|
|
MARCELO COHEN (INÉDITO)
|
|
Un hombre amable
|
...viene de
En el atardecer fucsia, la llovizna deja una capa de barro que
impide distinguir dónde empiezan las raras baldosas, donde termina el asfalto
insuficiente. La medialuz de la intemperie aumenta el hechizo de los interiores apenas
iluminados. Al café Salcedo entran grupos de muchachos que vienen de los omnibuses
o alguna de las dos fábricas para repartirse en la humareda adherente, en grupos
herméticos, y ya no pelean por ocupar la mesa de billar porque tienen diferendos
más graves. Tampoco se meten con los mocosos, ni con los jugadores de baraja,
ni con tipos invisibles que, como Dainez, beben fernet mirando algo. Por un instante
Dainez quiere irse. El café es tan triste por fuera como inhóspito por
dentro. Huele a sudor seco de horas de trabajo, a desasosiego de desocupados, a bolsos
de gimnasio llenos de ropa mojada, y el olor ocupa más lugar que la gente. Si
Dainez se queda es porque tiene un interés. De todo lo que hay para mirar, lo
que lo atrae son esas jóvenes que ocupan siempre la misma mesa junto a una ventana.
Son cuatro, todas ellas, como se dice, empleadas domésticas. Más tarde
a alguna vendrán a buscarla los hijos o el novio. Dainez ha oído los nombres:
Yocelyn, Flora, Marilú. La más voluminosa, que responde por Pulpita, tiene
cara grande, manos movedizas con anillos de cobre y la cadera en lucha con vaqueros
remendados. En el escote del pulóver, los pechos reventones agitan varios collares.
Pulpita se pinta mucho; parece que hasta se pintara la melena con betún; y aunque
sea baja le sobra autoridad. Dainez para la oreja, subrepticio, porque sabe que las
chicas están hablando del cliente preferido de Pulpita. "Claro", dice
Flora. "Un patinazo del cuerpo-mente. Una cosa muy catocha. Se les va la fuerza
por la nariz, por eso hacen ruido, grpsssff, así, y se quedan como una baba."
"¿Una baba?", reacciona Pulpita. "Mi señor Ubiñas no,
nena. Lo que él tiene es que le falta astucia. Pero yo con él soy balsina,
y conseguí que los mediodías venga a almorzar a su casa la comida que le
preparo yo. Hoy el problema fue que se atragantó con la sopa. Tuvo un ñudo
en el chakra farinjal." "Y claro, se guarda todo el amargor. Después
sufre", dice Flora. "Sí. Es un ingenuo, mi señor Ubiñas.
No sé si un purlín tarado", dice Pulpita, y se moja los labios de
mamey. "¿Le miraste el iris?", pregunta Yocelyn. "No. Es que
estaba arisco, hoy. Me dijo que Penzias y Sztron, dos de esos importantes como él,
le anduvieron revisando los informes y le fueron al Consejero con cuentos de que
le iba a contratar unos juegos de porquería. Pero él tiene pensado un juego
que fija fija se va a vender. Un proyecto de juego para matrimonios. Un juego como
si cada ser de la pareja puede hacer preguntas con voces distintas, y con caras distintas,
y se filman preguntándose, y al final son como mucha gente, todos con sus fantasmas."
"Como ventrilocuos." "Sh, sí, no importa, oí. Porque yo
le digo: Mire, señor Ubiñas, usted me guarda todos los papeles en una caja
fuerte blindada, como Michael en Gossamer Street. O mejor se trae los papeles a casa.
Bueno, Pulpita, me dice él. Y le digo: a esos dos, señor Ubiñas, no
me los nombre acá, no quiero oirlos, que nos llenan su casa de vibraciones cundú.
Él sabe muy bien, eso ya lo sabe, que yo le vengo limpiando la casa de trabajitos.
Los yuyos los disimulo para que no se inquiete, le pongo la gongrina y el mullén
entre los calzoncillos. Y cuando estoy sola le respiro mana abajo la colcha; le canto
ahí el om." "Un hombre tan fuerte, qué cosa", dice Flora.
