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MARCELO COHEN (INÉDITO)
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Un hombre
amable
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I
Es como si no
hubiera nada, se dice Dainez. Pero apenas dicha la frase se aleja, aunque él
quiera retenerla, y el silencio que la sigue da a entender que las dos negaciones
se anulan. Porque si No hay Nada es que hay Algo, se dice entonces Dainez, o nada
más lo piensa, para que esta frase no se le escape. Sin duda: Algo hay, menos
sonante que las palabras pero más rumoroso que su huída, muchísimo
menos fugaz, impalpable sí, pero contante y visible. Es aire; y hasta podría
ser una atmósfera. Aunque los componentes no se revelan, así de huraño
es el aire, Dainez no es tan corto de vista como para no advertir ahí varias
cualidades, muchas de ellas contradictorias. Es un aire errático y gravoso,
terso y turbulento, luminiscente y opaco, húmedo como el rocío que dispara
una ballena y seco como talco en suspensión; huele a caucho caliente, a resinas
y lana podrida, pero huele también a fruta fresca, y a veces huele a neutralidad.
Será entonces el trabajo de abarcar tanto atributo lo que le da más consistencia,
ahora, y un atisbo de color titilante: entre el rubio y el lívido jaspeado,
como grandes jirones de una pantalla de nailon flotando en un resplandor disperso.
Se diría que es más que algo, este aire. Se diría que da lugar: sin
ir más lejos, porque más lejos todavía no existe, da lugar a que Dainez
se acepte. Al menos se entona lo suficiente para mirarse una pierna: pantalón
de tergal beige, bocamanga comida, franja de tobillo con pelos, calcetín gacho
y un zapato que apoya la suela no se sabe dónde. Aunque lo más llamativo
está pierna arriba, en una de las nalgas, donde un hormigueo indica que hay
carne en mal contacto con otra cosa. Por supuesto: como que Dainez está sentado.
Ahora que se fija, en un taburete giratorio. Si también apoya el otro zapato,
además de aliviar el calambre puede alzar un brazo. Ni él se da cuenta
de cuál de los dos brazos elige: sólo importa que una vez en alto lo mantenga
bien perpendicular al tronco, porque también está el tronco de Dainez,
con la mano abierta y un poco retrasada como si frotara una superficie. Le basta
con mantener el gesto para sentir una resistencia: la pone el aire, de modo que entre
el aire y la palma hay roce, y no bien el brazo horizontal empieza a seguir la paulatina
rotación del cuerpo, que se vale de los pies para hacer girar el taburete, en
cada región del aire que la mano deja atrás aparecen formas con sus colores.
Entre el cénit y la base del taburete, de los puntos que la mano roza nacen
líneas, y muchas líneas vecinas hacen planos y volúmenes. Con la mano
extendida, Dainez gira en su asiento estampando un mundo en lo que parecía una
nada. Qué gusto da ver eso. Es la mano derecha, se desplaza hacia la izquierda
y por donde va pasando aparecen: el garabato de humo que suelta la chimenea de una
fábrica de envases de plástico; una cabina bancaria con el solícito
robot en la cristalera rota y los viejos jubilados cavilando, leyendo folletos; las
claraboyas de policarbonato en el techo de otra fábrica; barro y matojos; una
isla peatonal de cemento con su cola de aspirantes al viaje, y la lejana avenida
por donde quizá llegue un ómnibus; una estación de servicio; una huerta;
un perro helado en un salto; las camionetas dormidas bajo la marquesina del supermercado
Kum Chee Wa. Se extienden arriba una inmensidad de nubes, como una gigantesca colonia
de mejillones, y dispersos restos de cielo azul turquí. La mano no se detiene,
como si el aire le pidiese que lo pueble más. Y bueno. Ahí están esos
bloques bajos de viviendas, en un desorden que el número no atenúa, menguando
una tras otra hacia planicies de barbecho, algunas pura armazón cubierta con
lonas, llenas de ropa que se orea. Ahí unas hamacas y un tobogán aflorando
entre yuyos, y un quiosco de lecturas y golosinas, y al lado aparecen casas, pequeños
comercios con las ventanas rotas, el escudo del Club Social "Memento Mori"
con el emblema de una cebra, los monigotes de colores en la pared de la Iglesia del
Estar y, de pronto, una franja del todo vacía, vacía, vacía, como
si la mano hubiera perdido inspiración. Pero no; sorpresivas como voces en un
pantano, surgen letras con sus mensajes, Gimnasio Solario Reclús, Café
Salcedo, que resguardan a duras penas el deseo de ser de unos bocetos de casas. De
un poco más de nada surge un arroyo canalizado. Después aparece un baldío,
con lápidas de personas y cadáveres de coches, y en seguida una larguísima
tapia. A medida que la mano la completa, del otro lado de la tapia se despliega un
autódromo, mezcla de asfalto rajado y yerba triunfal, y más lejos una ancha
villa de buraqueros, la mayoría metidos en sus pozos como si buscaran diluirse
en el campo. Cómo es de ancho el campo la mano no va a mostrarlo. Con un chirrido
brusco el taburete acaba de atrancarse, o la cadera de Dainez contra un caño,
y de todas formas ya está todo lo que él necesita para salir de mero nombre.
