| |
EL PRÓFUGO
I
Los TACOS. Los ta-qui-tos.
Cuando tocaron el timbre, hace ya cinco meses, supuse el portero eléctrico no había emitido ningún preaviso que se trataba del encargado. La suposición rezumaba optimismo: eran las diez y media de la noche, sábado, y el caos de la mudanza me tenía al borde de las lágrimas. Los peones no sólo habían roto cuatro tacitas japonesas, regalo de mi ex, sino que faltaban varias toallas y un pulóver de Manos del Uruguay. todo eso sin mencionar el pequeño inconveniente de que no conseguía que los tirantes de la cama encajasen bien en el respaldo.
Abrí la puerta con mi sonrisa más ganadora, esperando el ansiado ofrecimiento de ayuda y calculando cuál sería un monto razonable para la propina. La mujer con que me topé distaba de parecerse al portero, y pronunció su misteriosa frase nada de buenas noches, nada de mucho gusto en un tono decididamente agresivo. Debía tener unos tres años y medir unos ocho centímetros menos que yo, y entre las raíces negras de su pelo teñido de zanahoria se divisaban algunas canas prematuras.
Tras un rato de mirarla con la boca abierta, y cuando se me estaba empezando a secar la garganta, opté por decir algo. Me temo que mi pregunta, aunque quizá esperable en esa situación, no fue un prodigio de perspicacia.
¿Qué... tacos?
La mujer, azuzada por el tono dubitativo, en que ella seguramente había confirmado el tamaño de mi culpa, lanzó una larga parrafada. Eso me dio tiempo de catalogar los horrores de su indumentaria, desde el jogging naranja cuyas manchas sobre el hombro izquierdo proclamaban el vómito de un bebé según mis cálculos su segundo, pero luego resultaron ser cuatro, verdadero exceso demográfico hasta las zapatillas Nike roñosas y el reloj digital de plástico.
Los taquitos, sí. Ayer fue toda la noche, como hasta las cuatro, cuatro y media, dele que te dele caminando. Ni yo ni mi marido pudimos pegar un ojo. Hay gente que trabaja los sábados a la mañana, que se gana la vida, ¿sabés? Tomá Lexotanil si sufrís de insomnio, o por lo menos haceme el favor de usar otros zapatos. ¡Y hoy de nuevo! Como empezaste más temprano vine a tocarte el timbre, porque ya me estás volviendo loca con los ruidos, me retumban en la cabeza. ¡Un poco de consideración...!
Disculpame.
Creo que lo que detuvo el torrente de quejas no fue el pedido, sino el movimiento de la mano con que le señalé mis alpargatas. De todas formas, no perdí aquella preciosa ventaja en reflexiones: ya que discutir con una vecina neurótica al primer día de mudarme no encabezaba mi lista de prioridades, recompuse la sonrisa ganadora y continué hablando.
Mucho gusto. Me llamo Inés Gaos y me mudé recién hoy al edificio. Habrás escuchado el despelote que armaron los del flete, porque yo no uso tacos desde la secundaria, cuando se me daba por parecer mayor y también me ponía trajes sastre y mucho maquillaje.
Mi gata Azucena eligió ese momento para emerger del baño, donde se había recluido por la angustia del cambio de casa, y restregarse contra las Nike y el jogging imposible. La mujer, de pronto avergonzada por su arrebato, vio en el animal un modo perfecto de pedir disculpas sin hacerlo directamente.
Qué lindo. Michino, michino...
Linda. Es gata. Viste que las hembras son siempre más lindas que los machos? No tienen esa carota gorda, y cuando los capan peor, se vuelven...
Aunque en apariencia conmovida por lo amigable de Azucenae inclinándose para rascarla detrás de las orejas, mi vecina no olvidó la causa de su ira, sino que hizo hincapié en el punto que me había alarmado inconscientemente.
¿Y ayer? ¿Quién caminaba ayer? Porque yo vivo en el 15 C, justo debajo de tu departamento, y te aseguro que era insoportable. Michi, michi; vení, michi. ¿Cómo se llama?
Azucena, le puse Azucena por la Maizani. La que cantaba "Se va la vida", ¿te acordás? "Seva-la-ví-da, seva-y-novuél-ve, escuchá-es- tecon-séjo:
siunba-cán-tepro-mé-te-a-como-dár, entrá-de- rechó-vié-jo."
