Con su habitual claridad expositiva, su sólida formación humanística y su conocida habilidad para el análisis sociológico y político, José Pablo Feinmann explora en este ensayo el fenómeno de la violencia. Lo hace desde una perspectiva crítica -en el sentido kantiano de conocimiento, de investigación de los alcances y límites del fenómeno analizado- y se detiene a examinar, fundamentalmente, de qué modo se manifestó la violencia en el devenir histórico argentino.
Su línea de pensamiento es, en más de un aspecto, refutable, controvertible. Feinmann es un hombre fuertemente adherido a una determinada concepción ideológica. Es un militante intelectual de izquierda, con todo lo que eso significa de compromiso con los ideales del igualitarismo social y el colectivismo económico. Pero es también un hombre enormemente receptivo a los efluvios y las emociones del sentimiento nacional. Por supuesto, su nacionalismo -si se lo puede llamar así- es el de los ideólogos de la izquierda revolucionaria de los años 70 y no el de los clásicos heraldos de cuño conservador.
Valga esta aclaración introductoria -tal vez ingenua y redundante, pero necesaria- para que no se suponga que el autor es objetivo o neutro en su visión de los grandes dramas de la historia política argentina. No lo es: toma partido y casi siempre en contra de los postulados de la historiografía tradicional. Su intelecto y su corazón están volcados en una dirección determinada y es saludable que el lector lo sepa antes de sumergirse en la lectura del libro.
Pero esa militancia intelectual no impide que Feinmann se muestre en general riguroso -aunque nunca imparcial- en su análisis histórico-político de la conflictiva realidad argentina del siglo XX.
Es más: su fuerte compromiso ideológico es, justamente, lo que confiere especial interés a algunas de las opiniones que vierte sobre nuestra historia reciente. Adquieren especial resonancia, por ejemplo, su rechazo a la idealización romántica y acrítica de la figura delChe Guevara, su oposición frontal a la llamada "cultura de la muerte" -abrazada con irracionalidad por tantos combatientes subversivos de la década del 70- y, sobre todo, su certera y conmovedora afirmación de que toda violencia expresa una derrota: "la de no poder tomar al Otro como un fin en sí mismo, la de no respetarlo en su humanidad". En labios de un analista menos comprometido que Feinmann, esas definiciones tendrían, probablemente, una relevancia menor.
El libro está dividido en tres partes. En la primera intenta una "gnoseología de la violencia", que contiene valiosas observaciones sobre Perón y Hitler, sobre Heidegger ySartre, sobre el oprobio nazi y el infierno estalinista. La fuerza visceral de esa primera parte, sin embargo, está concentrada en sus análisis de la problemática nacional, especialmente en sus agudas reflexiones críticas sobre los montoneros, sobre el acercamiento de la izquierda al peronismo y sobre las raíces y derivaciones de la violencia setentista.
La segunda parte del libro -que es, sin duda, la más débil- contiene una historia de la Argentina del siglo XIX, centrada en el análisis de las formas que asumió la violencia política en ese tiempo. En esa parte del libro, Feinmann incurre en extrapolaciones arbitrarias que le hacen perder toda objetividad.
Analizar, por ejemplo, como lo hace en determinado momento, la notable Constitución rivadaviana de 1826 desde la severa concepción de los derechos humanos que alentamos en el siglo XX -olvidando que en los Estados Unidos, el país que marcó rumbos en materia constitucional, la esclavitud perduró hasta más allá de la mitad del siglo XIX- constituye un verdadero abuso intelectual, que vulnera elementales principios de la historiografía científica.
Por otra parte, Feinmann no es coherente consigo mismo cuando condena con implacable dureza la violencia jacobina de Moreno o de Lavalle, sin la menor concesión a la cuestión de los fines o los ideales que puedan haberla motivado, mientras en la primera parte de la obra, al estudiar la Argentina violenta del siglo XX, permite que el tema de los fines se filtre, en alguna medida, al diseñar una visión comparativa de los violentos de uno y otro lado. No hay coherencia metodológica entre uno y otro análisis.
Su rígida adhesión a los postulados del revisionismo histórico lo lleva al absurdo de mostrarse benevolente con Facundo Quiroga y, en cambio, a denigrar a un estadista de la dimensión moral e intelectual de Rivadavia. Olvida por completo que detrás de la concepción doctrinaria de los unitarios -más allá de que hayan recurrido a la violencia, siempre execrable- palpitaba, en embrión, el modelo de respeto a los derechos humanos que hoy consideramos propio de una democracia civilizada.
Afortunadamente, la tercera parte del libro -dedicada a la violencia y el sentido de la historia- tiene el mismo nivel de calidad de la primera. Al explorar los cambios históricos más recientes, la crisis de la modernidad, la posibilidad de una izquierda antiutópica, las graves desigualdades sociales de este tiempo y el tema de la violencia coercitiva del Estado democrático, su concepción es sólida, más allá de que se compartan o no sus conclusiones. Y lo que queda en pie es una reflexión sobre las causas profundas de la violencia que suma elementos de inocultable interés a uno de los debates centrales del fin del milenio.