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MÓNICA AMBORT Más
del reportaje
[SU OBRA] [LITERATURA
ARGENTINA]
SOBRE
SU OBRA
Optimus Filloy, Marechal y el Dr. Freud
...aunque
sea una sola línea, pero ni un solo día sin escribir.
Escribir es para mí un vice impuni.
Volvamos
a sus libros. Además de una esposa, ¿qué otros
réditos obtuvo con Periplo?
En Buenos Aires causó sensación; sorprendió
por su calidad a mucha gente. El director del suplemento literario de
La Nación, nada menos que Enrique Méndez Calzada,
uno de los literatos más finos que ha tenido el país,
le dedicó dos columnas. César Tiempo, Juan Pinto y el
crítico José Emilio Soto, también le dispensaron
amplios comentarios. Aníbal Ponce, uno de los valores más
serios que tuvo la Argentina, opinó que se abría una perspectiva
nueva en la literatura nacional. Ya le conté: Leónidas
Barletta se entusiasmó tanto que dijo, "por fin apareció
en Argentina un escritor de tipo europeo". Todo esto me abonó
un camino muy generoso, aunque mis libros eran hechos en ediciones privadas
y exclusivamente dedicados a personas que yo conocía como buenos
lectores. Creo que mi poca resonancia masiva ha estado en eso; nunca
hice servicio de prensa, ni visité jamás una redacción
porteña.
Pero a otros libros suyos, Bernardo
Verbitsky los editó en Paidós.
Ah... Pero eso vino después.
¿Influyó su experiencia
de funcionario judicial en la forma en que fue seleccionando sus personajes?
Mucho. Mi primera novela, Estafen, que escribí
después de Periplo, trata de un estafador habilísimo
que cae bajo nuestra jurisdicción: hombre sutil, sagaz, mucho
más rico de simpatía que el estafador descripto por Thomas
Mann...
Desde la marginalidad, algunos
de sus personajes aparecen censurando y poniendo en evidencia las lacras
de la sociedad, ¿no?
Evidentemente. Una novela es siempre un ideograma,
vale decir, una visión, no del personaje protagónico,
sino de todo el entorno. De modo que, quiera o no, al pintar al delincuente
usted pinta a la sociedad, a los carceleros, a las víctimas y
a la conciencia inicua del mundo.
El escritor, se ha dicho, es un notario de la actualidad.
Nada debe escapar a su percepción. Todo debe ser medido y juzgado.
La novela, etopeya burguesa según la definiciones el mejor
medio para ello. Yo nunca he soslayado al ethos, al eros y
al epos...
Usted suele afirmar que la principal
misión de quien escribe es hacerlo bien...
Eso dice Koremblit... el único deber
que tengo es escribir bien, cosa
que no practica muy a menudo (lanza una carcajada).
¿Lo decimos públicamente?
No (y sigue riendo).
De acuerdo a lo que señalaba recién,
¿se trataría, además de escribir bien, de hacerlo
desde una moral, desde una ética?
Mire. Cada escritor tiene una moral. Que coincida
o no con la generalidad es cosa aparte. Si la vocación es auténtica,
cada escritor tiene un compromiso. El principal es consigo mismo: de
ser veraz, certero en sus apreciaciones, en sus juicios; leal en su
visión del mundo colectivo. Ahora, "escritor comprometido"
como lo entienden los hombres de izquierda, es un escritor que está
comprometido pura y exclusivamente con la exaltación de sus motivos
ideológicos. Yo soy un hombre de izquierda, pero no acólito
ni líder, y no tengo por qué constituirme en difusor sistemático
de las ideas que profeso. El literato no tiene por qué sujetarse
a disciplina o coerción de tal naturaleza. Las ideas se las dejo
a los fanáticos, a los políticos, a los sociólogos,
que viven y lucran con ellas...
Si el escritor debe ser veraz,
certero en sus apreciaciones, ¿entonces la literatura no es ficción?
