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HAROLDO CONTI
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La noche del
secuestro
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Haroldo Conti fue secuestrado en la
madrugada del 5 de mayo de 1976 por una brigada del
Batallón 601 de Inteligencia del Ejército
Argentino. Desde entonces continúa
desaparecido
(testimonio de Marta
Scavac)
Apenas entramos, unos diez hombres
estrafalariamente vestidos con vinchas, gorras y ropas
raras, se nos vino encima. Inmediatamente me ataron las
manos detrás de la espalda y me cubrieron, con ropa,
la cara y la cabeza. Escucho que hacen lo mismo con Haroldo;
aunque él se resiste, no es fácil reducirlo,
es muy fuerte, pero le dicen que se quede quieto por el
pibe, se referían al bebito. Escucho luego un ruido
de cadenas. Pasados los primeros momentos de sorpresa yo
también intento resistirme, pero las dos personas que
me sujetaban me arrojaron al piso y comenzaron a patearme y
a gritarme que me quede quieta. No sabía de
qué se trataba. Pensé que era un asalto porque
escuché cómo revisaban toda la casa y
rompían objetos, quizá buscando dinero. Les
dije que no teníamos dinero, que no era una casa de
ricos, pero seguían buscando y rompiendo. El otro
muchacho gritaba, les decía "dejen a la
señora, cobardes, ella no tiene nada que ver, no le
peguen, déjenla" y le respondían con fuertes
golpes. También pedía agua, aterrada
alcancé a pedirles que le diesen agua, que no le
pegasen. Él reclamaba por la Convención de
Ginebra. Ahí mi desconcierto era total. No
entendía qué decía al mencionar la
Convención de Ginebra. No entendía nada de
toda esa pesadilla espantosa.
Distinguía dos voces entre todas,
las del que al parecer dirigía todo, el "malo" del
grupo, y otra suave, la del "bueno" que me sacó del
comedor y me llevó al escritorio. Se notaba que era
una persona con cierto nivel cultural y en todo momento tuvo
un trato muy especial conmigo. Lo escuchaba romper papeles.
afiches que teníamos en las paredes, me decia:
"señora, ¿cómo una mujer de su clase se
metió en esto?". Le pedí que me explicara
quiénes eran, qué querían. Me
respondió que estábamos en guerra: "o nosotros
los matamos o ustedes nos matan a nosotros". Le
respondí que nosotros no matábamos a nadie,
que yo no conocía ninguna guerra en nuestro
país. Escucho que sigue rompiendo papeles. Le suplico
que no rompa el cuento que Haroldo estaba escribiendo.
Después comprobé que dejó la
máquina de escribir de Haroldo, junto al borrador del
cuento, intacto. Quedó sólo eso sin romper
como un símbolo en medio de la casa revuelta, como
sacudida por un terremoto.
Me preguntó de dónde
veníamos. Le respondí que del cine y que en el
abrigo estaba el programa. Comenzó a molestarse
cuanto me preguntó por qué había
viajado a Cuba con Haroldo. Le dije el motivo, que Haroldo
había sido jurado de novela de Casa de las
Américas. Me reprochó por qué no
viajaba a Estados Unidos y le respondí que sí
había viajado a ese país, y que podía
comprobarlo en el pasaporte. Censuró además mi
colaboración con Haroldo en la novela
"Mascaró" y le pregunté qué
tenía en contra de la novela. Me respondió que
era una novela subversiva e insistió en por
qué había colaborado en eso. Le
expliqué que trabajaba junto a mi marido
ayudándolo en su tarea de escritor.
Simultáneamente escuchaba cómo el "malo" le
hacía preguntas a Haroldo. No podía distinguir
bien las preguntas y respuestas, aunque se filtró la
voz del "malo" diciendo: "Don Haroldo ¿por qué
se metió en esto? Lo va a pagar caro". Me
aterroricé al escuchar esto y le pregunté al
"bueno" qué estaba pasando, qué pasaba con mi
marido, por qué le decían eso. No me
responadió. Seguía revisando papeles. Yo
escuchaba el ruido de los libros contra el suelo.
Interrumpió el "malo" para
preguntarme sobre un escrito taquigráfico que
había en mi cartera. Yo, por los nervios, no
podía recordar de qué se trataba. Como soy
taquígrafa, así se lo expliqué, muchas
de las notas que hacíamos con Haroldo para la revista
las escribía yo. Uno de ellos dice que les estoy
tomando el pelo. que voy a hablar cuando me lleven. Era
desesperante, mi impotencia era total, no sé si me
creyeron, pero yo les decía la verdad.
