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MARCELO COHEN
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El
testamento
de O'Jaral
(fragmento)
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I
Al
principio había un llano, y una leve claridad de otoño, y una vía,
una sola, que cruzaba la distancia sin revelar dirección ni sentido. A cada
lado del terraplén se extendía la misma intemperie vaporosa, menos verde
que azulada, de pasto revuelto por la brisa y tomillo reseco y cardos un poco ateridos,
y contra los durmientes agrietados, tapando los tirafondos, la ortiga crecía
cómodamente, casi como una prueba de que los rieles nunca habían pretendido
ordenar ese espacio. Una hora antes no habría sido fácil decidir dónde
quedaba ahí el norte, o el oeste para el caso. Pero ahora estaba el sol, que
muy demorado, como si quisiera retirarse y asomar en otro punto, empezaba a subir
desde uno de los confines donde la vía daba la impresión de perderse, y
le arrancaba a la grava un brillo intermitente como un juego de señales.
En contra de ese centelleo, arrugando
el ceño por el vano esfuerzo de interpretarlo, dos hombres avanzaban por un
camino de ripio paralelo a los rieles. Si esto fuera un cuadro, podría decirse
que habían aparecido por la derecha, como si la niebla los hubiera escupido
antes de agonizar en una miríada de hilachas.
Caminaban a buen paso. De uno, que
hundía las manos en los bolsillos, no cabe contar mucho porque su papel en esta
historia es decisivo, cierto, pero fugaz; sólo que era alto, lento, y que el
abrigo de tweed y la barba plateada no le atenuaban el aire de embarazo. El otro
ágil, abundante de fuerza, se movía hendiendo el aire con una mirada verde
y refractaria, con el infeccioso morro de barracuda. El polvo del camino no lograba
ensuciarle el pelo negro, marcado sobre la oreja izquierda por una larga mota amarillenta,
pero se confundía con la untuosa piel marrón. Llevaba zapatos de taco grueso,
porque era más bien bajo, traje beige deportivo, maletín en la mano derecha
y una corbata de seda turca amplia como un babero estampado. De vez en cuando se
paraba a mirar algo en el camino, una oruga, una vaquita de San Antonio, quizá
para confirmar que era él quien controlaba la urgencia propia y la ajena. Esto
no debe importar más que lo anterior, ni menos. Era un rasgo, como las largas
pestañas de muñeco, que le nacían hasta de los lagrimales, o la costumbre
enfática de estirar el cuello y carraspear al mismo tiempo.
Unas flores, las maltrechas achicorias
que habían subsistido al verano, se doblaron al ruido imprevisto de las suelas.
Aunque la pareja de hombres no era macabra, dejaba en el llano una ominosa estela
de determinación.
Por un rato pareció que no iban a llegar a ninguna parte. Pero el del maletín
no dudaba, y llegaron. De lejos los atacó un resplandor nuevo que al tiempo
resultó ser una laguna. La vía pasaba junto al agua, separándola de
una casita que en seguida se empezó a definir, rodeada de alambre de malla,
y en otras épocas había sido una estación. Frente al portón de
la alambrada se acababa el camino. Un metro antes, a un costado, había un tilo
bastante alto y al otro un poste de luz. Los hombres estaban a un tiro de piedra
cuando la sorpresa los frenó en seco. Entre el poste y el tilo se estiraba una
trama de estrellas minúsculas, serenas, titilantes, una vía láctea
de la mañana precoz que fascinaba con su llamado incoloro. Eran gotas de agua;
flotantes, es probable que pensaran los aparecidos. Pero no.
Cuando se acercaron a tocar, las manos
se les enredaron en un tejido resistente pero casi insustancial, ligerísimos
hilos de perlón opaco donde el rocío, celoso en sus usos matutinos, iba
a durar hasta que el sol le diera de lleno. Dos dedos del barbudo tironearon de un
fleco; hubo un cimbronazo en una rama del tilo, dentro del follaje se activó
un dispositivo y antes de que los hombres lograran girarse otras redes cayeron del
vacío y les cerraron la retaguardia y los flancos con un revuelo de gotitas.
Más que
atrapados se quedaron duros. Era ridículo, pero el portón parecía
tan inaccesible como el pato que, a la izquierda, acababa de alzar vuelo entre los
juncos. Entonces, en ese momento, vieron al hombre sentado en el suelo delante de
la casita. Tenía la espalda contra la pared, un machete sobre los muslos y los
labios pálidos y los ojos azules fruncidos de disgusto. De perfil a ellos, miraba
el vestigio de andén que tenía enfrente, la vía y la laguna, y también
él parecía haberse concretado de golpe, aunque no como un intruso sino
como una supuración ritual de la casa, tanta era la tranquilidad con que el
paisaje lo aceptaba.
