|
|
El arte de la
impostura
de "Crónicas del Angel Gris", por
Alejandro Dolina. Ilustración de Carlos Nine.

El hombre de nuestros días
vive tratando de causar buena impresión. Su principal
desvelo es la aprobación ajena. Para lograrla existen
diferentes métodos y estrategias.
Algunos ejercen la inteligencia,
otros se deciden por la tenacidad o la belleza, otros
cultivan la santidad o el coraje.
Sin embargo, por ser todas estas
virtudes muy difíciles de cumplir, ciertos
pícaros se limitan a fingirlas.
Por cierto que tampoco esto es
sencillo: el engaño es una disciplina que exige
atenciones y cuidados permanentes.
Por suerte para los
hipócritas y simuladores, existe desde hace mucho
tiempo el Servicio de Ayuda al Impostor.
I Basándose en
modernos criterios científicos, los especialistas de
la organización instruyen, aconsejan, dictan clases,
resuelven casos particulares y difunden las técnicas
más refinadas para obtener apariencias
provechosas.
Cuando algún zaparrastroso
quiere presumir de elegante, el Servicio le recomienda
sastres, lociones y corbatas.
Si se trata de aparentar cultura, el
cliente tiene a su disposición frases hechas,
aforismos brillantes y gestos de suficiencia.
Los que pretenden pasar por guapos
son adiestrados en el arte del aplomo y la compadrada.
Muchos pobres practican para
fingirse ricos, y muchos ricos se esfuerzan por parecer
indigentes.
Hay que decir que algunos
postulantes son muy adoquines y no alcanzan a completar los
cursos. Otros tienen características tan marcadas que
resulta imposible disimularlas.
Durante muchos años, los
hipócritas aplazados debieron resignarse a mostrar
crudamente sus verdaderas y abominables condiciones, o bien
a ser descubiertos en sus torpes fraudes. Pero con el
tiempo, el Servicio encontró una fórmula
drástica para socorrer a los menos favorecidos.
Así nació el reemplazo liso y llano como
recurso extremo.
Imaginemos a un morocho tratando
infructuosamente de ingresar en un selecto club nocturno. El
hombre fracasa con las tinturas y el maquillaje.
Inmediatamente el servicio designa a
un rubio cabal en su reemplazo. El impostor entra sin
problemas a la milonga y en nombre del morocho rechazado
baila y se divierte toda la noche.
Los ejemplos son innumerables:
estudiantes mediocres que se hacen reemplazar en los
exámenes; enamorados tímidos que -como Cyrano
de Bergerac- mandan en su lugar a un picaflor; empleados
capaces que para lograr un ascenso envían a un
chupamedias y personas hartas de su familia que se hacen
substituir en los cumpleaños.
El Servicio de Ayuda al Impostor ha
ido perfeccionando la tecnología del reemplazo con
disfraces impecables. Se sospecha que hoy en día, la
mayoría de las personas que uno trata son en realidad
agentes de la organización. Nuestros amigos, nuestras
novias, nuestros gobernantes y nuestros cuñados
pueden haber sido reemplazados por impostores profesionales.
Tal vez yo mismo estoy fingiendo escribir estas minucias a
nombre y beneficio de un cliente llamado Dolina. Tal vez
usted, que finge leerme, esté reemplazando a alguien
que no se atreve a confesar que los mitos de Flores lo
tienen harto.
II Los gobiernos, lo
mismo que las personas particulares, viven preocupados por
la opinión de los de afuera. Continuamente sugieren a
la población la necesidad de mejorar lo que se llama
imagen exterior.
Para lograrlo se promueve la
difusión de nuestros aspectos más brillantes.
Cuando nos visitan los extranjeros, se les muestran nuestros
rincones más presentables, se les hace comer una
empanada y se les obliga a escuchar a la orquesta de Osvaldo
Pugliese.
La exaltación de nuestros
méritos va casi siempre acompañada de un
cuidadoso disimulo de nuestros defectos. Además, en
tren de aparentar y a falta de extranjeros, se suele hacer
bandera ante los propios criollos.
Con toda insistencia se
señala que los médicos argentinos son los
mejores del mundo, para no mencionar a los enfermos. Si se
produce algún desperfecto en una transmisión
internacional, los locutores se apresuran a aclarar que el
jarabe se ha originado en el satélite alemán,
con lo cual nos quedamos todos tranquilos.
