MARCELO COHEN

 Aspectos de la vida de Enzatti (IV)




...viene de


23 años

Era una mañana de otoño, porque había hojas mojadas en las baldosas del pueblo, y había dejado de llover cuando Enzatti entró al banco con el paraguas cerrado en la mano. Mientras hacía cola para cobrar el cheque redujo el paraguas y lo estuvo apretando como si fuera una porra, asombrado de sí mismo, antes de meterlo en el maletín, entre el diario y los folletos del laboratorio y las muestras gratis de visitador médico, asombrado de que la mano necesitara apretar algo arrojadizo o contundente, algo que consumara una descarga. Y fue porque estaba enfrascado en el asombro que no vio cómo el tipo ése entraba, bufando, desorbitado, y llevándose por delante a una mujer con bolsas de mercado, a un pelirrojo de impermeable, se colaba en la fila a codazos. Además del mostrador y la ventanilla, entre el cajero y el tipo había una enfermera que acababa de recibir su dinero, contándolo, y dos clientes más entre el tipo y Enzatti, que ahora por fin se despertaba. El director de la sucursal hablaba por teléfono en un escritorio. El tipo raro empujó a la enfermera, desinteresado de los billetes que la chica había guardado en el bolso, y de una riñonera sacó un Strom 47, ese revólver extravagante y no la escopeta que tenía metida en el cinto, bajo el gabán azul mojado, y que Enzatti acabó por ver claramente cuando el tipo, con un giro experto, abarcó a todos los clientes con el caño brillante antes de darle varias órdenes al cajero. Con la escopeta, cada vez más intimidador, rompió el cristal de la ventanilla. Se hizo abrir la puertita, apiñó a los clientes del otro lado del mostrador, cortó los cables, puso al cajero y al director contra la pared para explicarles cómo quería recibir el dinero, pero sólo después de disparar a los pies del pelirrojo les gritó a los demás que se tiraran al suelo; era admirable la desenvoltura que tenía y pavoroso cómo le temblaba la mano que empuñaba el Strom. La escopeta la usaba para golpear, aunque si algo persuadía era la voz: neutra y temeraria, no rencorosa sino sólida y natural y múltiple como una granizada, y al mismo tiempo un poco triste. Enzatti iba a recordar esa voz, el medio tono nunca truculento, como un poder más que nada organizativo. Menos de tres minutos habían pasado y ese tipo estrábico y felino, con las comisuras blancas de saliva seca, había impuesto su cálculo a siete personas, optimizando la violencia, y sin ocultamientos ni exhibiciones estaba por recibir todo el dinero que hubiera en la sucursal. Pero como entonces llegó uno de los patrulleros del pueblo, y el policía que iba a entrar al banco vio el cristal de la puerta agrietado de golpe por un disparo, al rato había un cordón de cinco agentes en la vereda, sirenas ululando y un jeep del ejército. Entretanto se habían cruzado gritos. El tipo había avisado que los dos empleados y los cinco clientes eran rehenes. El director, convertido en mensajero, transportaba increíbles términos de negociación. El pelirrojo del impermeable, por neurasténico, se había ganado un par de bofetadas. Pasaron tres horas. Ni una mujer que en ese lapso se hubiera enamorado locamente de él, tanto como para perder varias nociones de realidad, habría creído que el tipo iba a poder escaparse. De haber existido alguien que lo esperara en un coche, seguramente se habría hecho humo. Y que él mismo olisqueaba la derrota se notó en las confesiones que decidió hacer, mientras todos comían unos tomates repartidos por la mujer de las bolsas de mercado. Enzatti sólo iba a recordar lo sustancial de esas confesiones: la experiencia del tipo en uno de los adversos ejércitos de liberación que habían controlado varias zonas del país durante varios años, y la exasperante búsqueda de trabajo después de que los dos ejércitos hubieran entregado las armas al gobierno democrático. Una búsqueda inútil para alguien que, de tanto hacer la guerra para instaurar la democracia, no había podido aprender ningún oficio. Fue cuando contaba una parte tenebrosa de esa historia, un tramo que Enzatti olvidaría quizá porque era menos llamativo, cuando el tipo pisó un pedazo de tomate que él mismo había tirado al suelo. Mientras caía soltó el Strom 47. El disparo que se escapó del revólver le arrancó al gabán azul un pedazo de hombrera. El tipo intentaba incorporarse para empuñar bien la escopeta, y el revólver giraba en las baldosas. De los siete rehenes Enzatti no era el que estaba más cerca, pero de todos modos estaba a menos de tres metros y aún tenía el maletín en la mano. Lo levantó, lo revoleó y se lo asestó al tipo en el hombro con una fuerza que, curiosamente, siempre pensaría que le había dado el desasosiego. Otro rehén pateó el revólver, y otro la escopeta que el tipo había soltado. Pero la pregunta que Enzatti iba a volver a hacerse no sería nunca cómo se había atrevido a dar ese golpe, sino por qué inmediatamente, cuando el tipo ya se había derrumbado y alguien lo estaba apuntando con el revólver, él, Enzatti, había vuelto a pegarle con el maletín, ahora en la cabeza, con la misma fuerza. En realidad, la parte del maletín que esta vez había dado en la cabeza del tipo había sido el canto, y sobre todo una de las rinconeras metálicas. Cuando se lo llevaban al tipo, menos de un par de minutos después, había tenido tiempo de ver el pegote de sangre y pelo sucio en la coronilla, quizá un poco más abajo. A Enzatti le costó tan poco descubrir por qué había dado el segundo golpe, que por mucho tiempo se tuvo miedo y repugnancia; menos fácil, sin embargo, era explicarle la razón a los demás. No sólo porque Enzatti no era elocuente, sino porque los demás querían la anécdota, no su interpretación. Y hasta de la anécdota se cansaron con el tiempo, por mucho que a Enzatti le costara sobrellevarla y quisiera discutirla cada vez que podía; porque la realidad estaba llena de hechos macabros. La realidad era una noticia macabra en sí misma, había miles de niños viviendo en cloacas, nuevas enfermedades, a todo el mundo le habían acercado alguna vez una navaja a las costillas, y hasta el mismo Enzatti tuvo que aceptar que una gran diversidad de horrores virtuales era más soportable que la pregunta por un solo horror repetida hasta el tedio.

