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MARCELO COHEN
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El
oído absoluto
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Antes
Era abril, ya nos habíamos despertado y estaba lloviendo la
mañana en que Ralph Laverty, el hijo de unos vecinos, vino a traernos un telegrama
del padre de Clarisa. No bien el chico se fue, el papel pegajoso empezó a embebernos
de silencio como una planta hipnótica. A los dos, digo, pero el silencio de
Clarisa era turbio, y cuando a eso de las diez pudo romperlo fue para anunciar que
de una vez por todas iba a hacerse agujeros en las orejas. Con un denuedo brusco,
con los brazos cruzados y el cuerpo incierto bajo el vestido violeta, poco después
bajó los escalones del porche. Yo, que le había visto la sonrisa de fastidio,
la seguí como quien sigue un esquife ligero y vacío, no desde muy cerca,
sólo para saber entre qué cañas va a quedar varado.
Llovía tanto y tan al sesgo que era como si el mundo se hubiese
torcido. Avanzábamos, entonces, con una especie de marcialidad, mientras el
aguacero amenazaba diluirnos en mansos chapoteos, en el humoso desequilibrio de los
charcos. Yo pensaba a la deriva. Clarisa, harta de no llevar pendientes, sólo
quería pedirle a Tristán que le perforase los lóbulos. Para los dos
era día de descanso; atrás quedaba, en el porche, la lasitud flotando sobre
las tazas del desayuno. Lo que se veía adelante, en cambio, no sólo era
distinto sino más palmario: casas con jardines insípidos, campos con coles
y ciruelos, al norte el celofán del río y la balsa dormida en el embarcadero.
En la otra orilla, el asfalto de la carreta condensaba la pulcra, aborregada jovialidad
de Lorelei, el lugar donde vivimos.
Ni la tormenta podía evitar que esa jovialidad se propagara.
Porque aunque el agua lo desfigurase todo levemente, en la franca distancia de unos
cuantos kilómetros la Columna Fraterna, un empinadísimo tubo de aluminio,
se conservaba incesante, destacada, inmaterial, proyectando mensajes en el cielo
desde un ojo de añiles facetados.
Esa mañana el cielo era de gamuza gris; el láser de la
Columna, como un lápiz cumplidor, lo rotulaba con muchas caligrafías. ASALTAN LA SEDE VATICANA DEL BANCO MUNDIAL. SU SANTIDAD SE ENFRENTA
CON LA TURBA, puedo suponer que estaba informando en mayúsculas de granate
vivo. Después, en negritas, habrá escrito el horario local de vuelos; en
cursivas, una publicidad de zapatillas Atahualpa, consejos médicos, el programa
deportivo del día en el Recinto Latino, algún chiste para los turistas.
Todo en el cielo. Abajo, como el sendero se iba borrando, nosotros ya cortábamos
camino por la tierra removida. Vi que Clarisa, mi pelirroja predilecta, se había
embarrado las pantorrilas. A traición, desde una casa, una radio cosió
en el viento un estribillo sedoso: Igual que una perla rota / es un mundo dividido.
Entre los mensajes en el cielo y esa música agraviante el tiempo se acalambró,
agobiado por las perversas simetrías de Lorelei. Yo sentí tal furia que
en una decisión impensada pero justa me caí de bruces. Al levantarme estaba
enchastrado y Clarisa me llevaba cincuenta metros de ventaja; pero mientras echaba
a correr pasó algo y supe que ciertas caídas, mejor las más torpes,
son sutiles anuncios de regeneración.
Lo que pasó fue que una mano apagó la radio. Sobre el
silencio inmaduro se hizo de golpe otro silencio, reventó el olor a tierra y
al limpiarme el barro de la frente noté que la lluvia paraba. En un rincón
del cielo el láser se detuvo; y cuando de nuevo empezó a grabar informaciones,
algo, soplo o latido, devolvió vigor al lomo del río y aspereza a las nubes
compactas. Los verdes recobraron autoridad.
