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Durante
años no logré entender por qué la
muerte siempre que nos impone una anécdota lo hace
bajo la forma de una disculpa atenuada y del pudor por
querer disimular la primera persona del "yo lo
conocí", que nos dice además que seguimos
vivos en este mundo.
De
Charlie recuerdo una noche en mi casa junto a Luis
Chitarroni, Gaby y Beatriz, mientras mirábamos la
película El buen soldado sobre la novela de
Ford Maddox Ford del mismo título. Ahí
comenzó una discusión interminable acerca de
las bondades de J. Conrad y de las debilidades de Ford
Maddox Ford. Charlie y yo quedamos de este lado de La
línea de sombra, Luis del lado del punto de vista
"del buen soldado". Pero, en realidad quizá no fuera
otra cosa que una cortesía con el anfitrión,
ya que el estilo de Charlie pertenecía más al
universo de Ford Maddox Ford.
A
partir de entonces aquella discusión sirvió
para dirimir no solamente asuntos literarios sino
también los asuntos del mundo. De tal forma que se
transformó en una contraseña que nos
identificaba cada vez que volvíamos a encontrarnos,
casi funcionaba como un saludo. Como en un juego de chicos,
la anécdota se repetía y se actualizaba cada
vez: ¿Conrad o Ford Maddox Ford?
De aquella noche, además de la anécdota,
conservo un pañuelo de cuello que Charlie
tenía puesto y que me contó que se lo
había traído un amigo de Checoslovaquia.
Cuando le dije que el pañuelo me gustaba, Charlie me
lo regaló. Me regaló un regalo: así era
Charlie.
La
última vez que lo vi, ya estaba internado. Me
recomendó el libro que estaba leyendo, uno de los
pocos que había podido atravesar la estricta asepsia
del sanatorio: Un asesinato que todos cometemos, de
Heimito von Doderer. Me dijo que era un clásico del
género de terror. Confiado en el género, no me
di cuenta de lo que me estaba hablando, quizá por la
elegancia y la entereza con que soportaba la enfermedad.
Si
me lo imagino enterrado en Spoon River -ese cementerio
parlante inventado por E. Lee Masters, donde a partir de los
epitafios de las tumbas los muertos conversan entre
sí-, seguramente proseguiríamos una
conversación siempre interrumpida acerca de nuestros
libros. Podría hablarle de lo que no alcancé a
decirle acerca del último libro que me
recomendó, quizá la recordara cómo me
gustó Un poeta nacional, o bien
charlotearíamos sobre las Joyceanas que hizo junto a
Chitarroni y Leónidas Lamborghini, donde pude
apreciar su oficio de poeta. Pero fundamentalmente le
diría que lo vamos a extrañar mucho, aunque
todavía la pena no nos haya dado tiempo para darnos
cuenta.
Luis
Gusman
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