42 años


El hombre que Enzatti oyó gritar y ha ayudado a salir del agujero es musculoso, cincuentón, con el cuello un poco abultado por el bocio y una calva discreta. Resopla, no porque esté cansado, sino porque no encuentra razón o blanco para la amargura.
   Un rato después, mientras fuman en la penumbra sentados en cajones, Enzatti debe reconocer que el hombre es aburrido, tirando a dogmático, pero afable. Habla, el hombre, de que cuando se está en la situación en que él estuvo hasta hace un rato, siempre se sabe que a la mañana siguiente, a más tardar, la cosa va a solucionarse; pero que de todos modos cuesta mucho esperar. Comenta, y lo comenta como si se hubiera caído muchas veces en el agujero, como si lo practicara para acostumbrarse, que ahí abajo uno piensa en lo mucho que se preocuparía la familia si supiera lo que pasa.
   Primero uno grita, dice el hombre. Pero en seguida empieza a no saber si tiene o no que gritar. Porque es de noche, y la gente está durmiendo, y total a la mañana lo van a rescatar, eso se cae de maduro. Pero después uno se pone nervioso y vuelve a gritar. Lo que a él le impidió gritar demasiadas veces fue darse cuenta de que no se había roto nada físico.
   Y aclara que si no se rompió nada, ninguna costilla, es porque en otro tiempo fue luchador. Era especialista en lucha grecorromana. Es evidente que un luchador tiene que ser perito en caídas. Y además él no sólo hizo lucha grecorromana; durante unos años viajó con una troupe de cachascán, maquillándose de japonés y haciéndose pasar por campeón de sumo.
Enzatti piensa que no es él el único que esa noche sintió el regreso de lo olvidado. Aunque probablemente el hombre nunca haya olvidado lo que le está contando.
   Según el hombre, lo más de la situación en que estuvo era que, en algunos momentos, no sabía si se quedaba callado por no despertar a los que estaban durmiendo, porque sabía que nadie iba a oírlo, o porque temía que nadie fuera a sacarlo aunque lo oyese. De a ratos, además, prefería estar callado porque el grito retumbaba entre los coches y volvía planeando hacia él, como si quisiese aplastarlo.
   De todos modos, le dice a Enzatti, se lo agradezco mucho.
   Fuman.
   No queda mucho que hacer. Además Enzatti quiere irse porque la voz del hombre, cada vez más vigorosa y formularia, se vuelve espesa en la oscuridad del garaje, se alía con el olor a gasoil, incluso con el olor del sudor del hombre, y aplaca los sonidos que, aunque castigados, mantienen la insurrección en su cráneo.
   Se despiden. El hombre, que es el sereno del garaje, da alguna explicación más mientras, en vez de acompañarlo hasta la entrada, se mete en la oficinita. Escapando de la solidez de esa voz, Enzatti busca rápidamente la calle. Algunos momentos tocados por el grito afloran todavía en el barrizal de lo negado. Sonidos díscolos chocan entre sí, confundidos.
Lo importante, piensa Enzatti mientras apura el paso por la vereda, es que la claridad no los mate. Pero este razonamiento es artero: Enzatti sabe muy bien, ahora que el cansancio lo ataca en las rodillas, en los codos, que lo que le ha sucedido no es aclarable. De todos modos lo alivia que el silencio haya vuelto a inundarse de niebla, tanta que, empieza a prevenir, le va a dar bastante trabajo embocar la llave en la cerradura.
   Un rato después está en la pieza, desnudo, ocupando su mitad de la cama. Celina sigue durmiendo. Enzatti oye el rumor nada esquivo de la respiración de ella, la mira en la oscuridad violácea y deja de oír. Todo menos el recuerdo del grito, multiplicado y vibrante, como una síntesis artificiosa de todas las noches.


"El fin de lo mismo", de Marcelo Cohen, fue publicado en 1992 por Anaya y Mario Muchnik, Madrid y Alianza, Buenos Aires. ©1992 Marcelo Cohen.

 


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