Que José Luis Cabezas haya sido carbonizado no es casual: esta
"crueldad", este "ensañamiento", este recuerdo de los días y las
prácticas más horribles de la dictadura son un planificado bofetazo
a la democracia. Sólo faltó el acribillamiento. A Atilio López,
ex vicegobernador de Córdoba, la Triple A le descargó más de ochenta
balazos. Era el exceso del exceso: el puro fascismo. Habrá que
ver en el preciso balazo que recibió Cabezas en la sien la búsqueda
de una mezcla escalofriante entre exceso-desborde y precisión-frialdad
asesina.
CRÍTICA DE LA VIOLENCIA
EL TERROR CLANDESTINO
Durante la última semana del mes de marzo y durante el mes de abril
de 1976 los diarios argentinos mesuradamente informaron sobre
ciertas apariciones macabras: eran los carbonizados. Cuerpos que
aparecían en diversos lugares y que tenían características comunes:
estaban atados con alambre, acribillados a balazos y calcinados.
Luego los diarios dejaron de informar. El gobierno militar dijo
que habría de encargarse de toda información ligada con la lucha
contra la subversión y que, por consiguiente, sólo habrían de
publicarse las noticias oficialmente autorizadas. Sin embargo,
deslizó una interpretación de los hechos: el gobierno no podía
contener a los calcinadores de cuerpos. Eran organizaciones clandestinas.
Eran "consecuencias de la lucha que la subversión ha desatado".
Hasta hubo un marino que dijo que no se combatiría a la "violencia
de derecha". Que esta violencia, dijo, era consecuencia de la
"violencia de izquierda". "Son anticuerpos", dijo. "Hay que combatir
la enfermedad, que es la violencia subversiva. Una vez derrotada
ésta, desaparecerán los anticuerpos." Muchos asumieron esta interpretación:
había una violencia paramilitar. Había se decía esto, créase
o no grupos de derecha (se decía también: nacionalistas) que
escapaban al control institucional. El gobierno los padecía casi
tanto como sus víctimas, ya que no podía contenerlos y sufría
el desprestigio que arrojaban sobre la escena nacional. Algunos
políticos, inmersos en esta farsa, se dirigían al gobierno y solicitaban
que se contuviera a las "organizaciones clandestinas", o "de derecha"
o "nacionalistas". Videla, incluso, era presentado como la garantía
de esa contención. Porque Videla era el general de la línea blanda.
Porque era "liberal" y no "nacionalista". Porque era el general
que posibilitaría algún diálogo con la civilidad. Esta farsa abrió
el espacio justificatorio para el protagonismo de "políticos dialoguistas"
o "intelectuales almorzadores". Caramba, se decían, qué serio
problema afronta el "liberal" Videla: por más que se aplica y
se preocupa no ha podido aún contener la "violencia clandestina".
Pero, en fin, ya lo hará.
También Rosas durante las jornadas del Terror desatadas en
1840 dijo que no tenía manera de contener a la Más-Horca. Se
lo dijo al ministro inglés Mendeville: "En época de guerra como
la presente, no puede exigirse como en la de una profunda paz".
Lavalle había invadido la campaña y marchaba contra el gobierno
del Restaurador: ¿tenía éste la culpa? Si los mazorqueros degollaban,
¿no tenían la culpa los enemigos del gobierno, los unitarios que
habían desatado una guerra contra el poder constituido y santo?
Lo mismo que, luego, haría Videla: el gobierno no desea los crímenes,
pero no puede impedirlos. No sabe quiénes los cometen. Son consecuencias
de la guerra. Para Rosas, la culpa la tenían Lavalle y sus aliados
franceses. Para Videla, la "subversión apátrida". (Cuando Rosas
lo necesitó frenó los crímenes. Lo hizo desde Morón, el 31 de
octubre de 1840, luego de firmar un tratado de paz con el almirante
Mackau.)
La violencia clandestina no sólo se propone matar: se propone
infundir terror. De aquí su crueldad. Pretende ser ejemplarizadora.
Dice: no se metan; el que se mete, muere. Cada cadáver es un ejemplo:
esto les pasa a los que se meten. Es decir, a los que investigan,
a los que sacan fotos, a los que preguntan, a los que opinan,
a los que se oponen a que ciertas cosas (básicamente: el Poder
y sus designios, o sus arbitrios o sus negocios) se deslicen sin
cuestionamiento alguno.
Ahora bien, nadie puede no saberlo: cuando el Poder no esclarece
un hecho delictivo es porque alguno de sus resortes, alguno de
sus estamentos, está comprometido en él. Esto, hoy, lo saben todos
los habitantes de la Argentina, lo digan o no. Desdichadamente,
ya es larga nuestra experiencia del terror. Si Rosas detuvo pero
no condenó ni desenmascaró a la Más-Horca fue porque esta organización
era constitutiva de su gobierno. Si Videla no contuvo los "excesos"
ni contuvo a la "línea dura", fue porque eso hubiera sido contenerse
a sí mismo: porque él era el exceso, él era la línea dura. (Como
vemos, hay, ya, entre Rosas y Videla una diferencia: los crímenes
de la Más-Horca no eran todo el rosismo. Eran un elemento de su
poder. El rosismo fue más que la Más-Horca y están la Vuelta de
Obligado o la Ley de Aduanas de 1835 para testimoniarlo. No así
con Videla: el terror clandestino constituía en totalidad a su
gobierno. Rosas pudo contener a la Más-Horca y continuar gobernando.
Para Videla, impedir los asesinatos hubiera sido no gobernar.
La precedente aclaración tiene una importancia metodológica
central: no es necesario que todo un gobierno esté complicado
con la violencia clandestina para hacerlo responsable de ella.
Todo Videla era clandestino: fue un gobierno ilegal y terrorista.
Pero a Cabezas lo han eliminado bajo un gobierno democrático y
lo han hecho por medio de prácticas videlistas. Un gobierno no
puede reivindicarse como transparente y democrático y permitir
que estas cosas ocurran. Si ocurren y no se descubren es porque
alguna zona de ese gobierno es una zona de terror, de violencia,
de ilegitimidad democrática. Si ocurren y no se descubren es porque
ese descubrimiento (todo el país tiene el derecho a suponerlo)
desenmascararía a sectores del Poder que los hombres que lo ejercen
necesitan y deseen que permanezcan intocados.
Todos lo saben y ya todos o muchos, afortunadamente lo dicen:
si lo de la AMIA no se resuelve es porque resolverlo implicaría
desmontar estamentos del Poder que no pueden tocarse. O que sí
pueden tocarse: pero al precio de que ese Poder se cuestione y
se depure en totalidad. Lo mismo con todos los otros casos impunes.
Lo mismo, hoy, con José Luis Cabezas.
Para el gobierno sería muy fácil salir de este cono de sombra
de sospecha: sólo tiene que descubrir a los asesinos de Cabezas
y exponer ante la opinión pública qué aberración del Poder los
sostiene, los ampara, los torna posibles. Pero claro: tal vez
esto no sea "muy fácil", sino "muy difícil". Tengo un amigo que
dice: "Lo que pasa es que si empiezan a tirar de la piola en serio...
se cae todo, viejo". Puede ser. Pero lo que pasa es que si no
empezamos ya, todos, a tirar de la piola en serio... también se
cae todo. Pero para el lado de siempre. Para el doloroso lado
que ya conocemos: el nuestro.