El Candelabro de plata Faltaba algo más de una hora para la medianoche. El viejo,
cohibido al principio, de pronto empezó a hablar. Tenía un acento
raro, dulce. Se llamaba Franta, y creo no haberme sorprendido
al darme cuenta de que no era un hombre vulgar: hablaba con soltura,
casi con corrección. Acaso yo le había preguntado algo, o acaso,
rota la frialdad del primer momento (para esa hora ya estábamos
bastante borrachos), la confesión surgió por si misma. El hecho
es que habló. Habló de su país, de una pequeña aldea perdida entre
colinas grises, de una mujer rubia cuyos ojos así lo dijo eran
transparentes y azules como el cielo del mediodía. Habló de un
muchachito, también rubio, también de ojos azules. Para el viejo Franta yo era algo así como un millonario, tal
vez un poco desequilibrado y algo artista (mis ropas, la manía
que tengo de escribir en los tugurios, y acaso el candelabro,
le habían hecho suponer semejante desatino), yo era un loco con
plata, digo, que buscaba literatura en los bajos fondos de Buenos
Aires.
Nunca he podido dominar mis impulsos. En este sentido me reconozco
un sujeto primitivo, puro (o bestial), incapaz de adaptarse al
florido mundo, donde para tranquilidad de la hermosa gente se
cultivan con sensatez todas las formas del buen gusto, la hipocresía
y el cinismo. Pero, al menos, hoy he comprendido algo; lo he comprendido
después de lo que paso esta noche; soy un hombre bueno. No lo
digo, no escribo esto, para justificar nada. No. De ocurrirme
semejante cosa debería admitir que yo mismo repudio lo que he
hecho, y no es cierto, y aunque fuera cierto: acabo de hacer feliz
a un miserable, quién podría juzgarme, quién sobre la tierra (quién
en el Cielo) se atrevería a juzgarme.
Mejor, vayamos por partes. Todavía estoy borracho perdido:
pero tratare de ser coherente.
Todo empezó esta misma tarde, es decir: la tarde de ayer, puesto
que ahora deben ser las tres o las cuatro de la mañana. Madrugada
del 25 de diciembre de 1956. Navidad. Sobre la mesa, Todavía quedan
restos de la insólita fiesta. El candelabro de plata más anacrónico
que nunca en medio de la suciedad y la pobreza que lo rodea parece
ocuparlo todo ahora. Nunca he comprendido por qué este candelabro
no ha ido a parar, como las otras pocas cosas heredadas de mi
padre, al Banco de Empeño, o al cambalache. En esto, pienso, se
parece a la conciencia. Creo que ya nunca voy a poder desprenderme
de él.
Digo que empezó a la tarde. Vagabundeaba yo por los zaguanes
más sórdidos del Dock, cuando, al escuchar unos gritos y risas
que venían de un cafetín de los muelles, reparé en la fecha. Paradójicamente,
me vi en el viejo parque de nuestra casa. Las luces, las esferas
de colores: recordé todo eso, recordé el portalito que yo mismo,
mezclando hasta el absurdo ríos azules y arpilleras nevadas, construía
todos los años en mitad del jardín (me acuerdo ahora del Dios-Niño,
siempre espantosamente grande en relación a su divina madre, como
justificando al fin lo milagroso del alumbramiento), y sentí un
asco tan profundo por mi vida que como quien se lava decidí
celebrar mi propia Nochebuena.
La idea parecerá trivial, pero a mi me apasionó y, antes de
las diez, también había fiesta en este innoble agujero donde vivo.
Con orgullo pueril, de chico, me senté a contemplar el espectáculo.
El candelabro labrado, en el centro de la mesa, parecía irradiar
su antigua nobleza hacia todos los rincones. Al principio me sentí
bien: era una sensación extraña, como de paz un gran sosiego,
pero poco a poco empecé a preocuparme. Qué significaba todo esto,
para qué lo había hecho: para quién; podría jurar que en ese preciso
instante supe que estaba solo. Y por primera vez en muchos años
necesité, imperiosamente, de alguien. Una mujer. No. Rechacé la
idea con repulsión. Hubo una sola capaz de ser insustituible (capaz
de no ser insoportable) y esa no vendría ya. Nunca vendría.
Entonces recordé al viejo checoslovaco.
Lo había visto muchas veces en uno de esos torvos cafés del
puerto que suelo frecuentar cuando, embrutecido de ginebra, quiero
divertirme con la degradación de los demás, y con la mía. Pobre
viejo: semioculto en un recoveco, siempre igual, como si formase
parte de la imagen infame de la cantina, fumando su pipa, mirando
fijamente un vaso de bebida turbia. Nunca habíamos hablado. Jamás
lo hago con nadie llego y me emborracho solo, a veces también
escribo alguna cosa absurda que después arrojo al primer tacho
de basuras que encuentro a mi paso; pero yo sabía que él me miraba.
Era como si una ligazón muda, un vínculo invisible y misterioso,
nos uniera de algún modo. Al menos, teníamos una cosa en común,
dos cosas: la soledad y el fracaso. El viejo checoslovaco; ése
era el hombre que yo necesitaba.
