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Gomez Re, el
transformador del tango
de "Crónicas del Angel Gris", por
Alejandro Dolina. Ilustración de Carlos Nine.
El arte nuevo --decía
Ortega-- es impopular por esencia. Y no es que las
muchedumbres no gusten de él. Sucede en verdad que no
lo entienden.
Al parecer, los géneros de
vanguardia van dirigidos a una minoría especialmente
educada. Por eso despiertan irritación en la
masa.
Cuando a uno no le gusta una obra,
pero la ha comprendido, se siente superior a ella y no hay
motivo de encono. Pero cuando el disgusto que la obra
provoca nace de no haberla entendido, queda uno como
humillado, con una sensación de inferioridad que
necesita compensarse con muestras de indignación.
Hasta aquí Ortega y Gasset.
Ya sin su ardua ayuda, podemos sospechar que muchos artistas
aspirantes, habiendo comprendido los argumentos sobredichos,
buscan la incomprensión como si se tratara de un
valor estético. En ciertas circunstancias no es mala
idea: muchas veces la desorientación de los pajarones
es señal de que se está recorriendo el camino
correcto.
Sin embargo, buscando alejarse del
entendimiento general, hay quienes se extravían en
los distritos del mamarracho.
No es muy audaz colocar el tango en
el molde de estos criterios. Los tangos nuevos
también son impopulares. El público y la
crítica han dividido su opinión entre una
minoría que los acepta y una mayoría que lo
odia. Así se ha generado una de las polémicas
más aburridas de la historia del pensamiento
humano.
En los años dorados del
barrio de Flores, las almas sencillas disfrutaban los tangos
sin análisis, sin doctrina y sin militancia. Un joven
escuchaba Sueño Querido y se quedaba tan
fresco, sin otras cavilaciones que las que podía
sugerirle la modesta letra.
Después, los Refutadores de
Leyendas hallaron que los viejos tangos perjudicaban la
pavimentación general y el funcionamiento de los
motores eléctricos.
-- La velocidad de los modernos
medios de transporte exige la creación de tangos
adecuados --señalaban.
Ya se sabe que algunos sectores de
la población --los farmacéuticos, por
ejemplo-- son muy sensibles a las alegorías con
aviones y carretas; por eso aceptan con entusiasmo
transformar su alma cada vez que se extiende la red de
subterráneos.
En los bailes y teatros, los
Refutadores interrumpían a los cantores para
preguntar qué sentido tenía llorar el amor
perdido en un mundo en el que existe la licuadora.
Lo extraño del caso es que
estas argumentaciones fueron aceptadas por los artistas
tangueros con resignación y vergüenza. Muchos de
ellos procuraron entonces situar sus obras --y hasta sus
personas-- a la altura del progreso con un entusiasmo menos
adecuado para el arte que para las Sociedades de
Fomento.
Sin embargo --como siempre ocurre--
el verdadero artista aparece por la puerta menos
prometedora.
Vale la pena que recordemos hoy a
Néstor Gómez Re, el transformador del
tango.
En realidad, era un músico
corriente que vivía en la calle Fray Cayetano. Tocaba
el bandoneón con cierto decoro y dirigía un
modesto sexteto. Tal vez el demasiado trato con estudiantes
de derecho, psicólogos, operadores de radio y
anestesistas acabó por avergonzarlo de su
profesión. Cuando los primeros músicos
proclamaron la nueva fe transformadora, él se
entregó apasionadamente a ella. Es posible que al
principio no comprendiera demasiado: cuentan que se limitaba
a ocultar y disimular el tango que tocaba, con
hábiles circunloquios musicales. El público
inocente recibía aquellas creaciones como
adivinanzas.
- ¡Es "El esquinazo"...!
- No hombre...¡"El
Torito"...!
- Para mí, es
"Corralera"...
Pero con el tiempo, Gómez Re
encontró su propia forma de romper con las formas
establecidas.
Viendo que casi todos los creadores
novedosos competían en el bizantinismo de los
arreglos musicales, él pensó en la posibilidad
de hacer arreglos en las letras.
No suponga el lector sencillas
correcciones de los versos menos felices. La
innovación iba mucho mas lejos.
Por empezar, al cantor convencional
se le agregaba un coro que comentaba o glosaba la
acción central del relato tanguero, siguiendo
líneas musicales de contrapunto, o aprovechando
pasajes, contestaciones, partes de violín o meros
firuletes caprichosos.
MI NOCHE TRISTE:
Cantor solista : Percanta que me
amuraste
Coro: Sin ninguna
razón
Conator solista: En lo mejor de
mi vida
Coro: En plena
juventud
Cantor solista: Dejándome
el alma herida
y espinas en el corazón...
Coro: Mi pobre
corazón y lo que es más...
Cantor solista: Sabiendo que te
quería,
que vos eras mi alegría
y mi sueño abrasador
Coro: Brasa y abrazo
soñador
Cantor solista: Para mi ya no hay
consuelo
Coro:
No.
Cantor solista: Y por eso me
encurdelo
Coro :
Sí.
Cantor solista: Pa'olvidarme de
tu amor.
Coro: Sigamos por
favor....
