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Refutación del regreso
de "Crónicas del Angel Gris", por
Alejandro Dolina. Ilustración de Carlos Nine.
"... Quien dice que no hay
querencia
que le pregunte a la
ausencia..."
(Por el
camino, José González Castillo).
No hay sueño más
grande en la vida que el Sueño del Regreso. El mejor
camino es el camino de vuelta, que es también el
camino imposible. Los Hombres Sensibles de Flores, en sus
nocturnas recorridas por las calles del barrio, planeaban
volver. 
Volver a cualquier parte.
A la adolescencia, para
reencontrarse con los amores viejos.
A la infancia, para recobrar las
bolitas perdidas.
A la primera novia, para jurarle que
no ha sido olvidada.
A la escuela, para sentir ese olor a
sudor y tiza que no se encuentra en ninguna otra parte.
Volver fue para ellos la aventura
prohibida. Cada noche soñaban con patios queridos y
cariños ausentes. Y cada mañana despertaban
llorando desengañados y revolvían la cama para
ver si algún pedazo de sueño se había
quedado enganchado entre las cobijas.
A pesar de todo, los muchachos de
Flores habían aprendido a disfrutar de los regresos
modestos y cada tanto visitaban antiguas pizzerías,
veían peliculas de Paul Muni, cantaban el vals
Penas que Matan o examinaban fotos amarillentas
en la pieza de Manuel Mandeb.
Desde luego, los Refutadores de
Leyendas se burlaban de todo esto.
- ¡Saluden a los nuevos
tiempos! -gritaban-. El mundo marcha hacia
adelante.
La comparsa racionalista acusaba a
los Hombres Sensibles de retrógrados y conservadores.
Tal vez tenían algo de razon: Mandeb y sus amigos
andaban siempre por los mismos lugares, contaban miles de
veces las mismas anécdotas y se divertían
robando nísperos siempre en la misma casa.
- Marchan ustedes a contramano de
la historia -rugían los Refutadores. Y era
cierto. Pero siempre es recomendable recorrer la vida a
contramano, sobre todo si uno sospecha quien ha puesto las
flechas del tránsito.
En los años dorados del
barrio del Angel Gris, funcionaba en la calle Gavilán
la agencia Todo para el Regreso. Esta empresa organizaba
unos viajes y peregrinaciones cuyo atractivo principal
estaba en la vuelta. Por cierto, solían elegir
lugares horrorosos, con alojamientos míseros y
comidas inmundas, precisamente para acrecentar el deseo de
volver cuanto antes.
Pero el mayor éxito se obtuvo
con el Servicio de Recuperación de Vecinos. La
agencia se ocupaba de localizar y entrevistar a pobladores
antiguos, alejados del barrio por las perversas mudanzas.
Por un precio razonable se les ofrecía una fiesta
callejera en su viejo vecindario, con la presencia de todos
los personajes de la zona. El servicio incluía la
entrega de un pergamino, palabras alusivas a cargo de
empleados de la empresa y llegado el caso, indumentaria
apropiada para que el vecino emigrante pudiera fingir
opulencia si lo deseaba.
Existía -además- un
plan superior que contemplaba la reinstalación lisa y
llana del vecino perdido en su antigua residencia. Desde
luego, los costos eran grandes y no resultaba sencillo
vencer las dificultades que se presentaban: desalojo del
nuevo ocupante de la finca, abolición de las
eventuales reformas, rescate de los muebles originales y
restauración del exacto grado de higiene en que
acostumbraban vivir el cliente y su familia. Para cumplir
con esta ultima pretención, a veces había que
limpiar y otras veces era necesario juntar mugre.
En realidad, hay que confesar que
durante todo el tiempo que funcionó el Servicio de
Recuperación de Vecinos, solamente una vez se
concretó el plan superior. Fue el famoso regreso de
la familia del ingeniero Vaccari a su casa de la calle
Bolivia Este servicio fue solventado por los amigos del
poeta Jorge Allen, despues de más de un año de
colectas, rifas, préstamos a interés y timbas
a beneficio.
