Rosas, así, se adueña del gobierno. Los unitarios esperan que
calme a la plebe, que evite la anarquía y posibilite el curso
de sus negocios. No saben lo que les espera. O comienzan a saberlo
el 13 de diciembre de ese año veintinueve. Porque ese día Rosas
asume para sí la figura feroz de la venganza. Ese día celebra
los funerales de Dorrego. Fueron, sí, estremecedores. El nuevo
gobierno no venía dispuesto a olvidar. Que el primer acto de Rosas
como gobernador sea enterrar a Dorrego era un mensaje claro para
quienes lo habían asesinado: la sangre derramada no había caído
en vano, no sería olvidada y reclamaba más sangre porque reclamaba
su venganza. Fue un espectáculo desmesurado y atemorizador. El
cortejo fúnebre partió de la Plaza de la Victoria rumbo a la Recoleta.
Rosas lo encabezaba. Escribe Manuel Gálvez (y escribe como si
hubiera estado allí, y como si hubiera sucumbido ante la grandeza
terrible del Restaurador): "El iba inmutable y callado. Llevaba
el traje de capitán general. Ni miraba a las gentes, que le contemplaban
absortas. Ni una sonrisa, ni un gesto. Rígido, teatral, magnífico
en sus galas y en su belleza, parecía despreciar al mundo entero.
En su fuerte puño, el bastón de mando adquiría un terrible significado.
Las gentes lo miraban sumisas, encandiladas, humildes. Algunos
bajaban la cabeza. Otros se hubieran arrodillado a su paso. Su
arrogancia espléndida y todo su aspecto tenían algo de los Césares
romanos" (Manuel Gálvez, El Gaucho de los Cerrillos, Austral,
p. 161). Sólo le faltaba música de Wagner a don Juan Manuel para
completar su escenografía macabra. Tenía, sin embargo, antorchas.
Porque es ya de noche cuando llega a la Recoleta. Y tiene que
leer su discurso. Y extrae unas cartillas minuciosamente escritas.
Y alguien le acerca una antorcha. Y el viento sacude las páginas
y las llamas. Y el Restaurador lee un texto que, años más tarde,
hará decir a su biógrafo Carlos Ibarguren (ideólogo del golpe
uriburista de 1930, fervoroso fascista de brillante pluma) que
es un "discurso necrológico que tiene la belleza serena de una
oración" (Ibarguren, Juan Manuel de Rosas, Theoría, p. 144). Dice
Rosas: "¡Dorrego! Víctima ilustre de las disensiones civiles:
descansa en paz. La patria, el honor y la religión han sido satisfechos
hoy, tributando los últimos honores al primer magistrado de la
República, sentenciada a morir en el silencio de las leyes. La
marcha más negra de la historia de los argentinos ha sido ya lavada
con las lágrimas de un pueblo justo, agradecido y sensible (...)
Allá, ante el Eterno, árbitro del mundo, donde la justicia domina,
vuestras acciones han sido ya juzgadas, lo serán también las de
vuestros jefes y la inocencia y el crimen no serán confundidos...
¡Descansa en paz entre los justos!" (Ibarguren, p. 145). De este
modo, Rosas accedía al gobierno como Angel de la venganza. Porque
algo estaba claro: sería él quien habría de decidir qué era la
inocencia y qué era el crimen. El y no el Eterno. O, en todo caso,
el Eterno encarnado en él, quien llegaba para gobernar en Su nombre,
asumiendo Su justicia y Su castigo. Los días del Terror no estaban
lejos. Rosas explicita frontalmente esta teoría en su discurso de asunción
en la Legislatura de Buenos Aires. Observemos dos puntos cruciales:
el enemigo interno y la necesariedad de la dictadura. Anticipándonos:
siempre la teoría del enemigo interno funciona al servicio de
la justificación de la dictadura. Dice, magnífico, teatral, Rosas:
"Ninguno ignora que una fracción numerosa de hombres corrompidos,
haciendo alarde de su impiedad y poniéndose en guerra abierta
con la religión, la honestidad y la buena fe, ha introducido por
todas partes el desorden y la inmoralidad" (Ibarguren, p. 210).
