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MARCELO COHEN
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Aspectos
de la vida de Enzatti (II)
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...viene de
42 años
En la luz enchapada del ascensor Enzatti evita mirarse en el espejo. Es cuando levanta
la mano para alisarse el pelo que el grito estalla de nuevo como una campanada (aunque
timbre de voz), embistiendo, reclamando, pero débil en fin, sometido por el
sunsún del ascensor. En la cabeza de Enzatti, de todos modos, sonidos adocenados
reaccionan caóticamente. El corazón se le contrae como si quisiera defenderse,
y con ese malestar Enzatti se apura a ganar la calle. A lo major esta última
vez fue el recuerdo del grito lo que oyó. A lo major, verdaderamente, no lo
oyó nunca.
Afuera, como todas las noches, la luz pública alcanza para
ver muy poco. La desquiciada geometría del barrio reverbera apenas en el sueño,
rechazando el peso de la humedad con la monotonía de sus balcones seriados,
sus pastos solitarios, con la fingida solidez de una clase media declinante. En la
esquina, junto al charco de luz de un farol, un bache muy largo parece una boca pasmada
en el asfalto. Enzatti enfila hacia la esquina del supermercado. Cuando llega se
sienta en el escalón de la entrada, mira la noche, el lejano semáforo de
la avenida, cierra los ojos y cree que dormita, pero al rato pasa un cache, ya ha
pasado, y él se levanta.
En la ochava de enfrente leves grumos de niebla se pegan a la base
de una garita de vigilancia. Es un tubo alto de base hexagonal y estaría vacía,
porque hace tiempo que los vecinos no contratan guardias, si no fuese por las palomas
que alguien deja encerradas y nadie ayuda a escapar. Los paneles de cristal blindado
relucen de mugre. Enzatti cree distinguir aleteos, pero no los oye.
Como no tiene pañuelo se seca el cuello con la mano. Cruza
la calle.
Treinta metros más adelante por la misma calle empiezan los descampados donde
ya nadie quiere construir o las obras, por deserción de la clientela, quedan
siempre inconclusas. Viguetas, cortafuegos y puntales desnudos afloran en la maleza
como vestigios de un porvenir atrofiado, y entre los sillares mohosos acampan a veces
los cirujas. Al lado de la tintorería hay un baldío que los chicos del
barrio mantienen limpio a fuerza de jugar a la pelota. Huele a tierra mojada de vino,
ahí, y extrañamente a madreselva, y Enzatti se sienta en el tronco de un
jacarandá derribado.
Hace un buen rato que el grito no se oye. Parece que no fuera a
oírse más.
Y sin embargo todo el silencio está colonizado por el eco
del grito, como si las resonancias partieran del cráneo de Enzatti y nada de
lo que Enzatti perciba, la huida de un ratón, un fósforo encendiéndose
detrás de una persiana, pudiera librarse de la revolución que los armónicos
del grito han desatado. De modo que Enzatti espera. Conoce momentos parecidos a éste,
tanto al menos como algunos de los sonidos que le enturbian el pensamiento: son,
todos juntos, el rumor de las preguntas que no pueden contestarse, un barullo que
surge cuando algo cae súbitamente sobre las explicaciones y las anula. También
es, ahora que se fija, la obstinada música del vacío.
Lo que Enzatti no sabe es dónde está el grito que la
desencadenó, y empieza a darse cuenta de que esta ignorancia lo asusta. Manteniéndolo
en vilo, el grito lo subyuga, y en la increíble persistencia de los armónicos
se van levantando no sólo preguntas sino también recuerdos. El grito duele.
El grito ha venido a expulsarlo del centro de la noche. A propósito, claro.
Con alguna intención. Basta ver que acá está Enzatti, aplastándose
mosquitos contra la mandíbula, solo con la lentitud del sudor en un baldío
tenebroso. El grito era y sigue siendo un llamado, tal vez una señal. Puede
que un desquite del propio cráneo. Es un grito que, además de levantar
bullicio, exhuma, quiere cobrarse algo, subleva.
