MARCELO COHEN

 Aspectos de la vida de Enzatti (III)


...viene de


42 años

Sentado en el tronco del jacarandá, sintiendo la corteza en las nalgas, el pantalón viscoso y arrugado con la humedad de la noche, Enzatti especula. Supongamos que estuviera al lado de una laguna, que sin haberse dormido tuviera sin embargo los ojos cerrados; que persuadido por la levedad del aire, por que sería verano y la hora de siesta, dejara caer la mano, la hundiera en el agua; y que la balanceara, abierta, indiferente, nada más de sentir la resistencia, la frescura; y que sin motivo importante, por las puras ganas mover los músculos, de golpe decidiera cerrarla, o que la mano se cerrara por decisión propia, despacio; y que cuando el movimiento fuera a completarse no lo consiguiera, que la palma no pudiera encontrarse con las uñas; porque en la mano, cerrada pero no del todo, había aparecido algo; que de pronto, sin habérselo propuesto, la mano apretara, resbaladiza y palpitante, una trucha. Entonces, en un momento así, piensa Enzatti y le parece sentir la trucha en la mano, él sería la mano y la trucha y el estanque, el aire y la hora de la siesta, y el verano y el bronco del árbol en donde estuviera apoyado, y la hoja más alto de ese árbol y el sol reflejado en el dorso de la hoja, y los colores de todo.
   En los armónicos del grito que expulsó a Enzatti del centro de la noche también cabe la visión de un momento así. También un momento así sería inexplicable, rídiculo, y no por eso lúgubre como esta noche.
   Esta idea parece detener por un instante el alud de recuerdos que amenaza caerle encima. No mitiga la angustia de Enzatti, pero la vuelve tolerable.
   Lo que zumba en el cráneo de Enzatti y lo conmueve, y lo debilita, no es solamente lo olvidado que regresa. Es lo desconocido.
   Enzatti se siente frágil y más frágil aún le parece la noche, de modo que responsablemente evita moverse. La inmovilidad se expande; engloba la intemperie, recubre los yuyos, los edificios, las baldosas rotas, los coches como saurios dormidos en la no lejana penumbra de un garaje, en una suerte de fijeza cristalina; y cuando todo parece alcanzar el clímax de la quietud, cuando todo en la noche parece inverosímilmente real, a su manera eterno, eso que reparte la quietud da un paso atrás, el nudo de la persistencia se desata y a los ojos de Enzatti las cosas empiezan a deshacerse. No es, claro, que se derrumben; pero se estremecen, como vuelven a vibrar ahora los armónicos del grito en el cráneo de Enzatti, y la humedad les resta solidez. Lanas de un malva oscuro borronean la mole del edificio de enfrente. Donde hasta hace un rato había un semáforo se ve un hinchado nimbo verde, luego un guiño dorado, después nada. ¿Será posible que el barrio se esté cubriendo de niebla, se pregunta Enzatti, o es lo olvidado que vuelve en mortaja de humo?
   Del farol que en la esquina cuelga sobre el pavimento, en una encrucijada de cables invisibles, se derrama una agónica claridad de magnesia. Se balancea solo el farol, porque no hay viento, como para esquivar unos flecos de niebla negroide. Cualquier cosa que pueda oírse, grillo o ambulancia, Enzatti la tiene vedada, no sólo porque el eco del grito le sigue atareando la cabeza sino, sobre todo, porque está absorto en la espera. Ve cosas determinadas, sin embargo, y lo que ve ahora es, a unos treinta metros, donde el muro incrustado de vidrios que limita el baldío se interrumpe en la acera, un pliegue en las ondas malvas de la niebla. El pliegue se acorta y se ensancha, se redondea, se entumece e irrita como una herida mal cosida y, rezumando una rebaba blanquecina, revienta para crear una silueta roja.
   Es una mujer. Lleva una especie de batón, o un arruinado vestido de noche de un bermellón sucio, algo gravoso para el color que hace, y en la cara una dureza atónita, como si acabara de atacarla alguien que a la primera resistencia se hubiera desvanecido. Colgado del hombro izquierdo, un bolso de lona le agobia el cuerpo; en la mano derecha lleva un palo.
No mucho más se ve de la mujer en la oscuridad del baldío, ahora que bordea el muro, corta la niebla y se interna en la cizaña. A Enzatti no lo ve o quiere ignorarlo, aunque más bien parece que no lo ve, y es comprensible, porque entre ese muro y el jacarandá caído media toda la extensión del baldío, que no es poca. La mujer tropieza con algo, se tambalea, el vestido se le engancha en un cardo, ella aparta las ramas con el palo. Casi borrada ahora por las matas y los vahos, se agacha junta a los restos de un pilar de mampostería. Después de estar un rato trabajando, metiendo cosas en el bolso, resopla o se queja, hasta que penosamente vuelve a incorporarse. Cuando la cara surge entre las matas, parafina mojada, los labios se estiran un poco, y al mismo tiempo los pómulos se hinchan como si la mujer fuese una medalla que quiere cobrar espesor.
   Enzatti piensa que la mujer necesita soltar un sonido y no puede; lo nota en la mueca, en el fastidio con que blande el palo, como si estuviera furiosa o decepcionada. Y al mismo tiempo se da cuenta de que en ningún momento se ha preguntado, él, si la voz que lo sacó de la coma era de hombre o de mujer. No lo sabe, pero no se lo ha preguntado; y ahora quiere recuperar la memoria del grito y no puede.
   Pegada al muro, bufando bajo el nuevo peso del bolso, la mujer vuelve hacia la acera. Súbitamente convencido de que fue ella quien gritó, Enzatti decide despegarse del jacarandá. Mientras se levanta, desesperado por alcanzar a la mujer, tiene una conciencia abundante del movimiento, de su propio progreso lento, como si estuviera hundido en gelatina. No dura mucho esta torpeza, aunque lo suficiente como para que la mujer le saque una buena ventaja; y con la distancia aumenta la ansiedad de Enzatti.

