Molta espressione: HURRAH a los conquistadores de la Patagonia, empresarios del
albur, cuya audacia encaró rectamente a la multitud de obstáculos
que brotaba de la tierra, como una siniestra maraña de presagios! Récitatif instrumenté: ENCUENTRO soledad y reposo en la honesta simplicidad de la nieve. El sol, lo mismo que una paloma, tiembla, y se escalofrío
bajo la nieve. Hago patinar mi infancia sobre la estepa de nácar de
la nieve. Las moles macizas de los lobos marinos únicos promontorios
de la nieve Lindo crêpe de bruma en la atmósfera glauca,
lindo raso ámbar de la nieve, Nada como el misterio lumínico de los crepúsculos
en la nieve: Los instintos obscuros se amansan en la amistad con la nieve. Pittorico: EL fiord es una generosidad del Océano.
Brazo colmado de belleza, ofrece la pompa del mar a la aridez pétrea
del continente. Valle de agua, nivela en esbeltas languideces de bahía
la abruptez de la montaña. Valle de luz, fertiliza milenarias sombras.
Y entre murallas rocosas, hinchando sus bíceps, penetra por angosturas
y desfiladeros en continuo juego de refulgencias como la espada ondulada de
un arcángel. El fiord se ramifica en dos caletas profundas.
El peñón del centro, tallado a pique, avanza igual que una proa
fantástica. Y recta, vertical, hunde sus quinientos metros de altura
en quinientos metros de reflejo. Abajo, en revuelo de escamas, el agua transcribe
varios cirrus en forma de pez. Arriba, la cimera drapeada de nieve, afirma la
veracidad de la imagen. Quien mira el paisaje entre las piernas, como
un niño, evidencia la realidad del cielo liquido. Uno se asoma al agua.
Y en las paredes macizas del reflejo se ven las cicatrices de los terremotos,
el tatuaje de las erupciones y, cayendo en guedejas virginales, las guedejas
de agua de los deshielos. En la curva del trayecto, la arista del acantilado
corta el cristal de la atmósfera. Es una raya perfecta trazada con diamante.
El agua del recodo se transmuta en mercurio. Escintila y enceguece. De esta
parte, el agua es tan clara, tan agua, que no se la nota en superficie sino
en profundidad. A lo lejos, la lancha de la factoría
planea en el aire. Sólo cuando cruza al medio de la ría, la estela
forma un ángulo de ondas que delata que navega. Sus lados se incrustan
en los muros del fiord. Mas, dentro del ángulo, el vaivén combina
ámbares y crisoberilos en un cabrilleo alucinante. Todo eso de fondo. Porque, cerca, una rama
florida de coihue blonda y un vuelo rasante de petreles impromptu
hacen que la vista se encaje y la emoción se suspenda. Charanga: FUE un trago largo, como un lazo. Pialó el acuerdo. Fuga cromática: Pesquisa nocturno de errores sombríos,
el barco penetra en el fiord. Y se alucina. Halla la luna. La hoja de plata
de la ría. Y la catarata lenta del glaciar. Moneda, arma y sangre coaguladas
en transparencia, reflejo y nieve. Variaciones: Cabo Vírgenes: Bahía de la Posesión: Punta Arenas: Bahía Inútil: Seno del Almirantazgo: Paso Farnine: Iendegaia: Puerto Garibaldi: Península de Brunswick: Canal Cockburn: Monte Sarmiento: Bahía Desolada: Sholl Bay: Ushuaia: Appassionato: PRIMAVERA. Sobre el esmalte de la grama, profusión de
violetas amarillas. Y en la umbría del follaje, las alas de carmín
de la "flor de las cascadas".
Aquende
(fragmento)
EXULTACIÓN
¡Hurrah
por el candor y fervor
de
su suerte y su muerte!
¡Hurrah a los naturalistas que exploraron la maravilla demoníaca
de la estepa, buscando incógnitas bajo la escarcha, bajo la escarcha
que rompían con fruición como un cristal de escaparate!
¡Hurrah
por el candor y fervor
de
su suerte y su muerte!
¡Hurrah a los pioneers que abrieron la cerradura de misterio de la Patagonia
y afrontaron con la familia al lado y la recua a la rastra las potencias malignas
del viento y la nieve!
¡Hurrah
por el candor y fervor
de
su suerte y su muerte!
¡Hurrah a los misioneros, afanados en cultivar la fina planta de Dios entre
yaganes y anacalufes, ranqueles y picunches, puelches y tehuelches: piedras
de un suelo sin substancia mística y de un cielo sin humus de plegarias!
