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CLARIN, Domingo 01 de agosto de 1999

 

EL MENDOCINO ANTONIO DI BENEDETTO, FALLECIDO EN 1986, ESPERO TODA SU VIDA UNA CONSAGRACION QUE SE LE ESCAPO DE LAS MANOS. LA REEDICION DE SU NOVELA "EL SILENCIERO", POR ADRIANA HIDALGO EDITORA, PERMITIRA TERMINAR CON ESE DESTINO DE POSTERGACIONES.

El gran escritor que volvió del olvido

La prosa narrativa de Antonio Di Benedetto es sin duda la más original del siglo en la Argentina." Esta definición tan contundente de Juan José Saer , que relativiza la propia obra de Borges, rescata a un escritor durante muchos años silenciado. No lo dice cualquier crítico, sino nada menos que uno de los más importantes y reconocidos narradores argentinos, residente en Francia, autor de novelas como Nadie, nada, nunca, El entenado y La pesquisa. Y lo afirma en ocasión de la reedición de una novela casi secreta del autor de Zama: El silenciero (1964), publicada por Adriana Hidalgo Editora.

Es que en un imaginario torneo de injusticias literarias, la sombra silenciosa que envuelve la figura de Antonio Di Benedetto ocupa uno de los primeros puestos. Autor de algunas de las páginas más notables de la narrativa argentina de este siglo, de "páginas esenciales que me han emocionado y que siguen emocionándome" -según escribió Jorge Luis Borges a propósito de su relato "Aballay"-, este periodista y escritor mendocino nacido en 1922 y fallecido en Buenos Aires en 1986 encarna todavía la imagen crepuscular de aquellas "víctimas de la espera" a las que dedicó, en 1956, su novela Zama, su obra más famosa, más reeditada y traducida. la encarna por varias vías: primero, porque si bien ya su primer libro de cuentos, Mundo animal (1953), recibió críticas elogiosas y obtuvo el Primer Premio de Literatura de su provincia, su carrera literaria estuvo marcada por un reconocimiento tardío y siempre parcial. De hecho, recién ahora, con esta reedición de El silenciero -a la que le seguirán Cuentos claros, y a fin de año, Los suicidas-, y con una nueva edición de Zama publicada por Alianza, los lectores argentinos podrán tomar contacto con un conjunto más orgánico y representativo de su obra.

Segundo, porque todavía hoy se espera entender por qué razón el 24 de marzo de 1976, la misma noche del golpe de Estado, un comando militar lo tomó prisionero y lo sumergió en un infierno de 18 meses de cárcel -primero en Mendoza, después en La Plata-, del que logró salir en setiembre de 1977 gracias a las gestiones de personalidades como Victoria Ocampo, Ernesto Sabato y el Premio Nobel de Literatura Heinrich Böll, entre otros. Una experiencia dolorosa y arbitraria como tantas otras en esos años, que en el caso de Di Benedetto tuvo un efecto devastador: la violencia de los golpes y los simulacros de fusilamiento, la brutalidad del mal en estado puro. "Me aplastaron hasta enloquecerme", confesó años después. "Mi sufrimiento hubiese sido menor si alguna vez me hubieran dicho por qué me apresaron, pero nunca lo supe. Y esa incertidumbre es la más horrorosa pesadilla".

En el momento de su detención, Di Benedetto era el subdirector del diario Los Andes, de Mendoza. Había empezado a trabajar como periodista a los 18 años. Su colega Jorge Oviedo, quien trabajó con él desde 1959 y actualmente es director periodístico de Los Andes, lo recuerda como un hombre "muy introvertido, talentoso, de un estilo duro y seco, aunque también de un fino sentido del humor". Y confirma que jamás se aclararon los motivos de aquel ensañamiento. "Las conjeturas fueron muchas y variadas", dijo a Clarín. Desde una falsa delación a un oscuro triángulo amoroso, o un castigo ejemplificador para quien no aceptó someterse a los dictados de la censura periodística.

El propio escritor ensayó años más tarde una explicación: "En el diario siempre me negué a ocultar información. Por eso creo que mi detención tuvo que ver con mi labor de periodista. Nunca hice política. De joven simpaticé con el socialismo romántico de Alfredo Palacios, pero a falta de otros argumentos se adujo que yo estaba vinculado a grupos violentos, cuando yo sólo he sido víctima de la violencia".