Generalmente, es ficción. Todas mis novelas,
cuentos y nouvelles, son creaciones mentales, pero aprovechando los
datos de la realidad circundante. Y también mi experiencia, que
no es otra cosa que realidad interior. En qué estábamos...
Hablaba de Estafen.
Sí. Resultó un libro muy gustado. Los
críticos señalaron que era la primera vez que un escritor
empleaba el vocabulario sin ningún eufemismo, sin ninguna limitación
a su libertad literaria. Le digo, al tema del estafador lo utilizó
unos años más tarde, en el cuarenta y tantos, nada menos
que Thomas Mann, pero en una obra que carece de gracia; quedé
defraudado, luego del encandilamiento que me había producido
La montaña mágica. Donde Estafen cayó
mal fue en Río Cuarto, porque mucha gente se sintió aludida,
ya que en ese libro pintaba escorzos de la justicia local. Tuve varios
problemas. Es que cometí la indelicadeza (se ríe) de dejarme
muy bien a mí mismo. Un juez me encaró y me espetó:
"Muy linda la novela; pero me has hecho quedar como la mona, mientras
vos te pintás bien".
No era justo. No trataba a todos
igual.
Claro que no, porque si fuera justo no habría
novela. No se puede hacer una novela con buenos sentimientos y personas
correctas. Con una dama venerable no se puede; pero con una fulana de
vida múltiple usted puede armar una novela interesante. La honestidad
es aburrida. ¿Quiere una cosa más aburrida que una matrona
virtuosa, que no ha hecho más que ir a la iglesia y enderezar
a sus hijos hacia la religión, llevándolos de la nariz
al templo?
Estafen significó entonces una innovación...
Claro. Era un derrotero diferente a Periplo, que
había sido un muestrario de finura literaria. Con este otro empieza
una prosa típica de novela, de mayor crudeza. Una innovación
que se acentúa con Balumba, un libro con poemas coprolálicos,
crudos; un libro muy heterodoxo, lleno de opiniones contrarias a la
generalidad, que causó verdadero asombro . En la revista Claridad
me hicieron un elogio tremendo, pero otras, pudorosas, no quisieron
comentarlo. En un hogar vecino, Balumba fue quemado por contener
capítulos como Libidine, de temas prostibularios, escrito
con las crudezas típicas del prostíbulo. Son cinco elegías,
y como entre ellas hay una a mi madre, el doctor Alfredo Colmo, un profesor
eminente de Buenos Aires que tenía cierta confianza conmigo,
me recriminó haberla incluido entre tanta crudeza. Le contesté
que cuando uno construye una casa no hace solamente la sala de espejos,
sillones y alfombras, sino también una cocina, una despensa,
un cuarto de baño con artefactos que no necesito mencionar. Colmo
no me respondió. Había comprendido el sentido integral
del volumen. El ser humano no es sólo fachada. Las funciones
más innobles digerir, evacuar, etcétera rechazan
esas pudibundeces de monja. Balumba es un libro vitalmente totalizador.
En las revistas de izquierda fue un manjar...
¿Por las groserías?
Sí. Por estas cosas sintonicé con Boedo.
Ah... ¿recuerda la polémica
entre Boedo y Florida?
Por supuesto... Por lo pronto soy de los pocos que
guardó la colección completa de la revista Martín
Fierro, que dirigía un amigo, Evar Méndez. A mí
me gustaban los dos grupos.
Allí se planteaba la
discusión acerca del compromiso del escritor...
Sí. El grupo de Boedo era un grupo popular,
que dirigían Elías Castelnuovo y Leónidas Barletta.
Hacían literatura popular y tenían la revista Campana
de Palo, con temas proletarios, obreros, contestatarios. Los otros
eran un grupo refinado, snob, que estaba al tanto de la literatura europea.
Yo no he tenido militancia en ninguno, pero tenía amigos en ambos.