Claro que él
no estaba tranquilo. No habría podido. Se llamaba O'Jaral.
O'Jaral era traductor. Nadie le había
enseñado el oficio pero él no pensaba que la falta de maestros fuera un
con tratiempo. Como la mayor parte de lo que sabía, y en cierta forma sabía
muchísimo, todo lo que el oficio de mandaba lo había aprendido por su cuenta:
tres o cuatro idiomas extranjeros, lo correcto y lo comprensible en el suyo, métodos
para atacar lo intraducible hasta eliminar lo sin gracia, maniobras de simplificación
que irritaban a los escasos lectores enterados y en general complacían a un
público que, si por lealtad a su función compraba libros, los hojeaba y
recorría incluso, rara vez los leía. Sin embargo, ningún remordimiento,
no al menos por esto torturaba la disposición de O'Jaral; con lo que pagaban
por su trabajo se vivía a duras penas, pero él era competente y escrupuloso.
Había traducido sagas cósmicas, folletines de enredos
vecinales, catálogos de gemas y catálogos de muebles, las memorias de una
melancólica que alguien había encerra do en un manicomio y entre los locos
se había vuelto casi loca, una enciclopedia de economía doméstica,
manuales de cocina oriental o de iniciación a las finanzas, biografías
de banqueros y de cantantes de ópera y de asesinos rege nerados. Ahora, por
la gracia de un Editor audacísimo, traducía las novelas de Richard Mulligany,
historias de un mundo prismático donde, pese a todo, una secretaria po día
enriquecerse en la Bolsa contra las maquinaciones de los oligopolios, una familia
no desmembrarse, un grupo de trabajadores defender su estabilidad combatiendo el
crimen a su antojo o un comerciante arruinado por la guerra, aunque porfiado y sagaz,
erigirse en líder y protector de la gente industriosa. En el mundo de Mulligany
los gobiernos eran indiferentes; la justicia inepta. La única ayuda de los inconformes,
la invariable heroína de esas inversiones románticas, era la dueña
de una cadena televisiva dedicada al individualismo económico y la ecología
Melody Mong, una china cordial y angulosa, físicamente temible, moralmente ubicua.
El lema de Mong, La vía de nuestro triunfo no pasa por la ingenuidad,
había llegado a ser el de millones de lectores de varios países, y sobre
todo el de decenas de millones de espectadores que seguían las versiones fílmicas
y televisivas de sus andanzas.
Mulligany era un escritor torrencial. Cuatro consorcios se turnaban
para pagar dinerales por sus frecuentes manuscritos. Pero el Editor que empleaba
a O'Jaral, un editor de los llamados pequeños, publicaba sin falta cada entrega
de las aventuras de Melody Mong sin pagarle un centavo a nadie, salvo a O'Jaral.
Compraba un ejemplar en inglés, lo hacía traducir y derramaba en el mercado,
como mierda que algún procedimiento vuelve ornamental, un casi sinnúmero
de copias de tapa estridente y papel tosco. Los vendía baratos y, al revés
que la competencia, los vendía todos.
Siempre huyendo de los escuadrones del Comisariado de Publicaciones,
el Editor vivía en una camioneta, o en varias, y se movía en trayectorias
imprevisibles munido de equipos de comunicación, edición y autodefensa.
O'Jaral lo había visto una vez o dos, porque al Editor le gustaba conocer a
su gente, pero por lo general se comunicaba con él por mensajes cifrados. Cada
tanto, indefectiblemente por la mañana, un libro nuevo de Mulligany aparecía
en la jaula sin canario que O'Jaral tenía en el patio, al fondo de la casita.
Cuando terminaba de traducir un capítulo, O'Jaral iba a dejar el diskette en
un escondite donde a cambio lo esperaba el dinero. Esos viajes los hacía en
bicicleta.
Más que para otros, para O'Jaral el tiempo, el tiempo abstracto
o ilimitado que zumba y esquiva, era un vahído enloquecedor. Por eso nunca le
faltaban varios almanaques, y estaba seguro de que hacía cuatro años, dos
meses, dos semanas y seis días que trabajaba para ese Editor. Si las traducciones
de O'Jaral se vendían mejor que otras no era sólo por el precio, sino porque
O'Jaral sabía empobrecer el comedido estilo de Mulligany con el tono, la inflexión,
la arbitrariedad justas para provocar en el público un éxtasis de chatura.
Por dar un ejemplo, O'Jaral tenía el talento de, donde habría debido decir
la camisa limpia, poner la camisa inmaculada o mejor aquella inmaculada
camisa.