Me preguntaban sobre la vida del muchacho
que estaba en la casa. Yo no sabía nada de él,
solamente que vivía en Córdoba y que estaba de
paso por la Capital, que nos había pedido estar unos
días en casa mientras buscaba buenos precios porque
trabajaba de decorador y hacía los arreglos de
escenografía en teatros de Córdoba. Les
expliqué que eran frecuentes las visitas y que yo no
tenía tiempo, por el trabajo de la casa y los chicos,
de conocer la vida de cada uno. Me decían que era un
guerrillero, yo les preguntaba de dónde, yo no
conocía su vida íntima y seguían
insistiendo en que era un subversivo. que por qué
estaba en mi casa. Otra vez trataba de explicarles como
podía la presencia de esta persona en casa. que era
muy correcto, muy bueno.
Comienza a llorar el nene. Les pido que me
dejen ir con mi hijo que lloraba de hambre. Haroldo escucha
y grita: "dejen que la madre esté con el nene dejen a
mi mujer dejen que le dé la mamadera". El "bueno" me
pregunta cómo se prepara y cuando termino de darle
las indicaciones, dice que me quede tranquila que él
va a atender a Ernestito. Uno de los sujetos encuentra unas
fotos que Federico Vogelius nos había sacado. a
mí y al nene, dos meses atrás en
Claromecó. Me dice qué lindo pibe
tenía, qué linda que estaba yo en esa foto,
qué bien que habíamos salido madre e hijo.
Vuelve a preguntarme que cómo era que me había
metido en esto. Vuelvo a decirle que yo no estaba metida en
nada que nuestra vida era pública, normal que todo
era perfectamente legal, que no teníamos que ocultar
nada. Se aleja y me doy cuenta de que estoy sola en el
escritorio. Seguía escuchando cómo
rompían los jarrones de adorno y me doy cuenta que
sacan cosas de la casa, que se llevan los muebles.
Ahí me confundo de nuevo pensando que podía
tratarse de ladrones comunes. Vuelve el bueno y me pregunta
qué temperatura debe tener la leche para el nene. yo
le explico y le vuelvo a pedir que me deje atender a mi hijo
Me dice nuevamente que eso no podía ser, que me
quedara tranquila, que él se había hecho
cargo. Me quedé con la sensación de que
él era padre o estaba por serlo. Estaba
desconcertada. Seguían llevándose cosas y no
entendía cómo podían actuar tan
tranquilamente, siendo que la comisaría
29a. estaba a menos de dos cuadras y el
patrullaje por esta zona era frecuente. Lo que para nada era
común era una mudanza a estas horas de a noche.
Confiaba en que alguien se diera cuenta de la
situación y que interviniera. pero no pasó
nada.
Ya no escucho llorar al bebé. El
"bueno" viene a decirme que me quede tranquila que Ernestito
había comido. Le pregunto por mi hija, no
entendía cómo tanto ruido no la había
despertado. Me dice que está bien, que no me
preocupe. Vuelve el "malo" y me informa: "nos llevamos a su
marido porque tenemos unas cuantas preguntas que hacerle. Yo
le respondo que había escuchado toda la noche
cómo lo interrogaban y que si querían
continuar con las preguntas que lo hicieran en casa. El
"malo" pierde el control otra vez y me insulta, me grita, me
amenaza. Interviene el "bueno" pidiendo que me deje
tranquila. Escucho que hablan entre ellos. No entiendo lo
que dicen. Se filtran unas palabras: "no, no tenemos lugar,
el coche está completo". Yo seguía a los pies
de ellos. tirada. atada y encapuchada. De pronto se acerca
nuevamente el "malo" y me dice: "bueno, hemos decidido
llevarnos a Haroldo y vos te quedás piola, no
intentés escapar porque dejamos un coche en la puerta
y en cuanto asomés la cabeza te limpiamos". Les pido
nuevamente que no se lo lleven. Fueron inútiles mis
ruegos. Cuando comprendí que no podía
convencerlos de que lo dejaran, les pedí que se
llevasen los remedios que Haroldo tomaba desde que un
patrullero lo había atropellado en diciembre del '73.