A veces, el propio cantor
interpretaba letra y músicas transformadas, agregando
notas o simplemente cantando las variaciones como en:
AMURADO:
Una noche más tristona
que la pena que me embarga en esta
triste situación
ví que tomó su
bagayito y amurado me dejó;
se las tomó sin saludar con
la mayor resolución.
No le dije una palabra
ni el más mínimo
reproche, ni la sombra de una queja;
la miré que se alejaba
y pensé: qué mala
suerte, para mí todo acabó.
Muy pronto Gómez Re
comprendió la necesidad de aceptar la
colaboración de un poeta. A falta de otros
postulantes, se resignó a trabajar con Carlos M.
Caron, un escritor de Liniers experto en novelas policiales.
De este modo, nacieron los Tangos de Detectives,
expresión breve y musicalizada de la Colección
Rastros.
Naturalmente, los misterios
propuestos no eran demasiado complejos. Sin embargo, algunos
temas aparentaban cierta dignidad. ¿Quien
mató al Pardo Ramírez?, Sangre junto al
buzón, El testigo insobornable, y la milonga
Chantaje en Villa Lugano, fueron los más
logrados.
Reproduciremos, seguidamente,
algunas líneas de inexplicable eficacia:
Ceba raro el morocho, observó el cana,
cacha siempre la pava con la izquierda...
El
asesino zurdo
No crea que me llevo de chimentos:
lo batieron sus huellas digitales
La
gringa impía
La vida y la cana se burlan de mí, me acusan de un
crimen que no cometí...
Falsas
pruebas
Los Tangos Infantiles no pasaron del
primer intento. Eran tanguitos de hadas y de ogros reos, con
princesas encerradas en galponcitos de La Paternal.
La codicia los llevó
más tarde a componer una serie de Tangos
Pornográficos como Entre los Yuyos, El
Barbudo, y Que Nunca te Falte.
Los autores tradicionales del
barrio, como Anselmo Graciani, se oponían
enconadamente al trabajo de Gómez Re.
Manuel Mandeb tuvo la mala idea de
organizar una mesa redonda con la presencia de
tradicionalistas y renovadores, en las instalaciones del
club J.M.Bosch de Villa Excelsior. El título del
debate fue: ¿Qué es el tango?
De entrada, nomás, Ives
Castagnino postuló la definicíon
ostensible.
-- El tango es esto
--dijo.
Tocó El Apache
Argentino con su guitarra y se fué dando un
portazo.
Muy pronto se perfilaron dos
criterios opuestos. Uno restringido, que acotaba el
género con rígidas exigencias. Otro amplio,
que extendía el tango hasta el confín del
universo. De este último sector proviene el
"pantanguismo", escuela que sostiene que todo es tango, lo
que significa al mismo tiempo que nada lo es.
La discusión terminó
con la oportuna intervención de la policía,
repartición que tiene ideas propias acerca de la
música popular.
Desde aquella noche Gómez Re
empezó a interesarse por las discusiones y a
descuidar su vida artística. La preparación de
mortíferos silogismos le restó tiempo para
tocar el bandoneón. Sus últimas actuaciones
consistían redondamente en conferencias.
A decir verdad, son muchos los que
hoy padecen un vicio semejante. Más fácil es
encontrar ensayistas o historiadores tangueros que cantores
o guitarristas.
Ante la defección de
Gómez Re, otros artistas tomaron la antorcha.
Un grupo de la calle Caracas
cambió primero los instrumentos, luego el ritmo, mas
tarde las letras y, finalmente el nombre mismo del tango, al
que llaman rock.
Los profesores universitarios, los
sociólogos, y los pisaverdes se declararon
partidarios de Gómez Re y sus sucesores, y lo
nombraban a cada párrafo en sus charlas y
peroraciones.
En toda clase de actos
públicos se anunciaba la muerte de los tangos viejos
y su reemplazo por el Neotango Internacional, que arranca
lágrimas a los belgas arruespes.
Confinados en reducidos
cenáculos, los Retrógrados del Ayer
solicitaban la prohibición de los tangos posteriores
a 1940.
Gómez Re se retiró
para siempre y no volvió a actuar en público.
El ruso Salzman juraba haberlo visto en una
cervecería de Los Toldos, tocando sin adornos el
tango Milonguita .
Los enfrentamientos polémicos
siguen hasta hoy.
Nadie parece haber reparado en algo
terrible: el tango nuevo ya es viejo. Si se trata de juzgar
que el arte no es eterno y mas aún, que ni siquiera
dura mucho, es necesario confesar que las invenciones
renovadoras son ya lugares comunes.
¿Por qué no aparecen
nuevos demoledores para hacer probar a los Gómez Re
su propia medicina?
Las reflexiones iniciales de Ortega
son de 1919. ¿Es que tan luego el arte nuevo, que
auspiciaba el desalojo de las formas clásicas,
pretenderá quedarse para siempre?
Temo que a espaldas de los bandos
tangueros, las multitudes se han ido a casa.
La única esperanza
está en la aparición del artista. Ese que se
presenta por la puerta menos prometedora y sin doctrina ni
explicaciones, llega al rincon más secreto del
alma.
Las buenas gentes de estos tiempos
deshilachados no pierden la esperanza.
© Ediciones de la
Urraca, S.A.
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