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EL MENDOCINO ANTONIO DI BENEDETTO, FALLECIDO EN 1986, ESPERO TODA
SU VIDA UNA CONSAGRACION QUE SE LE ESCAPO DE LAS MANOS. LA REEDICION
DE SU NOVELA "EL SILENCIERO", POR ADRIANA HIDALGO EDITORA, PERMITIRA
TERMINAR CON ESE DESTINO DE POSTERGACIONES.
El gran escritor que volvió del olvido
La prosa narrativa de Antonio Di Benedetto es sin duda la más original
del siglo en la Argentina." Esta definición tan contundente de
Juan José Saer , que relativiza la propia obra de Borges, rescata
a un escritor durante muchos años silenciado. No lo dice cualquier
crítico, sino nada menos que uno de los más importantes y reconocidos
narradores argentinos, residente en Francia, autor de novelas
como Nadie, nada, nunca, El entenado y La pesquisa. Y lo afirma en ocasión de la reedición de una novela casi secreta
del autor de Zama: El silenciero (1964), publicada por Adriana Hidalgo Editora.
Es que en un imaginario torneo de injusticias literarias, la sombra
silenciosa que envuelve la figura de Antonio Di Benedetto ocupa
uno de los primeros puestos. Autor de algunas de las páginas más
notables de la narrativa argentina de este siglo, de "páginas
esenciales que me han emocionado y que siguen emocionándome" -según
escribió Jorge Luis Borges a propósito de su relato "Aballay"-,
este periodista y escritor mendocino nacido en 1922 y fallecido
en Buenos Aires en 1986 encarna todavía la imagen crepuscular
de aquellas "víctimas de la espera" a las que dedicó, en 1956,
su novela Zama, su obra más famosa, más reeditada y traducida. la encarna por
varias vías: primero, porque si bien ya su primer libro de cuentos,
Mundo animal (1953), recibió críticas elogiosas y obtuvo el Primer Premio
de Literatura de su provincia, su carrera literaria estuvo marcada
por un reconocimiento tardío y siempre parcial. De hecho, recién
ahora, con esta reedición de El silenciero -a la que le seguirán Cuentos claros, y a fin de año, Los suicidas-, y con una nueva edición de Zama publicada por Alianza, los lectores argentinos podrán tomar contacto
con un conjunto más orgánico y representativo de su obra.
Segundo, porque todavía hoy se espera entender por qué razón el
24 de marzo de 1976, la misma noche del golpe de Estado, un comando
militar lo tomó prisionero y lo sumergió en un infierno de 18
meses de cárcel -primero en Mendoza, después en La Plata-, del
que logró salir en setiembre de 1977 gracias a las gestiones de
personalidades como Victoria Ocampo, Ernesto Sabato y el Premio
Nobel de Literatura Heinrich Böll, entre otros. Una experiencia
dolorosa y arbitraria como tantas otras en esos años, que en el
caso de Di Benedetto tuvo un efecto devastador: la violencia de
los golpes y los simulacros de fusilamiento, la brutalidad del
mal en estado puro. "Me aplastaron hasta enloquecerme", confesó
años después. "Mi sufrimiento hubiese sido menor si alguna vez
me hubieran dicho por qué me apresaron, pero nunca lo supe. Y
esa incertidumbre es la más horrorosa pesadilla".
En el momento de su detención, Di Benedetto era el subdirector
del diario Los Andes, de Mendoza. Había empezado a trabajar como
periodista a los 18 años. Su colega Jorge Oviedo, quien trabajó
con él desde 1959 y actualmente es director periodístico de Los
Andes, lo recuerda como un hombre "muy introvertido, talentoso,
de un estilo duro y seco, aunque también de un fino sentido del
humor". Y confirma que jamás se aclararon los motivos de aquel
ensañamiento. "Las conjeturas fueron muchas y variadas", dijo
a Clarín. Desde una falsa delación a un oscuro triángulo amoroso, o un
castigo ejemplificador para quien no aceptó someterse a los dictados
de la censura periodística.
El propio escritor ensayó años más tarde una explicación: "En
el diario siempre me negué a ocultar información. Por eso creo
que mi detención tuvo que ver con mi labor de periodista. Nunca
hice política. De joven simpaticé con el socialismo romántico
de Alfredo Palacios, pero a falta de otros argumentos se adujo
que yo estaba vinculado a grupos violentos, cuando yo sólo he
sido víctima de la violencia".
Desde ya, poco importa encontrar una "razón" para aquella pesadilla.