¡Hurrah
por el candor y fervor
de
su suerte y su muerte!
¡Hurrah a los colonos, tenaces en el ahínco de hacer sonreír
la severidad telúrica de la Patagonia, transformando ovejas magras y
espigas magras en florones suntuosos de plata y oro!
¡Hurrah
por el candor y fervor
de
su suerte y su muerte!
¡Hurrah a los traficantes, espejos del diablo, que llevaron al confín
las baratijas de la civilización y trajeron, en la caricia del quillango,
el toldo de la tribu y el abrigo del indio!
¡Hurrah
por el candor y fervor
de
su suerte y su muerte!
¡Hurrah a los corsarios que se guarecieron en la Patagonia, corridos por
las hordas del temporal, y fundaron las ciudades de hoy, en el abrigo de bahías
secretas, sobre la paz de los instintos!
¡Hurrah
por el candor y fervor
de
su suerte y su muerte!
AMISTAD DE LA NIEVE
Ni bien llego a sus prados de silencio se torna translúcido mi olvido.
Porque la naturaleza y el dolor se aquietan en la pastoral de la nieve.
Bajo la transparencia inmaterial del azul: la compacta de la nieve.
Balanceos de albatros, caricias de quillango, música de armonium.
Vahos de sal y iodo, perfumes de cognac: ¡oh la apoteosis de la nieve!
Mientras tanto los armiños, renuncian a sus capas de armiño.
Y los pingüinos dejan que manchen su levita los copos de nieve.
Y yo, que siempre odié el movimiento que desplaza las líneas,
Imito a los flamencos, cuyas piruetas son el pasmo de la nieve.
Recortan al horizonte, que es una raya neta sobre la napa helada.
Y sus gritos roncos lastiman al albor reverberante de la nieve.
Donde la multitud del glaciar penetra al corredor liquido del fiord,
Y los témpanos son frágiles cetáceos, índigos, purpúreos
y color de nieve.
Cielo de lona, nieve de lana, claro de luna ¡El Sol de Medianoche!
Y una cortina mágica que rinde los astros al sortilegio de la nieve.
Las pasiones se depuran dentro la belleza clara y muda del frío.
La muerte gárrula de las ciudades es limpia y dura porque enmudece en
la nieve.
EL FIORD
GESTA
Y dijo:
Mi padre llegó a Carmen de Patagones durante
la administración del Comandante Oyuela.
El pillaje de los indios devastaba las colonias y las
estancias de la frontera.
A base de robos y de comerciantes sin escrúpulos
florecía la exportación de cueros y tasajo.
Mi padre era gaucho. Llevaba cinco muertes
encima. Y
entró a punto en el juego.
Porque entre reducidores, aventureros, corsarios y
esclavos, el crimen es una ficha.
Los soldados que mandó la Primera Junta a sofocar
la revuelta del año 12 se rebelaron el 19.
¡Todavía se oían los ayes del Gobernador
y se veían las cabezas de los oficiales enterrados vivos!
Mi padre, corrido por la justicia, se encontró,
a sí mismo, en la promiscuidad de los Aucas.
Pues el gaucho que se asquea de la ley de los hombres
regresa al instinto de la indiada.
Con ellos robó y mató a gusto, hasta
que vino el gallego Pincheira. ¡Ordene, Oficial Pincheira!
Y entró a su banda militarizada de forajidos:
indios, gauchos y soldados desertores.
Mi padre dilapidó su parte de cuarenta mil vacunos
"reducidos" a patacones en el Carmen.
Hasta que los colonos cansados de pillajes se hicieron
a su vez cuatreros y bandidos...
La emoción de bandidaje es una emoción
bárbara, pero subyugante de la especie.
Arrasar, quemar; violar, matar; son cosas primarias
que cobijan todas las almas.
Mi padre decía: quien degüella, desuella
y... resuella. Y no tuvo asco: bestias, indios o cristianos.
Pero todo cansa. Y con una cautiva que rescató
en Chile, merodeó por las orillas de Río Negro.
Fuera del apero, su daga, sus piojos y su quillango,
no tenia más que cicatrices.
Juntó cueros de zorros y plumas de ñandú.
Pero la honradez lo acobardaba...
Se metió con los noruegos de una factoría
de aceite. Y tuvo vergüenza del trabajo...
¡A él, que amaba los entreveros, le dolía
matar focas a garrotazos en bahías desoladas!
