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JOSE PABLO FEINMANN
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La
astucia de la razón
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Por lo que se ve, la realización de lo universal lleva
como inseparable el interés particular de la pasión, pues de lo particular
y determinado y de la negación de ello resulta lo universal. Es lo particular
lo que se halla empeñado en la lucha y lo que, en parte, queda destruido. No
es la Idea general la que se entrega a la lucha y oposición y se expone al peligro;
ella se mantiene en la retaguardia, puesta a salvo e incólume. Debe llamarse
astucia de la razón al hecho de que ella haga actuar en lugar suyo a
las pasiones (. . .) Lo particular es, casi siempre, demasiado pequeño frente
a lo universal; es así como los individuos quedan sacrificados y abandonados.
La Idea paga el tributo de la existencia y de la caducidad no por sí misma,
sino mediante las pasiones de los sujetos.
HEGEL
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Capítulo I
—¿Y usted qué le dijo?—preguntó Norman Backhauss.
Pablo Epstein tenía nueve años cuando su padre le dijo:
"Yo no me voy a morir". Se lo dijo en San Clemente del Tuyú, durante
unas vacaciones que hubieran sido aburridas, aburridas al menos para Pablo, si éste,
Pablo, no se hubiera enamorado locamente de Mónica, la hermana, menor,
de uno de los amigos de Enrique Epstein, el hermano, mayor, de Pablo, y si Mónica
no se hubiera llamado así, Mónica, nombre que unido al verano, al concepto
del verano (como gustaría decir Pablo, años más tarde, inmerso ya
en las bifurcaciones de la dialéctica hegeliana), entregaría al, por decirlo
así, imaginario sexual de Pablo la vaga sensación de haber ya vivido, en
la modalidad, claro, de lo incompleto y premonitorio, la historia bergmaniana de
Un verano con Mónica, filme que consagró tempranamente al genio
sueco en la Argentina, país tan refinado y culto que se jactaba, más
que de producir genios, de descubrirlos, exaltándolos antes que los restantes
países del planeta, exaltación que se instaló tumultuosamente en las
noches y en las cobijas de Pablo como el intempestivo regreso de Mónica, crecida
ahora y mimetizada con la figura a la vez gélida y ardorosa de Harriet Andersson,
pero que no era, y Pablo lo sabía, pese a la superposición de las imágenes,
pese a la mímesis, Harriet Andersson, sino Mónica, aquella Mónica,
la hermana, menor, de uno de los amigos de Enrique Epstein, el hermano, mayor, de
Pablo, y de quien, de Mónica, se había enamorado Pablo locamente
durante aquellas remotas vacaciones de 1951, en San Clemente del Tuyú, que hubieran
sido aburridas, aburridas al menos para Pablo, y que no lo fueron, según ha
sido dicho, por Mónica, por ese loco amor que nació en Pablo hacia
ella, pero que igualmente hubieran sido, si no aburridas, esas vacaciones insustanciales,
pese a la primera Mónica y pese a Harriet Andersson, la que le siguió,
para toda su vida insustanciales, si su padre, cuando Pablo Epstein tenía nueve
años, no le hubiese dicho: "Yo no me voy a morir".
—¿Y usted qué le dijo?—preguntó Norman Backhauss.
Cuando Pablo Epstein conoció a Norman Backhauss, cuando estrechó
su mano y le miró la cara por primera vez, recordó un texto de Theodor
Adorno: "En el psicoanálisis nada es verdad salvo las exageraciones".
Si este texto era cierto, verdadero, Norman Backhauss era entcmces, sencillamente,
el psicoanálisis en persona, ya que todo en él era exagerado. Tanto, que
hubiera sido posible pensar, y Pablo Epstein lo pensó, que Norman Backhauss
era más que el psicoanálisis, más que Freud y más que
Lacan, cuyos libros poblaban su escritorio y eran leídos sin fatiga por Backhauss,
que los subrayaba profusamente con un lápiz negro y otro verde, y cuya lectura
abandonaba, casi sin resignación, cada vez que Pablo Epstein entraba en el consultorio,
cada vez que Norman Backhauss iba a su encuentro, al de Pablo, y le estrechaba brevemente
la mano y Pablo entonces recordaba ese texto de Theodor Adorno, "En el psicoanálisis
nada es verdad salvo las exageraciones", y concluía que si ese texto era
cierto, verdadero, Norman Backhauss era más que el psicoanálisis, más
que Freud y más que Lacan, puesto que Norman Backhauss era la exageración
de la exageración. O para decirlo como lo hubiera dicho Adorno: la verdad de
la verdad.