Ya tiene un mundito, que no necesita ser una esfera, como se tiene entero a sí
mismo. Tiene una zona. Ha entrado.
Es una zona rara. Vacila en el aire como si el viento la ofendiese, o más bien
como si en cada parte hubiera un anhelo distinto, dentro de cierta gama para no derrumbarla.
Reverbera, murmura, se afianza en su vaguedad. Y por lo que a Dainez le importa,
poca falta hace que sea precisa. Es una zona mental. No ideal: dista mucho de ser
perfecta y en eso radica parte de su rareza. Si acaso, es una idea expectante. El
que la ve de verdad puede ponerle lo que se le antoje. Pero Dainez sabe que en cierto
modo se ha establecido sola. Pesada de materias impetuosas, la zona se hamaca. Dainez
sabe que la única defensa contra el mareo es ponerse en movimiento él también.
Ahora puede hacerlo. Ahora que existe se puede mover sin problema. La zona y él
entran por un rato en combustión lenta. Dainez empieza a saber que ahí
pasan cosas. La zona incita. La zona convida. En la zona vive gente, bastante, pero
sólo Dainez sabe o cree que la zona existe.
El montículo que Dainez usaba de mirador estaba hecho con
lo que el barrio depositaba sobre los escombros de un error material. Tenía
más de treinta metros de altura y era de pendiente leve, anfractuosa, escalonada
y traidora. Para Dainez era más bien un "zigurat". En emplastos formados
por lluvias de barro crecía un pasto oscuro, verde como el berilo, tupido como
la indiferencia de la naturaleza para con las obras humanas que creen adornarla.
Trabado entre el caño y un frigorífico, donde alguien lo había puesto
por inservible, Dainez dejó el taburete y empezó el descenso. Un pie en
una garrafa de gas, el otro en un bodoque de argamasa, de nuevo el primer pie en
una culata de motor, fue corroborando que bajar de su mirador era siempre menos riesgoso
que subir, no sólo porque entre cosas ya identificables pudiera pensarse una
ruta, sino porque con cada aparición la zona se volvía más compacta
y él más ágil. Iba llegando a la base de grandes bloques de hormigón,
cuando de un fardo de trapos se disparó un suncho; habría podido cortarle
la pantorrilla, pero la pierna lo esquivó, rápida y leve, como si Dainez
se sintiera, no nuevo, pero al menos recreado. Todos los días pasaba lo mismo
desde que subía al zigurat. Estampar la zona en el aire en blanco no era una
simple obra de caridad; ese Dainez que resurgía con las cosas iba perdiendo
tirantez mientras ganaba transparencia de ánimo. Lánguido y débil
como había estado tantas semanas, ahora sentía una discreta flexibilidad.
De las nuevas actitudes, la atención le decía: Aquí vengo a ocuparte;
y la disposición: Estoy disponible. Y cuando saltaba del último escombro
al suelo desparejo, Dainez podía dejarse guiar por sus pasos como quien se sigue
para averiguar qué quiere.
Al pie del zigurat se extendía la obra que lo había provisto.
