Imágenes y fantasías en Marco Denevi Por María Angélica Bosco

Imágenes y fantasías en Marco Denevi
(María Angélica Bosco)
El idioma de Marco Denevi
(Por Syria Poletti)
¿Cómo definir la fantasía en literatura? Su espectro es muy
amplio: desde la mera imaginación que traspone en ficciones los
hechos de la vida cotidiana, la actualidad circundante, al realismo
mágico tan preferido en nuestra América, el absurdo, el subrrealismo...
La fantasía de Marco Denevi es muy especial y se hace difícil
encasillarla. Marco Denevi es lúcido, penetrante, interpreta la
realidad y como no le gusta demasiado hacerlo la elabora tratando
de salvarse, por el talento, de las agresiones de un mundo que
integra. Así se mantiene aparte y evita el hallarse sumergido.
Como a todo auténtico creador la fantasia lo rescata. Delicado
equilibrio, juego permanente cuyo resultado final, ser vencedor
o vencido, se plantea todos los dias como angustiante incógnita.
¿Cómo definir su juego de imágenes, o de máscaras? Todo es
uno y lo mismo. Marco Denevi ironiza porque se enamora de sus
imágenes y se culpa de ese amor. Entonces elige el escape a través
del grotesco y de este modo se ironiza. Es una salida ardua que
él domina, eludiendo la cruda máscara de la tragedia con una inteligente
sonrisa para distraer al lector como si quisiera ayudarlo a trasponer
sin dolor los límites que él ha traspasado, el abismo de su pensamiento
que él no rehúsa, al que accede y que propone a los demás tratando
de facilitarles el acceso.
Somos herederos de muchas culturas y no podemos desprendernos
de esa herencia. Marco Denevi pretendió ser autodidacta. Los maestros
del humorismo deben haberlo ayudado a encontrar su camino. No
creo en la total posibilidad de ser original a estas alturas de
los hechos en las que pocas cosas inauguramos salvo descubrimientos
científicos. Pero toda vida es intransferible y existe la probabilidad
de ponerle la marca personal, renovando de esta manera la permanente
obligación del cambio dentro de la continuidad ya que la literatura
es dinámica como cualquier otra actividad humana. Como escritor
y como hombre Marco Denevi es él, solamente él, y además ha logrado
ser dueño de un enfoque existencial y de un estilo.
A Marco Denevi lo irrita la tontería, detesta la frivolidad
y acusa frente a su personalísimo tribunal a todo acto gratuito.
Justamente ayer leía yo una nota suya referida a la moda. Como
escritor no ha cedido a ninguna moda con el vituperable propósito
de obtener éxitos masivos. Esto, aparte de su talento, es un considerable
aporte a la literatura argentina que pierde el rumbo por ser fiel
a la moda. Diría que la obra de Marco Denevi es un semáforo rojo
para la estupidez. Eso la vuelve, aparte de inteligente, necesaria.
El escritor tiene su idioma propio. El de Denevi es único.
Tan único, tan multiforme, tan cambiante y siempre imprevisible
y en crecimiento, como es él. Uno lee a Marco Denevi y lo oye.
Nunca logré sustraerme a la sensación de oirlo, de oír las inflexiones,
la manera irónica de pronunciar vocablos de doble filo, el bajar
el tono de voz para recalcar ciertos significados o para convertir
una oración en algo cauterizante.
Siempre se habló del fenómeno del idioma de Marco Denevi. Comenzó
deslumbrándonos con Rosaura a las diez, una suerte de muestrario de lo que él podía hacer con el lenguaje:
plegarlo a todas las exigencias de las más diversas particularidades
expresivas. Necesitaba un instrumento dúctil en matices y penetrante
en las intenciones. Incisivo. Creo que éste es el término. De
ahí su constante empeño por restar solemnidad, sinuosidad, morosidad
al idioma y devolverle, en cambio, todo el poder y la sugestión
de la precisión semántica.
Muchas cosas se dijeron a propósito del lenguaje de Marco Denevi.
Yo quiero señalar dos elementos que, a mi entender, no fueron
considerados y que a mí me parecen fundamentales: la búsqueda
enriquecedora de la sustancialidad del idioma y la linealidad.
El lenguaje, en Denevi, es como una aguja que registra los cambios
que jalonaron no sólo su crecimiento como escritor, sino toda
su complejidad, sus contradicciones, sus búsquedas a lo largo
del dramático devenir del mundo, del país y la caída de las letras.
Aguja que registra los distintos caminos emprendidos hasta llegar
a la elaboración de un idioma acorde con su cosmovisión, con su
filosofía de la vida; caminos que van desde el empeño por la innovación
literaria hasta el empeño por la innovación y la originalidad
creadoras.