Así que de pronto Enzatti se indigna. Si se sintiera más
ágil o despierto, si por otra parte ese malestar no le doliese en los músculos,
se levantaría de un salto y fumándose un cigarrillo volvería en seguida
a su casa, a su correspondiente mitad de cama. Pero no sólo las vibraciones
del grito lo tienen clavado al tronco del jacarandá, sino también la necesidad
de que el grito se repita y él pueda darle sentido, interrogarlo al menos. Le
preguntaría, si el grito se dejara individualizar, por qué lo ha expulsado
del lugar donde estaba hace menos de un cuarto de hora. Y mientras se le ocurre esto
aumenta la rabia, porque Enzatti, sentado en el baldío oscuro, en el silencio
cargado de olor a basura, a óxido y a cicuta, se da cuenta de que el grito lo
tiene maniatado.
Una luz se enciende y en seguida se apaga en el segundo o tercer
piso del edificio que hay enfrente del baldío. Es un edificio alto, el único
de la manzana, deshabitado en gran parte, flanqueado de talleres y depósitos.
Lo rodea el cielo opaco, amplias nubes de felpa. Enzatti espera. Se dice, se atreve
a decirse, que esto que le está pasando es demencial, en cierto modo vergonzoso:
adjudicarle a un grito alma e intenciones, convertirlo en señal, esa historia
de los armónicos, flor de ridiculez.
Titila una luciérnaga. Enzatti fuma, y la quietud de la noche
recibe las exhalaciones. No tarda en aplastar el cigarrillo contra un cascote.
Pero nada garantiza que lo ridículo sea falso, ni siquiera
inverosímil. Justamente porque no se puede explicar, lo ridículo es inobjetable.
Ahí está él esperando que alguien vuelva a gritar. Lo ridículo
está siempre acechando en las impecables interpretaciones que cada cual hace
de su actividad, sus planes, su trayectoria, y también en las versiones
que da del funcionamiento del mundo. Lo ridículo es amoral, pero no taimado
como las explicaciones. Y la verdad es que Enzatti tiene la cabeza atestada de sonidos,
que le cuesta tragar saliva, que está sentado entre escombros, en una madrugada
sin luna, nervioso y triste como si hubiera visto una navaja abriendo la pulpa de
la noche y descubierto, cuando esperaba ver gotas, que la supuesta pulpa era sólo
una tela y más allá del tajo no se veía nada, cuando mucho una pared
vacía, como si la noche fuera un cuadro. La verdad es que, en ese cuadro, Enzatti
oyó un grito, poco importa si en sueños o no, y que el grito no ha dejado
de hacer un trabajo, despertar sonidos que son momentos, exhumar recuerdos, y por
eso está obligado, sometido a esperar que suene de nuevo. Si el grito volviera
a hacerse oír, piensa Enzatti, le arrancaría del cráneo un sonido
terminante: una reminiscencia. Ese grito de mierda, ese alarido que lo expulsó
del centro de la noche. Y qué importaba que la noche fuera un cuadro, si también
era plácida.
Exhumar, la palabra exhumar, tiene una brutal fuerza alegórica.
De golpe Enzatti se imagina el grito con una pala en la mano, la pala de remover
tierra pedregosa. Lo ve entre las sombras del baldío, o se lo figura, entre
ladrillos y abrojos. Y entonces, mientras en su cabeza arrecia el clamor, mientras
el eco del grito, lerdo, súbitamente renovado, pone a temblar la corroída
consistencia del barrio, Enzatti termina de despertarse y reconoce, sin gestos ni
escalofríos finalmente reconoce, que el grito es un llamado del olvido, la señal
que todo lo negado lanza con partes de su materia antes de enmudecer y pudrirse.
Un día, comprende Enzatti, en vez de sonidos habrá hedores. Por eso el
grito maltrata, por eso llama y quiere persistir.
