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MARCELO COHEN
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Aspectos
de la vida de Enzatti
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42 años
Bajo un espeso cielo sin luna hay un edificio, en el edificio varias ventanas abiertas,
aunque ninguna iluminada, y cerca de una de esas ventanas un hombre pensando que
ocupa el centro de la noche. Tiene los ojos abiertos, pero la mente en duermevela,
y a su alrededor la oscuridad incompleta se agita a veces enviándole reflejos
rosados o blancuzcos, atisbos de objetos que el hombre no intenta reconocer. Se llama
David Enzatti. Está acostado; no se mueve porque, si en cierto modo está
pensando, piensa que el sistema de la noche, sus equívocas armonías, dependen
de que él se mantenga en el centro. Enzatti se considera tranquilo; piensa o
siente que él articula la noche. Sudando un poco, lamido esquivamente por la
respiración de su mujer, deja que los ojos se le cierren. Una oscuridad más
absorbente le exige que no se abandone, y al mismo tiempo lo cerca y lo acuna.
De repente oye un grito.
Es violento, es largo, tiene algo de lata y aislamiento, no es
un grito vertical sino sesgado o parabólico. Oteando la oscuridad, Enzatti se
esfuerza por discernir si ha soñado en sus sueños o en algún lugar
del mundo, y mientras se arranca las gases de la duermevela el grito vuelve a oírse
y otra vez se le escapa: lo único que le queda es la angustia del eco en la
cabeza. Y el eco dice que el grito, por mucho que se haya repetido, no es de desesperación,
tampoco de pena, no es un grito de dolor ni de cólera ni de rabia. No es un
insulto, no es un gemido. No se hunde claramente en el silencio como el chillido
de un lirón, no le da peso al silencio, ni forma: lo fractura.
Es un grito, y cuando vuelve a hacerse oír Enzatti tampoco
lo escucha (sólo puede sumarlo al recuerdo porque está pensando), deliberado
y urgente. El grito de alguien que quiere que lo oigan gritar.
Y ahora Enzatti, inmóvil todavía en el centro de la noche,
lo tiene en la cabeza y no puede ignorarlo.
Por mucho cuidado que ponga en no despertar a Celina, que sigue
durmiendo, al sentarse en la cama Enzatti altera el sistema de la noche. La oscuridad
seccionada se ha puesto a girar en raros sentidos, y de la confusión nacen fuerzas
mañosas, arbitrarias, que lo atrapan. Enzatti y la estela del grito están
unidos a través de la noche como dos puntas de una grieta que corre entre escombros.
Pero la unión no es inerte, sino magnética o viva, u ocurre más bien
que Enzatti no soporta que el que ha gritado siga gritando.
La placidez se resquebraja. Enzatti se levanta, se asoma a la ventana:
una azotea con macetas, líneas de alquitrán en un techo, un gato se escabulle,
antenas y tanques en una atmósfera de nitrato de plata.
Se aparta de la ventana, domina el corazón, agarra de la silla
el pantalón y la camisa, se calza los mocasines y esquivando muebles apiñados,
pisando cajas y juguetes, encuentra en el pasillito un reducto donde vestirse. Después
cierra la puerta del dormitorio: Celina sigue durmiendo. Mientras se apoya en la
jamba de la otra puerta para pispear en el cuarto de los chicos, los ronquidos esporádicos,
menudos, le llegan flotando en la penumbra como partes de ese orden que el somnífero
que tomó no pudo terminar de construir. Hay ahora para Enzatti un ensueño
de olores infantiles, quizá un desvanecimiento, y antes o después del nuevo
grito la impresión de que un desequilibrio está por desintegrarlo; después,
seguramente, porque esta vez el grito le llega no sólo como un llamado sino
como una consecuencia.
¿Consecuencia de qué? Con el recuerdo del grito, que
sigue conmoviendo el aire, Enzatti se llena de rajaduras: como el esmalte rajado
de una cerámica entera. Pero no, no es eso.