Sólo basta subrayar el efecto demoledor que tuvo ese año y medio
en la vida de Di Benedetto. Para entonces, él ya había escrito
la mayor parte de su obra, en la que desarrolló esa prosa lacónica
y ese estilo personal "reconocible a primera vista como un cuadro
de Van Gogh", al decir de Saer. A los primeros relatos de Mundo animal les siguieron las novelas El pentágono (1955, que en su segunda edición se llamó Annabella) y Zama (1956), que desde su aparición fue considerada una notable expresión
de la nueva narrativa argentina. Tuvo excelentes críticas. Tuvo,
también, pocos lectores. La trama cuenta, con un lenguaje castizo
casi perfecto, la infinita espera de un funcionario colonial que
aguarda en Asunción del Paraguay un traslado que no llega. Leída
muchas veces como una "novela histórica", en realidad la espera
de don Diego de Zama es un soliloquio lírico sobre la soledad,
el desgaste existencial, el fracaso. Un libro desesperado que
construye un universo sutil y desgarrador.
A ella le siguieron tres volúmenes de cuentos: Grot (1957, luego titulado Cuentos claros), Declinación y ángel (1958) y El cariño de los tontos (1961), premiado por la Sociedad Argentina de Escritores y el
Fondo Nacional de las Artes. Su segunda novela, El silenciero, obtuvo un premio de la Subsecretaría de Cultura de la Nación.
Su protagonista es un hombre de la ciudad que busca escapar del
ruido y construye recursos cada vez más delirantes para conservar
su callado mundo. Luego publicó su tercera novela, Los suicidas (1969), y finalmente, en 1975, editó la antología de cuentos
El juicio de Dios.
Pese a las condiciones infrahumanas de la cárcel, Di Benedetto
pudo seguir escribiendo. Para evitar las requisas escribía en
letra minúscula lo que él llamaba "sueños inducidos", textos breves
luego compilados en la antología Absurdos (1978).
Poco después de su liberación en 1977 se exilió en España, hasta
que en 1984 regresó al país por sugerencia de varios amigos. Entre
ellos el cineasta Nicolás Sarquis, quien estaba trabajando en
la versión cinematográfica de Zama, que finalmente nunca terminó de filmar.
Los del exilio fueron años muy difíciles para Di Benedetto. Las
secuelas físicas y morales de la cárcel lo habían deteriorado
visiblemente. El librero Rosel Albero, amigo personal del escritor
desde 1942, relató un encuentro que mantuvo con el autor en Madrid,
en 1980: "Cuando llegó al hotel casi no lo reconocí. Parecía 20
años más viejo: cabellos blancos, barba muy larga, tenía un constante
temblor en las manos. Su andar se había hecho lento y su voz,
quebrada. Se notaba que tenía problemas económicos que él, orgulloso,
trataba de ocultar. Nos confesó que había hecho grandes esfuerzos
para olvidar el tiempo pasado en las mazmorras de la dictadura.
Y que lo había logrado, pero que, al mismo tiempo, había borrado
hechos que serían fundamentales para su futura producción literaria.
Trato de escribir -decía- pero no consigo arrancar nada de mi
cabeza. Lleno páginas de garabatos que acabo siempre tirando a
la basura".
En esos años, sin embargo, escribió los Cuentos del exilio (1983). Y más tarde, su última novela: Sombras nada más (1985). "No estoy satisfecho ni del estilo, ni de cómo narro,
ni de nada", le dijo en 1984 al crítico Jorge Lafforgue. "He conseguido
volver a la literatura, es cierto; pero no al nivel anterior."
Sin dudas, ya no era el mismo. Y su regreso a la Argentina no
mejoró las cosas. Más bien, confirmó ese destino de esperas infinitas:
si bien fue bien recibido al principio, pronto volvió a ser arrojado
al círculo de olvido que marcó su vida. Convocado para ocupar
un cargo de asesor en la Dirección Nacional del Libro durante
el gobierno de Alfonsín, en 1985 no le renovaron su contrato "por
razones de austeridad". Sobrevivió sus últimos meses con un modesto
empleo en la Casa de Mendoza.
En una de las últimas entrevistas, realizada por Andrés Gabrielli,
Di Benedetto afirmaba: "Espero que mis escrituras hagan su camino
sosegado, que se les preste atención y que sean objeto de pacientes
y razonables lecturas". Acaso ahora, gracias al sólido juicio
de Saer y a estas esperadas reediciones, su obra pueda salir del
tiempo interminable de la espera y encontrar, al fin, a sus lectores.
FLAVIA COSTA
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