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nota aparecida en "El Periodista" de Buenos Aires a días de su
muerte
batalla contra el olvido

Por Alberto Gonzalez Toro
Enfermo, solo, casi olvidado por los hacedores de famas y
glorias, Antonio Di Benedetto se ha refugiado en sus sueños. que
él define "Sombras. y algo mas). Hace varios años (antes de que
una patrulla militar lo secuestrara de su casa. en Mendoza) Di
Benedetto opinaba "Yo creo que el hombre no es naturalmente bueno por el contrario,
Ias necesidades, el afán de descollar. hacen que el hombre use
muchas armas innobles. Si se porta bien es por obligación de la
sociedad. Adentro suyo. se tortura. Por eso necesitamos la confesión.
Por lo común nos rodean oídos sordos. La confesión busca sacar
el veneno que tenemos adentro, busca el perdón. ¿Y quien es el
que en forma directa nos otorga el perdón? La madre. Yo la perdí.
Lo que yo siento en estos momentos es una soledad individual muy
profunda, gran pudor en los sentimientos. Se me ha vuelto un tremendo
problema exteriorizarlos. Si me juzgo -como todos los que fuimos
inventados por Pirandello o Dostoievsky-, me siento solamente
culpable y sin redención. Porque, ¿Quién me perdonaría? La otra
alternativa de confesión la da el amor en pareja, que quizá sea
la única salvación del hombre en sociedad". De alguna manera. en esta confesión podría resumirse todo el
universo de este admirable escritor, de estilo riguroso, ceñido,
que no permite ninguna distracción en el lector.
A fines de la década del cincuenta. Di Benedetto respondió
así a un breve cuestionario que le envió por correo el diario
La Razón: «Nacido en Mendoza el 2 de noviembre de 1922. Estudios
de abogacía (no terminados). Periodista desde los 18 años. Desde
1949. jefe de las secciones de artes, letras y espectáculos en
el diario Los Andes, Corresponsal en Mendoza del diario La Prensa».
Había escrito, ya, su obra maestra, Zama, la historia de un ser "solitario, aislado, patéticamente incómodo
e inferior" en cualquier situación de la vida, con nostalgia de
algo que no existe o existe apenas", según juzga Dario Puccini,
catedrático de Literatura en la Universidad de Roma y uno de los
mayores especialistas en la obra de Di Benedetto. "He escrito varias novelas, pero sólo rescato de ellas Zama, que
me ha dado muchas satisfacciones. Incluso hay en Madrid una librería
que lleva su nombre", ha dicho el escritor. Una novela que ha vendido 200.000 ejemplares
en Alemania donde Di Benedetto es considerado uno de los más grandes
narradores de Hispanoamérica.
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Zama cuenta con un lenguaje castizo. bello, perfecto, la larga, infinita
espera de un funcionario del imperio español en América que aguarda.
en Asunción del Paraguay, ser trasladado a Buenos Aires. La espera
de don Diego de Zama, en realidad, es una espera existencial,
que lo degrada en su soledad, que lo hunde en sus culpas. "Europa,
nieve, mujeres aseadas porque no transpiran con exceso y habitan
casas pulidas donde ningún piso es de tierra -reflexiona Zama-
Cuerpos sin ropas en aposentos caldeados, con lumbre y alfombras.
Rusia, las princesas. Y yo así, sin unos labios para mis labios,
en un país que infinidad de francesas y de rusas, que infinidad
de personas en el mundo jamás oyeron mencionar; yo ahí consumido
por la necesidad de amar, sin que millones y millones de mujeres
y de hombres como yo pudiesen imaginar que yo vivía, que había
un tal Diego de Zama, o un hombre sin nombre con unas manos poderosas
para capturar la cabeza de una muchacha y modelarla hasta hacerle
sangre".
Ajeno, "perdido" en el mundo, el anónimo don Diego de Zama
vive un exilio perpetuo. Recuerda a veces a su mujer y su hijo,
a quienes envía de tanto en tanto un poco de dinero. Su mujer
y su hijo son, al principio, el "objetivo" de su vida. Pero el
paso del tiempo, la distancia, van borrando ese recuerdo . Don
Diego queda, finalmente, con sus culpas "que no se puede ni borrarlas
ni olvidarlas", según apunta Di Benedetto.
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Zama fue publicada en 1956. Tuvo excelente crítica; tuvo poco lectores.
Su autor siguió, empecinado, obstinado, cultivando el silencio.
Ia humildad, lejos del "mundanal ruido". Ocupado varias horas
al día por el periodismo, dedicaba los fines de semana a elaborar
-pacientemente- una de las cumbres mayores de la narrativa Argentina.
"El escritor debe producir primero el rechazo del lector, a raíz
de que ese rechazo lo conmueve, empezar a elaborar la novela,
a conseguir que la descubra en todos sus pliegues y repliegues
más preferidos. Si el lector se siente identificado con el protagonista,
se perderá".
