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La obra de José Pablo Feinmann ensaya un formidable contrapunto entre el Che y un interlocutor siempre descreído. Y los múltiples filos de ese diálogo contagian a la platea, que termina tomando partido.
LA DISCUSIÓN PENDIENTE
CUESTIONES CON ERNESTO CHE GUEVARA
Por JOSÉ PABLO FEINMANN
Intérpretes: Manuel Callau, Arturo Bonín, Daniel Freire y Alicia Burdeos
Escenografía y vestuario: María Julia Bertotto
Música: Edgardo Rudnitzky
Producción: Ricardo Cohen y Mariano Pagani
Iluminación y dirección: Javier Margulis y Rubens Correa
Lugar: Complejo Teatral Margarita Xirgu
Rescatado como un asunto de inacabada lectura, el tema de
la violencia como instrumento de la acción política es el centro de esta primera obra
teatral de Feinmann, que expone la multiplicidad de sentidos que el paso del tiempo y los
nuevos códigos imprimen a esta cuestión, desmenuzada en el contexto de una circunstancia
histórica precisa: las últimas horas del Che. El autor destaca la singularidad de esa
circunstancia, imaginando un diálogo-debate entre un Guevara sarcástico, a punto de ser
asesinado, y un personaje de ficción, Andrés Navarro, supuesto historiador becado por la
Fundación Guggenheim para contar lo que nadie sabe: lo ocurrido durante las dieciocho
horas que precedieron al crimen, y qué cosas, hasta ahora desconocidas, pudo haber dicho
entonces Guevara. Este está "en medio de la nada", en una escuelita de La
Higuera, en Bolivia, "un páramo de palabras donde sólo queda lugar para
preguntas", como describe a manera de presentación el actor que interpreta a un
periodista del New York Times, a un coronel genocida del régimen de Fulgencio
Batista y a Fidel Castro.
La discusión parte de lo que no se sabe, desde lo imposible
presionando lo real, en una disposición escenográfica semejante a una encrucijada.
Camino, cruce o emboscada, el escenario muestra paneles oblicuos, y en el fondo una tapia
encajonando al conjunto. En este punto, la decoración es pura sugerencia. Pero se vuelve
explícita en cambio en las secuencias en que dos de los más divulgados retratos del Che
se descuelgan desde lo alto como en un montaje a lo Brecht.
Esta irrupción de la imagen de Guevara --utilizada hasta el
agotamiento por los rebeldes sesentistas de casi todo el mundo, incluidos los
norteamericanos yippies del Youth International Party, que hicieron de su
movimiento un happening en continuado-- atenúa el áspero discurso de los
contendientes en escena, aportando un matiz emotivo a las réplicas, claras y directas en
su intento por redefinir el pasado.
El Che --interpretado ajustadamente por Manuel Callau-- habla desde su
época, y Navarro --el intelectual argentino que compone con riqueza de matices Arturo
Bonín-- lo hace desde este fin de milenio. El guerrillero hace suya el ansia de
liberación de un pueblo (que supuestamente ha agotado los medios pacíficos para
lograrla) y se convierte en vanguardia armada con la intención de destruir un orden
injusto. El historiador Navarro, que tiene la edad del Che cuando murió, cree que Guevara
es el símbolo de la violencia utilizada como acción política. Los diálogos entre ellos
no son condescendientes, pero tampoco brutales. Desnudan las contradicciones y redefinen
las situaciones en función de una hipotética totalidad, siempre ideológicamente
cuestionada. Esa dialéctica es la que sustenta la acción, y la que contribuye a imprimir
a la obra un ritmo vivaz. En cuanto al material, todo sirve para la polémica, incluidas
las palabras que el autor pone en boca de Castro para referirse al Che: "¿Qué hago
con el loco? ¿Qué hago con el aventurero, con el insensato, con el enemigo de la
política? …"
Basándose en lo que es esencial a la teatralidad (silencios, gestos, acciones,
palabras, sentimientos), los directores Rubens Correa y Javier Margulis realizaron una
puesta sólida, consistente en lo actoral y libre de golpes bajos. No es ésta la
escenificación de un panfleto, sino la de una discusión "pendiente" (como se
subraya en el programa de mano) sobre un tema no resuelto. La exposición es por momentos
pormenorizada, pero nunca fatigante. Las mismas conclusiones de los contendientes son
inteligentemente utilizadas para generar secuencias de humor o de drástico
enfrentamiento. Un recurso tan eficaz que en una de las funciones de preestreno dio lugar
a que un sector del público tomara partido por el discurso de uno de los personajes (en
ese caso el del historiador), festejándolo con aplausos. El Che, obviamente, no lo dejó
sin respuesta.
Hilda Cabrera
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