No puedo decir que el aspecto de Nancy luego supe que el nombre de mi vecina era Nancy, Nancy Romeromejorase enormemente al sonreír, pero desde el momento en que lo hizo le tomé cariño. Además, tenía una voz preciosa.
Claro. Soy loca por los tangos de antes, desde chiquita que me pierden. "Yo-quié-ro, muchácha, queal-fín-mos-trés lahi-lá-cha yal-fié-ro recuér-do ledés ungol-pedehá-cha."
Cantás bárbaro, te felicito.
Durante los segundos de silencio que sucedieron a mi elogio, Azucena se escapó por el pasillo. El trabajo de traerla de vuelta me impidió cometer una de mis habituales gaffies, mostrarme descortés confesando que me gustaba la Maizani pero no el tango en general, por ejemplo, o poniendo en duda que "Se va la vida" fuese un tango. Atrapé a la bestia cuando ya tenía el cuello metido entre los barrotes de la escalera y estaba a punto de lucir sus dotes acrobáticas. Nancy me siguió, alarmada. Los amargos maullidos de Azucena, siempre enfática en sus lamentaciones, puntuaron todo el resto de nuestra conversación.
¿No querés pasar? Me parece que puedo arreglármelas para hacer un cafecito.
Gracias, tengo... la comida al fuego.
Nadie que tenga la comida al fuego la abandona durante tanto tiempo: me compadecí de su excusa, de que no pudiera decirle a su marido que se cocinara él, que la esperase media hora.
Me dejaste preocupada con lo de anoche.
¿Estás segura de que los tacos eran en este departamento?
Y, sí. No hay otra.
El que me lo vendió no puede ser, entre otras cosas porque es un hombre, y bastante mayor. Yo no estuve... La tipa de la inmobiliaria, únicamente. Pero me entregó las llaves el jueves, ¿y además qué iba a estar haciendo hasta las cuatro de la mañana en una casa vacía?
Nancy se pasó las manos por el pantalón y luego hizo crujir sus dedos. Noté que también le temblaba ligeramente el párpado izquierdo: mi vecina era un verdadero catálogo de tics nerviosos.
No sé si Oscar... Oscar se llama el encargado... tendrá una copia de la llave... Pero no creo que haya sido él, yo que vos cambio la cerradura. Hace unos meses mataron a una viejita del sexto, para robarla. Nos enteramos recién a los dos días, cuando vino la sobrina de visita y tuvieron que tirar abajo la puerta porque no contestaba.
Releyendo lo que llevo escrito lo poco que hasta ahora llevo escrito, me doy cuenta de que genera falsas expectativas: Nancy ha sido un personaje importante en la historia de los últimos cinco meses, pero por cierto no ha ocupado el centro de la escena, pobre. El problema es que ahora no me queda tiempo para remediar este mal comienzo. Continúo, entonces: pese al apuro por bajar a su casa, mi vecina no se fue hasta que le prometí que iba a poner la cadena además de cerrar con llave. También se ofreció a conseguirme un cerrajero para el día siguiente, ante lo cual decidí invitarla a tomar el té: una persona tan ingenua como para suponer que puede ubicar a un cerrajero el domingo, o con tantas conexiones en el barrio como para lograrlo, bien merece su taza de Earl Grey o Lapsang Souchong.
Después estuve arreglando el departamento durante unas horas más. Para cuando cobró un aspecto mínimamente civilizado, y hasta pude sentarme sobre la cama sin que se desplomase de inmediato, tenía las manos al rojo vivo y un terrible dolor de espalda. Como siempre que estoy agotada, sólo era capaz de pensar en tres cosas: cognac, unas líneas ésas iban a ser gratis, ya que mi dealer me había regalado un papelito para que festejase el cambio de casa y un baño de inmersión muy caliente.
Empecé por el cognac, o más bien por las gotas de Remy Martin que me quedaban, sobre cuyo regusto eché luego Reserva San Juan. Mientras la primera oleada de alcohol me calentaba el estómago y distendía los músculos, busqué la cigarrera del bisabuelo Ernesto. Guardo la cocaína allí, junto con un canuto de birome o un billete nuevo y el cortaplumas: es una costumbre que suele provocarme dolores de cabeza, puesto que algunas visitas, atraídas por esa cajita de plata indudablemente antigua, no se resisten a la tentación de manosearla y a veces intentan abrirla. El marco de fotos que uso para picar de los de acrílico duro, que estuvieron de moda hace ya tiempo se encontraba, maravilla entre el aún notable desorden, sobre el mismo montón de papeles y revistas que la cigarrera.