De, donde habría debido decir Paul sudaba, poner Paul
tenía la frente perlada de sudor. O, a tono con los hallazgos del periodismo,
Su frente perlada en sudor.
Aunque no sólo era talento. O'Jaral podía permitirse
esos chistes porque guardaba en el cráneo, bien que comprimida y en ebullición
incómoda, la totalidad de los conocimientos linguísticos útiles. Y
otras totalidades también.
El Editor, pirata inveterado, no era parco en gratitud; y le cedía
a O'Jaral una de las estaciones del ferrocarril de la Pampa de Alunco, una línea
abandonada que había comprado para especular en el futuro, en caso de que hubiera.
Este dato no sobra, porque O'Jaral aprovechaba a lo grande ese refugio casi diluido
en la vacuidad del llano. Él mismo se habría vuelto invisible, de haber
podido, o delgadísimo entre lo aparente. La tarea que O'Jaral tenía que
cumplir se alimentaba mejor de aislamiento. Nadie fuera a acusarlo de crápula
o mercenario, entonces, si tergiversaba a conciencia la prosa de un triunfador. Mucho
peor era triturar el idioma en sentido amplio, y ni siquiera eso le daba pena; de
algo tenía que vivir, más aún conociendo la importancia de su destino.
Y tampoco es que fuera indiferente, como la luz amplia que lo rodeaba o los yuyos
del campo. En todo caso era optimista: si lo dejaban en paz, creía, su empeño
iba a rendir un fruto más que suficiente para redimirlo de infamias menores,
y con él a muchos más. Un fruto portentoso, se decía a veces,
muy pocas, entre dientes.
Por eso vivía expectante. La tensión era su elemento.
La rutina del esfuerzo su segunda naturaleza.
Desde el cerco sutil de rocío, los dos aparecidos miran las
tejas de la casita, la impenetrable, inconstante blancura de las paredes, como dos
hurones estrellados contra una emanación de su instinto. No hay una sola planta,
ni bajo la arcada del frente ni en los alféizares, nada que la brisa pueda conmover.
La casa se ofrece como una expresión severa, anquilosada a fuerza de austeridad
y porfía, y quizá por eso los aparecidos no se debaten. Esperan, como parece
esperar el hombre sentado junto a la puerta, pero además ellos no tienen miedo.
Suculentos dossieres y su propia memoria les han asegurado, casi les aseguran, que
el hombre no va a usar el machete contra ellos. Les extraña no obstante que
no reaccione, y la red de perlón les lame las caras.
Como si le costara subir, el sol deja en el cielo un nacarado
rastro de babosa. En la antena parabólica de la casa un benteveo mantiene el
pico abierto, y el retraso de su canto es una porción de infinito.
Desde los ojos que no parpadean, desde la mandíbula obstinada
de O'Jaral hasta los ojos verdes del más bajo de los aparecidos, una camuflada
línea de tensión vibra en el silencio y empieza a borrar el paisaje. O'Jaral
se afinca en el machete y se incorpora. Lo más cercano a él de la mañana
se agita apenas, pero el mundo y la actividad que el mundo exige ha sido reemplazado
por el recuerdo.
Temores, fobias, rabias, estrategias, maniobras de coordinacion
y respuesta se activan tumultuosamente mientras el caudal del pasado, con un rugido
lúgubre, desborda embalses, parte represas, anega prados que podrían ser
fértiles, rebasa lechos y colma los porosos desfiladeros del presente. La piel
de la frente de O'Jaral trasluce ese fragor: autónomos mecanismos puestos en
marcha por la amenaza.
Es un momento, nada más. En seguida los intrusos lo ven acercarse,
parece que más calmado. Pero nada de calma, desde luego. O'Jaral se ha repuesto
porque es voluntad pura.
Ahí está. Pelo color cerveza clara, áspero, bien
cortado por él mismo. Una silueta de pino un momento, al siguiente de caoba,
un aire de contención poderosa y coyunturas adiestradas, las grandes manos sin
sosiego y esa nariz chata, esos ojos vigilantes de gato siamés. Un metro ochenta
y cuatro de fibra insomne. Tricota descolorida pero pulcra, verde oscuro, la neurasténica
perfección de un remiendo en los pantalones. Y el gañote largo que de vez
en cuando se hincha, como acusando un exceso de alarma, y en seguida adelgaza como
si se la hubiera endosado al aire.
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de
"El testamento de O'Jaral", de Marcelo Cohen. Publicado en 1995 por Anaya
y Mario Muchnik, Madrid. ©1995 Marcelo Cohen.
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