Desde ya, poco importa encontrar una "razón" para aquella pesadilla. Sólo basta subrayar el efecto demoledor que tuvo ese año y medio en la vida de Di Benedetto. Para entonces, él ya había escrito la mayor parte de su obra, en la que desarrolló esa prosa lacónica y ese estilo personal "reconocible a primera vista como un cuadro de Van Gogh", al decir de Saer. A los primeros relatos de Mundo animal les siguieron las novelas El pentágono (1955, que en su segunda edición se llamó Annabella) y Zama (1956), que desde su aparición fue considerada una notable expresión de la nueva narrativa argentina. Tuvo excelentes críticas. Tuvo, también, pocos lectores. La trama cuenta, con un lenguaje castizo casi perfecto, la infinita espera de un funcionario colonial que aguarda en Asunción del Paraguay un traslado que no llega. Leída muchas veces como una "novela histórica", en realidad la espera de don Diego de Zama es un soliloquio lírico sobre la soledad, el desgaste existencial, el fracaso. Un libro desesperado que construye un universo sutil y desgarrador.

A ella le siguieron tres volúmenes de cuentos: Grot (1957, luego titulado Cuentos claros), Declinación y ángel (1958) y El cariño de los tontos (1961), premiado por la Sociedad Argentina de Escritores y el Fondo Nacional de las Artes. Su segunda novela, El silenciero, obtuvo un premio de la Subsecretaría de Cultura de la Nación. Su protagonista es un hombre de la ciudad que busca escapar del ruido y construye recursos cada vez más delirantes para conservar su callado mundo. Luego publicó su tercera novela, Los suicidas (1969), y finalmente, en 1975, editó la antología de cuentos El juicio de Dios.

Pese a las condiciones infrahumanas de la cárcel, Di Benedetto pudo seguir escribiendo. Para evitar las requisas escribía en letra minúscula lo que él llamaba "sueños inducidos", textos breves luego compilados en la antología Absurdos (1978).

Poco después de su liberación en 1977 se exilió en España, hasta que en 1984 regresó al país por sugerencia de varios amigos. Entre ellos el cineasta Nicolás Sarquis, quien estaba trabajando en la versión cinematográfica de Zama, que finalmente nunca terminó de filmar.

Los del exilio fueron años muy difíciles para Di Benedetto. Las secuelas físicas y morales de la cárcel lo habían deteriorado visiblemente. El librero Rosel Albero, amigo personal del escritor desde 1942, relató un encuentro que mantuvo con el autor en Madrid, en 1980: "Cuando llegó al hotel casi no lo reconocí. Parecía 20 años más viejo: cabellos blancos, barba muy larga, tenía un constante temblor en las manos. Su andar se había hecho lento y su voz, quebrada. Se notaba que tenía problemas económicos que él, orgulloso, trataba de ocultar. Nos confesó que había hecho grandes esfuerzos para olvidar el tiempo pasado en las mazmorras de la dictadura. Y que lo había logrado, pero que, al mismo tiempo, había borrado hechos que serían fundamentales para su futura producción literaria. Trato de escribir -decía- pero no consigo arrancar nada de mi cabeza. Lleno páginas de garabatos que acabo siempre tirando a la basura".

En esos años, sin embargo, escribió los Cuentos del exilio (1983). Y más tarde, su última novela: Sombras nada más (1985). "No estoy satisfecho ni del estilo, ni de cómo narro, ni de nada", le dijo en 1984 al crítico Jorge Lafforgue. "He conseguido volver a la literatura, es cierto; pero no al nivel anterior." Sin dudas, ya no era el mismo. Y su regreso a la Argentina no mejoró las cosas. Más bien, confirmó ese destino de esperas infinitas: si bien fue bien recibido al principio, pronto volvió a ser arrojado al círculo de olvido que marcó su vida. Convocado para ocupar un cargo de asesor en la Dirección Nacional del Libro durante el gobierno de Alfonsín, en 1985 no le renovaron su contrato "por razones de austeridad". Sobrevivió sus últimos meses con un modesto empleo en la Casa de Mendoza.

En una de las últimas entrevistas, realizada por Andrés Gabrielli, Di Benedetto afirmaba: "Espero que mis escrituras hagan su camino sosegado, que se les preste atención y que sean objeto de pacientes y razonables lecturas". Acaso ahora, gracias al sólido juicio de Saer y a estas esperadas reediciones, su obra pueda salir del tiempo interminable de la espera y encontrar, al fin, a sus lectores.

FLAVIA COSTA

 

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