En cuanto a las calidades estéticas era más
nutrido Florida, pero Boedo, dentro de su ángulo de acción
era un grupo muy positivo. Entre los dos forjaron una literatura de
gran mérito que después ha enraizado en la tradición
argentina. En Boedo había figuras como Olivari, Barletta, Castelnuovo...
figuras de rigurosa actualidad. En el otro estaba Borges... por más
que Borges era un hombre ambiguo, que no ha sido muy tirano con sus
ideas; no trataba de imponerse, más bien de ser coincidente
En un diálogo con Ernesto Sábato, Borges
se ríe y recuerda, acerca de Boedo y Florida, que "pensar
que fue una broma de Roberto Mariani y Ernesto Palacio, y ahora lo estudian
los profesores de literatura"...
Sí... entre ellos se chichoneaban, se hacían
bromas, epigramas. Conozco algunos epigramas muy lindos de Nalé
Roxlo... Fueron movimientos en pendant.
¿Piensa que aquella polémica
todavía tiene vigencia?
No, en absoluto, aunque ahora hay autores populistas
y está lleno de escritores estetizantes, por no decir aristocratizantes.
Yo mismo me considero un escritor estetizante, pero sin renunciar a
lo popular ni mucho menos.
Bueno, sigamos con los libros. ¿Después
de Balumba?
Aquende, un libro muy poético, que todo
el mundo me clama reimprimir. En lo básico, encubre un brulote
contra la historia argentina. Está estructurado musicalmente:
un intermezzo, dos interludios y cuatro suites... Eso y sus connotaciones
técnicas me costó mucho trabajo. Lo más importante
es el intermezzo, llamado Los entregadores. En 55 páginas
echo un rápido vistazo sobre la historia argentina, contradiciendo
a la historia oficial. Cuento que Moreno fue envenenado, que es la pura
verdad, y a Rosas le hago una pequeña exaltación debido
a que mi padre fue muy rosista; tenía opiniones de personas que
lo habían conocido. Mire el caso de Fidel López: vivía
exiliado en Montevideo por ser opositor al dictador, y allá recibía
el dinero que le enviaba su padre, el autor del Himno Nacional, ¡casi
un amanuense de Rosas!.
Mucha
gente dice que Aquende es mi mejor libro porque se trata de una
especie de geografía literaria del país. Un amigo periodista
me ha escrito recientemente desde Buenos Aires contándome que
allá circulan ediciones clandestinas de Aquende y de Balumba.
Claro, el editor pirata especula con el éxito del brulote
a la historia patria y la resonancia de mis poemas escatológicos.
Hago votos porque prospere en su trapacería.
Publicó Aquende en 1935, pero Op
Oloop es del '34. Hablemos de él. Siempre dice que todos
sus personajes son mentales, pero sea sincero don Juan: Optimus Oloop,
¿no es usted?
(Ríe muchísimo) Claro, en un ochenta
por ciento Op Oloop es Juan Filloy. Yo he sido siempre muy ordenado.
He comprobado cómo la falta de organización destruye la
personalidad de la gente; pero también como con el exceso se
incurre en anomalías y paroxismos contraproducentes. Es lo que
le pasó a Optimus, un estadígrafo tan meticuloso que llevaba
estadística de todo, con una obsesión de locura sistemaníaca.
Contabilizaba todo; registraba hasta sus coitos, con profesión
morbosa.
Yo venía estudiando este fenómeno. Como anoto lo que me
interesa para después dedicarme al tema, Op Oloop surgió
de una línea: "ocuparse de un hombre sumamente metódico
que resulta víctima de su corrección". Así
empecé a desarrollar un personaje que tenía mis costumbres.
¿Usted llevaba una estadística
de su performance sexual?
Yo no... (vuelve a reír). Pero Optimus las
prontuariaba pulcramente con el nombre, con sus descripciones... Era
sumamente rígido, de magníficas costumbres. El contacto
con las mujeres, amén de una obligación biológica
para él, constituía un mecanismo vital. Por eso, cuando
entra el amor, ese elemento puro, no metódico, lo desequilibra.
Esa es la tesis en Op Oloop. Da la casualidad que coincide el
descalabro al festejar su...su...
Su coito número mil.
Convida a los amigos con un banquete para celebrarlo.