36 años

Media tarde. En una calle de aceras anchas, de baldosas partidas por las raíces de árboles viejos, apoyado en un pasto solitario Enzatti esperaba un ómnibus bajo una llovizna pesada, rumorosa, opaca como limaduras de hierro. Venía de vender una partida de los vestidos de mujer que fabricaba, en otro barrio lo esperaba otro cliente, y quizá no estuviera pero se sentía muy apretado de tiempo. Le molestaba, además, que no se le ofreciera a la vista nada interesante, y además Enzatti no era de los que veían con facilidad. Pero entonces vio algo. En la misma acera donde estaba parado, al volver la cabeza, vio, bajo la luz verdegrís, una escalera de aluminio apoyada en la pared de un balcón clausurado por peligro de derrumbe. La información la daba un cartel colgado de un balaustre del balcón: Peligro de derrumbe, decía; pero esa elocuencia tajante no alcanzaba a atenuar la ridiculez de la escalera, la soledad, la aflicción que de pronto dejó a Enzatti casi sin resuello. El ómnibus no llegaba. La llovizna se iba acumulando, al parecer, en los peldaños de la escalera, y aglutinada se precipitaba en gotas gruesas cuyo destino Enzatti no alcanzaba a ver, porque el pretil del balcón se lo impedía. La eme de derrumbe estaba descascarada, y Enzatti, incontenible, se preguntó qué sentido tenía eso, el balcón en peligro, la escalera abandonada, y se lo preguntó porque no habría podido tolerar que la aflicción que sentía fuese gratuita. A pesar de todo había, como un campo magnético, una calma apabullante alrededor de la parada, y alrededor de él; aunque quizá fueran la escalera y el rumor metálico de la llovizna lo que exigía un sentido para el momento. En la vereda de enfrente, sobre la marquesina de una farmacia, un reloj digital marcaba las dieciséis y veintitrés. Enzatti se concentró, muscularmente inclusive, en los números formados de puntitos de color púrpura. Cuando el último dígito cambió de tres a cuatro, en un paroxismo de discreción, los músculos del cuello le dijeron a Enzatti que, si se giraba a mirar la escalera de aluminio del balcón abandonado, iba a tener una revelación. De modo que Enzatti se giró, y la tuvo. La revelación era que todo seguía desaforadamente igual, como si en el salto del tres al cuatro en el reloj digital se hubiese concentrado la indiferencia entera de la eternidad. Los vetustos árboles de la calle se agitaron un poco, quizá por el viento, y Enzatti olió mezclados hedores de fragua y de quinina. El cuerpo se le expandió, dispuesto a enfrentarse con el ómnibus que ya se acercaba. En lajactanciosa inmovilidad de la tarde, el ómnibus representaba por fin el consuelo de una dirección, el ómnibus era el sentido, algo que transportaba, aunque a lo mejor a otro punto del reposo o la tristeza. Pero Enzatti no lo recibió con alivio, no entró con toda la decisión necesaria en la lógica de los cambios e intercambios, pagarle al conductor, recibir el boleto o empujar un poco. Enzatti pensó que la escalera de aluminio le había ofrecido cierta intimidad con lo inalterable, lo porfiado, lo que no significaba nada. Dos días después, meditando todavía, se atrevió a escribir un poema humorístico:
   Adiós,
   momento.
   Me gustaste porque eras lento y, cuando ya
         [te alejabas,
   con sólo mover la cabeza pude verte un
         [poco más.
   Ahora que cavilo,
   me acuerdo de que eras rubio, escarpado, con una como leve pelusa exterior
   y un poderoso aire de lamelibranquio. Lo que no sé bien
   es qué llevabas adentro.
   "Me cuesta creer que sea tuyo", le dijo su amigo Bránegas cuando Enzatti le enseñó el poema. Se sabía que Bránegas no era indiferente a la lírica, por mucho que prefiriese las novelas, y que si la eludía era sobre todo por envidia. Enzatti sintió una tentación mayúscula: decirle que efectivamente el poema no era suyo sino un don otorgado por el momento aquél; que en cierto modo el poema se había escrito solo. Era lo que pensaba, además. Pero en vez de eso le agradeció a Bránegas el comentario, porque lo consideraba un elogio, y guardó el poema en una carpeta esperando volver a encontrarlo en el futuro, de tarde en tarde, como una anomalía persistente, irremediable.