"Sí, acá en esta foto, miren qué músculo." "No
se ve, con la camisa." "Si se ve, nena." "Un purlincito. Es lindo,
este Ubiñas." "Pa, si es lindo. Es un sol", dice Pulpita: "Pero
no tiene cálculo, mentalidad, y encima a veces se me rebela. Así que hoy,
como estaba flojito, yo aproveché, y le digo: A esos dos rivales primero hay
que dividirlos entre ellos, señor. Así más débiles, Penzias y
Sztrom. Ellos mienten, traicionan, así suben y suben. Usted no querrá caerse
para abajo, señor Ubiñas. Y él nada, me miraba de refilón."
"Tendría que mirar Gossamer Street, ahí aparecen todas las matufias."
"Sí, quinota, pero él mira Ventanales. Así que lo vamos a mirar
nosotras. Bueno, y como él no contesta, sigue con la sopa, yo le digo: Usted
me le miente a cada uno una mentira distinta, pero no una mentira muy rara, una que
se pueda creer nomás, para así ellos, como se cuentan todo, empiezan a
desconfiarse entre los dos." "¿Y él?" "Él surgo,
no dice nada. Y agarra y dice que tiene que irse ya mismo. Pero creo que me empieza
a captar." Por lo que Dainez ha escuchado en unas semanas, el cliente de la
Pulpita es un tanto pusilánime como para, no ya hacerse un futuro, sino dar
alguna forma a su presente en la empresa de sugerencias para el ocio donde trabaja.
Pero la Pulpita y su equipo se prodigan en la tarea de encauzarle la carrera, como
si la culminación ejecutiva de ese hombre fuera a transportarlas desde la zona
hasta la alfombra de un céntrico piso treinta y dos, Dainez no sabe si a gozar
descalzas de la alfombra o a pasarle ardorosamente la aspiradora. En todo caso no
son desinteresadas. Pero aplican sus variados saberes, magia, candomblé, teosofía,
energótica, todos los jugos esotéricos que rezuman revistas como Ishtar
o Ritmo sagrado, todos los planes de conquista o sometimiento vistos en cientos de
telenovelas y el olfato estratégico adquirido en años de limpiar casas
ajenas, familias ajenas, para convocar un poder puro, increado, superior a todas
ellas juntas, que hacia el comienzo de la noche las vuelve rutilantes y, si la fiebre
se transformara en fuerza transitiva, podría fabricar un verdadero líder.
"Lo que hay que hacer ahora", propone Yoselyn, "es que se consiga
alguna posesión de cada uno de ésos dos." "Fotos, difícil",
dice Pulpita, "pero si nos trae un pañuelo, un lápiz..." "A
mí hacer daños no me gusta", dice Flora. "Nada gocón. Que
les agarre debilidad", dice Pulpita: "Que se desmenucen, que les tiemblen
las rodillas, que se pisen solos los pies, que..." "Y después seguimos
con el jefe." "Pero que Ubiñas no haga chambonada, ¿no?"
"Eso, la táctica, hay que trabajarlo acá. A él, cuando me deje,
le meto un masaje en el aura y lo pongo que ni aceitado." Entre tragos de Cocacola
y tañido de pulseras, pasan a considerar el decaimiento de una cliente de Flora,
una hematóloga que se desangra entre dos amantes casados. "Esa julinfa,
con la plata que tiene", dice Pulpita. Dainez apura su fernet. Ha empezado a
sentirse incómodo, débil de nuevo, e ignora si le está volviendo la
enfermedad o le despunta por dentro un entusiasmo que todavía no entiende. Decide
volverse a casa a preparar la cena. Camina muy despacio. En la calle, enfocadas por
los pocos faroles, algunas gotas de lluvia muestran caritas graves, como si aceptaran
sin chistar la fatalidad de estrellarse. Sin embargo, en las caras humanas que a
él siguen flotándole ante los ojos, exhaustas pero arreboladas, no hay
resignación. Tampoco hay entusiasmo, cierto, ni siquiera confianza. Tanto mejor.