A los tumbos va a la cocina, esquiva más objetos, tantea el
hacinamiento en busca de una servilleta y se seca el sudor. Se está preguntando
por qué no entró en el baño, cuando vuelve a oír el grito, más
enérgico o más impaciente, también más amortiguado porque no
hay allí ninguna ventana abierta, y entonces, en el resplandor que se filtra
desde el patio interno, entre la raya blanca que es el brillo de la cafetera y los
destellos de los mosaicos, le parece ver la cuerda arqueada del eco del grito, y
en su propio cráneo, como en un teatro fugaz, la recua de armónicos que
lo acompañan.
Todo sonido tiene sus armónicos, sonidos secundarios que lo
rodean y lo conforman; una grey discreta, opciones ocultas y quizás postergadas.
Un sonido es él y el racimo de sonidos simultáneos que arrastra o desencadena.
Eso dice la física. Y además de los armónicos, si uno pellizca una
cuerda (piensa Enzatti) la nota que se oye es seguramente impura, porque la cuerda
vibra, o vibra el aire, y la vibración se propaga y afecta otros puntos del
aire antes de extinguirse; y el aire está lleno de impurezas.
En el teatro del cráneo de Enzatti el grito que lo arrancó
de la cama, el grito que en la calle o el mismo cráneo vuelve a sonar y convoca,
está levantando un revuelo de sonidos antiguos. El grito surca el cráneo
y los armónicos se expanden, se arremolinan, chocando con cosas dormidas que,
obnubiladas, se alzan a la vigilia tintineando. Después los sonidos se derraman,
a los saltos se cuelan en la noche de la cocina para reventar lo que queda de orden,
pueblan las capas giratorias de la oscuridad y Enzatti, con la camisa pegoteada y
la servilleta en la mano, entra en el tráfago o se deja arrastrar. Otra vez,
a todo esto, le parece haber oído ese grito pelado. Descuelga las llaves y sale.
31 años
Al salir del hospital sintió que la primavera le sacudía el cuerpo con
una tropa de aromas para obligarlo a levantar la cabeza y mirar su despliegue. Era
deslumbrante, sí, y arbitrario: jacarandaes cuajados de azul claro balanceaban
las ramas en una ingravidez general, relucían los parabrisas de los coches,
el polen y los vestidos y la brisa que deshacía peinados unían sus vigores,
una tibia alianza sinergética ponía la realidad a levitar, no, a rotar
sobre un eje variable, de modo que cada vuelta era un poco distinta a la anterior
y nada, nada podía preverse, ni la hora del próximo café ni el rumbo
del pensamiento. Como eso era justamente lo que Enzatti quería, perder el hilo,
se dejó cercar por el aire. Así envuelto, más frío por dentro
que indiferente, se alejó del hospital muy despacio convencido de que, como
el rastro plateado de una babosa, dejaba un trazo de visiones desunidas: el frasco
invertido del plasma, apósitos en la mesa auxiliar, el pedal de la camilla,
relleno asomando por un tajo del tapizado de la camilla, las venas hinchadas en la
nariz del padre, el ceño furiosamente arrugado, alguien con una hipodérmica.
Era improbable que el padre de Enzatti recobrara la conciencia; lo habían operado
después de la caída y, aunque una parte del cerebro estaba estropeada,
los médicos se habían obstinado en salvarlo y ahora respiraba, con los
párpados entornados, no siempre constante, más allá de la espera y
el dolor. Entonces Enzatti dejaba atrás el hospital cargado de una rencorosa
levedad. No por la primavera, no por algo cíclico. Madre muerta varios años
atrás, ahora padre en el limbo, en la nada: Enzatti caminaba suelto, como supurado
por el mundo, sin origen ni explicación. Nada de haber perdido un vínculo
real: no había habido presagios, despedidas, no había habido recapitulaciones.