Enzatti se rasca las rodillas. Se las rasca demasiado, hasta que
las uñas quedan sucias de pelusa de los pantalones. No está seguro de merecer
este maltrato pero, como tampoco puede impugnarlo, como sabe que el maltrato ocurre
simplemente, que lo olvidado quiso volver y el grito no pudo contenerse, procura
decidir que el grito no es sólo una advertencia. Y puede que no se esté
engañando: junto con huellas de lo que cualquiera llamaría infame, con
lo repulsivo y lo simplemente inquietante, con lo amorfo y lo malformado y lo débil,
el grito exhuma otras marcas, los armónicos del grito levantan del erial
del cráneo ciertos momentos, incalificables, inmorales, no malos, mejor dicho,
amorales: momentos desprendidos del tiempo, apuntes de una disolución saludable.
Aunque ninguna palabra contenga ese sentimiento, o él esté demasiado nervioso
para encontrarla, Enzatti sabe de qué se habla a sí mismo, y el grito le
sigue vibrando entre las sienes.
Sin embargo ahora advierte que no está tan nervioso.
29 años
Era invierno, una noche del período más recóndito del invierno, y
probablemente una fiesta religiosa o patria pegada a un fin de semana, porque la
ciudad adonde Enzatti iba a visitar a Anabel estaba medio vacía, despejada de
urgencias más bien; y como esa tarde había llovido mucho, bajo el aire
renovado los edificios, las fuentes tenían un espesor cercano, una inmediatez
casi ofensiva, como si esperasen que los azorados transeúntes les pidieran permiso
para pasar. Y justamente eso fue lo que Enzatti le dijo a Anabel, no tanto novia
suya como amante continua: "Tendríamos que pedir permiso", le dijo.
"¿A quién?", dijo ella (y no ¿Para qué?). "Al
aire o a los edificios, para pasar. Es como si sobráramos." Anabel, que
caminaba aspirando ampulosamente el aire helado, contestó que no, al contrario:
a ella le parecía que esa noche todo la albergaba fácilmente, casi
como si no estuviera en la calle ni en ningún lugar, como si no tuviera espesor
ni consistencia. De pronto, entonces, al oírla, Enzatti giró la cabeza;
y aunque desde hacía varios minutos llevaba a Anabel del hombro, aunque había
estado sintiendo el hombro laxo de Anabel a través de la ropa de invierno y
con el hombro la contundencia del cuerpo entero, el torso al menos, en ese momento
no la vio. Lo único que vio, curvo en la luz de mercurio, horizontal en la transparencia
de la noche, fue su propio brazo solo; y si no lo dejó caer fue porque, aunque
no lo viera con los ojos, en la mano seguía sintiendo el hombro de Anabel. Cada
vez menos, no obstante, o con más dudas. Y no era sólo por el frío,
que insensibilizaba el tacto. Tampoco porque se acordara de que un año y medio
atrás, la noche que había conocido a Anabel, cenando con el jefe de zona
de la empresa que los empleaba a los dos, la había considerado un poco lenta
de reacciones, un poco vulgar y un poco reiterativa, tres objeciones que olvidaría
antes aún de empezar a quererla, y por lo tanto mucho antes de empezar a tener
miedo de perderla cada vez que, terminados los fines de semana, alguno de los dos
tenía que volver a su ciudad. Y tampoco por una trampa del asombro, como si
Enzatti sólo pudiera esperar que Anabel concordara con él o disintiera
ferozmente, y no que de vez en cuando inventara una opción, como quien mira
a los costados y alza el vuelo. No. Era, y en ese momento Anabel volvió a materializarse
junto a Enzatti, que la vigilaba de soslayo, por la certeza de que cuando llevaba
a Anabel del hombro, distraídamente, sabía menos que nunca de qué
estaba hecha esa mujer, en qué consistía ser Anabel, qué tipo de labores
