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El Corso
Triste de la calle Caracas
de "Crónicas del Angel Gris", por
Alejandro Dolina. Ilustración de Carlos Nine.
Según una difundida leyenda,
el Carnaval fue alguna vez una fiesta popular, con personas
disfrazadas, musica, baile, bromas y murgas. En verdad,
cuesta creer semejante cosa. Como quiera que sea, la
legendaria gesta ha muerto ya. Sin embargo, como silenciosas
habitaciones vacías, han quedado ciertas fechas del
almanaque a las que la terquedad general insiste en
adjudicar la condición de carnavalesca. Esos
días son utilizados no ya para festejar sino
más bien para reflexionar y añorar la ausencia
de la fiesta. Se trata, según se ve, de un curioso
destino: pasar del entusiasmo a la nostalgia, de la
pasión a la meditación, de la alegría a
la tristeza. Muchos espíritus taciturnos se solazan
con este estado de cosas y afirman que la farra y el
desenfreno de otras épocas fueron apenas un paso
previo e inevitable, cuyo noble fin se cumple ahora, en el
ejercicio del recuerdo. 
Los Hombres Sensibles de Flores
simpatizaban en cierto modo con este criterio. Para ellos el
Carnaval no solamente servía para seducir
señoritas en las milongas sino también para
pensar en el paso del tiempo.
Puede afirmarse sin caer en el
infundio que esta ilustre manga de atorrantes jamás
consiguio entender el sentido de los Carnavales.
Manuel Mandeb pensaba que las gentes
se ponían contentas en virtud de algún suceso
que todos conocían menos él. Sus amigos
padecían un desconcierto de la misma clase.
Esto puede explicar la
extraña conducta de los Hombres Sensibles en los
corsos y en los bailes.
Durante un rato hacían fuerza
para sentirse alegres: bailaban, comían chorizos, se
ponían caretas, hablaban con voz finita y mojaban a
las damas con pomos de colores. Después
comprendían que todo aquello era inútil y
entonces se iban a otros bailes, discutían con los
mozos, miraban las orquestas, evocaban antiguos Carnavales y
cantaban el tango Siga el Corso. Ya en la madrugada
maldecían el Carnaval, se estacionaban en las
esquinas desoladas y se burlaban de los caminantes que
volvían a sus casas.
Pero una tarde de verano Manuel
Mandeb tuvo una inspiración genial. Se le
ocurrió organizar todos los años el Corso
Triste de la Calle Caracas.
Se trataba de una idea interesante:
Mandeb pensaba que en los Carnavales vulgares todos
disimulaban la tristeza disfrazándose de personas
alegres. Su proyecto consistía en adoptar disfraces y
actitudes melancólicas para ver si detrás de
ellos se instalaba la alegría.
"Si bajo la sonora risa del
payaso se adivina siempre una lágrima, es posible que
encontremos una sonrisa si sacamos nuestras caretas de
víctimas"
Si el propósito de Mandeb fue
lograr un clima de pesadumbre, hay que decir que lo
consiguió. El Corso Triste de la Calle Caracas era
francamente tenebroso. Todas las luces estaban apagadas. Los
asistentes deambulaban como sombras fingiendo toda clase de
sufrimientos.
Las murgas entonaban canciones
trágicas y tangos de Agustín Magaldi.
Los disfraces eran lastimosos: de
condenado a muerte, de novia abandonada, de jugador
expulsado, de deudor hipotecario, de vendedor de libros y de
intoxicado.
Con el tiempo el Corso Triste se fue
haciendo más ambicioso y complejo.
Jorge Allen, el poeta, empezó
a escribir versos murgueros con pretensión
literaria.
"Si parliamo' del destino
bororom bobom bobom...
¿Quién conoce su
camino?
Bororom borom borom....
Nadie puede contra la suerte
la última carta es la de la
muerte
borobobom bombom
borobobom bombom."
Los muchachos tristes de otros
barrios se acercaron poco a poco y pronto circularon
carrozas de hojas secas y automóviles con las
ventanillas cerradas.
En el tercer año, se
constituyó un jurado y se realizaron concursos y
torneos.
Las comparsas se sacaban chispas
para ver cuál era la más deprimente. Los
Lonyipietros del Desengaño, los Decrépitos del
Mañana y Chispazos de Soledad fueron las agrupaciones
más renombradas.
Las reinas del corso eran
bellísismas, pero inaccesibles y perversas. El premio
anual de máscara suelta lo ganó siempre el
mismo individuo Hablamos -desde luego- del célebre
actor Eladio del Prado, quien no tenía rival en la
técnica de la caracterización.
Sus primeros disfraces fueron
sencillos. Una noche apareció disfrazado de esclavo
persa y todos se condolían al ver su espalda surcada
de latigazos y su cuerpo encorvado bajo el peso de enormes
cadenas.
Después, sus creaciones
fueron más complejas. Un domingo fue cíclope y
a la mañana siguiente revolucionó todo el
barrio buscando el ojo que se había sacado. Fue
también mendigo escocés y la gente lloraba al
verlo soportar la nieve de Glasgow en la Calle Caracas.