Eso. Ese día tiene un diálogo telestésico
con Franziska, su amada, una mujer muy fina, que atraviesa un período
psicopático, que es el menstrual. Esa característica la
conozco por mi mujer... ya casados.
¿Psicopático?
¿Usted dice que las mujeres nos ponemos un poco locas cuando
menstruamos?
Sí, sí, sí... Un estado no propiamente
de locura ni demencia, pero un estado psicopático; cierto nerviosismo.
Psicopático no quiere decir loco. Irritables, se ponen.
¿Cómo fue el mentado
episodio con Sigmund Freud?
El tenía su residencia en Viena y desde aquí
le mandé Op Oloop, pensando que por su temática
freudiana le podía interesar. Mi sorpresa fue cuando a los tres
o cuatro meses en aquel tiempo la correspondencia viajaba por
vapor recibí una carta lacónica, que para mí
resultó lo suficientemente halagüeña, en la que me
decía: "He leído su libro con mucho gusto y apreciado
la índole de su tema. Saludos, felicitaciones".
Eso ocurrió antes de que Hitler anunciara la anexión de
Austria. Entonces Freud se escabulló porque temía que
le pasara lo mismo que a su gran colega Magnus Hirsfeld, el director
del Instituto de Sexología de Berlín, a quien la Gestapo
le destruyó 250 mil historias clínicas de sus pacientes.
Quemaron el establecimiento, y él no sé qué vicisitudes
pasó. Por eso Freud se instaló en Londres. Más
tarde, respondiendo a mi congratulación cuando cumplió
80 años, tuve el agrado de recibir otra tarjeta suya. Un periodista
de la revista Gente que había ido a hacerme una entrevista,
cuando me levanté para ir al baño, en un repeluz me la
sustrajo. A la primera carta, que estaba hecha en papel de receta de
Freud, me la pidió el doctor Conrado Ferrer, antiguo vecino de
Río Cuarto, profesor de Medicina Legal en Córdoba. Quería
exhibirla entre el elenco de profesionales que integraba el neuropsiquiátrico
Open Door de Oliva. A todos impresionó la enérgica grafía
de la carta de un líder mundial como Freud; pero, para mi desgracia,
Ferrer murió en 1941, y no logré recuperarla.
Al inventar a Optimus Oloop,
¿ya había leído a Freud?
Ah, claro, pero su concepción escapa a su influencia.
Ya le he mostrado a usted la biblioteca central con obras que atañían
a la psicopatología delictual. En razón de mi rol de fiscal
de cámara, yo tenía una versación psiquiátrica,
no propiamente freudiana. Por cierto, estaba al tanto de las anticipaciones
de Freud.
Op Oloop fue editado
en Buenos Aires...
Si, en una edición privada, por Ferrari Hermanos.
Pero fracasé al intentar la pública. Yo deseaba aprovechar
una editorial muy prestigiosa, la Imprenta López, donde se editaba
la revista Sur, en Perú 666. Mas, en la década del treinta,
había en Buenos Aires un intendente gazmoño, que había
hecho limpieza en los quioscos sacando todo lo presuntamente pornográfico
o crudo. Solicitado el placet, su oficina de "policía moral",
dijo: "No. Le confiscamos la edición ni bien aparezca".
Mucho después, cuando ese espíritu pacato, monacal, había
desaparecido, pudo editarlo Paidós. Así lanzaron Op
Oloop, ¡Estafen! y La Potra. Por esas tres novelas, 18.000
libros legalmente contratados, yo debería haber cobrado derechos
de autor. Pero hasta ahora, mi única ganancia económica
han sido 90 pesos...
Los escritores entregamos manuscritos, ingenuamente, y a todos nos pasan
al patio olímpicamente. Por eso en la SADE, yo propugné
por varios arbitrios; entre ellos, el autor debería estar presente
cuando se hacen los tirajes. Para certificar la cantidad, y evitar latrocinios.
¿Qué pasó
con el banquete de su Optimus Oloop y el de Severo Arcangelo, de Marechal?