Es difícil identificarse con Aballay, personaje de un cuento antológico. Es imposible, en cambio. no admirar su perfección, su manejo
del idioma su tiempo narrativo. Aballay resume, en pocas páginas,
la concepción existencial de Di Benedetto, en donde el absurdo
es, también, una cara del destino. Como la culpa. "Yo pienso mal del hombre -dice el novelista-. No es que yo piense mal de mi semejante, de mi vecino. Sencillamente
pienso que yo -como carne. como ente pensante y actuante- no tengo
las virtudes que debería tener. Nunca, o muy rara vez, cometo
una buena acción... y no es nada frecuente que tenga buenos nobles
pensamientos". Aballay, un gaucho que debe una muerte no puede apartar de
su memoria la imagen de un niño, hijo del hombre que él ha matado.
El niño, vio como Aballay mataba a su padre. Un día, el gaucho
escucha el sermón de un cura. Y queda fascinado con la historia
de los estilista que pagaban sus culpas habitando una cueva o
la cumbre de una montaña. Aballay quiere imitarlos. Pero en la
pampa no hay montañas. Decide, entonces, ser un estilista ecuestre.
Montará en su caballo y no bajará más de él. El destino, sin embargo,
lo está esperando: el niño. ya mayor, lo enfrentará .
Aballay se detiene (montado en su caballo) con una caña. El
destino quiere que esa caña atraviese la boca de su contrincante.
El destino quiere también que Aballay baje del caballo para ayudar
a quien quiso matarlo. Ya en el suelo. comprende que ha roto un
mandato. Decide que. esta vez, tiene que hacerlo. Ha dudado unos
segundos, sin embargo, el otro, desde abajo, le abre el vientre
con su cuchillo. Austero, ceñido, el narrador culmina su relato;
"Alcanza a saber que su cuerpo ya siempre quedará unido a la tierra.
Con el pensamiento velado, borronea disculpas. Por causa de fuerza
mayor, ha sido..."
"Aballay, tendido en el polvo, se está muriendo con una dolorosa
sonrisa en los labios"
Las constantes de "la culpa" y "la muerte", muestran también
cómo era Di Benedetto. La culpa y la muerte también signan "Los Suicidas", mención especial en el concurso de novela Primera Plana Sudamericana,1967.
Aquí Di Benedetto construye una historia casi "periodística",
un informe despojado de frases cortas que un cronista desliza
con fría objetividad. Texto camusiano. recorrido por una cruel
melancolía, "Los Suicidas" es una nueva vuelta de tuerca en la
obra de quien -según Borges- ha escrito "páginas esenciales que
me han emocionado y que siguen emocionándome".
El 30 de abril de 1983, en Madrid, Antonio Di Benedetto escribe:
"El titulo de este libro (Cuentos del exilio), posiblemente aprovechable en una ficha bio-bibliográfica "se debe a que los textos fueron escritos durante los años de exilio,
que, bien considerado, vino a ser doble, cuando tui arrancado
de mi hogar, mi familia, mi trabajo, los amigos, y luego al pasar
a tierras lejanas y ajenas.
"No se crea que, por más que haya sufrido, estas páginas tienen
que constituir necesariamente una crónica ni contener una denuncia
ni presentar rasgos políticos. Como me lo han enseñado Lou, el
silencio, a veces equivale a una protesta muy aguda.
"Acaso lo que dejen trascender, especialmente algunos cuentos,
es que no pueden haber sido escritos sino por un exiliado. Pero
nada más. Ya que son, sencilla y puramente, ficciones".
La mayoría de estos cuentos fueron escritos en España. donde
vivió los últimos años de su exilio. El cambio de realidad, el
sufrimiento, el recuerdo de ese año y medio de prisión en Mendoza
y La Plata, influyeron en su obra. Hay un mayor refugio en los
sueños, hay una mayor preocupación por lo fantástico, por la "irrealidad".
Tendencia que se acentúa en "Sombras, nada más" ... su último libro. La culpa, la soledad, la muerte, la tentación
del suicidio, la nostalgia (sus temas recurrentes), reaparecen
en Sombras. Pero aquí forman parte de una vasta ensoñación "delirio
onírico", señala el novelista. Tanto "Sombras" como "Cuentos de
exilio", son dos obras mayores, que articulan un lenguaje depurado,
con un mundo cada vez más cerrado, más obsesivo que en su "delirio
onirico". Saldo: apunta hacia la muerte, hacia un final que no
admite esperanza alguna. El "delirio onírico" es, esencialmente,
una manera de escapar a la locura. O de acercarse cada vez más
a ella.
Fiel a su modo de vida, ajeno a los cócteles literarios y
demás oropeles, Di Benedetto ha elegido el silencio. Cuando se
extingan las falsas llamas, cuando ni un mísero recuerdo quede
de los voceros de la moda, la obra
de este solitario mendocino emergerá como una de las más grandes,
como una de las perfectas.
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