Yo tengo un respeto por el azar: agradecí. No confío
en que se puedan vigilar las artimañas del tiempo ni abolir, por ejemplo en
Lorelei, los duraderos acuerdos de la palangana donde nos obligan a movernos; no
obstante, pienso, los sauces, la memoria de las personas, los días mismos tienen
sus devaneos. De un tic-tac a otro el esmalte de la palagana se resquebraja y basta
que uno esté alerta para que aparezca mucho escondite donde colarse. Hay momentos,
si uno los descubre, que son extraordinarias averías en la red eléctrica
que nos alimenta, y en el desconcierto que acuñan se puede atisbar la anticuada
audacia del vértigo.
Clarisa se había detenido jadeando. Subida a los restos de
una tapia se resignó a esperar para limpiarme la cara con el ruedo del vestido.
¿Cómo te dejaron bajar del Cielo?, hubiera querido preguntarle,
pero ella tenía la piel de los muslos erizada y siguió caminando. Poco
después, minúsculo a cien metros como un topo, divisamos a Tristán.
Estaba entre dos sauces. A medida que salíamos de los cultivos se iba agrandando.
Pese a la lluvia, entre las matas de espadaña y la orilla
sobrevivía una playita angosta invadida de cortaderas. Sentado frente al agua
con una lona sin color sobre los hombros, Tristán estudiaba una pieza de metal
bajo la mirada de Begonia, la hija que siempre lo vigila. Tumbada delante, una Mobylette
roja acaparaba buena parte de la luz; y todos, la moto también, se protegían
debajo de un hule negro desplegado entre dos ramas y dos estacas. Los patos volaban
bajo como si el viento los intimidara. Clarisa sonrió. Yo, más o menos.
Sabía que si desde el Recinto no nos atacaba la voz ubicua de Fulvio Silvio
Campomanes era porque Tristán le estaba cerrando el paso, y me daba miedo que
fuese provisorio. Sin embargo, lo mismo sigue pasando hoy. Por más que Lorelei
ya no sea el mortero de excitación que supo ser, a media hora del Recinto la
decadencia no se aprecia mucho; y si las canciones sinuosas de Fulvio todavía
pueden llegar a embalsamarnos, basta que Tristán esté sentado en la ribera
para que el aluvión de música se trabe en un mecanismo de fracaso.
Habíamos llegado. Tristán silbaba no sé qué.
Dejando una secuela de cañas inquietas, una lancha de excursión pasó
por el río como una caja de cristal llena de moscas. Con destornillador y llave
Tristán se puso a desmontar el sistema de admisión de la moto, útil
más bien superfluo para alguien que incluso al Recinto solía ir a pie.
Extendió en el suelo la lona que llevaba en los hombros para ir acumulando arandelas,
juntas, pernos, hasta que dio con la válvula de gasolina y apretándola
entre dos dedos la examinó dos segundos. Begonia se encargó de pasármela.
–Sopla, Lino–me dijo, y ella misma se aventaba el flequillo.
Soplé cuatro veces antes de que la basurita saliera. La gasolina
era asquerosa, pero así son las costumbres de Tristán.
–Gracias– dijo Begonia. Me quitó la válvula de la mano
y se la devolvió al padre.
–Veamos si ahora arranca este tormento– dijo Tristán. Había
fijado la cuba y, girando el destornillador, intentaba regular la entrada de mezcla.
–Para algo te has tomado ese aperitivo, ¿no? Cojones, estáis hechos sopa.
–Es el rocío– dijo Clarisa. Se había puesto en cuclillas.
–Tristán: una consulta.
–¿Complicada o fácil?–preguntó Begonia.
–¿Me harías agujeros en las orejas?
–Encantado. A Lino lo podríamos circuncidar, ya que estamos.
–Las mujeres tenemos que usar aros de vez en cuando. O pendientes
grandes, voluptuosos. Con frutas– balanceándose sobre las puntas de los pies,
Clarisa se enjugaba el pelo.