Habría debido ser un polígono de industrias militares, pero algún
defecto de proyección, que a Dainez le gustaba considerar una victoria de la
zona, lo había atrofiado a medio hacer, y alguna máquina lo había
arrasado, y ahora era un despliegue de sierras enanas y valles tímidos, como
un bajorrelieve ofrecido al examen de un cielo sin habitante. Para la gente era un
simple baldío. A Dainez le gustó que los pies lo guiaran por ahí.
Los vestigios de los muros le llegaban a la pantorrilla; los proyectos de calle parecían
sendas de carreta, y en un charco ya antiguo una ranita cantaba el inestable pacto
entre el arrabal y el campo. Por otra parte era el camino más corto a su casa.
Pero los pasos lo llevaron al quiosco de Vertorio. Dainez se alegró, porque
de todas las personas que podía encontrarse Vertorio era la menos capaz de afearle
las mañanas; con suerte le llegaba a avivar los nervios. Revistas nuevas o diarios
un poco viejos, cuadernos, muñequitos, maníes, fármacos, lotería,
café de filtro y sachets de vino: Vertorio estaba con su stock como una mercancía
más, bajo el techo acanalado, pero detrás del tablero de fórmica,
entre postes de aluminio, sugiriendo que no le hubiera molestado venderse pero prefería
morir en su silla plegadiza. Cuando llegó Dainez, en una cocina de camping,
cosa insólita, se calentaba una olla de aceite. Vertorio, con delantal blanco,
manipulaba una espumadera sin mover mucho los ojos del partido de tenis que proyectaba
su consecuente televisor. Un público bastante numeroso incitaba a la mujer de
Vertorio a que pusiera a freir unas bolitas de masa amarillenta. Dainez eligió
un diario actual, lo enrolló y se lo metió en el bolsillo del anorak. Cuando
iba a dejar la moneda en el plato, Vertorio le dedicó la sonrisa fruncida que
era su gesto de indulgencia. "¿Un poco de mierda impresa para empezar la
brega?", dijo. "No, si no lo leo. Me gusta tenerlo", dijo Dainez palpando
el diario: "¿Está mal?" Vertorio levantó una ceja hacia
la tele. "Mire el efecto diabólico que le da ese muchacho al saque. La
pelota le sale torcida come debe ser la mente de él." Echó atrás
el cuerpo para que su mujer derramara bolitas en la olla. Instigada por el vaho,
la clientela crepitó más que el aceite, quizá no tanto. "¿Qué
es eso?", preguntó Dainez. "Les decimos borlangos, señor",
dijo la mujer. "Sí", comentó Vertorio: "Inventos de uno
para creer que sale de la roña." Desafiando la impúdica expectativa,
Vertorio rescató un borlango y se lo ofreció a Dainez en un pedazo de diario.
Un señor defraudado le dio un codazo tan íntimo que por poco se lo arrebata.
"Va a ver, son una barbaridad." Dainez husmeó el aroma a manzana o
vainillina, dio un mordisco y, si no sintió la quemazón, fue porque esa
pasta de cubierta esponjosa y corazón crocante le regocijó la boca. Extasiado,
el paladar se le amplió como si con el sabor esquivo pudiera alojar todas los
desconciertos de la zona, o aliarse con la zona para disolver el cuerpo en una borrasca
de energía. En un santiamén se lo había comido todo; estaba perplejo
y la lengua le exigía otro borlango. En seguida. Cuando logró recobrarse
la gente ya se alejaba con cucuruchos llenos. Detrás iban los niños. La
mujer se encogió de hombros, contando monedas. El enjuto, canoso Vertorio había
vuelto a reclinarse en la misantropía que Dainez no soportaba y estaba mirando
una carrera de trineos en alguna montaña. "¿Qué le pareció?",
preguntó de perfil, mordiendo un palillo. "Bastante pasable", dijo
Dainez: "Como para bajarlo con café." "¿Ve? Así vendo
dos cosas. Es todo una trampa." "No le creo." Vertorio le disparó
una sonrisa patibularia: "Como quiera. Sólo vale la pena lo que está
muy lejos y es tan hermoso que ya no importa. Mire esos trineos, mire cuánta
velocidad entre la nieve..." "... momificada", se le ocurrió
decir a Dainez. Todos los rasgos de Vertorio se alisaron, como si desde la altura
del escepticismo hubiera caído una guillotina. "No crea que me molesta
refregándome mi ignorancia. Usted ha aprovechado el tiempo. Sabe hablar. Yo
nomás miro deportes." Dainez buscó un gesto que arrancara a Vertorio
de la abyección donde fingía regodearse. Pero la mano que iba a llevarse
a la calva chocó, y Dainez dio un respingo, contra una masa baja, encorvada,
en movimiento huidizo. Era un cuerpo, sin duda, y la sucia continuidad de piel, lona
y lana no le escondía la juventud. Era incluso una persona. Apoyando el pecho
en la fórmica sacó de las mangas diez dedos como nabos con puntas de piedra.