¿Es verdad, o sólo historia popular que después
de escrito, usted le envió los originales y...
No es cierto. No lo conozco a Marechal. Sé
la historia circulante, de que él se ha inspirado en el banquete
de Op Oloop para hacer el de Severo. He oído eso de mucha
gente; pero no me consta ni puedo calificar actos incorrectos a nadie
y menos a un escritor. No es propiamente el mismo banquete... El de
Optimus es tan señorial, hecho por un tipo de gran mundo, de
alta categoría intelectual. Basta ver su menú en el Plaza
Hotel, y la adición que paga. El otro es mucho más sencillo,
y no tiene la implicancia de éste.
Cuando escribió este
libro ya estaba casado, ¿no?
Si. Con Paulina se dieron cosas interesantes. Nunca
interfirió en mis escritos; la literatura es un vicio secreto
para mí, de modo que ella no tenía ingerencia; pero al
ver las publicaciones se horrorizaba. "Cómo has publicado
esto", me decía. "Lo hago porque son mis convicciones,
mi verdad literaria". Cuando iba a editar Balumba, como
conocía los poemas me pidió que en el prólogo pusiera
esta acotación Antes de la era de ella". Yo me casé
con Paulina a los 39 años y esos poemas eran anteriores. Después
no me pidió más nada; veía que era algo indefendible.
Aunque en una oportunidad insistió: "Por qué no hacés
una cosa fina, delicada; siempre haciendo de escritor violento, sensual..."
Le dio el gusto y escribió
Finesse...
Exactamente. Un volumen del cual Fermín Estrella
Gutiérrez opinó que era "un libro millonario",
porque está compuesto por 140 baladas, a cuál más
delicada. Tal vez es el más poético de todos mis libros,
repuntando la balada como un poema en prosa. Cada capítulo, nueve
en total, lleva el nombre en griego de una musa; tiene un lenguaje muy
musical. Está dedicado a Paulina. Muy bien impreso por la imprenta
Ferrari de Buenos Aires, que también editó los siete primeros
volúmenes de mi edicta amicorum.
Los hermanos Ferrari, que estaban cerca del Once, me interpretaban
con tanta exactitud que yo mandaba los originales y jamás debí
ir a Buenos Aires a ocuparme de esto.
Tuve igual suerte en Río Cuarto, cuando empecé a trabajar
con la Imprenta Macció y encontré un regente realmente
entendido en materia bibliográfica, Armando Barchiesi.
¿Los Ochoa fue lo primero que editaron
en Macció?
Sí. Es el primer libro de la "Saga de
los Ochoa", una dinastía criolla que pertenece a la picaresca
argentina. Son cuatro en total: éste, de presentación;
La Potra, en el que interviene Quinto Ochoa; Sex Amor con
Sixto o Sexto Ochoa y Decio Ochoa quien en realidad es Décimo,
pero como se trataba de un hombre culto dijo: "Qué tanto
jorobar con nombres numéricos como le han puesto a los otros",
y se suprimió la "m".
Tenían una grafía muy curiosa; ponían un ocho y
al lado una letra a: 8A. Algo que yo extraje de un secretario de Juzgado
de San Luis que firmaba así... Entonces para nombrar a todos
los personajes utilicé nombres igualmente numéricos.
En el primer libro figuran siete cuentos, uno de ellos El juído,
que narra la historia de Proto Orosimbo Ochoa, el abuelo, el patriarca
de la dinastía, un paisano de mediados del siglo pasado que estando
en Río Cuarto tiene un diferendo con un oficial de la Comandancia
y huye de la justicia. En griego, Proto quiere decir antecesor.
Otro relato es el de Primo Ochoa, un gaucho chúcaro, grotesco,
real, tomado de una estancia que supe conocer en las adyacencias de
Alpa Corral. Es un paisano festivo, dice las cosas como son. Alegre,
puteador, jodón en todo sentido. Sucio, como son los gauchos,
que no se bañan jamás. Muchos afirman que don Primo 8A
es el pendant cabal y verídico de don Segundo Sombra.