–¿Te animás o no?
–Para mí no es cuestión de valentía.
–Si no estás ocupado puedo pasar esta tarde.
Tristán había llegado a Lorelei cuatro años antes
empaquetado en un programa de reeducación, y yo lo había visto hartarse
de la Clínica Alborada, tolerar la astenia de heroinómano, esquivar los
empleos oficiales y conseguirse un refugio en el campo a fuerza de trabajos poco
heroicos. La familia protestaba. Él ejercía una variedad del patinaje artístico
entre el dinero estrecho y las siestas junta al río, con un sedal de pesca anudado
en el índice. Clarisa, al contrario, parecía cultivar la acción, acumulaba
hechos hasta que le rompían todas las costuras, y entonces se perdía con
el chorro en panorámicos pozos difíciles de acotar. Así se hicieron
colegas. Las líneas que de cada uno partían rumbo al azur se enlazaban
a sólo diez metros en un vaporoso sofá de amnesia. También esa mañana
se habían entendido desde antes.
–Vale– dijo Tristán. –Ven a eso de las cinco.
–Sos un cráneo– dijo alla, y le acarició la cabeza.
Volvimos a casa sin hablar. Laxa y leve, la mano de Clarisa se
me resbalaba, no indiferente sino avisándome que esperase un poco más.
El telegrama, el telegrama que ya nombré dos veces, había llegado muy temprano
en la mano gordita de Ralph, el hijo de los Laverty; algún hipócrita de
la estafeta lo había puesto en el buzón equivocado y cuando Ralph me preguntó
quién era Lotario Wald pensé que un error más una alarma no eran buen
preludio. Pero Clarisa, que leyó sin respirar, me frenó el temor con la
primera de las dos frases que iba a decir en mucho rato.
–Tomá, Lino. Leé vos.
Para cualquiera que hubiese pasado más de diez años sin
ver al padre el texto no podía traer desasosiego. ADELANTADA JUBILACIÓN,
decía. EL RIESGO MANDA. PRIMERA MISIÓN VISITAR HIJA. LLEGO LORELEI 27 DE
ABRIL. BESOS. PAPÁ. Tampoco digo que Clarisa se deprimiera; del entrecejo a
la boca le bajaban dos rayas de molestia, en todo caso, en un ángulo corto que
barría cálculos someros o recuerdos perplejos. Intenté convencerla
de que un viejo en vacaciones no estaba obligado a devastar sus alrededores. Podíamos
incluso pasarlo bien. Pero no era eso, y no por cerrar el pico logré darme cuenta
de qué era en realidad. No habíamos terminado el desayuno cuando Clarisa
echó la silla atrás y con un envión nacido varios años antes
proclamó que iba a perforarse las orejas.
Yo no creía, es bueno aclarar, que los pendientes fueran a
fortalecer un hechizo, ni opinaba que a los treinta y un años el cuerpo de una
mujer estuviese completo. La seguí, presencié el trato con Tristán
y cuando volvíamos le ofrecí la mano. Desde que nos conocemos siempre hemos
hablado poco más que lo justo, al menous cara a cara, acaso para no regalar
materia al equívoco. Como a mí callarme no me hace infeliz pero me cuesta,
un día decidí comprarme esta máquina. La marca es Parkinson, nombre
aciago para cualquier herramienta; pero yo, tercamente, obedezco la consigna del
profesor Burroughs: procuro reescribir mis mensajes desde el silencio.
A la tarde, no bien se fue Clarisa, recurrí a mi servicial
ejemplar del I Ching en busca de alguna ayuda para arbitrar el choque de familia.