"Café, dueño, cafecito", le dijo a Vertorio. Dainez observó
el cuidado con que las manos protegidas por trapos asían el vaso de plástico,
los juiciosos sorbos de la boca de cuis. Un ojo del chico atendía al café;
el otro, estrábico, descolorido, admiraba los colores de la tele. "¿Un
borlango, Justín?", le ofreció Vertorio. El chico dejó el vaso
y dio unos saltos. "No no. Ocupado, dueño, ocupado. Ya me pianto."
"Te doy un par para que te lleves." "Y buen, dueño, si vienen",
dijo el chico. Pagó el café, guardó los borlangos en una alforja rotosa
y se perdió en el baldío. "La persona más atareada del barrio",
le dijo Vertorio a Dainez: "¿Lo conocía?" "No. ¿Qué
hace?" "Vive ahí, en el campito donde estaba el cementerio."
A Dainez el dato le pareció interesantísmo, no sabía por qué,
y por lo tanto no lo confesó. "Yo también me voy a trabajar",
dijo. Vertorio hizo chasquear la lengua: "Ja. Mentira." Por mucho que Vertorio
lo irritara, a Dainez la conversación le había parecido muy estimulante.
Fue hasta su casa, jadeó en la escalera, se sentó al escritorio y sacó
el grabador. "Martes", le dijo al micrófono. "Vertorio inventó
unas masas fritas que al parecer se venden mucho. Se llaman borlangos y, pienso yo,
el aroma delicioso que tienen es una estrategia de la zona para asfixiar la antipatía
de ese sujeto." La vieja silla encontrada en el zigurat ya se desvivía
por torturarle el coxis y los riñones. Dainez se masajeó un rato. Miró
las inexpresivas paredes de su pieza. Acercó la estufa. Puso los pies sobre
la esterilla. Encendió la computadora.
Aunque a muchos matemáticos les hubiese costado explicar a un lego en qué
consistía el trabajo de Dainez, ni la explicación era tan difícil
ni Dainez habría reuído simplificarla, incluso hasta la tergiversación,
porque tergiversar el sentido de su trabajo era una buena manera de aguantarlo. No
obstante nadie le pedía explicaciones y para uso privado, terreno donde mucho
debía explicarse, Dainez prefería la claridad lúgubre y compleja.
Más allá del jirón de barrio donde él veía una zona rara,
sobre la brumosa expansión de la ciudad y las ciudades, entre parajes que fulguraban
con la opulencia de las decisiones, es decir entre ámbitos tan altos, tan determinantes
que sus decisiones no afectaban la remotísima vida de los barrios, por eso la
zona podía manifestarse, circulaban mensajes. Cargadas de información,
opiniones, órdenes o sugerencias, esas ristras de palabras trazaban órbitas
vertiginosas en torno a los núcleos humanos más absortos en la vida cotidiana,
formando leves crisálidas que no abrigaban a nadie ni Dainez había visto
en su vida. A los emisores de mensajes les encantaba contemplar la crisálidas
desde las pantallas de sus computadoras; en cambio los aterraba que sus mensajes,
que al parecer valían mucho dinero, fueran interceptados por destinatarios inadecuados.
Por eso en el mundo de la información valiosa había códigos personales,
claves sin las cuales ciertos mensajes no podían leerse. Había, es más,
empresas que ideaban códigos invulnerables y los vendían a receptores ambiciosos
como se podría vender un disfraz de titán a un hombre de por sí arrollador.
Esos códigos eran números.