Lo importante es que este libro revive la picaresca, genero muy abandonado
en Argentina. Desde Payró no he visto autores de temas humorísticos
concernientes a la vida rural.
Es un libro de recia contextura española. En la madre patria
abundan ejemplos de picaresca, lo que se explica por el temperamento
étnico esencialmente alegre, dionisíaco, del español.
El argentino es más bien tristón, concentrado Esto se
debe precisamente a que nos falta la cohesión espiritual que
tiene el pueblo de España, con dos mil años de estratificación.
¿Y la historia de Sexto Ochoa?
Es el más centrado de todos. Llega a ser dirigente
de una empresa inmobiliaria de Buenos Aires y convive con una alemana
en una unión muy ordenada, con mucha complacencia del padre de
ella, un alemán sabio y grosero, como todos los alemanes, contento
de que la hija se haya amurado con un criollo decente que la trata muy
bien. La vida amorosa semi clandestina que hace ha repercutido en el
rejuvenecimiento de la muchacha, que estaba mustia. El amor físico
les ha resuelto la situación a ambos; no tuvieron noviazgo previo
ni platonismo, llegaron a la convivencia sexual naturalmente.
Se casan recién cuando nace el hijo y llevan una vida sexual
absolutamente limpia, sin ningún erotismo que pueda denominarse
pornografía. Hasta que a este hombre ya cuarentón la empresa
lo envía a un congreso gremial a Estados Unidos. Allí,
en los ratos libres, se encuentra con algunos amigos argentinos. Uno
de ellos lo vincula con un periodista portorriqueño viciado en
la vida más infame de Nueva York.
Entonces el libro abandona la fase absolutamente alba de la relación
conyugal y aborda otra, absolutamente negra, de abominaciones, que muestra
la degeneración sexual norteamericana .
El otro Ochoa, Decio, era un
arribista
Es un chico de extracción muy humilde. Lo abandonaron
de bebé en un cajón, en La Gilda, donde lo recoge una
familia que después tiene hijos. Pasado el tiempo, molestos por
la inteligencia aguda de Décimo, superior a la de los hijos propios,
prescinden de él. Esto sucede siempre, según mi experiencia
judicial.
Comienza entonces para el muchacho, una vida azarosa, que lo templa
en esfuerzos y abnegación. A tal punto que culmina de propietario
en la fábrica donde trabajaba; se queda con la empresa y con
la mujer de quien era dueño. Se trata, pues, de un arribista
plus cuan perfecto.
¿Qué es Caterva?
Un roman-fleuve de 550 páginas en la
Edición Ferrari. Una novela magnífica que todos me piden
que reedite. Es la historia de siete linyeras que han llegado a los
últimos escalones de la vida moral y eventualmente se juntan
bajo el puente de Río Cuarto. Uno había sido gerente de
un banco de Praga, otro gerente del servicio criptográfico de
Suiza, otro transformista teatral de fama y actuación en el mundo,
uno un pobre francés vicioso, y, por distintas vicisitudes de
la vida, tres más que han tenido que correr la coneja. Posiblemente
este libro ha sido precursor de una novela de Steinbeck, Tortilla
plat, del sesenta y tanto. Es el mismo tema.
¿La Potra tuvo problemas de censura?.
No, ya había pasado esa etapa de contralor
ético. La prensa de Buenos Aires se hizo pacata con eufemismos
y psicología monjiles allá por el '30 con El amante
de lady Chaterley de Lawrence; la historia de una dama inglesa que
se enamora de un guardabosque. La Potra tiene algunas semejanzas
porque se trata también de una dama inglesa dueña de un
establecimiento rural en Córdoba que se encamota con un muchacho
domador. Pero la obra, limpia de taras, no fue vapuleada en el sentido
moral.
¿Y el segundo libro que le editaron en Macció?
Ignitus, una tragedia moderna. Para mí,
una obra redonda. Consiste en una modernización de la tragedia
antigua; se vincula teatralmente a la manera griega, aunque en vez de
intervenir el coro, es el relator quien cuenta lo que va sucediendo:
el pánico que sufren los espectadores. Así se opera la
catarsis, el procedimiento depurativo que implica el ejemplo de la tragedia.