El enemigo interno está señalado: una fracción numerosa de hombres
corrompidos. Serán, para Rosas, los unitarios. Pero serán, centralmente,
quienes no piensan como él. Como lo siguieron siendo y lo serán
siempre para todo gobernante que apele a la teoría del enemigo
interno. Continúa Rosas, ese día de otoño, en la Legislatura de
Buenos Aires: "El remedio a estos males no puede sujetarse a formas
y su aplicación debe ser pronta y expedita". Así, la teoría del
enemigo interno justifica la rapidez de los procedimientos; lo
cual, claro, justifica, a su vez, un avance temible del Poder
Ejecutivo sobre las formas judiciales, ya que la Justicia para
los que combaten ejecutivamente contra el enemigo interno siempre
es lenta y llega tarde. Continúa Rosas, y continúa y concluye
de un modo palmario y estremecedor: "La Divina Providencia nos
ha puesto en esta terrible situación para probar nuestra virtud
y nuestra constancia. Persigamos a muerte al impío, al sacrílego,
al ladrón, al homicida y sobre todo al pérfido y traidor que tenga
la osadía de burlarse de nuestra buena fe". Y atención ahora:
"Que de esta raza de monstruos no quede uno entre nosotros y que
su persecución sea tan tenaz y vigorosa que sirva de terror y
de espanto (...). El Todo Poderoso dirigirá nuestros pasos". Lo admito: se trata de un texto algo desmesurado. Tal vez suene
extrañamente hoy como un rescoldo de tiempos salvajes, felizmente
superados. Ocurre, no obstante, que no hay tiempos felizmente
superados, y que sólo hace algo más de una década hemos dejado
de oír el lenguaje despiadado de la teoría del enemigo interno.
(Por otra parte en setiembre de 1996 el presidente Carlos Menem
pronunció una frase que alarmó a la sociedad, ya que remitía,
de un modo directo y hasta brutal, a la teoría del enemigo interno.
Sintiéndose molesto por el desarrollo de un polo opositor, declaró:
"El enemigo acecha".) Carlos Ibarguren se complace con ese texto feroz del Gaucho de
los Cerrillos. Rosas, argumenta, era transparente, no pretendía
engañar a nadie. Asumía el gobierno como dictador. Nadie podía
ignorar que los tiempos que se avecinaban serían difíciles y que
las libertades públicas y privadas serían avasalladas. Pero, dice,
esto era necesario. Como vemos, la teoría del enemigo interno
funciona, en Ibarguren (y la utilizará, también, para validar
a Uriburu ante la demagogia yrigoyenista), como encuadre justificatorio
de la dictadura. "¿Qué es una dictadura?", se pregunta nuestro
nacionalista de brillante prosa. Responde: "Es el violento avasallamiento
de un pueblo a la voluntad omnímoda de un hombre, de un grupo
o de una clase social". Jugueteaba al mencionar la dictadura
de una clase social con el concepto marxista-leninista de dictadura
del proletariado. Pero, para Ibarguren, hombre de linaje, amigo
de estancieros, individualista implacable, la dictadura ideal
es la que responde a la voluntad omnímoda de un jefe. (Los nacionalistas
viven soñando con los jefes, con la voluntad de los jefes, con
la omnipotencia de los jefes, con su espectacularidad escenográfica).
De este modo, Ibarguren encuentra en Rosas al dictador ideal.
Y, para demostrarlo, distingue dos tipos de dictaduras: la ocasional
y la trascendental. La ocasional es efímera; es, bueno ¿para qué
abundar?, su nombre lo dice: es ocasional, meramente correctiva
de algunos desórdenes y no abre surcos históricos. La trascendental
sí: abre surcos históricos y, abriéndolos, supera la anarquía,
ya que la anarquía es el fundamento de las dictaduras trascendentales.
"¿Cómo y por qué nace la dictadura? Ella es siempre consecuencia
de la anarquía (...) Una colectividad desgarrada por la anarquía
sólo puede volver a su quicio, y formar otra vez un todo coherente,
mediante una fuerte acción que reajuste todos los elementos que
se han aflojado y disgregado. Tal acción debe ser necesariamente
violenta" (Ibarguren, p. 212). Queda cerrado así el círculo de
la teoría del enemigo interno. ¿Por qué? Porque la teoría del
enemigo interno se implementa siempre para concluir en una justificación
de la violencia. El teorema que a partir de Rosas traza Ibarguren
es impecable: la anarquía (que existe porque existe el enemigo
interno) conduce a la dictadura trascendental (único ejercicio
de gobierno capacitado para erradicarla) y la acción desarrollada
por la dictadura trascendental debe ser necesariamente violenta.
Y, aún, insiste Ibarguren: "Rosas interpretó y dirigió, como jefe
supremo, este gran movimiento el de la erradicación de la anarquía
(J. P. F.); por eso su dictadura fue trascendental y durante
su larga duración, en la que se mantuvo firmemente la unidad nacional
y su independencia, pudieron madurar los elementos que forjaron
la organización constitucional, después de su caída" (p. 213).
