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LA NACION LINE | 26.08.98 | Cultura
Peripecias de una musa de Toulouse-Lautrec y de Gardel
Brillante fresco de época
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MIREYA
Por Alicia Dujovne Ortiz
(Alfaguara)-239 páginas-($ 16) |
INSPIRADO en una fantasía de Cortázar, este relato narra las vicisitudes
de Mireya, una prostituta inmortalizada por Toulouse-Lautrec,
que habría recalado en Buenos Aires, donde acaso inspirara el
célebre tango que la recuerda.
En la recreación de Dujovne Ortiz, la pelirroja Mireille, que
se distingue de sus congéneres por un espíritu original y poético
sumamente idiosincrático, es elevada por Toulouse-Lautrec al rango
de modelo y musa predilecta de su atelier, que convoca a la bohemia
más prestigiosa del París plástico y literario. Luego, presa del
infaltable, sensual y depravado argentino de la época, se traslada
a Buenos Aires, donde no sólo aprenderá a bailar tango, sino que
inventará nuevos y memorables pasos, y acabará cotizando la gloria
de iniciar sexualmente a un adolescente de pelo lacio y excesivo
peso, llamado nada menos que Carlos Gardel. Incapaz de perder
una sola ocasión de enlazarse proféticamente con la historia,
Mireya -cuyo nombre ha sufrido la transformación fonética necesaria
al emigrar a las tierras del Plata- llegará a conocer el eléctrico
roce de los dedos de Jean Jaurés, entrevisto fugazmente en un
apasionado alegato político.
Dujovne Ortiz es una escritora en la plenitud de su oficio: es
delicioso su vuelo en las escenas eróticas, tan delicadas como
intensas. Las descripciones de las sesiones de tango, que acaban
por desencadenar duelos mortales entre los malevos trenzados a
Mireya, alcanzan una brillantez poética que sorprende a los agradecidos
lectores, ya que se sabe que, en esos dominios, nuestra narrativa
contemporánea suele alternar chatura con sordidez. Una ironía
sagaz y desacralizadora permea su relato, lleno de alusiones inteligentes
y citas sobreentendidas que no dejan de sonreír al lector.
Sin embargo, en cierto sentido, la cuidadosa documentalista que
dio obras tan espléndidas como la insuperada biografía de Eva
Perón, traiciona en Dujovne Ortiz a la novelista. En efecto, si
bien cronológicamente posible, el intento de crear una figura
verosímil que, de un modo psicológico coherente, pueda enlazar,
en trato íntimo sucesivo, a protagonistas culturales tan distintos
como Carlitos Gardel y Toulouse-Lautrec, resulta un tanto forzado.
Al enfrentar ese desafío, la autora corre el riesgo de distraer
al lector de una sostenida atención por la trama misma del relato.
Una vez leída esta novela, Mireya aparece ante nuestra memoria como una sucesión de brillantes
y agudos posters, sintetizadores de una época rica y desgarrada,
expuesta bajo el foco potente de un ojo despiadado y de una pluma
tan ágil, humorística y lúcida como los bocetos del genial enano
de Montmartre. No imprime, en cambio, esa huella profunda que
dejan a su paso las historias con que podemos identificarnos más
plenamente. Historias menos habitadas acaso por personajes y trasfondos
culturales célebres o populares, pero en las cuales el hilo mismo
de la narración nos va estrangulando de ansiedad por saber, no
sólo lo que ocurre después, sino cómo pudo ocurrir lo sucedido
antes. Historias donde los móviles misteriosos y absurdos del
corazón de seres a veces mediocres, esnobs, cotidianos o provincianos
(como Swann o Mme. Bovary) son los motores inconscientes del devenir,
y no las fechas o los lugares del kitsch o el pop histórico que recogerán los investigadores del futuro.
Más brillante y pictórica que íntima y profunda, Mireya podrá permanecer en nuestra memoria, sin embargo, como un talentoso
fresco realizado con brío innegable por una de nuestras menos
frívolas y mejores escritoras actuales.
Ivonne Bordelois
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