¿Podría representarse
en un escenario?
Podría. En Río Cuarto alguien me pidió
autorización y la concedí. Es patética, tremenda.
En Ignitus, que quiere decir "quemado", un hombre va
a suicidarse a la casa de un amigo y para ello abre las llaves del gas.
Su esposa y sus tres hijos lo buscan y cuando lo encuentran, el más
chiquito al grito de "¡Acá está papá,
acá está papá!", prende un fósforo
y mueren los cinco. El chico es el asesino del padre. Una obra muy corta
y muy representable.
¿Existe correlación
entre la fecha en que terminaba sus libros y el año en que los
editaban?
Claro. Mi plan era publicar uno por año y así
llegamos a los siete en Macció, pero después del '43 me
"ralearon" de la justicia y recién diez años
más tarde cuando reingresé pude seguir editando.
¿A usted
también lo ralearon?
Al subir Perón hicieron una limpieza en la
justicia de Río Cuarto y yo fui uno de los pocos que quedó,
porque no tenía antecedentes negativos; pero había un
senador que creo que todavía vive... Gómez del Junco...
Murió hace pocos años...
...Quiso que interviniera en un juicio de un determinado
modo, a lo que contesté: "Está equivocado senador,
esas cosas no rigen conmigo, y por ello he permanecido en la justicia".
Intervino entonces para que a los jueces que habíamos quedado
se nos exigiera un nuevo acuerdo del Senado, un acuerdo que por supuesto
se nos negó. En igual situación estaban también
el presidente del Superior Tribunal, una personalidad en Derecho, el
doctor Enrique Martínez Paz, y el juez Diógenes Ruiz,
el mejor magistrado que he conocido en la justicia de Río Cuarto.
Entonces me jubilé, mas al triunfar la "revolución
libertadora" fue a quien primero llamaron. Así seguí
siendo camarista hasta el año 1964.
¿No le inquietó
que los de la libertadora hubieran sido autores de un golpe de estado?
No, porque al volver yo seguía con mi tradicional
carrera en el Poder Judicial, respetado en mi inmovilidad constitucional
.
¿Qué hizo después
de Ignutus?
Viene Yo, yo y yo, siete monodiálogos de un
personaje delirante, paranoico. En una oportunidad se va a las sierras
porque estaba podrido de la ciudad, de la propaganda, del periodismo...
pero allá van a jorobarlo los periodistas. Es muy gracioso por
lo desaforado. Son siete relatos muy divertidos.
En otro episodio el personaje protesta contra Walt Disney, un traficante
del arte, de lo más canallesco a mi criterio. Yo y Walt Disney,
se llama el monodiálogo, que ha sido publicado varias veces,
la última en la revista Búsqueda, que dirigió
Marcos Aguinis.
En Yo y la madre patria, el delirante se ensaña contra
España. Como papá, que era celta, vale decir, un gallego
muy poco afecto a España. Nunca quiso volver. Huyó por
las persecuciones de los carlistas... Iban por las aldeas y arreaban
a todos los chicos mayores de 14 años. Para someterlos a una
enseñanza militar lo más draconiana que usted pueda imaginarse,
y luego servir de carne de cañón en reyertas dinásticas...
El viejo huyó en un barco, no sé muy bien cómo,
en 1870, por ahí... Contaba que fue en una embarcación
de vela. Debe haber sido un mozalbete muy arisco y recio. Solía
narrarnos que cuando había tormenta, se negaba a bajar a la sentina,
lugar donde venían amontonados los inmigrantes; entonces lo ataban
al palo de vela mayor para que no lo arrastrase el agua.
Era muy bravo papá... Tenía un genio irascible, pero muy
justo en todo... Muy buen viejo (las lágrimas le hacen perder
la voz)... Los padres que he tenido... en fin... me emocionan siempre...
por lo duros, por su falta de cariño ostentoso, su nobleza callada;
sin la blandenguería que se usa ahora, que genera personajes
débiles. A mi padre le debo eso... la fortaleza... el carácter...