La sabiduría de este oráculo sólo es comparable a mi enorme ineptitud
para sacarle provecho, pero supuse que, como los buenos boxeadores, podría darme
una lección de astucia. Tiré las monedas. El hexagrama que obtuve, y puede
que esté mintiendo, fue el 25, Wu Wang, la Inocencia o lo Inesperado, antes
estos dos que sinceramente no parecen de la misma especie. Sin embargo el dictamen
se inclinaba por la inocencia: Elevado éxito, decía entre otras
cosas, y llamaba a la perseverancia, a no emprender nada sin afincarse en la rectitud.
La imagen presentaba al trueno debajo del cielo; los objetos, tendientes al estado
natural. Destapé una cerveza y bebí un trago. Líneas móviles
yo sólo tenía dos: la primera, Andanza inocente trae ventura, y
la cuarta, El que es capaz de perserverar permanecerá sin tacha. Como
de mi propia perseverancia no podía dar fe, como la rectitud me importaba menos
que evitar goteras en el techo que Clarisa y yo nos habíamos construido, decidí
desprenderme también de la inocencia, adjudicársela a Lotario Wald y registrarlo
en mi libro de entradas sin observaciones previas, sin abreviaturas ni correcciones,
sin cara imaginada.
Un rato después se presentó Ralph Laverty con los carrillos
llenos de chicle, restos de espuma de afeitar en la mejilla derecha y un avioncito
de control remoto en las manos. Me pidió que no le contase a nadie que todas
las tardes se entrenaba para el día en que le tocara rasurarse de verdad.
Naturalmente, esperé a que el avión hubiese dado un par de vueltas sobre
el jardín antes de preguntarle qué pensaba de la perseverancia.
–Perseverancia– me dijo con la v mordisqueante de los irlandesitos,
–es cuando a ti por ejemplo se te rompe este aeroplano que te gusta cantidad y, qué
vaina, lo tienes que pegar todo. Todos los pedazos, eh, y es un gran trabajo, pero
luego ves que puede seguir volando, otro día, comprendes.
–Creo que eso que decís es la paciencia–observé.
–Mira– dijo él. –Ahora, verás, cuando aquel barco pase
por el muelle, en mi avión se abrirá una puerta y saltará un paracaidista.
Más tarde bebimos naranjada mirando cómo el láser
pespunteaba el atardecer, FINANCIA LA TRILATERAL LA RESTAURACIÓN
DE LOS GIGANTES DE LA ISLA DE PASCUA–GIBRALTAR ES UN SUEÑO IBEROAMERICANO –
MUJER: DONA TUS GLÁNDULAS. HAY MILES DE SERES QUE LAS ESPERAN PARA INICIAR UNA
VIDA MÁS PLENA – HOY, 22 HS, MAGNOLIA I, CONFERENCIA. ETNOLOGÍA Y COCINA
EN LA CUENCA DEL ORINOCO, hasta que aburrido del todo Ralph se despidió,
rubio, sudado, y cuando estaba por llegar a su casa lo vi cruzarse con Clarisa. Avanzaba
rápido desde el ocaso malva, con una chispa de plata al borde de cada mejilla,
traslúcida como una silueta móvil en la lámpara china.
–¿Te gustan?– preguntó, y ahora sí me apretaba las
manos. –Me los prestó Tristán. Dice que los robó una noche en el Fiodor's.
Tan raros eran esos pendientes que me aliviaron el dolor de verle
los lóbulos irritados. En el ínfimo trapecio de la izquierda una muchacha
se columpiaba con las piernas cruzadas; en el de la derecha, un funambulista, de
pie, sostenía una barra de equilibrio. Parecían livianos, como de hilo
de platino, pero no era la brisa lo que los balanceaba sino la sospecha alegre de
ser, por mucho que el pelo cobrizo los comprometiera con reflejos, independientes
de cualquier memoria.
–Están muy bien hechos– comenté.–Pero me cuesta acostumbrarme.
–Te imaginarás a mí. Es como si anduviera colgada de
algo.
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del libro
"El oído absoluto", de Marcelo Cohen. Publicado en 1989 por Muchnik
Editores, Barcelona y Norma, Buenos Aires. ©1989 Marcelo Cohen.
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