—¿Y usted qué le dijo?—preguntó Norman Backhauss.
Norman Backhauss era, en efecto, la imagen hollywoodense
del psicoanalista, de aquí su condición de exagerado. Sería injusto,
y hasta posiblemente cruel para su recuerdo, para el recuerdo, al menos, que Pablo
Epstein habría de conservar de él, decir que era una caricatura. No, era
otra cosa. Quizá semejante, pero otra cosa. Era un psicoanalista de película.
No por otro motivo cuando Pablo Epstein lo conoció, cuando estrechó su
mano y le miró la cara por primera vez, no sólo recordó el texto de
Theodor Adorno, sino también lo reconoció, reconoció a Norman Backhauss.
De modo que para Pablo Epstein conocer a Norman Backhauss fue reconocerlo.
¿Qué duda podía caber? Esa exageración que estaba frente a él,
ese personaje hollywoodense que ahora estrechaba su mano era exactamente eso: una
exageración, una vieja desmesura de Hollywood. Era el psicoanalista de Spellbound,
sin la música de Miklos Rozsa, algo más joven, Backhauss, pero con la misma
pequeña barba, los mismos pequeños anteojos y la misma y sabia calvicie.
Era el psicoanalista de Spellbound (Cuéntame tu vida, para los
argentinos), el former professor de la valiente y enamorada doctora Constance
Petersen, Ingrid Bergman. En el psicoanalista de Spellbound, el actor Michael
Chekov, que haría años después otro inolvidable professor,
aunque esta vez de música, el professor Schumann de la película
Rhapsody (Rapsodia, para los argentinos), en la cual Elizabeth Taylor
enamoraba a Vittorio Gassman y a John Ericson. Era el psicoanalista de Spellbound,
el filme de Alfred Hitchcock. Era el former professor de Ingrid Bergman, el
sagaz científico que le entregaba a Gregory Peck un vaso de leche con puré
de somníferos, mientras éste, Peck, el neurótico John Ballantine,
lo miraba con sus ojos extraviados y sostenía una navaja en su diestra. Era
el psicoanalista de Spellbound, era Norman Backhauss.
—¿Y usted qué le dijo?—preguntó Norman Backhauss.
Cuando Pablo Epstein conoció a Norman Backhauss, el 28 de
enero de 1979 —las fechas, la fijación de las fechas, no será ocioso
decirlo ya, son esenciales en esta narración, ya que fueron esenciales en la
enfermedad de Pablo Epstein, en cualquiera de las manifestaciones que ésta,
la enfermedad de Pablo Epstein, adquiriría—, habían transcurrido tres años
y cuarenta y siete días de la fecha de la operación de Pablo Epstein, eso
que los médicos, indudablemente con mayor exactitud, llamaron intervencion
quirúrgica, y que consistió en extirparle a Pablo Epstein su
testículo derecho, amenazado, como lo estaba, por un tumor que había
crecido dentro de él, dentro del testículo derecho de Pablo Epstein cuya
sorpresa no fue poca, aunque posiblemente debió haber sido nula, cuando recostado,
Pablo, en el diván en el que se recostaban los pacientes de Norman Backhauss,
apoyando su cabeza en la almohadilla en la que apoyaban su cabeza los pacientes de
Norman Backhauss, escuchó de labios de este lector de Freud y Lacan, o más
precisamente: del psicoanalista de Cuéntame tu vida (Spellbound,
para los yankis), de este hombre menudo con barbita, espejuelos y sabia calvicie,
de este hombre que, según él gustaba obstinadamente decir —y quizá
gustara decirlo, conjeturaría Pablo a lo largo del tratamiento, para
marcar las diferencias entre él, Backhauss, y quienes se recostaban en ese diván
en el que ahora estaba recostado Pablo— trataba enfermos mentales, "porque
todos los que vienen aquí (gustaba decir) son enfermos mentales",
de este hombre que más que leer a Freud y Lacan, descubriría Pablo a lo
largo del tratamiento, leía a Freud desde Lacan, de este hombre
de cuyos labios, en medio de una sorpresa que no fue poca y que posiblemente debió
ser nula, escuchó Pablo Epstein el siguiente juicio: "Usted hizo
un tumor de testículo".