Las caras de esas muchachas están más allá de las dualidades, curadas
de la espera, en la primera orilla de una realidad todavía informe. "Primera
orilla de una realidad todavía informe", le dicta Dainez al grabador no
bien entra a su casa. Hace rato que su hija Sabina llegó del emporio de ropa
deportiva donde trabaja de cajera; y tiene la cena lista.
"Las manos no hace falta. No se den las manos, dice acá
una cónfrade. Cada mente tiene que miorpar sola. Pero acerquémonos más.
Así. Concentrémonos, gente, y respiremos bien con el diafragma para que
el aire de adentro limpie el aire de afuera y nos haga de techito. No me miren. Yo
no importo. Soy pura transmisión. Yo voy a contar de nuevo cómo llegamos
acá, sólo cómo llegamos, cómo llegó él, para que sepamos
bien el Prólogo de la Trayectoria. Sin el Prólogo no hay comprensión,
lo mismo que con la prehistoria, que dice de quién descendemos. Lo único
es que Dainez desciende de él mismo. También descendió de la sociedad,
eso sí, venía cayendo sin parar. El decía: `La sociedad se ha inclinado
y yo ruedo'. Siempre tuvo esa lucidez. Pero no siempre." "¿Y eso cómo?"
"¿Y eso cómo? Por la intermitencia, la alternación de contrarios.
Siempre y no siempre, ahora y después, o anterior. Así que en el Prólogo
hay una época de embotamiento, de Dainez atrancado. Pensemos, cónfrades.
¿Están pensando? Dainez mi papá era un gran matemático, un científico
que enseñaba en un colegio. "¿Por qué?"
"Ya lo sabés. Por amor. Aunque ya digo que no hay por qué, el único
por qué es un porque sí. Y era un científico para todo, para la ciencia
y para la sociedad, para la economía y la justicia. Un hombre de ideas chunquis,
un rebelde. Más anterior había sido revolucionario militante comprometido.
Con mi mamá, mi madre. Pero los matices de la vida cambiaban y en esa época
era nomás rebelde. Educaba a los jóvenes ignorantes, me educó a mí.
Enseñaba las ecuaciones, los teoremas, los polinomios, y si en el colegio no
había papel lo compraba él. Papel ya no había más para nadie,
ya entonces. Y buen, en menos es una historia veloz, en menos que canta un gallo
ocurre esto: que cierran el colegio donde Dainez es profesor. Huelga pocos quieren
hacer, casi todos se van vencidos a sus casas, y entonces Dainez empezó a protestar
que la época es una catástrofe, que unos aniquilan la educación y
a otros la educación les resbala, y diciendo que se han perdido los ideales,
bla bla. Mi mamá trabajaba, calladita, en su oficina. Él le decía:
ay, qué aridez, supervivencia pura, silencio cómplice con el triunfo final
de los capitostes. Entonces con el trabajo de la mujer, mi mamá, ya no alcanza,
y Dainez se emperra sin embargo en que yo estudie. Entonces viene el lapso en que
Dainez se conchaba de taxista, imaginémenos un científico meta tocar la
bocina y este tráfico de lañas y la gente chas, chas, todos apurados, obstinados,
rapaces. Exigiendo. Una sociedad de la exigencia, sin alma. Una calamidad. Al final
de la dura jornada volvía al hogar y se ponía a ver la tele. Despotricando
contra Neurio Brandeis y su Colmena de la Opinión, viendo a todos los políticos
de pe a pa diciendo así: avanzamos, no avanzamos, diciendo: realidad, estado,
franqueza, se terminaron los espejismos, las falsas promesas. Y Dainez gritaba: Nos
están revolviendo el puñal en la herida. Nos desangramos y nadie de escandaliza.
¿Y la justicia?, decía. Derrota. Traidores. Entretanto otros profesores
hacían análisis de encuestas, para los consorcios, y otros también
estaban en la miseria pero no chillaban. En cambio mi papá chillaba como si
fuera el único. Le chillaba a mi mamá. A mí, sin ir más lejos.