físicas y mentales demandaba, cuántas operaciones de atención, composición,
coordinación, dominio, y relevo. El frío le mordisqueó los dedos,
que se hundieron en la franela del gabán de Anabel y reconocieron penosamente
el hombro. Enzatti quiso sentir, pero no podía por culpa de la ropa, el cosquilleo
del pelo de ella en el hueco del codo. ¿Qué pasaba si, absurdamente, alguien
que había tenido una idea de otra persona la perdía de repente? ¿Qué
pasaba si la gordura o el acolchado del pensamiento, que se multiplicaba con una
autonomía vertiginosa, lo alejaba del conocimiento del otro, de la otra? Muy
plausiblemente la otra desaparecía para ese alguien. Estaba, claro, la posibilidad
de conversar, algo que Enzatti y Anabel hacían casi siempre que no se estaban
tocando; variar las preguntas hasta que alguna le diera a ella la chance de mostrarse
de verdad y a él, por así decir, la de asimilarla; o viceversa. Pero aún
entonces algo de sustancia, algo de sustancia iba a quedar relegado, porque ya sabía
Enzatti lo precariamente que las personas se acoplaban a sus historias, qué
inacabable era el proceso de remiendos y adiciones, tanto que todo el mundo se daba
por vencido, aceptaba finalmente la inexactitud, y bien era posible que en esa pizca
de sustancia faltante estuviera la quintaesencia de Anabel. El ser, incluido en el
de ser un mechón de pelo color cerveza, la nariz curva y elegante como el asa
de una tacita, la clavícula, los humores, los sismos del corazón y los
sentimientos que el arte le adjudicaba al corazón, todo eso, en realidad, ¿dónde
se afincaba? ¿En ciertas neuronas, en distritos cerebrales? Sin duda no en la
materia, aunque existiera por alla, sino tal vez en la mente, algo tan impalpable.
Los sentimientos: vida psíquica, espíritu. ¿Dónde estaba Anabel,
la que indudablemente olía a mujer, lastimaba con uñas o insultos, la que
apretaba o se ausentaba?
Enzatti estornudó. "Un ruido de nariz", dijo entonces
alguien que no era la Anabel de diez minutes atrás, y lo dijo como si hubiera
estado oyendo el pensamiento de Enzatti, "un ruido de nariz no alcanza para
que un cuerpo esté presente. Un estornudo es apenas un síntoma, ¿no?
Una cosa demasiado poco expresiva." Enzatti se sobresaltó; de haber esperado
algo, habría esperado que Anabel dijera: Qué lejano te siento, o
quizá simplemente ¡Changós!, como decían en su ciudad
cuando alguien estornudaba. Casi en seguida le entraron ganas de llorar. Se dio cuenta
de que en la vida le iba a ser muy difícil llevar del hombro a otra mujer como
Anabel. Por eso, por nostalgia anticipada, dijo: "De acuerdo, pero te juro que
a medida que pase el tiempo me vas a conocer major." Les quedaba una cuadra,
porque iban al cine; y faltaban diez minutes para la sesión. En la calle deshabitada,
en el aire lácteo y crujiente, Anabel suspiró sonriendo y, mientras él
volvía a perderla de vista, acarició con una fuerza rigurosa la mano que
la agarraba del hombro: la mano de Enzatti. Era una buena oportunidad para besarla,
sobre todo en la boca, fría seguramente en las orillas, irreconocible en los
adentros, y con los ojos entornados espiar cómo reaparecía o aseguraba
que en ningún momento había dejado de ester. Pero Enzatti no la besó,
no en la calle, porque le molestaba la bufanda y desde la mañana se había
estado quejando de tener tortícolis. La besó más tarde en el cine,
con los ojos cerrados, llenos del brillo ofuscador de la pantalla.
"El fin de lo mismo", de Marcelo
Cohen, fue publicado en 1992 por Anaya y Mario Muchnik, Madrid y Alianza, Buenos
Aires. ©1992 Marcelo Cohen.
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