—¿Y usted qué le dijo? —preguntó Norman Backhauss.
Cuando Pablo Epstein conoció a Norman Backhauss, el 28 de
enero de 1979, habían transcurrido tres años y cuarenta y siete días
de la fecha de su operación, eso que los médicos llamaron intervención
quirúrgica, la intervención quirúrgica del testículo
derecho de Pablo Epstein, acaecida el 12 de noviembre de 1975, en una Clínica
del barrio de Palermo, ciento treinta y dos días antes del 24 de marzo de 1976,
es decir, ciento treinta y dos días antes del golpe militar del 24 de
marzo de 1976, feroz cercanía, feroz coincidencia temporal, que impuso a Pablo
Epstein el feroz destino (destino que, como todo destino, marcó un devenir ineluctable
inmanente, necesario, una filosofia de la historia en la vida de Pablo, una
filosofía de la historia que se desarrollaría en la modalidad de la tragedia)
de atravesar el feroz año de 1976 ferozmente agredido externa e internamente,
agresión tan feroz que determinaría en Pablo la feroz aparición de
eso que Norman Backhauss, obstinadamente (para, conjeturaría Pablo a lo largo
del tratamiento, marcar las diferencias entre él, Backhauss, y quienes
se recostaban en ese diván en el que ahora estaba recostado Pablo), llamaría
su enfermedad mental, la enfermedad mental de Pablo Epstein.
—¿Y usted qué le dijo?—preguntó Norman Backhauss.
Sería inexacto, sin embargo, además de injusto (injusto
con cierta condición moral, o, si se prefiere, con cierto conocimiento de sí
que Pablo Epstein, pese a su progresiva desintegración como sujeto, aún
conservaba cuando fue en busca del psicoanalista Backhauss), decir que Pablo ignoraba
que estaba enfermo cuando el 28 de enero de 1979 conoció a Norman Backhauss.
Por el contrario, Pablo sabía que a partir del 12 de noviembre de 1975, fecha
en la que tuvo lugar el acontecimiento que sus médicos llamaron intervención
quirúrgica y que consistió en la extirpación de su testículo
derecho, la desintegración de la conciencia de Pablo Epstein había sido
progresiva, expresándose, esta desintegración, en la incapacidad para controlar
sus actos, en el avance irreparable de la compulsión, esa sintomatología
repetitiva que humillaría incesantemente a Pablo, sin darle sosiego, tregua,
paz, condenándolo a la realización y, lo que era aún infinitamente
más doloroso, a la repetición de los actos más absurdos, ridículos,
estúpidos pero lacerantes que jamás —él, un filósofo, un hombre,
por decirlo así, entrenado para manejarse con las ideas— había imaginado
realizar. De modo que sería (más aún que inexacto e injusto) tan absurdo,
tan estúpido y tan ridículo como los actos a los cuales lo arrastraba lacerándolo,
su sintomatología repetitiva, decir que Pablo Epstein ignoraba que estaba
enfermo cuando el 28 de enero de 1979 conoció a Norman Backhauss. Este
saber, no obstante, este saber de su enfermedad se había refugiado, para Pablo,
se había encapsulado en lo que Pablo llamaría la progresiva desintegración
de su conciencia. De modo que cuando Pablo Epstein conoció a Norman Backhauss,
estar enfermo, para él, para Pablo, era padecer la progresiva desintegración
de su conciencia. En suma, en el concepto de desintegración de la conciencia
había encapsulado Pablo la totalidad de sus desdichas. Norman Backhauss,
entonces, debió haber considerado primordial destruir este refugio, este encapsulamiento
filosófico desde el cual Pablo se miraba a sí mismo. Conque, instalado
en esta plataforma analítica, introdujo, pues, Backhauss, el concepto de enfermedad.