42 años

Tropezando él también con ladrillos, con botellas, Enzatti sale a la acera detrás de la mujer. A unos treinta metros el vestido bermellón se hunde en la bruma como una amapola en los vapores de un cráter, leve, final, envuelto en burbujeos, decidido a llevarse el grito que Enzatti necesita interrogar porque guarda recuerdos suyos, revelaciones. Y Enzatti, pesado de somnoliencia, intenta apurar el paso como si tratar con esa mujer, ayudarla si cabe pero sobre todo preguntarle por qué gritó, pedirle que grite de nuevo, fuera el único deber decisivo que ha tenido en muchos años. Uno detrás del otro, distanciados, cruzan los dos la calle. El hecho de que la mujer haya empezado a usar el palo como bastón no la vuelve más lenta; al contrario. Enzatti llega al garaje de la otra acera cuando ella ya lo dejó muy atrás.
   Y en eso se vuelve a oír el grito. El grito que casi una hora atrás lo arrancó del centro de la noche.
   Enzatti se para en seco ante la entrada del garaje.
   Como la botella de champán contra el casco del paquebote, el grito se hace añicos para que la masa de la noche resbale cansinamente hacia la realidad. Y aunque no deje de haber muchos ecos en el cráneo de Enzatti, los ahoga la inmediatez casi cínica que cobran las baldosas, las manchas de gasoil en el peldaño de de la entrada del garaje, el olor del gasoil, la bruma que empieza a disiparse entre los plátanos, y claro, el grito que ahora insiste. Un grito de hombre, imperioso y expectante. Viene del fondo del garaje.
Ahora hay que vérselas con la reacción. El grito es de hombre; está al alcance de la mano, por así decir, en un punto de una oscuridad con forma y accidentes; es un llamado concreto; se repite como si hubiera detectado la presencia de Enzatti. El vestido bermellón de la mujer del bolso no se ha perdido de vista, porque la niebla sigue disipándose, pero está muy lejos y no puede importar más que un pañuelo encontrado en un zanjón. La noche se estanca; antes que un sistema, parece una clara papilla. Y mientras en el cráneo de Enzatti los armónicos revolotean, frenéticos, resollantes, cada uno acoplado a un recuerdo que quiere reivindicarse, a frágiles abalorios de tiempo, sobre el conjunto cae un estupor embarazoso que le es ajeno, cierto, que los sonidos combaten, pero que de todos modos los infecta de frustración.
   Ese grito que ahora le llega a Enzatti y sólo a él tiene un sentido demasiado preciso. Tan imposible es dudar como apartar el grito de las jerarquías del mundo, acá un pedido, allá una advertencia, o seguir pensando que era un mensaje de lo profundo, lo cenagoso y caótico, lo descomunal.
Y sin embargo es raro que el grito no se repita periódicamente y que la agitación de los armónicos en la cabeza de Enzatti, su ajetreo subversivo, vaya del arrebato a la indolencia, funcione por arrebatos. El grito, y lo que el grito despierta, es imprevisible. Es un grito humano real, no imaginado, al fin y al cabo, y Enzatti comprende que por eso no puede introducir una claridad complete. Si lo ha llamado, si lo ha expulsado del centro de la noche, no es para instalarlo en la claridad sino para presentarle diversas formas del enigma. De modo que Enzatti presta atención; y el grito resuena dentro y fuera de su cráneo, a la vez como un pistoletazo de partida y como un gong de culminación, y dice: Soy la noche, soy lo indiferenciado, puedo servirme de todas las voces y para mí cualquier voz es lo mismo. La noche es la madre de los gritos.
