Caterva De improviso surcaron la mesa varios cascarudos. Tincazos entre
los platos de entremeses. Hediendez entre los dedos alejados.
(fragmento)
Nuevos sorbos. La presencia de otros cascarudos endureció
su ceno. No se reparpilaban ya pinchando aceitunas y pinchando con sus pullas
a "Katanga".
Más cascarudos todavía. ¡Qué
peste de bichos!
Es el tiempo. Está por descomponerse.
Contemplaron el cielo. Mientras lo hacían, una falange
de cascarudos accionó impunemente entre los platos de berberechos, manises
y ensalada rusa. Manotones irascibles. Imprecaciones.
¡Vaya una plaga!
¡Qué fatalidad: siempre abunda lo que revienta!
Hacía un calor raro. El asfalto guardaba la insolación
del día. La tormenta inminente soltaba su red de sombras. Calor húmedo,
impregnante. Calor de colores nocturnos, con todo el color de los calores meridianos.
Los cascarudos invadieron todo. La concurrencia desarticuló
su compostura en ademanes y contorsiones violentas. Restallaba el fastidio por
doquiera. Intervino el propietario del bar. Movilizó los lavacopas. Escobazos
y pisotones. El asedio cesó en parte. Pero, a poco, el instinto estratega
de los cascarudos volvió sobre sus pasos. Y, aun diezmados, incursionaron
parajes en donde no es posible la vigilancia ajena...
Sólo "Katanga" permaneció tranquilo.
Observándoles. Espantándolos serenamente. Exhibía un humour
extraordinario. Como si la molestia de los demás promoviese en él
una secreta complacencia. "Longines" iba a recriminarle, cuando advirtió
que él lo disuadía reclamándole calma con la mano abierta.
Tosió ficticiamente. Y, cierto de que le escuchaban tres damas jóvenes
de hermosa estampa, sentadas a la derecha, manifestó:
Vamos... No renieguen... ¿Qué ganan con
renegar? ¡Fíjense! Los cascarudos, como tantos bichos humanos, se
dedican al sport. Tienen una manía alpinista que desconcierta por su
pertinacia. En todos los animales lo asiduo de la muerte y la frecuencia del
peligro, genera un instinto de defensa. En los cascarudos, no. De tal modo,
el tincazo rápido y enérgico que los desmorona de la solapa, como
si fuese la acróptera de un frontispicio, no ha curtido todavía
las fuerzas obscuras de su subconciencia... Tal vez sea exagerado hablar de
subconciencia. Pero pensando en imágenes, ¿qué diferencia
hay entre un cascarudo y un caradura que maneja un Ford modelo mil novecientos
treinta? Ninguna, absolutamente. Los dos, con todo desenfado, se exponen a morir
por el fastidio que ocasionan con su escape libre... ¡Porque hay que embromarse
con el escape libre de los cascarudos!
(Compulsó el efecto y, alentado por sus tres sonrisas,
continuó):
Fabre, el formidable poeta de los insectos en
cuyo homenaje póstumo los gallos de Rostand pusieron sordina a su estridor
alegre no ha explicado el quid de la manía ambulatoria y ascensional
de los cascarudos. Todos sus recuerdos entomológicos, plenos de dulce
bondad panteísta, tocan por otros motivos la huraña comprensión
de los hombres. Por eso yo, en esta rambla de café entre tufos de nafta
y esencia de "juanitas", voy a afrontar la investigación de
referencia. Dudo, sin embargo, del éxito. Recuerdo el caso de aquellos
sabios alemanes que escribieron en tipo seis, cinco volúmenes titulados:
"De porqué los gatos no viven en las marmolenas". Y
temo, también, una conclusión apodíctica como la que consiguieron,
al afirmar que "los gatos huyen de las marmolerías porque creen
que los fragmentos que saltan al golpe del cincel, al devastarse el mármol,
les son arrojados intencionalmente...
("Longines y "Aparicio" pescaron la
onda... Las damas reían)...