Concepto que Pablo habría tolerado, sin aterrarse como se aterraría, si
Backhauss no hubiera introducido, junto con el concepto de enfermedad, el concepto
(de) mente. De este modo, la unión de estos dos conceptos –el concepto
de enfermedad y el concepto (de) mente–, constituiría el concepto que
habría de aterrar a Pablo: el concepto de enfermedad mental. "Yo",
diría Norman Backhauss, "sólo trato enfermos mentales. Y todos los
que vienen aquí son enfermos mentales". De modo tal que Pablo, bruscamente,
abandonó su encapsulamiento filosófico, y comenzó a llamar
enfermedad mental a eso que antes llamaba desintegración de la conciencia. Traslación
conceptual que llevó a cabo cckn humillación y pavor, ya que, para Pablo
Epstein al menos, ser una conciencia desintegrada (o, si se prefiere, pues Pablo
también solía decirlo así, un sujeto desmigajado) era participar de
las tendencias actuales, vanguardistas, de la filosofía, mientras que
ser un enfermo mental, era ser, lisa y llanamente, un loco. Para siempre, para el
resto de su vida, un loco.
–¿Y usted qué le dijo? –preguntó Norman Backhauss.
Cuando Norman Backhauss, en consecuencia, le dijo a Pablo Epstein
"Yo sólo trato enfermos mentales", Pablo Epstein, que estaba
en tratamiento con él, con Norman Backhauss, dedujo, coherente mente,
que esa frase significaba "Usted (él, Pablo Epstein) es un enfermo mental"
y reemplazó, luego, ya no coherentemente, sino impulsado por su pavor, por la
irracionalidad de su pavor, el concepto de enfermo mental por la simple y terrorífica
palabra loco. De tal manera que el discurso de Norman Backhauss quedó
establecido —en la caótica, desintegrada o desmigajada conciencia de Pablo—
así: "Yo sólo trato locos. Usted está loco". Y esta palabra,
loco, era simple porque carecía de toda cientificidad, porque
pertenecía al habla vulgar, porque a la vez decía todo y decía nada,
y era terrorífica porque era definitiva. Porque si uno padecía una
progresiva desintegración de la conciencia, era recuperable; porque si uno tenía
una enfermedad mental, o, si se quiere, era un enfermo mental, lo cual indica una
mayor hondura y permanencia de lo patológico, uno, pese a todo, estaba aún
dentro de los ámbitos del saber científico, uno, entonces, pese a todo,
seguía siendo recuperable; pero si uno estaba loco, estaba loco para siempre.
Así, una y mil veces, sentiría Pablo el terror de la locura, el terror
de la locura como destino, como permanencia e inexorabilidad. Y no era poco lo
que otros psicoanalistas —otros, es decir: ni Backhauss—, a quienes Pablo había
acudido inmerso en las bifurcaciones de su neurosis, a quienes había acudido
antes de acudir a Backhauss, habían hecho, estos otros psicoanalistas,
para generar en Pablo el terror de la locura como destino. Uno de ellos, por ejemplo,
luego de someterlo a un psicodiagnóstico, le había dicho: "El
peligro que usted corre es el de la cronificación de su neurosis".
¿Y qué es, concluía Pablo, desde el corazón de las tinieblas,
desde el pavoroso abismo, irrecuperable, la cronificación de una neurosis
sino la locura, la locura para siempre, como permanencia e inexorabilidad, como destino?
Y esto era lo intolerable: la locura como destino. Porque la locura como destino
es el dolor como destino. Y es el dolor —y retengamos esta palabra esencial:
dolor— porque la cronificación de una neurosis no es exactamente la locura.