Me preguntan dónde están esos remedios y les
digo que en la mesita de luz. No me responden. En un momento
de desesperación les grité que quería
despedirme de mi marido. Interviene el "bueno" y me dice:
"yo la voy a llevar señora" . Sigo sus pasos porque,
lógicamente, no veía nada. En el trayecto uno
de ellos le dice al que me llevaba: "¿vas a bailar el
vals con la señora que está tan elegante?". Yo
imagino que estaría muy elegante después de
haber estado en manos de ellos. Seguimos caminando hasta
que, en un momento, el que me llevaba se detiene y me doy
cuenta que estamos en la entrada del dormitorio. Comienzo a
llamar a Haroldo. Le pido que se acerque. que no lo puedo
ver y escucho su voz que me responde y siento su cuerpo
próximo al mío. Me desespero tratando de
verlo. de tocarlo pero sigo con las manos atadas y la cabeza
encapuchada. Haroldo me responde: "estoy bien querida, no te
preocupes por mí, cuidate vos y el nene, yo estoy
bien. Siento que Haroldo se acerca y me besa la barbilla,
que era la única parte de la cara que tenía
descubierta. Ahí me doy cuenta que Haroldo no estaba
encapuchado, ya que me besó directamente la parte
descubierta. Comienzo a gritar que no me lo lleven, quiero
tender mis manos hacia Haroldo pero no puedo desatarme.
Siento que bruscamente nos apartan. Todo sucede
rápidamente. Me tiran sobre la cama. Uno de ellos
cubre mi cuerpo con el suyo y me pone un revólver en
la nuca. Siento los gritos del muchacho cuando se lo llevan,
siento un ruido de cadenas nuevamente y motores de
automóviles que se encienden. El tipo que me estaba
custodiando gritaba sin parar "no te muevas, no te muevas,
no te muevas". Pero no podía moverme. Apenas
podía respirar con mi cara apretada contra el
colchón. Escucho que se abre la puerta de calle y una
voz llama al sujeto que estaba conmigo. Este sale corriendo
y ahora escucho un portazo y que cierran la puerta con
llave. Luego un silencio de muerte me rodea. Me doy cuenta
que se han ido todos. Trato, con gran esfuerzo. de
incorporarme de la cama y llego al cuarto de mis hijos. No
sé cómo logro desatarme y quitarme la ropa que
cubría mi cabeza; son dos camisas, una de Haroldo y
otra de Miriam. Veo al bebito durmiendo en la cuna, me
acerco a la cama de Miriam y comienzo a llamarla a los
gritos, desesperada. Ella no me responde. mis fuerzas
físicas no dan más, las piernas se me doblan y
la cabeza me da vueltas. Sigo llamando a la nena,
enloquecida empiezo a sacudirla y siento un olor muy fuerte.
Me doy cuenta que estaba dormida con cloroformo. Ernestito
comienza a llorar, seguramente asustado por mis gritos, y
Miriam abre los ojos enormes, sus pupilas están
dilatadas. Rápidamente le cuento a la nena lo que
había pasado, le pido que se levante y me ayude a
salir de la casa. Sigue mirándome espantada y
comienza a llorar cuando ve la casa toda revuelta. Las dos
lloramos juntas, aterrorizadas. Le pongo un abrigo sobre el
camisón y envuelvo al nene en una frazada. Comienzo a
caminar por la casa hacia la puerta. En el piso hay que
sortear objetos rotos, ropa, papeles y libros. Miro hacia el
comedor y veo platos, cubiertos y restos de comida.
Habían comido las milanesas que tenía
preparadas. También tomado café. El aparato de
teléfono no estaba, se lo habían llevado.
Dejaron un sillón grande de cuero, allí siento
a los chicos y me subo al respaldo tratando de alcanzar una
ventana. La abro y salto a la vereda. No veo ningún
coche vigilando. La nena me pasa al bebito y salta con mi
ayuda Comenzamos a caminar. Eran alrededor de las seis de la
mañana. Llovía y hacía mucho frġo. Un
amanecer gris y destemplado, clásico de un día
de mayo. Cuando siento que las piernas no me dan más,
veo pasar un taxi desocupado. No podía creer en ese
milagro. Lo llamo y el taxista se detiene y baja a ayudarme.
Le cuento brevemente lo que me había pasado y le pido
que nos lleve hasta la casa de mis padres, pero le aclaro
que no tengo un solo peso para pagarle, ya que me
habían robado hasta las monedas. El taxista me di jo
"señora. yo trabajo de noche y todos los días
veo casos como el suyo, yo la llevo donde sea". El hombre
tapa la banderita del reloj del taxi, me ayuda a sentarme,
acomoda a mis hijos y parte a toda velocidad. No hablamos
una palabra en todo el trayecto. Al llegar se baja y vuelve
a ayudarme con los chicos. Me pregunta: "¿en qué
puedo ayudarla?". No sé quién es este hombre,
ignoro su nombre, sólo tengo este medio para
agradecerle profundamente su solidaridad. Jamás lo
olvidaré.
Testimonio de Marta Scavac, esposa de
Haroldo Conti. Aparecido en la revista Crisis, Nº 41,
abril de 1986.
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