"¿Como ser?"
"Descerebradas, nos decía. Era de la confusión. Era del conformismo
suicida. Ansiedad, posesión, masoquismo, ignorancia." "¿Qué
más?"
"No importa. Si apenas teníamos para comprar arroz. Dainez, de taxista,
se peleó a trompadas con un pasajero. Lo echaron y mi mamá se mordía
la lengua. Y entonces vinimos a vivir acá, más barato, y yo a buscar trabajo,
ya no estudio. Un día Dainez vio que yo bajaba del ómnibus y un guaso me
seguía, no para metemerme la mano, más bien para manguearme algo. Pero
él dice: Barrios sórdidos, fealdad, desempleo, miseria, corrupción.
Maldad social, gritaba. Maldad, maldad. Gritaba bajito, como maullando. Decía:
última peripecia de la explotación; los intelectuales se vuelven hipócritas,
los pobres se vuelven malos. Cónfrades, lo tengo todo anotado. Decía que
nos dominaba el lenguaje de otros que hacen el lenguaje, lo elaboran, lo amasan,
lo apelmazan. Era muy muy pesado. Mi mamá dormía en un silloncito en la
cocina. Y entonces a él le dio ese ataque. Entonces viene el final del Prólogo:
la Depresión de Dainez. Un sábado estamos yantando y yo veo la tele y mi
mamá comenta el diario, cuando él va y se levanta para ir al baño
en plena comida. Chut: dio dos pasos y se quedó duro. Por el silencio de los
pasos, nos dimos cuenta. Miramos justo cuando, duro duro, se iba para adelante todo
entero. Qué ruido. "Ayyyhh."
"Sí. Cae como una puerta. Lo había tirado la Depresión, no un
desmayo. Los ojos los tenía abiertos, pero no podíamos levantarlo ni las
dos juntas. Pesaba mucho más que él mismo, como si lo hubieran rellenado
de rencor. El peso de la impotencia... Y así fue la época de la Depresión
de Dainez, que ya algunas veces hemos relatado en nuestro círculo. Un hombre
hundido, insulso, abatatado, ablandándose en su endurecimiento, babeándose,
repulsivo, fiambre, con un solo ojo abierto. "¡Sabina!"
"No, si ahora no va a venir. Y además es cierto. Emilio Dainez estaba en
la silla como un masacote. Había que cuidarlo, darle la papilla en la boca,
los cachitos de carne, limpiarlo, bue, para qué. Y él No Quería Salir
para Adelante. Nada de nada. Más tarde yo caí que era un período necesario
en la Trayectoria suya. "Un aprendizaje en silencioso."
"Sí, como dice nuestra cónfrade, bebiendo en el manantial del pleroma.
Pero había que aguantarlo, sucio, mirando el techo, cuando daba un paso era
un mono. Y en esa época se quedó pelado. Los mechones en el suelo, un horror,
a montolines. Y le crecía la barba. Un día mi mamá se la estaba recortando
y él le dio un manotón. Entonces ella agarró la tijera que se le había
caído y dijo: Si no me voy se la clavo. Ah, fue el abandono de Dainez, la soledad.
Se fue mi mamá. Ya no le quedaba ciencia ni mujer ni taxi a Emilio Dainez, ni
hambre le quedaba. Pero yo, yo permanecí con él, porque lo quería,
chut, y era tan manso en el fondo, y le di cucharaditas de leche con azúcar.
¿Y todo por qué? Porque yo veía algo en sus pupilas que profetizaba
que iba a Salir para Adelante, y Más Allá que Adelante. Y con el tiempo
él se curó. Esta parte ya la conocemos todos muy bien en cuanto es pública.
Pero cabe necesario repetirla. Pensemos, gente. Ya no es el Prólogo. Es parte
de la Trayectoria de Dainez. "Uf, eso ya lo..."
"Hay cónfrades nuevos que no saben. Y es preciso repetirlo, porque en la
Trayectoria misma hay poder." "La pucha si hay."