Digamos: no lo es en modo alguno. La cronificación de una neurosis es la locura
con la conciencia de la locura. Y la conciencia de la locura es el dolor. Porque
el tipo que se cree Napoleón, no sufre. Unívocamente se cree Napoleón,
es Napoleón y punto, se acabó, no sufre, está loco. Pero el desdichado
que revuelve toda una casa, que revisa mil libros de una biblioteca para buscar una
carta que nunca fue escrita, una carta que sabe, este desdichado, que nunca fue escrita,
y que, no obstante, la busca porque no puede parar de buscarla, porque cuanto más
la busca más desea buscarla, y que mientras la busca es consciente, este desdichado,
es consciente de su indignidad, de su enfermedad, de su ridiculez, de su patetismo,
y que mientras la busca, este desdichado, mientras busca esa carta que sabe que nunca
fue escrita, mientras la busca se ve, se mira a sí mismo, se juzga
y se desprecia, pero no puede parar, y sigue buscando, abriendo cajones, apilando
carpetas, mirando libros que abandona pero que de inmediato vuelve a mirar, porque
la compulsión es un monstruo que no se detiene, que se alimenta a sí
mismo, memorizando textos, fechas que en seguida olvida y vuelve a leer, y vuelve
a memorizar, textos y fechas que horadan su cabeza, que vuelve a leer y vuelve a
olvidar y sabe, este desdichado sabe, que aunque los lea y memorice inagotablemente
jamás estará seguro de recordarlos, de recordar esos textos y esas fechas,
como jamás estará seguro de que esa carta no existe, y entonces, este desdichado,
querrá escaparse, salvarse, volverse loco de una vez por todas, padecer una
insanía incurable y no una neurosis crónica, ser un loco, pero quitarle
a la locura el saber de la locura, esto es: la neurosis, ser una piltrafa humana
pero no saberlo, ser Napoleón, Napoleón para todo el mundo, para toda la
vida, Napoleón hasta la muerte. Y entonces, pensaría Pablo años después,
entonces, pensaría Pablo Epstein cuando pudiera pensar su neurosis, reflexionar
sobre ella, y aun escribir sobre ella, entonces lo terrorífico de una
neurosis –la intolerable indignidad y el intolerable dolor de una neurosis– no consiste
en volverse, uno, el neurótico, loco. La locura es una salvación
para el neurótico. La locura es su reposo, el fin de sus padecimientos, Napoleón.
Lo terrible de una neurosis es que el neurótico actúa locamente, irracionalmente,
pero no está loco. Es decir, está loco y no está loco. Y de
esta contradicción surge la conciencia de su locura, y de la conciencia de su
locura surge el sufrimiento, el dolor. El neurótico es un loco que sufre.
Y en este sufrimiento, y no paradojalmente, está la esperanza de su curación.
Norman Backhauss, que era a veces casi tan sagaz como el psicoanalista de Cuéntame
tu vida, solía decirle a Pablo Epstein: "Mientras usted tema volverse
loco, no se va a volver loco".
—¿Y usted qué le dijo?—preguntó Norman Backhauss.
Cuando Pablo Epstein escuchó de labios de Norman Backhauss
la frase "Usted hizo un tumor de testículo", frase que Backhauss
introdujo –introdujo, digamos, dentro de su encuadre terapéutico– no
en la primera, ni en la segunda, ni siquiera en la octava o en la décima sesión,
sino, aproximadamente, a los seis meses del tratamiento, del tratamiento de Pablo
Epstein, la sorpresa de Pablo no fue poca, aunque, en rigor, si consideramos el tiempo,
los meses, seis, de tratamiento que llevaba con Backhauss, y el conocimiento que
de él, de Backhauss, tenía, debió ser, la sorpresa de Pablo Epstein,
nula, ya que Backhauss lo había acostumbrado a éste, por decirlo así,
estilo suyo, a esta modalidad aseverativa, a esta dura apodicticidad que destilaban
sus frases olímpicas, arrojadas desde el sillón desde el cual, él,
Backhauss, miraba y fraseaba, juzgándolos, a sus pacientes, a los pacientes
que como él, como Pablo, pacientemente lo escuchaban, sin mirarlo lo escuchaban,
tendidos en ese diván (yacentes e indefensos como los torturados, pensaría
Pablo, en las parrillas de los torturadores), ellos, los pacientes, pacientemente
escuchaban a Backhauss, sin mirarlo pero sabiendo que él, Backhauss, los miraba