Cuentan que Del Prado, entusiasmado
por sus éxitos, resolvió seguir con sus
disfraces durante todo el año. Dicen que su destreza
crecía junto con su crueldad.
Una noche de invierno, los Hombres
Sensibles saltaron de alegría al ver reaparecer al
Tonio Berardi, el pibe que murió en Paris.
Organizaron una gran fiesta, y en el momento en que alzaban
las copas para celebrar la resurección, Del Prado se
sacó el guardapolvo, se lavó las rodillas,
volvió a poner cara de persona mayor y
apareció tal cual era. El ruso Salzman estuvo dos
semanas en cama y Jorge Allen casi se queda tartamudo.
EL último Carnaval del Corso
Triste, Eladio Del Prado se disfrazó para siempre de
recuerdo y nadie volvió a verlo por el barrio del
Angel Gris.
La comisión organizadora del
Corso pronto advirtió que la creación de
Mandeb tenía interesantes posibilidades
económicas. Esto resulta un poco sorprendente si se
recuerda la nula capacidad de los Hombres Sensibles para los
negocios. De cualquier manera, es un hecho que durante
largos años los muchachos del Angel Gris vendieron
papel picado. Emplearon la conocida técnica que ha
enriquecido a tantos mercaderes: en la primera jornada las
bolsitas estaban llenas de papelitos brillantes e
inmaculados. Cuando terminaba la fiesta, barrían el
piso y volvían a embolsar el papel. Noche tras noche,
el producto se ensuciaba y envilecía, hasta que en la
muerte del Carnaval las bolsitas estaban llenas de tierra,
tapitas de cerveza, caramelos empezados y otras
porquerías. Algunos memoriosos creen reconocer
todavía hoy en los bailes de Villa del Parque, restos
del papel picado primogenio que se vendía en el Corso
Triste.
Para contribuir a la pesadumbre de
la concurrencia, Mandeb vendía pomos llenos de
lágrimas que -si ha de creerse a sus detractores-
falsificaba con agua y sal.
Los Refutadores de Leyendas, en su
carácter de comparsa racionalista, solían
acercarse a la fiesta de la calle Caracas para buscar
camorra. Todos recuerdan sus afinados pregones:
"Los Refutadores
señoras, señores,
llegan con sus ritmos
y sus silogismos.
Los desafinados
a exponer sus ilusiones
y a confrontarlas
con nuestras
refutaciones..."
Las olímpicas razones de la
murga encontraban muchas veces contundente respuesta y
dentro de un clima polémico y agudo, solían
armarse formidables peleas que -por cierto- daban lustre y
renombre al Corso Triste.
Año tras año, los
Carnavales de la calle Caracas fueron poniéndose
más divertidos. Naturalmente, esto provocó su
decadencia.
Los Hombres Sensibles de Flores, al
observar el jolgorio, comprendían que el proyecto
inicial iba camino del fracaso.
La sobria melancolía de los
primeros tiempos iba dando paso a sonrisas complacientes
cuando no a risotadas sin freno.
¡Ah! -se lamentaban-
¡Carnavales eran los de antes!
Y entonces contaban anécdotas
de los corsos de antaño, austeros y silenciosos,
comparándolos con la insoportable algarabía
que tenían ante sus ojos.
Pero en realidad la verdadera
esencia del fracaso hay que buscarla por otros rumbos.
Como ya se ha dicho, lo que buscaban
Mandeb y sus amigos era un dejo de alegría que
debía aparecer al quitarse la máscara
trágica.
Y lo cierto es que nunca encontraron
tal cosa.
Cada vez que -con toda
ilusión- abandonaban sus disfraces de atormentados,
encontraban debajo nuevos tormentos que, para peor, eran
reales.
Por eso, comprendiendo que la dicha
no estaba en el Carnaval y quizás en ninguna parte,
los Hombres Sensibles disolvieron para siempre el Corso
Triste de la Calle Caracas.
Hoy, cuando la fama de los muchachos
del Angel Gris ya encontró su tumba en los vientos de
la estación Flores, hay -aunque pocos lo adivinen-
centenares de corsos tristes. Y son mucho más tristes
que el de la calle Caracas, pues su tristeza es involuntaria
y su propósito es la alegría.
Tal vez ha llegado el momento de
comprender que los criollos no hemos nacido para ciertas
fantochadas. Que se rían los brasileños.
Tengamos, eso sí, fiestas y reuniones populares. Pero
no dejemos de ser quienes somos. Si nuestra extraña
condición nos ha hecho comprender el sentido adverso
del mundo, agrupémonos para ayudarnos amistosamente a
soportar la adversidad.
A lo mejor, los Carnavales de
antaño, tan añorados por los animadores de la
radio, no eran mas que eso: una reunión de gente
triste que buscaba consuelo.
© Ediciones de la
Urraca, S.A.
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