
condujo mi iniciación en casa de unas pelanduscas de Resistencia.
Bueno, de la capital del Chaco... Quiso hacerme un favor lo supe
después para precaverme y prevenirme de las desviaciones
que afligen a la juventud argentina por el cierre de los quilombos.
Para mí fue fatal esa falta de educación
sexual. ¿Sabés lo que es un chiclán?
¿Chiclana? Sí. Prócer argentino
Miembro del Directorio.
No. Chiclán significa varón con
un solo testículo. Yo soy "chiclana", como el prócer
Una orquitis mal curada. Por lo que más quieras, Decio, ¡cuidate!
Mientras bajaba los párpados, dobló
la cabeza. Pareció sumirse a cavilar sobre los dolores y trascendencia
de esa mutilación. Quedó un buen rato así. Después,
hizo un movimiento convulsivo, como queriendo espantar ideas y remembranzas.
Sin éxito. Como persistían, optó por abrir la boca
para que salieran. Salieron, lóbregas, tristes. Fue una coyuntura
amarga entre tantas matizadas por su chispa y sus conocimientos.
Y habló, habló. Su locuacidad resentida
cobró por su monotonía un desgarrante poder persuasivo
Me dijo que parecíamos cortados por la misma tijera del destino;
pues él también ignoraba quiénes eran o fueron
sus padres. Siendo una criatura, cuando empezó a darse cuente
de las cosas, vio, con el espanto sofocado de todos los chicos de la
Casa Cuna, que pertenecía a una colosal familia de parias manejada
a gritos, timbres y campanazos.
Desde ese entonces odió a todos los padres
del mundo. A los buenos, a los mediocres y a los malos, por igual; porque
la paternidad es algo natural irrenunciable. Algo natural prostituido
por convencionalismos que ignoran los animales, excepto los chanchos
que comen a sus hijos... Por eso, agregó:
Cuando sorprendo en calles, plazas, cines,
negocios, a madres y padres mirando a sus hijos pequeños, no
puedo resistir el sainete del cariño, rechino las peores puteadas
y, descreído de la farsa que veo, me cago de asco de la civilización
que gozamos ...
Bronco, asordinando la voz, farfulló después
las peores invectivas contra ese resumidero sensual que es la Casa Cuna.
Es inimaginable la esclavitud que padece en ellas la niñez desvalida.
Confrontando la mía con la suya, me instó a visitar esos
antros de la piedad oficial hacia el pecado colectivo:
Verás allí amas, ayas y empleadas
de impaciencia rezongona y chirlo fulminante Administraciones de harpías
y de hienas, a cargo de seres que han talado el deslumbramiento del
rostro de la infancia. De seres áridos que ostentan el suyo como
un erial calcinado, sin una hoja verde de sonrisa o caridad.
RELATO:
Sin modular palabras, alertas al riesgo de las rutas,
apenas solía distenderlos el guión de algún puente,
el viento que atuza la barba de los sauces, las nubes tiznadas por la
tormenta próxima o la escarcha que entumece los brazos esqueléticos
de los espinillos.
El peligro acecha en los vericuetos nocturnos. Se
embosca al Este y al Oeste. Salta de improviso del Sur o del Norte.
Y en el instante preciso del descuido ¡zas! el desastre. Porque
el mal es espectacular y prepare bien las catástrofes.
Transportar nafta no es lo mismo que transportar
vino. Jamás te dediqués a este oficio. La nafta es cruel.
Nos endurece y empobrece la vida.
Comprendo asintió Decio. La nafta
no es blanda ni generosa como el vino. En las clases de latín
del Nacional aprendí en ese idioma una frase parecida, de un
poeta llamado Tíbulo.
Si la recordás, decila. Quiero oír
cómo suena.
Vinus facit dites animo, mollia corda dat.
¿Le gusta?
A lo mejor, traducida...
El vino enriquece las almas y ablanda los corazones.
Ahora sí. La nafta es una dama rica
y dura. Todos la respetan por violenta; porque, cuando se enfurece,
no tiene compasión a nadie ni a nada. Hay muchas madres así...
El diálogo cesó. El camionero fingió
contraerse en su labor. En verdad pugnaba por eludir el amargo resquemor
que lo asediaba. Nunca había podido suprimir del cerebro su calidad
de expósito. La memoria iba y venía a la Casa Cuna. Iba,
venía, revenía insistentemente. En la coyuntura, Camilo
de Juan viose niño instalado en patios sin sol, entre chicos-desiertos;
en comedores sin alegría, entre chicos-pantanos; en dormitorios
sin ternura, entre chicos-fantasmas. Y no pudo más. El recuerdo
lo atosigó tanto que tuvo que levantar el vidrio lateral para
escupir su náusea.
Decio Ochoa se había dormido, acurrucado tal
un feto en la
matriz de la cabina.
Viéndolo, lo cubrió con su capote.
Y solo, solo en la inmensidad de la noche, movible, dejóse ir
a la deriva de sus reflexiones. Se le ocurrió entonces pensar
que la madre perfecta tiene cien octanos de virtudes esenciales, como
la nafta de aviación tiene cien octanos de potencia expansiva.
Deslumbrado por el acierto del símil, al compás de la
marcha fue hilvanando ideas y kilómetros:
Sí, Ni más ni menos. Lo mismo
que la nafta, la maternidad ofrece distintos grados de calidad. Ambos
son susceptibles de perfeccionamientos sucesivos, según se las
eduque o se las procese. Pero hay madres, como la mía y la tuya,
de tan escaso poder que se asemejan al fuel oil, al querosén...
