MARCELO COHEN

 El testamento de O'Jaral


   ...VIENE DE (II)


   
El Galgo Ravinkel era el hijo de un hombre con el cual muchos, tantos años atrás, la madre de O'Jaral se había casado por motivos que de nada servía recordar. Después de un tiempo de matrimonio y un tiempo de separación la madre de O'Jaral se había suicidado. El padre del Galgo había vuelto a casarse y abandonado de sopetón, exactamente en la calle, al hijo de algo más de diecinueve años y al hijastro de trece. Esa diferencia de edad entre los dos parias era un hecho que, pese a las resistencias de O'Jaral, a su memoria le gustaba ventilar a menudo. Tal vez tuviera razón, porque gracias al Galgo, que lo había protegido y ya de joven se las arreglaba muy bien, O'Jaral no había terminado loco, insistía la memoria, ni comido por las pulgas. Durante años habían estado juntos, salvándose.
    Épocas de frío atemperado con papel de diario en los zapatos, de latas de sardinas en muebles torcidos, de barrios de luz pastosa que volvía más ajenos los componentes caros de la realidad. Habían deambulado los dos por pensiones e inquilinatos, entre vahos de caldos grasientos, opacos a la mugre y la compasión, el Galgo en un sostenido avance del aprendizaje a la solidez, lavacoches, chófer, camillero que estudiaba de noche, anestesista, fortificado en su exuberancia cada vez más rabiosa, y O'Jaral siempre a la rastra, seguro en la emulación de su hermanastro pero más perplejo que él ante las amplias gamas del dolor. Una gran obra del resentimiento, terroríficamente activa, el medio hermano grande, y el chico un boceto prometedor pero atrofiado.
    Y sin embargo O'Jaral era demasiado arisco para gozar los provechos de la carrera de huérfano. En el fondo de su inercia pánfila había ya una fibra alerta, una aspiración a ser, y ser no cualquier cosa sino, de preferencia, algo único. No bien pudo salir del aturdimiento se encontró pensando por su cuenta. Como una planta afectada por un abono tardío, su pensamiento, más en la pieza de pensión que los dos compartían, empezó a chocar con las expansivas, autoritarias esferas del pensamiento del Galgo.
    Los dos veían lo que veían tantos y tantos no veían : el desmayo del raquítico en la calle, la macilenta estolidez del comerciante y su señora, el teléfono en la mano enjoyada de la locutora televisiva. (Sí, y la vileza del opresor, la contumacia del orgulloso, la demora de la ley, la insolencia del funcionario...) Las insaldables deudas espirituales que la inflación imponía al consumidor vitalicio. El platito de fideos del que nunca consumiría otra cosa. Los ritos concentracionarios de la democracia. El pobre como reo. El ciudadano como deportado.
    Y coincidían en la pregunta evidente: Qué hacer.
    Pero lo que en el Galgo era odio, desprecio maximalista, ensueños de aniquilamiento y secundarios planes de refacción del mundo, en O'Jaral era apenas una incomodidad leve, oscura como un rumor crispado de los huesos.
    Como quien se entrega al futuro para conocerse, y entonces sólo concibe el futuro inmediato, un día el Galgo entró en un grupo clandestino. Al fin y al cabo era un judío laico, y languidecía por encontrar un dios de aspecto secular. Por eso encabezó una fracción en el grupo y fundó otro; así cuatro veces hasta que se dejó reclutar, con rango de dirigente, por una organización insurreccional poderosa. Alquiló un departamentito y se llevó a vivir con él a O'Jaral, a una chica que llamaban Mirta y a un camarada temerario y expeditivo, el Patín Badaraco. Los dobles fondos de los armarios se llenaron de granadas, dinero, pasquines, instrumental médico. Los primeros disparos, la primera sangre salida de cuerpo humano, despertaron en O'Jaral menos miedo que escepticismo repugnado. No lo impresionaba la muerte; no entendía bien qué quería decir. Si algo lo irritaba del ideario del Galgo era que para ejercer el odio contra unos necesitara persuadirse de su amor por otros; o viceversa. En la revolución que pregonaba el grupo, y hasta en su detallado programa social, O'Jaral veía un exceso de inarmonía, de mescolanza e impureza. No toleraba la violencia de que un mero aliado, sin pedir permiso, se convirtiera de golpe en compañero o amigo. Todo compromiso podía volverse lastre: eso pensaba. Y que él, O'Jaral, aún tenía que organizarse a sí mismo.
    Con la incomodidad que le producía el mundo, su pensamiento amasó una bola de convicción , dentro de la cual quería germinar una idea: Lo que hay que hacer es pensar lo que hay que hacer. Pero aunque hubiera podido articularla no se la habría contado al Galgo, porque la razón de la vida del Galgo ya era el choque, y discutir con él se había vuelto peligroso. Simplemente le dijo que se iba.
    Vituperado por blandito, vacilante en su madurez O'Jaral procuró inútilmente despedirse del Galgo con cariño. Cualquier emoción se quemó en insultos.