Mi padre, el 26, entró a bordo de un corsario
cuando estalló la guerra con Brasil.
Se curtió con sudestadas. Y se templó
de nuevo en las matanzas de los abordajes.
Carmen de Patagones vivía el esplendor que da
la plata del vicio y la rapiña.
Se hizo puerto libre y zona neutra. Se llenó
de truhanes, putas y piratas: de vértigo y orgía.
Los brasileros, hartos de ignominias y saqueos de corsarios,
resolvieron hacer un escarmiento.
Cinco navíos de guerra, del bloqueo a Buenos
Aires, fondearon en las bocas del Río Negro.
Y setecientos hombres, bajo el mando de un general
inglés, enfilaron hacia Carmen de Patagones.
La noticia apenó a todos. Entraban en la patria
como el hacha en el árbol que se quiere.
Mi padre se enroló en la defensa. Defensa improvisada,
de milicos, gauchos y tahúres.
Tenían de arma un espíritu de llama y
de escudo solamente la tela de la faja y de la vincha.
Cien jinetes en conjunto. Coordinaron el ataque con
la astucia del indio y la rabia del desierto.
Seis leguas separaban al invasor, de Patagones. Seis
leguas de sed en un páramo de fuego.
Los infantes brasileños lo ignoraban. Conducidos
sin cautela, se filtraron de cansancio en el camino.
Mi padre, entonces, abrió lucha de emboscada.
Los sedientos bebieron sangre en sus heridas.
Los demás, la lengua seca, se desbandaron como
loros ante el huracán de los centauros.
En medio de una escaramuza, el brillante uniforme del
general atraía la mirada.
Mi padre lo volteó de un balazo mientras sus
huestes sucumbían por las cargas y la sed.
Y deseando con locura su uniforme, se precipitó
sobre el
general, a despojárselo.
Su cuerpo inmóvil cedía dócilmente.
Ya casi desnudo, mi padre quedó bizco de repente.
¡Un anillo magnifico destellaba en su mano! En
el apuro de tenerlo, le cortó el dedo de un hachazo.
Fue un ¡ay! horrible. El general, nada más
que herido, simulaba la muerte por salvarse...
¡Pero la muerte vino sin piedad! Y mientras milicos
y gauchos arreaban prisioneros,
Mi padre le hundió la daga en el corazón;
la revolvió como una bombilla en el mate.
Y ufano del anillo y la chaqueta, galopó sobre
cadáveres a dirigir la columna derrotada.
EL GLACIAR DE
PUERTO GARIBALDI
No es crimen, sino misterio.
El barco atraca a un puerto improvisado.
Rápido, una lancha. Miren. Se deslizan
por las caletas, envueltos en hopalandas de bruma, los cíclopes australes.
¡Rápido, esa lancha!
Penetramos en ambientes de sueño. Los tintes
occiduos funden su esbozo tenebroso. Hay un claror espiritado. Dos ejércitos
de silencio rinden armas incrustados en la piedra. El agua es lo único
vivo. ¡El agua pálida, muerta!
Le digo a usted que no. ¿No ve sus albornoces?
Es una procesión de musulmanes descendiendo por una cuenca de la montaña.
Diafanidad. El absoluto albor complica la mirada. Apenas,
en el declive, la sombra malva que nimba los ojos de las vírgenes de
nieve. Apenas, aquí cerca, la fantasía flotante de los témpanos.
¡Han huido los colores! ¡Infames! Pero,
fíjese. Se nota el espectro de las cumbres y el alma de las vertientes
abruptas. Se percibe la osatura del hielo. Ese fluido viscoso es sangre. Sangre
blanca de seres que caminan sobre la escarcha.
No se ve nada. La claridad es tan completa que resulta
impenetrable. Sólo se escucha el estampido sordo de enormes bloques al
sumergirse. Estamos en el brocal de la vorágine.
¡Cuidado! ¡El glaciar! ¡Es el glaciar!
Y uno retrocede en si mismo. Arriba a su carne. Y despierta
en la noche: almohadilla de terciopelo azul acribillada de agujas.
EL ESTRECHO
Borrasca. Las Once Mil Vírgenes, insurrectas,
agitan sus cabelleras de ondas. Recuerdan que los argonautas de Magallanes doblaron
la punta confesados y comulgados. Y al ver el pecado que transita por los decks,
la envidia del amor exaspera su castidad. Quisieran estar bien con Dios
y con el Diablo...