Apenas una caída de viejo, un golpe. Y Enzatti en el mundo como una presencia
inmotivada. No hijo de padre y madre, sino una emanación de la vida, una exudación,
algo que, más que morir, al final terminaría evaporándose. Eso pensaba,
sin espanto. Por el momento. Eran las once menos diez, y a las doce tenía que
ver al fabricante de juguetes Malamud. Cruzó la calle. Se detuvo en la otra
acera. "Ese bar", dijo entre dientes. Y entró. En el espacio alargado,
la gente no tenía más remedio que aglomerarse entre el mostrador y un tabique
con espejos: agotados parientes de prostáticos, padres flamantes, enfermeras
y proctólogos hermanados, entre el olor a mostaza y el humo de la máquina
de café, por la eternidad de un intervalo. Al final del mostrador, ante el escurreplatos
de aluminio, había un taburete vacío. Acomodándose, Enzatti pidió
vino. Vino blanco frío, y se lo sirvieron no en vaso sino en copa. Un hombre
que parecía huraño, o arrogante, lo desmintió dirigiéndole una
sonrisa. Había bajado el diario y dado un paso hacia él, y lo miraba como
si supiera que Enzatti había perdido los lazos con su origen. En ese momento
de intimidad enervante Enzatti bajó la vista, aunque en seguida volvió
a levantarla. Súbitamente el hombre dijo que lo disculpase, pero que lo estaba
observando porque, si bien no era tanto más viejo que él, al verlo le había
parecido verse a sí mismo en otro tiempo. Se rieron los dos. Enzatti lo convidó
a una copa de vino. Entonces el hombre dijo que no bebía alcohol, y después
del silencio hizo la pregunta: "¿Sabe por qué no bebo?" "No",
dijo Enzatti. "Entonces, mire", dijo el hombre, "se lo voy a contar.
Se lo cuento: una vez, hace años, yo tenía que ir al hospital a ver a mi
hermano, que había chocado con la moto. A mí me hervía la cabeza por
adentro, de la rabia, porque le había advertido que alguna vez se iba a hacer
puré, pero no quería desaprovechar la visita en reproches. Sabía que
mi hermano estaba grave, así que lo que más me importaba era conversar,
por más que él fuera a curarse aprovechar ese momento decisivo para explicarle
que yo le tenía un gran cariño y, dentro de lo posible, aclararle cuestiones
importantes de nuestra relación, y también hacerle ciertas preguntas. Para
que entienda lo fundamental que era para mí esa conversación, y en el fondo
para los dos, le explico que mi hermano y yo estábamos muy unidos pero nunca,
nunca habíamos dialogado. Por eso yo no quería desperdiciar la visita en
reproches, sobre todo con un hombre que tenía el cuerpo hecho bosta. Así
que, como yo era muy temperamental, para calmarme entré a un bar a tomar un
vaso de vino. Tomé dos vasos de vino, bien pancho, digamos, debo de haber tardado
unos tres cuartos de hora en meditar y tomar el vino. Y cuando llegué al hospital,
me dijeron que hacía siete minutos que mi hermano se había muerto. Exactamente
siete minutos", insistió el hombre. Enzatti se dio cuenta de que no iba
a poder mirarlo con franqueza. Este tipo es un boludo, pensó. ¿Qué
viene a contarme ?, y ni siquiera por piedad o educación logró sonreír.
Lo que hizo, entonces, fue sorber un poquito de vino, tenerlo un rato bajo la lengua
antes de tragar, y mientras tragaba levantar la copa. Era una copa bombeada, el frío
del vino la había empañado, y entre las gotas que se escurrían hasta
la base, se dio cuenta Enzatti, sobre el vidrio convexo se acumulaban sin disputas
las partes de ese mundo suspendido, el bar y zonas de la calle. En la copa había
enormes dedos de enfermeras culminando brazos menguantes y al final diminutos, una
pequeña caja registradora, un remoto ventanal, distintas cabezas que en su diversidad
minúscula parecían inmóviles, y las campanas de vidrio con sándwiches
y el ventilador del techo arriba en retirada, y el suelo abajo en retirada, y la
frente de Enzatti en retirada, dejando el primer plano a la montruosa chatura de
la nariz, tan alejada de los ojos, todo definido y dispuesto en un fresco nimbo verdeamarillo:
la realidad acabada. Del otro lado de la copa, no excluido pero aceptado a gatas,
aleatorio, el hombre del hermano muerto parecía exigir un comentario a su historia.
"A mí ", dijo Enzatti, "no me espera nadie. Yo ya fui al hospital,
vengo de ahí. Yo puedo tomar todo el vino que quiera." Pero no bajó
la copa como quien ha dicho algo concluyente. En la copa se ordenaban partes del
mundo que la primavera había puesto a girar.
del libro "El fin de lo mismo",
de Marcelo Cohen. Publicado en 1992 por Anaya y Mario Muchnik, Madrid y Alianza,
Buenos Aires. ©1992 Marcelo Cohen.
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