    Última imagen: los colosales hombros agobiados del Galgo, la gran pelambre. Los lamparones de sudor en la camisa, bajo los sobacos, como una errónea realización del deseo. La nariz judía despidiendo humo como el tubo de un motor que sólo se puede parar destruyéndolo.
    Desde la tercera o cuarta prueba de una independencia sombría, una habitación empapelada cuyo alquiler pagaba con su trabajo, algunos meses después O'Jaral iba a enterarse de que el Cuerpo Interamericano de Seguridad había neutralizado, mediante exterminio sobre todo al grupo subversivo donde militaba el Galgo y a una docena de grupos más, aparte de supuestas redes de insumisión civil. Vio la foto del cadáver de Mirta, una silueta de materia lunar coronando una pila de muertos, con un cráter rojo en el centro, y un documental sobre reeducación de inadaptados sociales cuya estrella era el Patín Badaraco. Los diarios no hablaban de Ravinkel, y O'Jaral evitó indagar por altivez y por prudencia.
    Eran los dos sentimientos que lo acunaban, ahora, y empezaba a temer que ninguna prudencia le alcanzara.
    Porque alguien lo estaba hostigando.
    Una mirada aviesa desde la cabina telefónica de la esquina: y él retrocedía velozmente pero ya no había nadie. Un pinchazo anónimo en el tren repleto, jamón podrido en una pizza de encargo, rasguños como de rata en la pintura del baño, sus cintas con clases de inglés borradas de repente. Una noche se lo llevaron preso por estar sentado en una plaza, le hicieron muy pocas preguntas, si no sabía que ellos vigilaban a los vagos, quién se pensaba que era, y riéndose mucho lo devolvieron a la calle con una ceja abierta. Mirá la pinta que tenés, le dijeron; y él se preguntó cuál era esa pinta. Después hubo coches que lo salpicaban al pasar, y tocaban la bocina, y siempre los ruidos de estática en la radio, periódicos, racionales. O'Jaral dedujo que todos esos signos juntos formaban un mensaje, y el mensaje decía: Soy un mensaje. De haberle parecido una maniobra de amedrentamiento se habría tranquilizado, porque él no ocultaba nada. Pero eran signos solapados tenían la calidad de los avisos, como si alguien le diera a entender que estaba al tanto de algo. Quizá fuese un modo de vigilarlo, también de inducirlo. ¿A qué? Podía admitir que era hermanastro del Galgo y demostrar que había dejado de tratarlo. No podía confesar que había empujado a su madre al suicidio, porque no era cierto y ellos tenían que saberlo. Por otra parte ellos no eran, no querían ser accesibles.
    Ellos. O'Jaral los llamaba Los de Arriba de Todo.
    Como había multiplicado la atención, por entonces descubrió que también despertaba otros reflejos, en otra gente. Un ligero estupor en el quiosquero. Atisbos de confianza o reverencia en la muchacha que vendía el pan. Miradas sin meta caían sobre él en una plaza y se quedaban pegadas, como la hoja mustia se pega al lomo sudado del ciervo esperando que la lleve a un país de regeneración. Un día estuvo un buen rato evaluándose en el espejo. Vio los rasgos de una prestancia fiable. Flaco, pelo como la avena, voz nítida y honda, nariz chata de puente robusto, ojos de cuarzo azul, un poco juntos, y esos raros labios pálidos. Los dientes, todos y sanos. Trabajaba en una fábrica de cartón prensado, había llegado a jefe de turno. ¿Regeneración? No se asombró de ser otro, ya, pero tampoco quiso adjudicar a la apariencia física esa, esa atracción que ejercía en los demás; prefirió entenderla como el atisbo de algo por venir: lo que vislumbraban en él era la posibilidad de una grandeza exorbitante. No lo sabía con claridad, la gente; pero Los de Arriba de Todo sí, y estaban interesados en él, preocupados por él. Estaban obsesionados.
    Se dio cuenta de que iba a tener una revelación.
    Tan imposible era prever cuándo como desentenderse y olvidar.
    Tal vez pasaran muchos años, a lo mejor toda la vida, pero hasta para fingir era tarde, considerando que Los de Arriba de Todo ya lo habían descubierto, por eso lo acechaban.
    La fuerza de la certidumbre le permitió superar el pánico. Parecía demasiado para él, pero no tenía por qué ser demasiado. Lo esencial era controlar la excitación.
    Agazapado, impaciente ante el surco que iba a dejar en el mundo, se vio proyectado en un trayecto, definido por una meta. Por primera vez sintió la confianza embriagadora de ser alguien, uno, exactamente O'Jaral.
