ANTONIO DI BENEDETTO

 

Zama

21.

[...]

    Después, mientras caminaba, el seso me entregó servida la decisión de tomar una vez a Luciana. Lanzaba en exploración razonamientos supuestamente capaces de fortalecerme en mi anterior actitud prescindente y era como luchar contra una resolución de todo mi cuerpo, muy anterior y severamente imperativa.
    Era ya una fiebre de hacerlo y su pujanza aceptaba no obstante conjugarse con la cautela que me dictaba el instinto.
    Buscaba yo provocar, con mesura, aquel amor comunicativo que me entregó Luciana en algún tiempo. Hice aventureras las palabras y, en los diálogos, Luciana se arriesgó por la picada que ellas abrían.
    Ocurrió, una de las veces, que un lacito que lancé, como exento de propósito definido, me trajo caza mayor.
    Le dije que la juzgaba mujer incapaz de afectos profundos porque no me explicaba que se hubiese privado de los hijos. Eso a la mujer escuece, pero supe contenerle una réplica directa mediante un tono zumbón, de humorada, y el desvío inmediato hacia un tema paralelo ajeno a ella.
    Fingí enterarme a esa altura del sistema que usaban las indias mbayas para eliminar la perspectiva de un nacimiento, que consistia en ejercer presión con sus propios dedos sobre ciertas partes del cuerpo. Esto distrajo a Luciana del planteamiento inicial. Me refirió que ella había presenciado, en el campo, el bárbaro procedimiento; era algo diferente: se sometían al curandero, que les aplicaba puntapiés en zonas delicadas con un ensañamiento tan brutal como eficaz.
    Después de contármelo, Luciana recapacitó brevemente. Me preguntó, con tristeza, si yo pensaba que ella recurría a esos métodos u otro semejante. Le dije que no.
    Entonces supe, por su boca, cuál era la causa de que no tuviera hijos. Supe, también, por qué Luciana no amaba a su marido.
    El padre de Honorio era indiano. Regresó enriquecido a su tierra, dejando en América a su único vástago, de quince años de edad y administrador de estancia y casa. El muchacho sufrió atropellos que, sin embargo, su débil existencia logró soportar con estoicismo e incluso sobrepasarlos, asegurándose mando y fortuna. Pero el padre, tras haberlo desamparado tan niño, le impuso aún la carga del matrimonio sin consultar su opinión y preferencia. En España, el autoritario anciano convino con su propia hermana el casamiento de la hija de ésta, Luciana, con Honorio. De resultas de ello, Luciana, a los once años de edad, estaba comprometida en matrimonio con su primo, Honorio, de veintidós. Nada se le dijo hasta tener sus quince años. Entonces se iniciaron los preparativos para la boda, concertada por cartas-poderes. A los diecisiete viajó a América para reunirse con su desconocido amo y esposo.
    Cuando describía las costumbres de las indias mbayas, Luciana estaba tan suelta y animada, tan sin recato nombraba ciertas partes, que escuchándola tuve la sensación desagradable de que se confundía y me hablaba como si yo fuese una mujer.
    Sin embargo, la historia de su matrimonio, que era penosa pero no susceptible de causar vergüenza, fue para ella como una entrega, obligada e irremediable, de algo que afectase su pudor.
    Percibí sin tardanza que toda esa intimidad que había puesto en mis manos se mudaría luego en recelo y rechazo. Estaba autorizado, también, para temer su hostilidad.
    Entonces, ignoro si conmovido o temeroso de que me abandonara nuevamente, me juré respetarla tanto como ella quisiese ser respetada.

[...]


23.

    Nunca, nunca más tuve un beso de Luciana. La partida estaba organizada con tal minuciosidad que fue posible en el primer barco que bajó hacia el Plata, y con tanta anticipación que yo no entendía cómo pude ser la persona más próxima a Luciana e ignorar lo que ya a muchos había trascendido.
    Es que yo permanecí excesivo tiempo asimilado por Luciana y ajeno a la vida de mi contorno.
    Ella impuso que nos despidiéramos en el jardín. «A la vista de todos», proclamó.
    Pero no a la vista del marido, por completo posible, ya que, durante aquella semana final, lo distinguía o creía distinguirlo, cerca y preciso, o lejos y Iigeramente confundible, en todos los lugares donde un hombre podía estar, como si en cada uno de ellos tuviese algo que componer o alguien a quien estrechar la mano. Recelaba yo de que, aún, antes de partir, se diera de frente conmigo y quisiera toserme. Por que no me viera, entonces, me escabullía de tal manera que tropezaba con él en cada piedra.
    Luciana impuso lugar y se imponía a sí misma un tono de abnegación heroica, que yo consentía imponiéndome, a mi vez, el aire melancólico del abandonado irremediable. Mi doble fondo se regocijaba del viaje: no pasaría ya esos peligros de las convocatorias sin provecho.
    En ambos todo era, en ese momento, ridículo y exterior. Yo lo entendía, pero Luciana no, de modo que acató mi simulación como verdad y quiso corresponderme volviéndose humilde, entregándome, por fin, la pulpa de sus sentimientos.
    Me dijo Luciana que ningún otro hombre, como yo, supo buscarla sin pensar en la carne, y por eso yo había sido y sería siempre el predilecto de su corazón.
    Me hizo tanto bien este juicio ajeno a la realilad que arriesgué todo por confirmarlo:
    ­El predilecto, sí. Gracias, Luciana. Pero ¿también el único?
    ­Eres tanto para mí, soy tan tuya y sólo tuya, que te habría dado lo que nunca me pediste, si me lo hubieras pedido.
    Mordió un sollozo, me apretó arrebatadamente las dos manos y, sin facilitarme tiempo para la menor reacción, se alejó hacia las habitaciones.
    Fue la única visita que concluyó sin protocolo. Me dirigí solo hacia la puerta.
    Le creí que me amaba. No exigía simulación de la pureza. Aceptaba simular que podía ser impura. Por eso era fuerte: su juego era más sutil y perfecto que el mío.


    Hacia el Plata, después a la mar y hacia España, donde nunca fui más que un nombre anotado en papeles, se extendería un pensamiento, una sensibilidad humana impregnada de mí. Alguien, en Europa, sabría quién era yo, cómo era Diego de Zama, y lo creería bueno y noble, un letrado sabio, un hombre de amor. Estaba dignificado.
    Para Luciana, mi pureza constituía una noción antigua y permanente. Yo dudaba, aún, entre creerla pura o no. Podía elegir. Y elegí una fe redentora de su concepto y su honor.
    Comprendí que ella era más candor y desesperación que mujer.
    En todo caso, se negaba a ser carne y vencía. Era más libre que yo.


[más: Año 1794]

[comienzo de "Zama]


 

de la novela "Zama", de Antonio Di Benedetto. © Herederos de A. Di Benedetto.

 

ANTONIO DI BENEDETTO
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