FESTIVAL DE STENDAL 1965 Romeo frente al cadaver de Julieta de Georges Cahoon Cripta del mausoleo de los Capuletos, en Verona. Al levantarse
el telón, la cripta, en penumbras, deja ver un túmulo, y, sobre
éste, el cadáver de Julieta. Telón
Entra ROMEO con una antorcha encendida. Se acerca al túmulo. Contempla en
silencio los despojos de su amada. Luego se vuelve hacia los espectadores.
ROMEO.-¡Era, pues, verdad! ¡Julieta se ha suicidado! Veloces
mensajeros, oculto el rostro chismoso tras la máscara de un falso
dolor, corrieron a Mantua a darme la noticia. Pero, junto con
la noticia, hacían tintinear en el aire la intimación de que volviese,
la amenaza de que, en caso contrario, me trerían por la fuerza.
Todos se despedían de mí con el mismo adiós: "Romeo, ahora sabrás
cúal es tu deber". He comprendido. He vuelto. Aquí estoy. No he
encontrado a nadie en el camino. Nadie me estorbó el paso para
que llegase a este lúgubre sitio y me enfrentase a solas con el
cadáver de Julieta. Excesivas casualidades, demasiada benevolencia
del destino, sospechoso azar. Alcahuetería de la noche, ¿Cúal
es tu precio? Los que te han sobornado ahora me espían, huéspedes
de tu sombra. Aguardan que les entregues lo que les prometiste.
¿Y qué les prometiste, noche rufiana? ¡Mi suicidio! Así podrán
dar por concluida esta historia que tanto los irrita y que, en
el fondo, los compromete de una manera fastidiosa. Julieta ya
ha escrito la mitad del epílogo. Ahora yo debo añadirle la otra
mitad para que el telón descienda entre lágrimas y aplausos, y
ellos puedan levantarse de sus asientos, saludarse unos a otros,
reconciliarse los que estaban enemistados, tú, Montesco, con vos,
Capuleto, y luego volverse a sus casas a comer, a dormir, a fornicar
y a seguir viviendo. Y si no lo hago por las buenas, me obligarán
a hacerlo por las malas. Me llamarán Romeo de pacotilla, amante
castrado, vil cobarde. Me cerrarán todas las puertas. Seré tratado
como el peor de los delincuentes. Terminarán por acusarme de ser
el asesino de Julieta y alguien se creerá con derecho a vengar
ese crimen. O escribo yo la conclusión o la escribirán ellos,
pero siempre con la misma tinta: mi sangre. De lo contrario la
muerte de Julieta los haría sentirse culpables. Suicidándonos,
Julieta y yo intercambiamos responsabilidades y ellos quedan libres.
(A Julieta.) ¿Te das cuenta, atolondrada? ¿Te das cuenta de lo que has hecho?
¿Tenías necesidad de obligarme a tanto? ¿Era necesario recurrir
a estas exageraciones? Nos amábamos, está bien, nos amábamos.
Pero de ahí no había que pasar. Amarse tiene sentido mientras
se vive. Después, ¿qué importa? Ahora me enredaste en este juego
siniestro y yo, lo quiera o no, debo seguir jugándolo. Me has
colocado entre la espada y la pared. Sin mi previo consentimiento,
aclaro. Nací amante, no héroe. Soy un hombre normal, no un maniático
suicida. Pero tú, con tu famosa muerte, te encaramaste de golpe
a una altura sobrehumana hasta la que ahora debo empinarme para
no ser menos que tú, para ser digo de tu amor, para no dejar de
ser Romeo. ¡Funesta paradoja! Para no dejar de ser Romeo debo
dejar de ser Romeo. (Al público.) Esto me pasa por enamorarme de adolescentes. Lo toman todo a
la tremenda. Su amor es una constante extorsión. O el tálamo o
la tumba. Nada de paños tibios, de concesiones, de moratorias,
de acuerdos mutuos. Y así favorecen los egoístas designios de
los mayores, que aprovechan esa rigidez para quebrarles la voluntad
como leña seca. (Otro tono.) Ah, pero yo me niego. Me niego a repetir su error. Todo esto
es una emboscada tendida con el único propósito de capturarme.
Señores, miladis, rehúso poner mi pie en el cepo. Amo a Julieta.
La amaré mientra viva. La lloraré hasta que se me acaben las lágrimas.
Pero no esperéis más de mí. No me exijáis más. La vida justifica
nuestros amores, en tanto que ningún amor es suficiente justificación
para la muerte. Buenas noches.
(Arroja la antorcha en un rincón, donde se apaga; se emboza la
capa y sale.
La escena queda sola unos instantes. Luego entran dos PAJES conduciendo el cadáver de ROMEO con una daga clavada en el pecho. Lo depositan a los pies del
túmulo. Uno de los PAJES coloca una mano de ROMEO en la empuñadura de la daga. Se retiran.
Entra FRAY LORENZO. Cae de hinojos. Alza los brazos.)
FRAY LORENZO.- ¡Oh amantes perfectos!