Esa búsqueda se empinó siempre por caminos propios, solitarios,
disímiles, a veces divergentes. Pero fueron las oscilaciones de
un péndulo interior individual. Fue la búsqueda de un acento personal
definido y definitorio. ¿Acento en qué? Acento en la esencialidad
y atemporalidad del acto de escribir.
Muchos definieron esta búsqueda como "ingeniosidad". Claro
que la hay, pero la ingeniosidad no es más que un recurso en función
de la idea. Para Denevi lo esencial fue siempre la toma de conciencia
a la que obliga, aun en forma indirecta, aun cuando él sea un
escéptico. O lo parezca. Denevi posee un irreductible sentimiento
ético de la vida. Por ende, del arte. Por ende, de la lengua.
¿Qué tiene que ver la ética con el lenguaje? Todo. Es un mismo
núcleo. Las concesiones comienzan con las palabras. La palabra
cauteriza o contamina. Es el único elemento de juicio para la
indagación de las ideas. Creo que el mayor mérito de Denevi es
su constante empeño por convertir la palabra en elemento capaz
de producir la erosión de las escorias que nos aplastan. Porque
teníamos un idioma ambivalente, politiquero, enfatuado, acartonado,
discursivo, sinuoso, retórico, artificioso, gratuito, ocioso,
lleno de recovecos y de trampas. Un idioma que parecía hecho para
ocultar la verdad, para disfrazarla, atenuarla, minimizarla, demorarla,
neutralizarla. Y la tarea del escritor es la de devolver al idioma
no tanto su pureza etimológica, sino su poder semántico. O sea
su pura sustancia de vasos comunicantes.
La Academia fija vocablos nuevos: el escritor les da vida
y circulación. Una circulación arterial. Los incorpora al cuerpo
vivo del habla. Pero sabe que el cuerpo del habla hoy está enfermo.
Vivimos crisis de forma y de fondo, vale decir que la crisis global
del hombre se refleja en el embrutecimiento del lenguaje. La manera
más directa de desacralizar la vida es desacralizar la palabra,
como está ocurriendo hoy, que vivimos el más impune vaciamiento
del habla. No podemos restaurar valores si no restauramos el lenguaje.
No va a ser a través de la labor académica, ni por decreto oficial,
sino a través del poeta, del escritor que pasa las palabras por
su circuito interior y les otorga radioactividad expresiva.
Por eso creo que el constante empeño de Denevi para renovar
el lenguaje, quitándole solemnidad primero, haciéndolo llano,
coloquial, luego enriqueciéndolo de vocablos y de formas adherentes
a las nuevas exigencias expresivas; no sólo obedeció a una tarea
literaria, sino a su vision ética de la historia, visión implícita
en su concepción creadora, inclusive en su literatura llamada
fantástica.
El otro aspecto que, a mi juicio, no se evaluó y que yo pude
observar gracias a mi experiencia directa en el cambio de idiomas
es la linealidad latina que devolvió al caste!lano. Le quitó de
encima siglos de manipuleos, de mestizajes.
Sabemos que la evolución de una lengua no procede desde arriba
hacia abajo, sino desde abajo hacia arriba. Es el pueblo el que
injerta en el habla cotidiana los elementos vivos que modifican
una lengua. Elementos que proceden de todos los canales expresivos
de un conglomerado humano en acelerada combustión idiomática y,
en particular, del diafragma vital, emotivo.
Es sabido que el proceso inmigratorio rompió la continuidad
del léxico hispánico. Lo violó, como se dice. Con los inmigrantes
llegaron voces espúreas, modismos gráficos, barbarismos, lunfardismos,
cosmopolitismos, italianismos, voces dialectales, interjecciones,
en fin, toda la carga depositada en la genética comunicativa hereditaria.
Pero también llegaron y se incorporaron a esa mezcla fluida, los
elementos que dieron funcionalidad al habla. Fue posible adecuar
el léxico a las imperiosas necesidades de comunicación de las
diferentes razas o diferentes genéticas expresivas que pululan
en nuestra formación cultural y lingüística.
La literatura de Marco Denevi irrumpe y se inserta justo en
el momento en que la baraúnda de voces, llamémoslas bastardas,
alcanzando el máximo grado de babilonismo, debía fundirse en canales
lingüísticos idóneos al sentir del nuevo hombre argentino. Y un
hijo de inmigrantes italianos, si quería ser fiel a la mecanica
de su propio pensamiento, si quería mantener adhesión entre emoción-idea,
y palabra, debía abrir cauce a su propia vertiente expresiva.
Eso hizo Denevi, como hijo de inmigrantes, como porteño, como
apasionado del latín, del francés, del italiano. Y del castellano,
por supuesto, idioma de fronteras y aglutinante por tradición.