Notable texto: Ibarguren acepta la organización constitucional
que impusieron Sarmiento, Mitre y Roca, como fruto maduro de la
dictadura rosista. Torpemente anticipándolos incurre en la misma
y lamentable justificación que los militares de la Seguridad Nacional
ofrecerían de sí mismos: la democracia fue el fruto maduro del
aniquilamiento de la subversión, de la anarquía; en suma, del
enemigo interno. Si, para Ibarguren, las atrocidades de la Sociedad
Popular Restauradora (la Mas-horca) abrieron el horizonte de posibilidad
de la constitución de 1853 y de la república consolidada en el
ochenta, para los procesistas del '76 el Operativo Independencia
y las torturas de la ESMA abrieron la posibilidad de la democracia.
Dos formas de justificar a través de dos procesos políticos diferenciados
la crueldad infinita de la violencia histórica.
CRÍTICA DE LA VIOLENCIA
EL GENERAL ROSAS
El fusilamiento de Dorrego torna poderosa la imagen del Gaucho
de los Cerrillos, la imagen de Rosas. Todas las miradas convergen
hacia él: deberá ser él, piensan todos, el que habrá de sacar
al país de la anarquía, de la disolución. "Rosas llega al gobierno
liderando un amplio frente político. Lo apoyan, en efecto, los
estancieros saladeristas, a los que se encontraba ligado de modo
inmediato: la clase ganaderil del litoral no porteño, a cuyo caudillo
Estanislao López había tratado con segura habilidad política;
los jefes federales del interior mediterráneo, hartos del despotismo
de la burguesía mercantil rivadaviana; y también esta misma burguesía
cuyos voceros más nuevos y lúcidos eran Alberdi y sus amigos.
A este frente se sumaron, en forma cada vez más intensa y decidida,
las peonadas, los gauchos y los negros, cuyos favores había sabido
Rosas ganarse desde siempre" (J. P. F., Filosofía y Nación, Ariel, p. 95). Rosas, sí, había tenido un certero olfato para
saber cómo erigirse en conductor de las clases pobres. Se lo dijo,
el día de su ascensión al poder, es decir, el 8 de diciembre de
1829, a don Santiago Vázquez, representante del gobierno de la
banda oriental. Confiesa, don Juan Manuel, que los errores de
quienes lo han precedido en la conducción del país han radicado,
grandemente, en ignorar a "los hombres de las clases bajas, los
de la campaña, que son la gente de acción" (Busaniche, Rosas visto
por sus contemporáneos, Kraft, p. 30). Le advierte a Vázquez,
como haciéndole un guiño, sobre "la disposición que hay siempre
en el que no tiene contra los ricos y superiores" (Busaniche,
p. 30). Vázquez lo sabe: teme, como todos los de las clases ilustradas
temen, que la plebe se soliviante. Rosas lo serena: sabe, él,
cómo evitarlo. Y se lo dice: siempre, en efecto, le ha parecido
"muy importante conseguir una influencia grande sobre esa clase
para contenerla o para dirigirla". Vemos, aquí, que Rosas ha sido
consciente acerca de las necesidades del control social para gobernar.
Lo que no esperaban los ilustrados era que el Gaucho de los Cerrillos
ejercería, también, el control sobre ellos. Y de un modo despiadado
y sangriento. Pero ya llegaremos a esto. Ahora lo tenemos a don
Juan Manuel frente a Santiago Vázquez, el día de su asunción del
poder, explicándole cómo se ha ganado la adhesión fervorosa de
las peonadas. Continúa Rosas: "Para esto (para dominar a las clases
bajas) me fue preciso trabajar con mucha constancia, con muchos
sacrificios de comodidades y de dinero, hacerme gaucho como ellos
y hacer cuanto ellos hacían; protegerlos, hacerme su apoderado,
cuidar de sus intereses, en fin, no ahorrar trabajo ni medios
para adquirir más su concepto" (Busaniche, p. 31). Se trata, esta
confesión de Rosas a Santiago Vázquez, de un notable documento
acerca de las condiciones de posibilidad del caudillaje entendido
como seducción y manipulación.
Rosas asume su segundo gobierno el 13 de abril de 1835. Se dirá
que la sociedad argentina estaba dividida en dos, que no fue Rosas
quien creó esa división y que, por el contrario, él venía a solucionarla,
a superarla. Hay, incluso, un libro de un apasionado rosista,
Ricardo Font-Ezcurra, que se llama La unidad nacional. Sin embargo,
no es así: la división, es cierto, existía, pero Rosas la instrumentó
para fortalecerse. Rosas hizo de la división nacional (y no de
la unidad) su metodología de gobierno. La división nacional implica
la teoría del enemigo interno: la libertad, la juridicidad y la
paz social siempre están amenazadas cuando un gobierno recurre
a la teoría del enemigo interno.