La actitud temerosa del juicio ajeno
es proverbial en el periodismo. Hace poco una cronista
aprovechó su paso por Roma para consultar a los
transeúntes italianos acerca de nuestra nueva
situación institucional. Los televidentes recibieron
varias reflexiones, expresadas en cocoliche que, en general,
nos perdonaban la vida. Al final de la encuesta, la cronista
no podía ocultar su satisfacción.
Habíamos pasado la difícil prueba de agradar a
los heladeros de la Vía Marguta.
No estaría mal recurrir al
Servicio de Ayuda al Impostor para perfeccionar nuestras
representaciones ante los extraños.
La solvencia de la
organización nos permitiría aparentar
cualquier cosa: que tenemos 100 millones de habitantes, que
somos prósperos, que somos poderosos. Se
podrían editar censos adulterados y mapas
fraudulentos que nos muestren en el doble de nuestra
extensión.
Manuel Mandeb recomendó
alguna vez la conveniencia de fingirnos el Japón,
para desconcertar a nuestros enemigos. El pensador de Flores
proponía que todos nos estiráramos los ojos
con los dedos y habláramos pronunciando las erres
como eles.
Aquí se nos viene encima una
duda: ¿no será que otros países ya nos
están engañando? La mentada potencia
norteamericana puede ser nada más que una
ficción creada por los impostores del norte. A lo
mejor, Suecia es un país tropical, pero lo disimula.
Quizá la Unión Soviética es una
pequeña república del Africa y Luxemburgo es
en verdad el mayor país del mundo.
En todo caso, antes de encarar
cualquier acción para mejorar nuestra imagen externa
es indispensable decidir cuál es la sensación
que se quiere dejar. Si dispersamos nuestros esfuerzos en
simulaciones diferentes e inconexas, los resultados
habrán de ser más bien confusos.
Dígasenos de una vez qué fingiremos ser:
¿una nación apacible? ¿una nación
encrespada? ¿una nación limpia? ¿una
nación angloparlante?
Los tratadistas reconocen tres tipos
de impostura: horizontal, ascendente y descendente. La
última consiste en mostrarse peor de lo que se es. Y
no faltan economistas que postulan este camino para
despertar la conmiseración internacional.
III Los teóricos
más barrocos del Servicio creen que la impostura es
un arte. Y más aún: afirman que todo arte es
una impostura. Cien gramos de pinturas al aceite se nos
aparecen como un rostro misterioso o como un paisaje lunar.
Quinientos kilos de bronce pretenden ser el cuerpo de
Hércules. Una curiosa combinación de tintas y
papeles es presentada como el alma de un hombre
atormentado.
Solamente la música
está libre de simulaciones. Un acorde en mi menor es
precisamente eso y no pretende ser nada más.
Los teóricos también
han defendido el carácter ético de la
impostura ascendente. El argumento principal no es muy
novedoso: de tanto aparentar bondad, uno acaba por ser
bueno.
Faltan en esta monografía
datos concretos que permitan al lector la
contratación del Servicio.
Lamentablemente, no es posible
ofrecerlos.
Para empezar, nadie sabe cuál
es la ubicación de la entidad. A veces, el local
asume el aspecto de un almacén. Otras veces, se
aparece como un copetín al paso, o como una
estación de ferrocarril. Los impostores son siempre
consecuentes con sus representaciones y por más que
uno les plantee sus necesidades, insisten en vender
garbanzos, servir una ginebra o despachar un boleto de ida y
vuelta a Caseros.
Es cierto que a menudo aparecen
impostores ofreciendo sus servicios. Pero la
organización ya ha advertido al público que se
trata en realidad de falsos impostores que deben ser
denunciados a la policía.
IV Vaya uno a saber
cuántos ridículos firuletes habremos hecho los
criollos para agradar a los polacos y coreanos.
¿Estaremos bien? ¿No
seremos una nación fuera de lugar? ¿Qué
pensarán de nosotros estos visitantes holandeses?
¿Le ha gustado nuestra autopista, señor Smith?
¡Cuidado, disimulen que ahí viene un
francés! ¿No estaremos desentonando en el
concierto internacional?
Yo creo que tal vez no importa
desentonar en un concierto que parece dirigido por
Mandinga.
Vale la pena intentar el camino
difícil, el más penoso, el más largo
pero también el más seguro. Es el camino de la
verdad. El que quiera parecer honrado, que lo sea. El que
quiera fama de valiente, que se la gane a fuerza de
guapeza.
Y si queremos que el mundo piense
que somos una gran nación, sepamos que lo más
conveniente es ser de veras una gran nación.
Mientras llegan esos tiempos,
podríamos empezar a fingir que no fingimos.
© Ediciones de la
Urraca, S.A.
|
|