Morosamente, disimulando mi apuro por la droga como si estuviese ante otra persona, me hice dos líneas gruesas, aspiré la mitad de una y encendí el grabador, que había venido desde mi vieja casa con una cinta adentro. Del aparato brotó una voz grave, melancólica. Era la cinta que alguien se había olvidado durante la fiesta que organicé en Año Nuevo, aquella canción cuyo autor nunca recuerdo, Ain't No Cure For Love. Mientras abría la puerta ventana del balcón, y al ver cómo Azucena se trotaba contra los objetos y ronroneaba de un modo lastimero, no pude contener una sonrisa triste ante el celo de la gata y la exactitud de la letra: There ain't no cure, there ain't no cure, there ain't no cure for love. Aunque no habla bien del ingenio de los seres humanos, es un hecho que las opiniones y frases trilladas, cursis, suelen ser bastante ciertas. Para el amor no hay remedio.
En el río, engañosamente cerca de la costa, del edificio de la CGT y la Facultad de Ingeniería, se divisaba un buque iluminado, de esos hoteles flotantes que aún siguen dando la vuelta al mundo para visitar sitios tan exóticos como Buenos Aires. Me encanta lo superfluo, de modo que el gigantesco buque sus gratuitas toneladas de metal y madera consiguió ensanchar mi sonrisa hasta volverla una mueca tonta además de triste. Vacié mi copa, aspiré la segunda media línea y estuve un rato yendo y viniendo del baño a la cocina el nuevo calefón no despertaba aún mi confianza al punto de mezclar el agua fría con la caliente para conseguir una temperatura óptima.
Luego, mientras se llenaba la bañera, me serví otro cognac y terminé la cocaína que había picado. El marco de acrílico me echó en cara una borrosa imagen, que detesté: el guiño de jalar, el ceño fruncido, el billete de cincuenta pesos a milímetros de la nariz. Es para evitar momentos semejantes que jamás pico sobre espejos, que tengo en el marco una foto de hace añares, papá y mamá en las Sierras de Córdoba unos meses después de casarse. No me resultó difícil averiguar cómo se había producido el molesto reflejo, decidir que en adelante picaría en la cocina o el escritorio: la lámpara del living comedor estaba muy baja, justo sobre el centro de la mesa. Al colgarla no había calculado aquella ligera incomodidad doméstica.
El teléfono sonó cuando acababa de cerrar la canilla y me disponía a sacarme la ropa. Me quedé con los brazos cruzados a la altura del vientre, la mano derecha aferrando el borde inferior izquierdo de la remera, la izquierda el derecho. Esperé a que comenzara el mensaje, dispuesta a correr hacia el aparato si se trataba de Leopoldo, pero a la vez segura de que sería Alberto. La señal del contestador automático, ese chirrido metálico y agudo, fue tan desagradable como siempre:
HOLA, HOLA. ¿ESTÁS AHí? HABLA TU SOCIO Y AMIGO DEL ALMA. TENEMOS UN LLENO, Y HASTA HAY GENTE ESPERANDO AFUERA... HOOLA, INÉS, HOOLA. CHE, CONTESTAME, ¡B0LUDA! BUENO.... EN FIN, Sl SERÁS JODIDA... TE LLAMO MAÑANA, A VER SI TODAVÍA NECESITÁS UNA MANO CON EL DEPARTAMENTO. ¡AH! PERO NO TE PIERDAS EL PRINCIPE DE LAS TINIEBLAS, DE CARPENTER... LA PASAN EN HBO OLE, A LAS... DOS, DENTRO DE UN RATO. CHAU, TONTA.
Aunque era Leopoldo el que no me había ayudado con la mudanza ni vuelto a llamar desde la mañana, tuve que esforzarme para que mi enojo no recayese sobre Alberto, que sí había hecho ambas cosas. Leopoldo constituía un agregado reciente a mi vida, y a falta de mejor nombre para designar la naturaleza de nuestra relación salvo la misma palabra "relación", que suena a psicoanálisis explicado a las amas de casa, supongo que venía a ser mi novio. No quedaban dudas, sin embargo, de que él me consideraba su novia: podía imaginar fácilmente al doctor Leopoldo Vidal Casares en La Plata, festejando el cumpleaños de su anciana y querida madre y lamentando que "mi novia, que es medio loca" hubiese elegido una fecha tan inapropiada para mudarse.