Quiso devolver o dar al idioma de los argentinos, la precisión,
el ajuste, la formulación directa directa, y no primaria entre
idea y expresión, escrita y oral. Parecía pedante porque así parecen
todos los que siguen caminos propios y son de cabeza dura. Saben
donde apuntan pero no lo dicen. Lo dicen los resultados.
Los resultados consisten en el logro de un lenguaje multiforme
y dinámico, para expresar esa ironía inagotable, tierna o candente;
su necesidad de producir un súbito sacudimiento sobre los prejuicios,
las falsedades, las hipocresías y falacias de los hombres y sus
obras; una constante demolición de subcultura, oficialismo, demagogias,
modas, extranjerismos, esnobismos, en fin, el constante ataque
a la estupidez entronizada y atascante.
A mi no me recuerda a ningún otro escritor europeo. Su prosa,
por el grafismo, la inmediatez y la plasticidad, me recuerda más
bien el lenguaje del buen cine italiano. No me evoca a ningún
otro escritor argentino. Podria aproximarse a Marechal. Pero no:
Marechal exige un esfuerzo de concentración, un giro hacia la
rarefacción metafísica que Denevi nos ahorra. Pero su vuelo de
intención alcanza el mismo voltaje. Es la intencionalidad sutil
la que da en el blanco. Y eso se logra a través de un instrumento
aparentemente simple, coloquial, desenfadado, a veces pintoresco,
pero siempre certero en la inoculación de ideas o en la extirpación
de viejos y nuevos virus. Aprendió a deslizar verdades como franco-tirador;
su blanco es la conciencia. La universal y la argentina. O la
adoptada conciencia. Su posición de descarga es la ironía, sutil
, multiforme, agraciada, rica, sustanciosa y de efectos muy distintos.
¿Cuáles son sus aportes al idioma nacional? Deberíamos contar
con un crítico capaz de analizar con elementos técnicos especializados
el aporte de un escritor al camaleóntico dinamismo del idioma
de los argentinos. Pero en los momentos de crisis total de la
cultura, la gran ausente es la crítica. En todos los aspectos.
No existe una metafísica de la nueva estética, o sea la metafísica
que otorgue al arte un sentido trascendente. Por consiguiente,
no existe una metafísica del lenguaje y por lo tanto no podemos
evaluar si un escritor incide o no sobre el idioma, o sea sobre
el estilo, vale decir sobre el alma de un país. Entonces,
un escritor como Denevi, cuyo puesto de combate no está en los
medios de comunicación masiva y que únicamente cuenta con la palabra,
trata de potencializarla al máximo para llegar desarmado y desarmante,
como la poesía, al alma del lector y sumirlo, sonrisa en la mano,
a un autoexamen de sí mismo y del mundo.
Yo diría que Denevi aportó su lucidez y su conmovida visión
del hombre para estructurar una nueva metafísica del lenguaje,
si bien eso lo veremos al finalizar el siglo. El quiere sacralizar
la vida. El no puede vivir sin creer en valores, como la libertad,
por ejemplo. Y libera lo que puede, lo que está en él: en su caso
la palabra, para convertirla en pájaro, en explosivo o en punta
de diamante para la reacción de escombros y la reconstrucción
moral del ser, de la literatura y del país.
Sabemos que la formación de los idiomas nacionales coincide
siempre con el nacimiento o florecimiento cultural de un país
y con el libre desenvolvimiento del intelectual. País, intelectual,
lenguaje. Tres componentes para una sola esencia: el hombre y
su contorno; el hombre y su expresión. Denevi sacraliza la palabra
como portadora de esencias; sacralizar no significa solemnizar,
sino devolverle su estado originario, volverla apta para la fecundación:
tornearla para que alcance el objetivo: el alma del lector. No
quiere intermediarios ni vetusteces, ni tapujos, ni extranjerismos:
quiere un idioma que nos devuelva la posibilidad de un nuevo génesis
en la restauración de la vida. Los medios de comunicación masiva
nos traen el diluvio: que la palabra-paloma vuelva a explorar
el cielo.
Hoy Denevi ha ampliado el espectro de su temática hundiéndose
en los terrenos anegadizos de la realidad política y cultural
del país. Pero hace rato que tenía la palabra en armas. Sólo que
no cargaba fusiles, sino materia orgánica nuclear. No me refiero
a una actitud subversiva. Me refiero a la capacidad de cargar
la palabra de poder cauterizante y terapéutico, o sea forjar un
lenguaje capaz de reflejar un sentimiento de autonomía, un anhelo
de civismo, de libertad, de belleza, y todo a través del poder
de la narración.
Yo diría que la mayor contribución de Denevi al idioma es
que, a traves de su narrativa, imaginativa, ingeniosa, universal,
ha logrado un alto voltaje de comunicación poética.