   Un gato. Un gato marrón se frota contra la sudada pernera derecha del pantalón de Enzatti, bastante erizado, como si dijera "a ver si callamos ese grito". El evidente maullido no se oye. Y Enzatti entra en el garaje. El gato prefiere quedarse en la calle.
   Adentro el desorden lo confunde un poco. Choca con una moto sin ruedas que se tambalea en su caballete, roza con la cadera el guardabarros de algo que, ignora por qué, mentalmente llama sedán. En general hay camiones, es un garaje grande y atestado, hay autobuses, rampas oblicuas, mientras las pupilas de Enzatti se acostumbran a lo que no es oscuridad sino penumbra, que se cruzan con otras rampas, la sugerencia de niveles inacabables, chatarra y Piranesi. Fugazmente Enzatti se pregunta por el valor de los colores en la tiniebla, pero aunque intenta reconocer los verdes metalizados, los grandes lamparones de herrumbre en carrocerías viejas, el grito le impide detenerse. Tal vez Enzatti, en realidad, quiera volver a la crisis febril de su cráneo, incluso al dulzor de la angustia.
   No puede. El grito lo dirige. Se define, además: voz robusta de barítono, algo lijada no por el tabaco sino por el uso excesivo, atisbos de nerviosismo crónico controlado por la maroma de los años.
   Al fondo, por fin al fondo del garaje, hay un compartimiento que debe servir de oficina, con tres tabiques de vidrio y aglomerado contra una pared de ladrillos. A la izquierda, un destartalado camión Reo parece que va a derrumbarse sobre una fosa de engrase. Enzatti tiene enfrente un pasillo que, por la luminosidad que se divisa al fondo, debe llevar a un patio. Pero el suelo está abierto, como por un derrumbe, y para seguir adelante hay que pasar por un puente de unos cuatro metros hecho con tablones. Los tablones están muy descentrados, uno ha caído en el agujero. Escéptico, Enzatti apoya un pie en el más fiable, que se ladea; y está tratando de afirmarse cuando una voz, la misma de toda la noche pero serena ya, cercana y fatigada, le dice que no hace falta que cruce. Es acá, dice. Estoy acá abajo.
La tarea de ayudar al hombre a salir es tan ardua como poco noble. Prueban con un tablón apoyado contra el borde del agujero, con una silla, un cajón y la mano de Enzatti, pero el hombre es gordo, probablemente está anquilosado, y encima es aprensivo. Al fin Enzatti encuentra una soga, siempre hay una soga, la ata al paragolpes de una furgoneta, arrastra y el hombre, agarrado a la otra punta, emerge, inexpresivo como un jabalí muerto en una trampa.

"El fin de lo mismo", de Marcelo Cohen, fue publicado en 1992 por Anaya y Mario Muchnik, Madrid y Alianza, Buenos Aires. ©1992 Marcelo Cohen.

 


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