Terminé de desnudarme, me puse la gorra de baño y coloqué mi reloj pulsera sobre la tapa del inodoro. Durante unos instantes sentí que alguien me estaba observando, que algo se movía a mis espaldas, pero enseguida me acordé del espejo que había hecho instalar en la cara interior de la puerta. Lo estrené. Esa segunda imagen fue más halagüeña que la del marco de acrílico; mido un metro setenta y seis descalza, y aunque quede mal vanagloriarse de ello, mis formas conservan a los treinta y uno espero cumplir treinta y dos en agosto la elasticidad de los diecisiete. Las huellas de la mala vida y el poco ejercicio físico sólo pueden vislumbrarse en el pelo, que ahora uso corto porque se me ha vuelto quebradizo, y las finísimas arrugas en torno a los ojos. Cuando por esos mínimos detalles, sin embargo, ya estaba a punto de jurar que me entregaría al yugo de gimnasios y dietas, Azucena recomenzó su concierto. Mi idea del paraíso no es una gatita maullándote los dolores del mundo a la cara, las patas apoyadas sobre el borde de la bañera, de modo que la llevé al living y trabé la puerta del baño por dentro.
El agua estaba hirviendo. Tras los estúpidos movimientos del caso meter un pie, luego el otro; arrodillarse y resoplar; estirar las piernas y hundir el torso sólo para sacarlo conteniendo un grito; resignarse finalmente a la temperatura y descubrir poco a poco que no es tan terrible, me indigné de veras con Leopoldo y le perdoné a Alberto su eterna amabilidad y cariño. Por obra del cansancio físico, o de la cocaína y el cognac, dos recuerdos de Alberto Leboud se superpusieron entonces en mi mente. Uno era el de ese chico flaquito, más bajo que yo, sentado junto a mis miedos de provincia el primer día de clases en el Nacional Buenos Aires; el otro el de Alberto gordo y muy alto un metro noventa, ciento cinco kilos de peso, en el Aeropuerto de Ezeiza cuando yo volvía al país por la muerte de mi padre, recién separada y después de pasar un año y medio en Estados Unidos. Mientras me enjabonaba, deduje que lo vívido de esos recuerdos, por cierto más inocentes que algunos de la serie Leboud, se debía a su importancia para mi identidad personal, autoestima o como quiera se llame la cosa. Alberto no es sólo mi mejor y más antiguo amigo, sino el primero que tuve en la secundaria. Y Alberto me propuso, apenas bajé de aquel maldito avión de Líneas Aéreas Paraguayas ni idea de qué hacer con mi vida que nos asociáramos para poner el restaurant.
Aunque por fortuna cada vez menos frecuentes, y desde el baño deliciosamente distantes, los maullidos de Azucena seguían ganándome una buena fama en el edificio. Esforcé los ojos para distinguir la hora, y a través del cristal empañado de mi reloj vi o creí ver que las agujas marcaban entre las dos y veinte y las dos y veinticinco. No estoy segura de si pensé que Alberto, por el lleno del restaurant, se debía estar perdiendo su película de terror; el mero hecho de que dude acerca de ello, sin embargo, indica que algo así cruzó mi mente, y que yo no estaba muy lúcida: Alberto colecciona esas películas no espera a que las repongan por televisión, y además es dueño del video club que está a una cuadra de Picante.
Todavía no entiendo bien el moderado éxito del restaurant, que me permite prescindir de la ayuda financiera y las intromisiones de mamá. Supongo que se lo debemos en parte a la proximidad de la Casa Rosada, el Concejo Deliberante, los Ministerios y otros sitios donde la gente hace dinero fácil. Hay veces que cuento treinta celulares en el local, que sólo tiene veinticinco mesas. Si por mí fuera echaría a patadas a muchos de los clientes, pero la competencia en San Telmo es feroz y nuestro restaurant demasiado rarito como para darse esos lujos. Considerando los gustos argentinos en materia de gastronomía, es una maravilla que no nos hayan linchado en la Plaza Dorrego por atentar contra los más queridos símbolos patrios: el bife de chorizo semicrudo, las papas fritas húmedas y la ensalada mixta hecha con lechugas viejas, tomates arenosos y cebollas delicuescentes. En Picante servimos el nombre: jambalaya de Louisiana, saice boliviano, curries indios y tailandeses, chupe peruano, mole de puerco y cualquier cosa que nos garantice una boca anestesiada y un gran consumo de bebidas.