No es que a nadie le importara gran
cosa del ingeniero Vaccari. Pero Jorge Allen estaba
enamorado de Leonor, la mayor de sus hijas y no estaba
seguro de poder seducirla en Bancalari.
La historia no tuvo un final feliz.
Leonor rechazó tercamente a Jorge Allen y se
entreveró con un carnicero que venía a
rondarla precisamente desde Bancalari. Allí mismo se
fueron a vivir cuando se casaron, un año
después. El resto de la familia Vaccari acabó
mudándose más tarde a San Miguel, barrio del
que no fueron rescatados jamás.
El ruso Salzman, legendario jugador
de dados, también supo hacer un negocio parecido. Sin
la intervención de la agencia, se decidió a
comprar la casa de su infancia, ocupada desde hacia
años por perfectos desconocidos.
En semejante patriada, el ruso
gastó la memorable ganancia de una noche gloriosa en
el casino de Mar del Plata.
Una vez instalado, comprendió
que la inversión habia sido inútil.
- He recuperado mi casa
-dijo-. Pero la infancia, no.
Catorce años después
de haber egresado como bachiller, Manuel Mandeb
volvió a inscribirse en el Colegio Nacional
Nicolás Avellaneda.
El polígrafo de Flores estaba
entusiasmado con la ida y propuso a sus antiguos
compañeros que hicieran lo mismo, para repetir la
época más feliz de sus vidas. No tuvo mucha
suerte: Avila, Capel, Carrasco, Cichoworsky, Donath,
Frascarelli, Frezza... Por orden alfabético todos se
fueron negando y presentando sólidos pretextos. El
trabajo, la familia, la distancia, el dinero. De
algún modo misterioso aquellos atorrantes
habían contraído la responsabilidad.
Manuel Mandeb no se achicó y
comenzó las clases.
Y el primer día trató
de reproducir episodios divertidos que habían
ocurrido antes, pero las cosas no eran iguales. Sus nuevos
compañeros eran bastante chitrulos y se
resistían a secundarlo en sus travesuras, no le
llamaban El Turco sino El Abuelo. Para peor, algunos
profesores creían recordarlo vagamente y no
sabían si confundirlo con su hijo o con su padre.
Logró -eso sí- algunas
buenas notas y hasta quince amonestaciones. Un día,
el jefe de celadores descubrió la verdad.
- No crea que no lo he
reconocido, señor Mandeb. Este es otro de sus
inventos. Yo pensé que el titulo de bachiller iba a
servirle de escarmiento, pero veo que no es así.
Usted es de los que siguen jorobando hasta después de
muertos.
Mandeb contestó llorando:
- Usted es el único que me
ha comprendido. Gracias.
- Cállese la boca,
señor -gritó el jefe de celadores-.
Vuelva a clase.
El pensador de Flores fue expulsado
poco después. Pero a pesar de su fracaso, la segunda
inscripción es una maniobra que merece ser estudiada
por los melancólicos cabales. Sostengo que con el
apoyo de sus viejos condiscípulos, la experiencia de
Mandeb hubiera sido emocionante.
La agencia Todo para el Regreso se
fundió por falta de clientes. En un último
esfuerzo, sus dueños ofrecieron servicios
économicos. Eran retornos fingidos, vueltas sin ida,
reencuentros sin ausencia. El interesado podía
simular su viaje al Africa. La empresa se encargaba del
recibimiento, los abrazos y las lágrimas. El
éxito fue nulo. Por esos días, Manuel Mandeb
escribió su oscuro ensayo Nunca se Vuelve.
Leamos algunos párrafos:
"No es posible regresar a
ninguna parte. Los puntos de partida no se quedan quietos y
a la vuelta ya no están. Para poder volver se
necesita, por empezar, un punto de partida eterno e
inmutable. Pero todo se mueve y no hay forma de detener el
Universo. Créanme si les digo que nadie ha efectuado
nunca jámas un verdadero regreso. El hombre que lo
consiga cumplirá la hazaña más grande
de la historia."