"No hemos tenido suerte, Decio. Cuando una madre
posee nobleza de sentimientos, confluyen en sus hijitos todas las abnegaciones
y sacrificios, todos los gozos y triunfos del deber. Y es porque su
octanaje quiero decir su maternaje ostenta la máxima
categoría del amor.
"No hemos tenido suerte, Decio. ¿Qué
podíamos esperar amamantados por la misericordia, acunados por
la filantropía, educados entre convencionalismo?..¡Puah!"
¿Sus ojos estaban turbios o era el relente
sobre el parabrisas?
Hizo funcionar el aparato. Nada. Equivocado.
La yema del índice aclaró su visión.
Con Camilo de Juan aprendió Decio el oficio
de vivir. El principal de todos. No hay ocupación más
útil que ocuparse de sí mismo, ni cargo superior que encargarse
de despreciar a los demás. Las profesiones, tareas, artesanías,
apenas invisten el carácter de entretenimientos mentales o musculares.
Son necesarias para nutrir o alojar a la persona humana, pero no para
forjar su personalidad.
El camionero había adquirido a lo largo de
los itinerarios la sagacidad que descubre el peligro y la prudencia
que lo evita; la astucia que supera a la inteligencia y la rebeldía
que justifica las insurrecciones del instinto. De tal suerte, cargando
y descargando nafta, impregnado siempre de su típico olor de
colas podridas, su pensamiento se había hecho fétido,
transparente y explosivo.
Decio Ochoa, poco a poco, fue interpretando sus silencios
y sus desbordes. Identificándose a su agudo equilibrio temperamental
y a la maciza armonía existente entre su cuerpo y sus actitudes.
Aprendió así a modular al ras del asfalto de los caminos
y a discutir en las paradas de remotas poblaciones. Y doquiera fueran
o llegaran, nada escapó a su curiosidad, ya en los peladares
del chaco formoseño, ya en los trebolares de la pampa húmeda.
En esas andanzas, lo más importante fue para
él compenetrarse de algo que intuía. Advirtió que
su vinculación a Camilo de Juan era un nexo cómodo y suelto.
No irrogaba un compromiso de subalterno, ni yugo de respeto, ni una
coyunda de amor. Era otra sensación, otra evidencia. Ningún
nudo ataba la efusión espontánea que los unía.
Esa realidad espiritual se consolidó a su
lado. Supo entonces que los seres que han carecido de amor en la infancia
son los mayor dotados para la amistad. Conoció lo bien que rimaba
la sólida adultez del camionero con la fragilidad de su primera
juventud. Y sin alcanzar a ser su alter ego, llegó a ser su adlátere
imprescindible.
La amistad es una limpia comunión de afectos.
El espíritu los trasvasa y se divierte en dicha reciprocidad.
Por eso dura y sonríe. El amor es una sociedad pringosa. Salvo
cuando arroba o embelesa, tiende siempre a prostituirse en erotismo
o sexo. La amistad es línea pura; el amor un matete de trapicheos
y manoseos organizado por el deseo.
La amistad de ambos, jamás fue contaminada
por enojos o discrepancias. La fajina diaria convirtióse en una
especie de ritual. Y la cabina del Volvo en el recinto de una
liturgia practicada por un sólo fiel: la lealtad.
Los kilometrajes recorridos, aumentando las cifras
disminuyeron al máximo los fastidios de antes. Camilo de Juan
pensaba a la sazón:
Francamente, le he encontrado un gusto nuevo
a la vida. Siempre me han achacado que soy un tipo hosco y solitario.
Es que no ven que río... Yo no sé si he sido o no feliz
hasta ahora. Dicen que la felicidad está llena de días,
meses y años en que no pasa nada. Será posible que la
grata compañía de Decio me...
Iban llegando a Balcarce. El foco rojo del semáforo,
automáticamente, frenó el camión y su pensamiento.
Un saldo de dos muertos y cinco heridos dos
de los cuales se hallan en estado grave dejó un choque
producido ayer por la mañana en la ruta nacional 8 y la calle
41 de esta localidad, entre un auto particular marca Peugeot, en
rumbo a la Capital Federal, y un camióntanque, que desde
Balcarce se dirigía a Santa Fe.
La violencia del impacto hizo que el automóvil
diera dos vueltas y quedara en sentido inverso al que traía sobre
la ruta nacional 8, al par que el camión volcara también
en el lado contrario.
Por la calle 41 camino entre Balcarce, Buenos
Aires y Santa Fe transitaba el camión-tanque Volvo,
chapa número 141728, de San Lorenzo, provincia de Santa
Fe, propiedad de COTRANAF (Cooperativa de Transportadores de Nafta)
conducido par el chofer Camilo de Juan, argentino de 42 años.
Le acompañaba en la cabina Decio Ochoa, argentino, de 20 años.
A Las 9.20 según información
oficial ambos vehículos enfrentaron la intersección
de la ruta nacional 8 con la calle 41, donde existe un falso road-point.
En el momento dejó de existir el propietario
del automóvil, Don Venancio Ríos, uruguayo, domiciliado
en Chascomús. Al llegar al hospital falleció el camionero
Camilo de Juan.
Fueron internadas en la Clínica Morgan la
esposa e hijas del matrimonio, la primera con serios traumatismos y
lesiones faciales, las demás con heridas internas y externas
de diferente gravedad. El menor Decio Ochoa, con fractura de costillas
y pierna izquierda, fue llevado al Hospital Municipal. Tanto éste
como la esposa ignoran la suerte fatal de los conductores del camión
y del auto.