    Como si lo hubiera empujado un pálpito, desde hacía meses se había acostumbrado a visitar las bibliotecas; por eso no le costó ponerse a leer memorias, cartas, confesiones, ristras de proverbios o aforismos, exposiciones de sistemas, cuadernos de notas y, a su pesar, hasta manifiestos: el sinfín de variantes de una historia que, en distintas épocas, contaba cómo a fuerza de concentración y de ahínco alguien había dado con una verdad deslumbrante o, en un rapto cegador de inventiva, unido con soltura dos nociones adversas en una síntesis abarcadora, inapelable hasta que otro descubrimiento la desplazara. Teólogos, filósofos, astrónomos, sociólogos. Inventores. Poetuchos. Era pasmoso descubrir que en el fondo un visionario no tenía especialidad. Cada época producía el adecuado y algunas épocas producían varios, de distintos tipos, delegando en la gente la responsabilidad de elegir un camino. Al parecer, la gente no siempre se equivocaba. A veces distintas soluciones se complementaban, Kepler-Newton-Kant, por ejemplo, y así servían por más tiempo. O'Jaral tenía la esperanza, avalado como estaba por siglos de experiencia, de dar él solo con un sistema bastante duradero. No muy complejo: hermoso y practicable.
    Hacía falta ser miope para no advertir, leyendo esos informes de la experiencia, que la iluminación se trabajaba costosamente y llegaba de improviso. Él no sólo ignoraba qué tipo de descubrimiento iba a hacer, sino cuándo sucedería. Se dio cuenta de que su problema era el tiempo. Pasó a ser, el tiempo, un bien ajeno y propio, como una guarida que sólo para el refugiado contiene un trecho de horizonte.
    Cambió más de una vez de trabajo y de pensión. Borró huellas. Hizo todos los esfuerzos necesarios, y no necesitaba muchos, para convertirse en un ciudadano difuso. Sin embargo, no dejó de ver señales de persecución. Era un olor dulzón y coercitivo, sin duda el perfume institucional que el poder imponía a sus agentes, que lo asaltaba de golpe para acompañarlo horas enteras. Quizás Ellos, Los de Arriba de Todo, creyeran que ya había tenido la revelación y buscaran arrancársela. Pero entonces no habrían esperado para atacarlo. Y lo cierto era que esperaban.
    Se estaba poniendo nervioso y no le convenía. Se le ocurrió salirles al paso, ofrecer alguna información falsa sobre Ravinkel. Estaba casi decidido cuando una mañana, lavándose los dientes, una serie de revelaciones menores le sacudió el cuerpo como los temblores que siguen a una arcada.
    Los de Arriba de Todo lo consideraban a él más peligroso y más promisorio que al Galgo. Lo habían observado, sabían que iba a descubrir algo trascendental y lo rondaban para exigirle una confesión exhaustiva en el momento preciso. No se proponían matarlo sino obligarlo a colaborar con ellos. Pero lo que menos deseaba O'Jaral era compartir obligatoriamente lo que el destino le tenía deparado. También esto lo sospechaban ellos. Sospechaban era aquí una palabra decisiva. Los únicos datos que ellos tenían, en realidad, se los aportaba el examen continuo de las apariencias. Ellos no estaban dentro de O'Jaral, no podían. La insistencia, la coacción, las señales ambivalentes derivaban de una vacilación fundamental de Los de Arriba de Todo: querían furiosamente apoderarse de lo que O'Jaral descubriera pero, lo mismo que él, no sabían cuándo iba a descubrirlo. O'Jaral entendió que si el proceso se demoraba la neurastenia podía llevarlos a convencerse de que la revelación ya había sucedido, y actuar sin ton ni son, y apremiarlo vanamente o aniquilarlo a fuerza de apremios. Así se iba a cumplir el consabido papel de Los de Arriba de Todo o sus policías: frustrar obras trabajosas, privar al mundo de buenas noticias.
    La alternativa de compartir un conocimiento con ellos era irrisoria. Fuera lo que fuera, ese conocimiento sería de la naturaleza de lo que ellos no podrían entender nunca. Cuando se dio cuenta de esto le entró un miedo terrible.
    Aunque no sólo miedo. Como si una píldora tragada sin agua le hubiera llenado el cuerpo de presciencia, O'Jaral también se sentía fuerte y deseoso. Tenía que prepararse. Mental y físicamente: para estar apto cuando recibiera el conocimiento, y para defender la posibilidad de recibirlo. Tenía que saber todo.
    Resolvió crearse una clandestinidad a medida. Alternar el ocultamiento con las multitudes. Someter su vida a encogimiento. Cambiar de lugares en zigzag. Hacerse traductor, un oficio portátil que parecía inexistente.
    Y antes de desvanecerse, para aliviar el pecho y poner la cabeza en orden, tomó cita con un psiquiatra y en una sola sesión le contó su vida y su secreto. El estatuario doctor Vioth opinó que O'Jaral debía tratarse dos veces por semana. O'Jaral, ya purgado, no volvió nunca. O mejor dicho una vez, sí, volvió pocos años más tarde, curtido por la disciplina, experto en enmascararse, afilado por el saber y menos escrupuloso. La intención era alertar a su tesorero espiritual de que le convenía no abrir la boca nunca, por ninguna razón. Pero el doctor Vioth también se había hecho humo. En lugar del consultorio O'Jaral se encontró con una asesoría jurídica, donde no tenía nada que hacer.

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de "El testamento de O'Jaral", de Marcelo Cohen. Publicado en 1995 por Anaya y Mario Muchnik, Madrid. ©1995 Marcelo Cohen.

 

 

 

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