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MARCELO COHEN
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El oído
absoluto
(Lorelei y el Recinto)
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Un río sin nombre cruza Lorelei. Viene de tierra
adentro, de montañas boscosas cercenadas por la niebla, corriendo de sur a norte
para torcer de pronto hacia el oeste y entregarse al océano. En el ángulo
amplio del estuario los sedimentos formaron dos islas, las Magnolias, que el urbanista
Fumio Akutekeri asentó y comunicó con las riberas mediante categóricos
puentes de titanio. Cuando Fulvio Silvio Campomanes decidió obsequiarle al mundo
el producto de sus desvelos, fue alrededor de ese núcleo que, con una elegancia
mayormente estrábica, en construcciones modulares, en seguida con mucho acopio
de piedra caliza para perpetrar el célebre Efecto Holliday, las numerosas atracciones
del Recinto empezaron a conectarse unas con otras como terminales nerviosas frenéticas
de sexualidad. Al comienzo paralela al río, aunque más al este desviada
por unas lomitas bajas, del Recinto parte hacia el sudeste una carretera con varios
desvíos: uno, en el kilómetro ocho, lleva al aeropuerto; otro, en el catorce,
a la falsa arcadia de casitas donde algunos residentes vivimos apartados, entre los
huertos de campesinos impávidos, del otro lado del río que, a esa altura,
se cruza en balsa. El tercer desvío es larguísimo: vuelve a buscar la costa
para desembocar más al sur en el puerto de carga que, en la época que cuento,
estaba vallado a cualquier curiosidad, vecino a una planta recicladora de basura.
La carretera principal sigue no sé hasta dónde. Lo importante es que si
uno llega al Recinto desde el interior, a poco de divisar los edificios encuentra
a la derecha un tablero más grande que la fachada de una catedral, pongamos
la de Maguncia. Excitadas entre marcos color magenta, letras mayúsculas de sodio,
verdes lima de noche y de día negras, imponen una provechosa composición
de lugar:

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del libro
"El oído absoluto", de Marcelo Cohen. Publicado en 1989 por Muchnik
Editores, Barcelona y Norma, Buenos Aires. ©1989 Marcelo Cohen.
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