...
(Se seca las lágrimas) Sigamos.
¿Cuál fue el libro
con el que más se demoró?
Sex Amor. Con Decio también tardé
mucho, porque a veces el argumento se tranca, entonces no hay nada mejor
que dejarlo descansar. Sex Amor me parecía un libro blanco,
que no tenía nada de espeluznante; le faltaba el condimento Filloy.
Entonces le agregué ese informe que le comenté, sobre
la sexualidad norteamericana, el Informe Epicuro-Kant. Allí incluyo
a dos genios de la filosofía mundial; uno, Epicuro, el genio
de la sensualidad. Otro, el de la abstención... Usted sabe que
Kant era virgen, ¿no?
La verdad que no. Quién
hubiera dicho... ¿Qué está escribiendo ahora?
Siempre, tres o cuatro libros de manera simultánea.
Actualmente mucho cuento y mucha nouvelle, un cuento largo que participa
de la idiosincrasia de la novela con algunos de sus elementos típicos
como descripciones paisajísticas y caracterológicas, etcétera...
El cuento es lineal, dibujístico. La nouvelle es pictórica.
¿Qué le falta
para ser novela? ¿Extensión?
Sí...
Nouvelles... como las de su
libro Tal cual...
Claro. Esas son siete nouvelles de 30 páginas
cada una. Una imprenta de Buenos Aires que se llama Puntosur me lo iba
a reeditar junto con Vil &Vil y Op Oloop, en condiciones
decentes. Me hicieron hasta un anticipo. Después no sé
qué pasó. Se habrán fundido.
Efectivamente. Cuénteme
la historia de Cyra López Roux, la protagonista de una de sus
nouvelles más recientes.
Esta mujer es una viuda que renuncia al amor de un
hombre, se inmola, porque no quiere abandonar a su hija espástica.
Irene, la jovencita, fue para ella y para el esposo un verdadero martirio.
Eso lo sé porque conozco en Córdoba a la familia de un
hombre de ciencia que tiene una chica espástica. Es una víctima
sumisa que acusa permanentemente a los padres, aunque ellos no tengan
nada que ver.
Por eso esta señora dice, "yo no podría olvidar con
el amor toda la mirada de esta chica". Si ella fuera una tilinga
hubiera aceptado la relación, se hubiera muerto de risa de la
espástica.
Parece un final moralizante.
¿No se jacta de escandalizar con sus libros?
Sí, pero esta nouvelle es con enseñanza:
la renuncia de la mujer y el gasto de filantropía del candidato
que dona un cheque de 5.000 dólares a la entidad de beneficencia
a la que asistía la madre de Irene.
El decide por la filantropía en vez de la caridad, porque con
ésta, de origen cristiano, se ayuda un solo caso, mientras que
la filantropía es plural: ayuda a todos por igual, por "ser
amigo del hombre". Por eso, los servicios sociales de los sindicatos
constituyen obras de solidaridad social, de altruismo general; mientras
que la caridad es singular y piadosa. Cede ante un caso patético,
no ante desgracias y miserias colectivas.
¿Con los años
no se ha vuelto puritano?
Para nada. La mía es una edad extrasexual,
pero la nostalgia se mantiene pura. Si el cuento viene procaz, lo hago
procaz.
A todo
esto... nunca ha dejado de escribir a mano.
Nunca, porque los dedos son los extremos terminales
de un impulso nervioso que viene del cerebro. Prefiero la escritura
manual; es más estilística, más refinada. Con la
máquina, expeditiva y diáfana, si bien es cierto, todo
se agiliza, el estilo se vuelve más seco y pobre. Por eso yo
hago primero mis manuscritos y recién entonces los transcribo.
¿Y todavía se mantiene fiel a su premisa
de no dejar de escribir ni un solo día?
Ah... claro... aunque sea una sola línea, pero
ni un solo día sin escribir. Escribir es para mí un vice
impuni.
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