"¿Ves? Y dice así: Dainez de a poquito se cura de la Depresión.
Lo primero, camina, pasea por el barrio. Su hija, yo, entro a trabajar en un gran
comercio de elementos deportivos. De cajera. A un señor Ubiñas que compra
ahí le caigo simpática, charlamos, y yo le consigo una chica que le haga
la limpieza, nuestra cónfrade Pulpita. El señor Ubiñas, tiempo después,
a pedido mío me recomienda un contacto en otro departamento de su empresa, un
señor que mi papá va a verlo y le da este trabajo. Este trabajo de inventar
números primos, meditando en la matemática en su pieza. Numeros primos
son rarísimos, acordémonos, como el trece, sólo se divide por trece
y por uno. Pero Dainez tiene que inventar números muy muy largos. El trabajo
como que lo hechiza, lo relaja, mientras yo lo alimento y, cónfrades, Dainez
surje con nueva salud a la vida del Espíritu."
Suaves cráteres de ladrillo y musgo, filigranas de cañerías,
espinos, jarilla, un zócalo de cemento como una emoción de la tierra detenida
antes de expresarse: el baldío, centro abierto de la zona, acepta el sol del
mediodía discriminando los gases que le impedirían prosperar. Por un sendero
de perros, un pie delante del otro, Dainez pasa cerca de una parejita que de lejos
parecía besarse y en realidad se está insultando con una saña morosa.
El muchacho tiene la pelambre negra sobre la cara; la chica le sonríe al aire
pardo. Se oyen amenazas. Te vas a enterar quién soy yo y muchas más. Van
y vienen entre las dos bocas como torpedos en agua muy densa, y al chocar levantan
revuelos de saliva. Dainez ya los ha dejado atrás cuando le llegan risas, y
se gira a tiempo para ver cómo se tocan por debajo de la ropa maltrecha, los
cuerpos en un abrazo indolente, las caras desatentas y apenas separadas: tornasolados
en la luz agria, casi de hojalata: un monumento a la comprensión sin pautas,
sin curiosidad, sin entusiasmo, piensa Dainez, y se da cuenta de que está exagerando
pero el pensamiento se le ha disparado. Los chicos se chupan mutuamente los dedos
como si estuvieran probándose la calidad. Ella dice: Un tiempo me querías
hasta la muerte. Después se ríen, y se pegan un poco y ya no hablan. Pasa
el tiempo y, tal vez porque no hablan, a Dainez lo ocupa un pensamiento subalterno,
imprevisto, que sopesa la mudez de los chicos. La valora. Y entonces Dainez se encuentra
pensando: No es que aún no sepan nada de la muerte, sino que han perdido la
noción. Han desaprendido. A fuerza de encarnarse en frases prestadas, siempre
las mismas, se les han agotado unos sentimientos que tampoco podían ser suyos.
Y ahora están en blanco. En la zona hay mucha gente así. Son planos de
posibilidades, áreas de estupor, vástagos que la época dejó caer
ante una inmensidad de tiempo. Como yo, piensa Dainez. De pronto la chica suelta
un grito, porque el muchacho ha levantado un sapo y se lo frota contra la nariz.
No hay comentarios. Ahora son tres bajo el mediodía, piensa Dainez, sin casa
para ayuntarse, sin dios, sin esencia, sin dirección, sin opción ni idea
de triunfo.
Hace muchos años, más que los que tiene, que Dainez no
se notaba el pensamiento tan desprejuiciado. Tal vez sea, tanto como la influencia
de la zona, la limpidez atónita que deja la derrota.
Dainez sospecha que la conciencia se le dispone a emprender grandes indagaciones.
Salió del baldío por el sur. Frente a la boca por donde
emergía el arroyo, dos máquinas de venta de bebidas se exhibían, rotas
pero invioladas, como templos que ninguna invasión había logrado profanar.