La idea de no bañarse dos
veces en el mismo río no constituye ninguna novedad
filosófica. Pero adviértase que Mandeb deseaba
en verdad volver a bañarse. Esta fue su mayor
obsesión y siempre lamento amargamente no poder
remontar los tiempos.
Los Refutadores de Leyendas se
alegran de la dinámica universal y esperan el futuro
con impaciencia. Desean liberarse del pasado, romper las
cadenas. Pero si esto encierra la idea de libertad, hay que
reconocer que Manuel Mandeb fue mucho más lejos:
"¿Por qué no puede
uno estar en varios lugares al mismo tiempo?
¿Qué es esto de no poder volver al pasado ni
visitar el futuro? ¿Por qué no es posible
extraer de las premisas de la razón las consecuencias
que a uno se le antojen?
"Ah, la libertad...la libertad sin
tiempo, ni espacio, ni lógica. La libertad de vivir
todas las vidas, de estar en todas partes, de recorrer las
edades. ¿Qué dicen a esto los libertarios sin
frontera?"
Pero las cosas son como son. Esa es
la pena de los Hombres Sensibles. La misma de los viajeros
que no pueden volver atrás. Ellos no han nacido para
viajar. Y sin embargo, ahí andan con la vida llena de
extraños, ansiando la inmortalidad, solamente para
poder regresar.
Algunos tratan de no partir:
amor...quédemonos aquí... Pero el que no parte
también se queda solo.
En Flores se suele contar la leyenda
de Anton Raffo, quien según parece poseía el
Secreto del Regreso. Mandeb y Jorge Allen llegaron a
conocerlo. Es cierto que el hombre usaba en su
conversación algunos giros inquietantes.
- Ya voy a arreglar eso cuando
sea un poco más joven.
- He besado muchas veces a
Mónica. Pero será mucho mejor cuando le
dé el primer beso.
- Ya estoy harto de nacer,
caballeros.
Los muchachos de Flores no pudieron
indagar demasiado. Raffo desapareció y si es que
posee el Secreto, tal vez ande en otros tiempos más
prometedores.
Aquí cabe una modesta
reflexión. Aún cuando fuera posible volver al
pasado, nada sería igual. Todos los actos de nuestra
vida repetidos minuciosamente, serían distintos al
estar ocurriendo por segunda vez. Esta diferencia es
sustancial. Llevaríamos con nosotros la carga de la
experiencia anterior. Nos estaría negada la ansiedad
y la esperanza. ¿Con qué entusiasmo
apostaríamos a las cartas que ya sabemos perdedoras?
Alguien dirá: sería preciso borrar la memoria
y volver al pasado sin recordar que ya lo vivimos.
Respuesta: ¿de qué sirve volver si uno no sabe
que vuelve? Para el caso es posible pensar que ahora mismo
estamos viviendo por segunda o quinta vez la misma vida.
Quien les escribe ha soñado
muchas veces este episodio:
Camino por la calle Urquiza, en
Caseros. Soy como ahora, un grandulón
melancólico. Pero descubro que no estoy en el
presente sino en los primeros años de la decada del
50. Llego ante la casa que lleva el número 68 y toco
el timbre. Al rato sale a recibirme un nene mugriento y
deconfiado. Soy yo mismo. Abrazo emocionado al chico. Desde
adentro oigo la voz del abuelo que pregunta:
- ¿Quién es,
Negro?
Nunca he podido imaginar que algo
mejor pudiera ocurrirme. Los funcionarios del paraíso
no tendrán que ponerse en grandes gastos conmigo.
El libro de aventuras del regreso
sigue en blanco.
Ni los Hombres Sensibles, ni los
Pensadores del Eterno Retorno, ni muchos de nosotros -que a
veces creemos volver- hemos podido dar un solo paso. Esto no
nos impide ser dichosos algunas veces, a pesar de todo. Las
personas decentes nos piden madurez y resignacion. Quieren
que olvidemos nuestras trágicas ensoñaciones.
Pero nosotros no queremos olvidar. Y el que olvide,
jamás, jamás podrá ser nuestro
amigo.
Ni siquiera cuando volvamos a
encontrarnos otra vez y para siempre.
© Ediciones de la
Urraca, S.A.
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