No puedo haber apoyado la cabeza y cerrado los ojos mucho más tarde de las dos y media. Me había puesto de pie en la bañera, enjabonado bien y luego hundido todo el cuerpo en el agua. Recuerdo con claridad que no quise volver a incorporarme de inmediato, sacar el tapón y abrir la ducha para enjuagarme lo que hago normalmente porque me sobrevino una demoledora lasitud, cedí a las caricias tibias de ese líquido jabonoso y ya bastante sucio.
Desperté, si es que en realidad había dormido, a causa del olor. Era algo nauseabundo, como una mezcla de excrementos animales, azufre y sábanas de enfermo. Contuve a duras penas las arcadas antes de reparar en la otra anormalidad, un frío intensísimo que no provenía de la bañera sino del ambiente todo. Una verdadera neblina rodeaba mi torso, y el aire exhalado se añadía a ella tan pronto dejaba mi nariz. Resbalé al salir del agua, y durante los segundos en que hice equilibrio un pie adentro, el otro ya afuera, el peligro de lastimarme seriamente fue muy real. Eso me produjo palpitaciones, pero también logró que una bienvenida ola de calor me recorriese el organismo. Respiré hondo varias veces, y en cuanto cesaron las palpitaciones tan de golpe como habían comenzado, manotée la salida de baño. Acababa de ponérmela cuando lo oí. Di un instintivo paso hacia atrás, lo que me valió golpearme la pierna con el bidet, un moretón en la pantorrilla que me duró días y coleccionó una variadísima gama de colores.
Los pasos eran lentos, casi inseguros. El hombre cojeaba podía oír cómo uno de sus pies rozaba siempre el piso y debía tener chapas de metal en la puntera y el taco de sus botas. (Desconozco por qué estaba convencida de que eran botas; el sexo masculino, en cambio, lo supusieron al instante mis razonables miedos y prejuicios.) Aunque hubo un momento de absoluta indiferencia, de hasta sombrío regocijo por haber descubierto el origen de "los taquitos", muy pronto el pánico me mordió la columna y tomó de la garganta, me lastimó la boca del estómago. Sentí deseos de orinar. Temblaba, y mientras temblaba aquella presencia se movía hacia mí, rastreando el miedo como lo hacen en sueños ciertos animales inexistentes y muy peligrosos.
Cuando el hombre se detuvo frente a la puerta, el olor que despedía se volvió menos intolerable una se acostumbra a casi todo y el frío polar, desmesurado. Disminuyeron mis arcadas y aumentaron mis temblores. La respiración de esa cosa, un ritmo trabajoso y asmático, parecía provenir de una altura inhumana, como si su boca estuviese a centímetros del dintel o incluso más arriba. Sin apartar los ojos de la traba y la manija de la puerta, retrocedí hasta el inodoro, tomé el reloj entre las manos y me senté. El baño no tiene ventanas, de modo que pedir ayuda era tan inútil como persignarse y rezar. Pasó una eternidad antes de que el hombre intentara abrir la puerta, y cuando lo hizo casi me maldije por haber puesto la traba, tanto mejor se me hacía que todo terminase pronto. La manija bajó una vez, lentamente, y luego subió lentamente para recuperar su posición inicial.
No hubo gritos ni forcejeos. Sólo se retiraron los pasos, y con ellos el olor y el frío. Agucé los oídos y volví a aguzarlos: nada, ni el más mínimo movimiento. Apenas se oía el batir de las cortinas en el living. Estuve sentada sobre el inodoro, las rodillas juntas y la mandíbula rígida, hasta que no pude aguantarme más. Levanté la tapa y oriné como nunca antes, como desafiando a aquella presencia malévola con el desparpajo de mis ruidos íntimos. Le quité la traba a la puerta, ya decidida a cualquier cosa, pero al tomar la manija me topé con otra sorpresa: el metal estaba hirviendo, y un breve contacto bastó para ampollarme la palma. Tuve que usar una toalla, que no amortiguó por completo la temperatura.
El cuarto y el escritorio se hallaban libres de intrusos. Al llegar a la cocina tuve miedo otra vez, porque de ella brotaba un olor asqueroso. Miré hacia adentro y no vi nada. El living y el balcón también estaban vacíos, pero noté que no le había hecho caso a Nancy aunque hubiese jurado que sí acerca de poner la cadena además de cerrar con llave. Entonces me di cuenta. El olor de la cocina no era el mismo de aquel hombre, sino uno muy reconocible. Encontré a la gatita, que se había ensuciado, acurrucada detrás del lavarropas.
|
|