Al lado empezaba un muro de adobe. Dainez lo fue bordeando y en cuanto llegó
al umbral del ex cementerio, dos columnas y un escalón de ladrillos, sintió
que lo sorbía un olor de óxido y almizcle. Entró. Sobre una de las
muchas lápidas rajadas se había derrumbado un ciprés. No había
ningún árbol más y, ya que al fondo empezaba el camposanto de coches,
Dainez no entendió qué pájaro era el que graznaba contra la supuesta
paz. Veinte pasos más adelante, entre los primeros ex taxis, descubrió
que no era un pájaro sino un lechón. Torpe sobre las patitas delicadas,
intentaba escurrirse a los palazos que le lanzaban dos hotentotes muy poco más
ágiles que él. Y si Dainez no se apiadó del animal fue porque en seguida
descubrió que los graznidos tampoco eran gruñidos, que el que chillaba
en realidad era Justín. Tal vez quisiera pedir compasión, pero no se le
entendía una palabra y de otro modo tampoco iba a obtenerla. Los dos cazadores
disparaban carajos a mansalva. Justín, acurrucado, miraba desde su refugio entre
dos guardabarros. Había juntado las manos. Lloraba por el cerdito. Dainez se
confió entero a la carta de que, aunque calvo, era mucho más feo y oscuro
que cualquiera de los dos brutos. Empuñó un eje que había en el suelo
y avanzó con temeridad, tanta y a lo mejor tan innecesaria que los otros se
paralizaron. Estaban realmente muy flacos. Uno, oriento-amarillo, tenía las
suelas de los zapatos pegadas con cinta adhesiva. "Señor, es un lechón.
No tiene dueño", dijo como explicándose a la policía. "¿No
ven que este chico lo quiere?" "Claro, como nosotros." "Pero
el lo quiere bien", improvisó Dainez: "Largo de acá, bestias".
Se fueron torvamente. Cuando Dainez se atrevió a soltar el fierro, Justín
moqueaba acunando el lechón, las costras de las manos confundidas con el pellejo
rosa.
Por entre carrocerías quemadas, por entre neumáticos
fofos como relojes de Dalí, llegaron a una camioneta sopleteada de rojo cereza,
corta, alta, tan sin ruedas como las demás, medio hundida en un colchón
de abrojos. Esa Volkswagen era la casa de Justín, y la plétora de materiales
que la cercaba como una jungla artificial, reconoció Dainez, casi la volvía
acogedora. Tablas de aglomerado, cartón, cigüeñales, cojinetes, latas
o pies de lámpara de metacrilato: cada cosa tenía su previsto sitio al
sereno, como en un laboratorio para investigar la utilidad del aire o el desperdicio.
"Siente, don. Acomode", dijo Justín, y señaló una caja.
Dejó el lechón en el barro y mordiéndose una mano lo miró trotar
por el barro seco. En una fogata, sobre una parrilla, puso a calentar una pava. De
un bolsillo sacó un sobre de café instantáneo. "Uy, la taza",
dijo, arañando el aire, y entró a la camioneta. Pero algo debió ocurrírsele,
porque estuvo adentro diez minutos y cuando salió traía una pala en una
mano y en la otra un serrucho. Dainez ya había sacado la pava del fuego y no
le importó mirar cómo el chico serraba unas tablas, cómo se pasaba
media hora buscando clavos derechos en una bolsa de papel. Tirado en el suelo, monocolor
del pelo a los pantalones, concentrado en sus industrias, parecía una hamburguesa
seca o un ejemplo excéntrico de homínido acorazado. La camioneta exhalaba
un olor enervante, no a mugre sino a amoníaco. Una vivienda, un marco de piedras
y cardos, rimeros de objetos caducos ofreciéndose a un uso más, un animalito
y dos hombres que entablaban una especie de vínculo. En esta composición,
la luz de la tarde incipiente ponía la mención de otros marcos, de otras
zonas que buscaban componerse, o del inconcebible desorden del infinito. "Don,
yo tengo que irme", dijo Justín: "Ocupado, don.
Inédito © 1997 Marcelo Cohen.
|
|