Incendio. Mil lenguas de fuego danzan en la noche un
divertissement macabro. Las brasas crepitan y lanzan al aire, entre espesas
cortinas de humo, verdaderos enjambres de abejas ígneas. Algunas vuelven
a las llamas. Y fulgen como las lentejuelas sobre el talle de las bailarinas.
Catorce horas de atraso. Y un bello amanecer que vale
más que todos los quebrantos navieros. Quedo absorto en el privilegio
de la demora. ¡Demorarse! He ahí el deleitoso lujo de quienes están
encallando poco a poco en esa vulgar metáfora que es el mar de la vida...
¡Oh, ser un bergantín inútil; haber
tuteado los puertos de los cinco continentes; haber desflorado con el bauprés
la aurora de todos los océanos: y tumbarse a dormirbarco borrachosobre
el colchón de esta Bahía Inútil!
Compruebo la bancarrota de la luna. La sentimentaleria
arruinó su negocio lírico. Suerte que hubo un sindico bueno: Whistler,
que defendió correctamente su activo de plata. Por él disfruto
el dividendo exquisito de la tremolina en el haber de las aguas nocturnas.
Los brazos robustos de dos peñascos están
estrangulando al sol. Su congestión se refleja en coágulos sangrientos.
Una mirada lánguida y se hunde. Sobre la duna vecina, están secos
los últimos rayos como un manojo de algas.
Un foco de luz verde-carburo brilla en el atracadero.
En la noche profunda, su proyección forma en el agua un resplandeciente
signo de admiración.
El mar es un remanso poblado de ninfas. Ante el espejo
del cielo coquetean, enrulando su cabello en la espiral de los remolinos.
Las rompientes revelan los instintos formidables del
Pacifico. Cada ola precipita su fauce de hiena sobre el desamparo de las costas.
Por eso, la tierra fueguina exhibe los rastros de su furia en el denticulado
de los fiords, en la muesca de los senos y el mordisco de las penínsulas.
Los promontorios reducen el horizonte del piloto. Dos
acantilados, más nítidos en el reflejo que en su prestancia, forman
con la barra lúcida del nivel una estupenda hache mayúscula.
Tranquilo en su sitial de nieve, el pico administra
el tiempo únicamente para rejuvenecerse. Su conciencia le dice que la
edad se supera perfeccionando el alma. Y al mirar por dentro su meollo de tungsteno
y sus venas de oro, confía que el pedernal disipe su ancianidad con 12
alegría próxima de verse diamante.
La noche es una hermética alcoba nupcial. La
naturaleza realiza el misterio de la vida. De pronto se descubre la cerradura
de una estrella. Y una luz insidiosa se pone a espiar como una sirvienta.
Verdes lúcidos de peppermint y verdes ambarinos
de ajenjo se convulsionan al virar el buque. El sol, que fallece sobre un glaciar,
liquida su agonía de fuego. Y caen al agua sus estertores convertidos
en chorros de cognac antiguo.
Decoración de escarnio. El paisaje, que en otras
partes es absurdo a fuerza de belleza, aquí se torna absurdo a base de
realidad. El presidio lo encadena y lo envilece. ¿Qué importa que
la rada sea maravillosa si está llena de espectros-arrecifes numerados
y de almas-balizas apagadas?
LA VIRGEN ONA
El capitán de navío, que releva la isla,
reposa sobre la caja del teodolito. Fuma. A cada bocanada de su pipa contempla
el cielo. Cielo antártico, con el precipicio al revés de una enorme
mancha azul.
Viene una india, fresca, núbil. La ve. Caderuda
y turgente, tiene su esbeltez ceñida por el coyaten: las pieles
de guanaco que le sirven de pollera. Sus ojos, almendrados y sagaces, espían.
Espían bajo el flequillo de una cabellera casi redonda, que enmarca los
mofletes con dos cimpas grasosas de cosmético y polvos colorados.
Galantemente, el capitán se aproxima. Llena en
el torrente su balde de cuero. Y, como conoce el sortilegio de las caricias,
la mima y la pellizca. Ella sonríe y enrojece.
Cuando ese amor lateral va a centrarse, porque él
ultima a besos la faz preparatoria, y ella sólo atiende su seno, que
bulle en una pasión chúcara, súbitamente, como si cumpliera
una orden misteriosa:
¡Yi shi shi ma!: ¡No me agarre!grita
la virgen ona.
Y ágil, torva, defendiendo el instinto de la
raza, llena su vulva de arena.