a ellos, a los pacientes, y sabiéndolo, sobre todo, Pablo Epstein, que había
leído a los dieciocho años El Ser y la Nada, y sabía todo lo
que Sartre le había hecho saber sobre la mirada, sobre el poder cosificante
de la mirada, y sabía, entonces, que Backhauss, al mirarlo, al mirarlo desde
atrás, desde su sillón, por la espalda, lo cosificaba lo transformaba
en una cosa, y sabía, también, Pablo, y más precisamente: lo sabía
por haberlo elaborado a lo largo de su experiencia psicoanalítica con Backhauss,
que esa posición, la situación espacial del sillón de Norman
Backhauss, determinaba no sólo la cualidad cosif;cadora de su mirada, sino también
la cualidad cosificadora de sus frases, porque sólo desde esa situación
espacial se podían decir esas frases, y un psicoanalista, pensaría
Pablo, que no se sentara así ante sus pacientes —es decir: así, por
la espalda—, posiblemente no les diría esas frases, posiblemente no adoptaría
esa modalidad aseverativa, olímpica, apodíctica, posiblemente no los cosificaría
con su miradaa y con sus juicios, ya que, pensaría Pablo un juicio tal como
"Usted hizo un tumor de testículo", un juicio de tan feroz
apodicticidad, un juicio, qué duda podía caber, destinado a despertar y
a exigir la responsabilidad de Pablo ante su enfermedad física, este
juicio, sin embargo, lejos de despertar la responsabilidad de Pablo, la aniquilaba,
puesto que lo llevaba a absolutizar en él, en Pablo, en eso que Norman Backhauss,
una y otra vez, casi con obsesividad, denominaba su inconsciente, el inconsciente
de Pablo Epstein, a absolutizar, a otorgarles sustantividad, autonomía, a fuerzas
tan poderosas y tan desconocidas, para él, para Pablo, tan agresivas, para con
él, para con Pablo (puesto que Pablo no lo ignoraba, puesto que los médicos
ya se lo habían dicho: no hay tumor más agresivo que el tumor de testículo),
fuerzas tan poderosas y tan desconocidas que Pablo, en modo alguno, podía hacerse
responsable de ellas, pues toda la formación de Pablo, todo aquello que
había hecho de él un filósofo, lo conducía a sentirse responsable
únicamente de los actos que pertenecían a su conciencia, a su razón
y si existía en él eso que Norman Backhauss, casi con obsesividad,
denominaba su inconsciente, el inconsciente de Pablo Epstein, si existía en
él, en Pablo, ese abismo, si existían en él fuerzas tan poderosas
y tan desconocidas, entonces, él, Pablo Epstein, era una cosa, era una absoluta
ajenidad para sí mismo, una hoja en la tormenta, una barcaza a la deriva, un
pobre ser que se autodestruía sin saberlo, un filósofo idiota, un títere
de los monstruos que crecían desde su inconsciente, que crecían como habían
crecido ya: como tumores malignos, que crecían desde esa zona infranqueable
a su conocimiento, a su razón, desde ese abismo, en consecuencia, incognoscible,
desde esa cosa en sí que habitaba en él, en Pablo, precisamente,
como una cosa, una cosa que hacía de él una cosa, una cosa desde la cual,
por increíble que fuera, él mismo se agredía (no hay tumor más
agresivo que el tumor de testiculo) y se destruía, una cosa ante la cual,
Norman Backhauss, por la espalda, lo obligaba a rendirse, una cosa que ahora,
o al menos: siempre que Norman Backhauss lograba, por la espalda, que se rindiera
ante ella, lo llenaba de miedo, le producía el más absoluto y primitivo
de los terrores, el mismo terror, el mismo miedo, pensaría Pablo, y lo pensaría
por haberlo elaborado a lo largo de su experiencia psicoanalítica con Backhauss,
que tuvo cuando tenía nueve años y le preguntó a su padre, durante
unas vacaciones en San Clemente del Tuyú, que no hubieran sido aburridas pero
sí insustanciales si esta pregunta no se hubiese formulado, le preguntó
si él, su padre, habría de morirse alguna vez, y su padre le dijo que no,
para quitarle el miedo, pensaría Pablo, le dijo que no, sencillamente le dijo:
"Yo no me voy a morir".
—¿Y usted qué le dijo?—preguntó Norman Backhauss.
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del libro "La astucia
de la razón", de José Pablo Feinmann. Publicado en 1990 por Alfaguara. ©1990 Alfaguara. © J.P.Feinmann.
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