|
Rudy corrió hasta el baño apenas terminamos. Me empezó a molestar
esa costumbre suya, deliberadamente bestial, de enjuagarse mientras
la última gota de semen le chorreaba entre los testículos. Me
dejó tirada en la cama sin siquiera tiempo para advertir la calidad
de su orgasmo. En el mejor de los casos, él debió haber supuesto
que yo ya había tenido lo mío, esa chance de grititos entrecortados
y efímera felicidad. Sorete, murmuré esa vez, las cosas no van a quedar así . Fue un pensamiento imbécil. Me sentía incapaz de hacer nada.
Por supuesto, yo había acabado. Pero esa no era la cuestión -me
pasaba con frecuencia ante ciertos estímulos-: que saliera eyectado
de la cama de ese modo era algo imperdonable, poco sutil y falto
de glamour. No esperaba una escena romántica. Sólo un gesto convencional
e hipócrita, la cortesía moderna del postcoito. Su fobia era como
la un manual escolar muy básico, pero sobre todo me daba fastidio
su falta de sinceridad. Honesto hubiese sido vestirse y atravesar
la puerta con un esbozo de saludo. Lo de él fue una demostración
de un mal gusto intolerable. Y de improvisación, cero de estrategia.
La impunidad de las bestias. Este tipo , pensé, me da vergüenza .
A esta altura de la vida estaba lejos de la queja, la melancolía
o la autocompasión. Había visto cosas peores. Rudy no era un mal
tipo. Era apenas un hombre obvio. No me alteré: sabía que en unos
minutos ya estaría fuera de mi departamento y, claro, de mi vida.
Me equivocaba. Un sonido de agua me anunció que su lamentable
estadía iba a durar por lo menos, unos cuantos minutos mas. Se
estaba duchando. Mejor que se fuera limpio.
Decidí distraerme. Agarré todos los controles remotos que
suelo tener al lado de la cama -en el piso, acomodados sobre mi
alfombra gris, pulcra como pocas- y los usé para que servían.
Musica: un cidí de Orb hizo que gruñiera un cerdo. Perfecto. Tevé:
un canal de cable transmitía una película con Bette Davis, me
pareció que era La carta . Le saqué el sonido y la dejé adornándo con sus destellos las
paredes oscuras de la habitacion. Me puse boca abajo, sólo concentrada
en los graznidos de la música ambient. Podía olerlo o, mejor,
podía reconocer el inconfundible olor a mango de mi jabón favorito.
Con mi toalla negra envolviéndole el cuerpo, Rudy volvía a mi
dormitorio. Cómo me gustan estas toallas gruesitas , me alabó, con una alegría infantil que me pareció patética.
Azorada lo ví volver a meterse en el baño. El ruido del secador
de pelo flagelaba la música y me hacía sentir incómoda. Que mierda se está secando si es casi pelado . Quería que se fuese de una vez. Sucio, con olor a mí o a que
le sudase de la piel: lo quería afuera, en particular de mi baño
y en general de mi casa. Todo había sido puro y simple morbo.
¿Por qué continuarlo con una sesión prolongada en mi baño? Todo
este rito me fastidiaba. Puerta, ya mismo, puerta , pensé, como en tantos otros nomentos y, como siempre, no me
animé a decirlo.
¿Cuántas veces lo habíamos hecho? Siete, diez, doce. Seguro
que más de una. No tendría que haber existido ni una segunda,
pero alli estaba, instalado como si hubiéramos tenido una relación
en vez de un prolongado malentendido. Tendría que haber sentido
lástima por mi impotencia, pero la soberbia no me daba tregua.
Mientras le ponía volumen a la tevé, un pensamiento empezó a machacarme
la cabeza. Rudy estaba pasando más tiempo en mi baño que en mi
cama.
Al rato apareció por el dormitorio y, como al descuido, me
lo largó. Se quemó. Igual era de los baratos. En cualquier parte conseguís
uno por diez dólares . No sólo me había quemado el secador sino que tenía el descaro
de pasar por alto las disculpas y de refregarme que había comprado
un electodoméstico barato.
Rudy tenía que volver a la candidez de su hogar con buen olor
y bien peinado. Estaba casado. Así que lo del baño duró un rato
más. Me importaba menos su mujer que el amor inexplicable que
le tengo a cada uno de mis objetos. No pude tolerar la idea de
que él hubiese destruído alguno de ellos de una manera definitiva,
brutal y para siempre. Fui hasta el baño. Sacudí el secador, lo
apagué y lo prendí con insistencia, pero nunca más volvió a funcionar.
Estaba irreversiblmente roto. Lo miré con desprecio, a mi secador
y de paso también a Rudy, que ahora había agarrado mi gel nuevo
que deja el pelo siemprehúmedo y, sin exageración, estaba terminándose el pomo.
Volví al dormitorio con ganas de llorar. Desde la tevé, Bette
me miraba fijo con una de sus inolvidables caras malditas. Entonces
se me ocurrió. Estaban junto a mis controles remotos. No fue difícil.
Los agarré tratando de no hacer ruido; en uno de los bolsillos
traseros Rudy guardaba dinero suelto. Esta vez no tenía mucho,
doscientos pesos y monedas. No quería abusar: tomé cien. Podría
reponer mi secador y quizás comprarme algo más, alguna bombacha
cara o las flores que a Rudy nunca se le había ocurrido traerme.
En ese momento, de algún modo, yo era como una prostituta. Nunca
había esperado una recompensa en metálico, pero como no había
ninguna otra clase de recompensa, el dinero me calmó. Quizás por
haber correteado de chica entre monjas, me dio un poco de vergüenza.
No sentí, sin embargo, la necesidad de pedir perdón.
Rudy finalmente se fue. Mientras se vestía sentí el temor
que debe atormentar a los criminales después de cometer un delito.
Pero no pasó nada. Rudy atravesó la puerta y seguí disfrutando
de la película. Más que antes. Cuando el cartel de The End se imprimía en la pantalla, sonó el teléfono. Desde su celular,
Rudy me preguntaba sin ningún tipo de prólogo si no se le habían
caído cien pesos en mi alfombra. Querido, le dije, si recolectás palmitos en Brasil durante mil
horas, seguramente podrás recuperarlos. Le corté sin epílogo y eché su billete por el inodoro: sólo quería
fastidiarlo. Esa fue la primera vez. Ahora lo único que espero
es que se metan en el baño. Nadie lo nota. Piensan que son unos
billetes extraviados, plata perdida en un descuido involuntario.
A Rudy no volví a verlo. No creo que haya sido por lo del dinero.
Lo nuestro ya estaba terminado.
|