Bien. Los cascarudos poseen todo un prurito de
curiosidad. No se avienen, como tantos usureros, a vivir en el hueco donde apenas
caben con su mezquindad. Emergen de lugares recónditos, con la idea fija
de atalayar la vida en torno, para juzgar si vale la pena de convertirse en
hombre en la próxima metempsicosis. Parten, no obstante, de una premisa
falsa. Creen que la humanidad es lo más alto que hay. Por eso, ni bien
uno se sienta, escalan la rampa de las pantorrillas, hacen un leve descanso
en la meseta de los muslos y se encaraman, audaces, por el recto parapeto de
la espalda. Han llegado, por fin, a la cumbre de los hombros. Allí se
solazan con la perspectiva. Agitan sus élitros de charol como la capota
de una limousine. Y se disponen a la ventura máxima: saber si
el hombre o la mujer usan perfumes superiores al suyo...
(Las damas bisbiseaban, mirándole de rabillo).
Los cascarudos son cautos y exploran la solapa
y los escotes. Habría que indagar profundamente que atracción
poseen los repliegues de solapas y escotes en la vida de los cascarudos. Es
en ese lugar donde acontece el noventa por ciento de los tincazos trágicos
que da la amistad vecina. Pero esa cautela es infructuosa. Por más que
uno esté gesticulando contra un whisky infame o contra un cocktail maligno,
las patitas, al cruzar la piel del cuello provocan una sensación súbita
que se crispa en ¡ay! y en sobresaltos nerviosos. Y uno bracea entonces
como si se ahogara en miasmas...
("Viejo Amor" radió de gusto al cerciorarse.
Un codazo lo aplacó).
Es evidente que obramos mal. Si cada cual tuviera la
bondad exquisita que revelan las fioretti de San Francisco, "el
hermano Cascarudo" satisfaría ampliamente su curiosidad, juzgando
el agua colonia o la loción que nos perfuma. Pero no: nuestra excitación
los enfada. Y para humillar nuestra artificiosa poquedad, mientras la mano pugna
por hacerles caer, vierten en ella el juicio definitivo de su emanación
mefítica...
(Las tres damas se erizaron con donaire y coquetería)
.
Los pobres cascarudos han dado de bruces en el
asfalto o el mosaico. El escozor de su recuerdo inspira al pie para aplastarlos.
A veces... Quedamos frecuentemente con el pie verdugo en el aire... Los cascarudos
conocen la filosofía de las rendijas. Y se zambullen en ellas, sacando
en la parte trasera de sus alas una especie de capita blanca, como un cartel
de desafío que dijese: "Hasta luego"... Efectivamente. Momentos
después dejarán, en el helado que se disuelve con bonachonería
o en los cachetes reventados de las masas de crema, la tarjeta fragante de su
visita... Al rato se internarán bajo el pantalón o la pollera,
a pellizcar la liga y poner su rúbrica maloliente... Y, en fin, con su
pertinaz alpinismo, volverán a ostentar su silueta en el contraste del
cuello, para escarnecer la violencia del manotón con su trascendente
fetidez. . .
"Katanga" bajó los párpados, seguro
del triunfo, como solía hacerlo desde el proscenio, después de
un truco genial. Los aplausos remotos se concretaron aquí en el discreto
cuchicheo de las tres damas hermosas. Había "actuado" deliberadamente
para ellas, deduciendo por la innata distinción, la calidad de sus espíritus.
No se equivocó. Gratas al homenaje, hicieron perceptible el comentario
a "la gracia cuidada, bien hecha, llena de cosas simpáticas,
de su discurso".
El término le crispó.
Con fino desparpajo, giró, entonces, el busto a la
derecha:
Discurso... ¡Dios me libre! Odio cordialísimamente
a los oradores. Son una peste peor que los cascarudos. Con razón un amigo
colombiano decía: "Un libro, un folleto o un discurso impreso se
puede tirar por la ventana, se puede regalar a un enemigo personal, se puede
esconder debajo de la mesa. Con un orador no se puede hacer lo mismo, sin encontrar
serias dificultades"...
Tres juegos espléndidos de dientes aparecieron al
conjuro de otras tantas sonrisas.