Cada interesado en guardar la intimidad de su correo electrónico
compraba en realidad tres números. Uno era compuesto, o sea producto de dos
primos, y estaba a disposición de quien quisiera enviarle un mensaje. Los otros
dos eran los factores del primero y sólo los conocía el dueño. El
número público habría podido ser el 91; los secretos, 13/7. Multiplique
y verá, habría dicho Dainez. Pero como millones de escolares están
en condiciones de calcular los factores de 91, y miles de matemáticos los factores
de 104.385, las empresas que vendían códigos criptográficos inventaban
números muy largos. Más largos que tenias. Más que insípidas
serpentinas. Un número primo es divisible sólo por sí mismo y por
la unidad. Lo difícil no era encontrar números exorbitantes, claro, sino
dos primos muy largos. No obstante lo conseguían. Una empresa había comercializado,
por ejemplo, el número 114.381.427.566.902.145.362.562.561.879.623.209.902.
417.026.733. 123.290.541.111.888.669.431. Descubrir cuánto había que multiplicar
por cuánto para obtener ese número de sesenta y nueve cifras era muy arduo,
aunque no imposible para alguien empecinado en interceptar mensajes ajenos. De modo
que otra empresa ofrecía un número de 135 dígitos, y otra más
uno de 150. Los cálculos necesarios para encontrar los factores de un número
de 150 dígitos, esas dos piezas secretas inscritas en un chip, habrían
demandado un millón de cuatrillones de años. Tiempo de sobra para comerse
varios borlangos. El consorcio para el cual trabajaba Dainez no vendía números
secretos. Practicaba el negocio igualmente lícito de reventarlos. Se llamaba
Senthuria, y comprendía muchas empresas de la industria, las letras y el espectáculo,
en un espectro angustiosamente diverso. Senthuria no era tan paciente como para invertir
un millón de cuatrillones de años en reventar un código secreto, por
enormes que fueran las riquezas de información a encontrar. Pero le había
comprado a alguien un sistema, llamado criba ortogónica, que permitía factorizar
números muy grandes con poco esfuerzo. Gracias a la criba ortogónica se
podían dividir los cálculos en miles de porciones manejables, y en cada
porción Senthuria ponía a trabajar un calculador con una buena computadora.
En este punto, de haber despertado la curiosidad del oyente, Dainez se habría
reído. Ni criba ortogónica ni janfros en birloche; pamplinas. A él
lo habían reclutado para que encontrara números primos lo más largos
posible que iban a aumentar el tesoro inquisidor de Senthuria. Tenía un programa
especial para seguirles el rastro, oficio matemático y buena muñeca o inspiración.
Tenía además herramientas lentas y tradicionales, como los métodos
de Eratóstenes o de Fermat. A Senthuria le daba lo mismo cuánto tardara:
le pagaba por número y según la cantidad de dígitos. En un mes de
suerte Dainez podía encontrar cuatro números primos de más de trece
cifras y así cubrir el alquiler y algo de comida; aunque no todos los números
eran primos sin ninguna duda, la máquina que los ponía a prueba era todavía
algo lenta; y la administración de Senthuria no regateaba. Dos cosas enternecían
a Dainez de la rutina que lo ataba a una silla torturante. Una era que los métodos
para corroborar la primalidad de los números primos fueran tan inciertos. La
otra, que como ahora, después de cinco horas de cálculos, podía ocurrir
sin aviso en el satén de la pantalla, era el surgimiento de un número primo.
Singular, sintético, imposible de descomponer, chato y tendido como una boa
repleta de sí misma, entera novedad, ahí estaba: 61.469.201.191.619.028.375.
Integrado al aura del descubrimiento, Dainez se impidió calcular cuántos
pollos o gramos de sal valía. Como la zona, el número palpitaba; y era
tan extraño que daba una tenue náusea. Dainez le contó esta impresión
al grabador. Después descolgó el teléfono y llamó a Pérez,
el supervisor. "Creo que hoy salió uno. Veinte dígitos", dijo.
"Me alegro, señor Dainez. Si me trae el diskette se lo facturo para este
mes", dijo Pérez, un hombre cansino, rechoncho y educado. Dainez estuvo
mirando el número hasta que, lo esperaba, le entró dolor de huesos y miedo
a ponerse triste. Salió a dar una vuelta.
Inédito © 1997 Marcelo Cohen.
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