Cuando llegue frente a la roñosa vidriera del negocio, lo vi.
Ahí estaba, tal como lo había supuesto. Una atmósfera desacostumbrada
rodeaba al viejo también allí se regocija uno de que nazca Dios,
de que venga y vea cómo es esto: una mujer pintarrejeada se le
acercó y, riendo, le dijo alguna cosa; él no pareció darse cuenta.
Sí, ése era mi hombre. Me abrí paso entre las parejas. Enormes
marineros de ropas mugrientas, abrazaban a mujerzuelas que se
les echaban encima y reían. Alguna de ellas, dijo: ''¿Quién te
creés vos que soy?" y, adornando con un insulto bestial, le respondieron
quien se creían que era. No podía soportar aquello: por lo menos,
no esta noche; pensé que si me quedaba un solo segundo más iba
a vomitar, o a golpear a alguien o a llorar a gritos, no sé. Llegué
hasta el viejo y lo tomé del brazo:
Te venís conmigo le dije.
Mi voz debe de haber sido insólita, el hombre alzó los ojos,
unos ojos celestes, clarísimos, y balbuceó:
¿Qué dice usted, señor? ...
Que ahora mismo te venís conmigo, a mi casa, a pasar una
Nochebuena decente.
Pero, ¿cómo, yo... con usted? . . .
Casi a rastras lo saqué de allí. Nadie, sin embargo, nos prestó
atención.
Ahora será un hombre había dicho. Hace treinta años, cuando
vine a América, el apenas caminaba.
Dijo que ese era su último recuerdo. Bebió un trago de champán
y agregó:
Y pensar, señor, que ahora tiene un hijo... Qué cosa. Y yo
me los imagino a los dos iguales, qué cosa. Yo pensé entonces
en aquel nieto: ojos de cielo al mediodía, cabellos de trigo joven.
De qué otro modo podía ser. Solo que el viejo Franta, difícilmente
iba a comprobarlo nunca.
Dije:
Pero, ¿Como te enteraste de ellos?
El capitán de un barco mercante, señor, me reconoció hace
un mes. Yo pensaba, me acuerdo, como era posible reconocer en
ese pordiosero que tenía delante, en ese viejo entregado, roto,
la imagen que dejó en otro treinta años atrás. Y ahora pienso
que siempre queda algo donde hubo un hombre, y quién sabe: a lo
mejor, a mi también me va a quedar algo cuando, como el viejo,
tenga la mirada turbia y le diga "señor" al primer sinvergüenza
bien vestido que me hable. Pregunte:
¿Y no intentaste volver? ¿No trataste...?
Él me miró, perplejo; después, a medida que hablaba, su cara
fue endureciéndose.
Volver. ¿Volver así? Usted lo dice fácil, señor; pero es....
es muy feo. Volver como un mendigo el tono de su voz empezó a
ser rencoroso, un mendigo borracho, ¿sabe?, que en la puerta
de la iglesia pide por un Dios en el que ya no cree... No, señor.
Volver así, no. Ella, Mayenko, se murió hace mucho, y mejor si
allá piensan que yo también me morí hace mucho... hizo una pausa,
ahora hablaba como quien escupe. Yo me jugué la plata que había
juntado para hacerla venir, ¿sabe?, y entonces ella se murió.
Esperando. ¿No ve que todo es una porquería, señor?
La palabra es una caricatura miserable. Quién puede explicar
con palabras, aunque este contando su propia vida, todo lo que
induce a un hombre a entregarse, a venderse todos los días un
poco, hasta llegar a ser como vos, viejo. Cuántas pequeñas canalladas,
cuántas porquerías imperceptibles, forman esa otra gran porquería
de la que él habló: el alma. Pobre alma de miserables tipos que
ya han dejado de ser hombres y son bestias, bestias caídas, arrodilladas
de humillación. Dijiste:
Qué vergüenza, señor.
Eso dijo: qué vergüenza. Y después agregó no poder matarse.
Y entonces empezó a darme vueltas en la cabeza aquella idea
que, más tarde, se transformaría en un colosal engaño. Pero antes
quiero decir algo: miento prodigiosamente. Y es natural. La fantasía
del que está solo se desarrolla, a veces, como una corcova de
la imaginación, un poco monstruosamente; con ella elabora un universo
tramposo, exclusivo, inverificable que como el creado por Dios
suele acabar aniquilándose a si mismo. El suicidio o la locura
son dos formas del Apocalipsis individual: la venganza de la soledad.
Pero este es otro asunto. Lo que quería explicar es que amo
la mentira, la adoro, me alimento de ella y ella es, si tengo
alguna, mi mayor virtud. Miento, de proponérmelo, con maestría
ejemplar, casi genialmente. Y esta noche puse toda mi alma en
el engaño.
El me creía rico y caprichoso, pues bien: lo fui. A medida
que yo hablaba bebíamos sin interrupción, y a medida que bebíamos,
mi palabra se hacía más exacta, más convincente, más brillante.
Lo engañe, pobre viejo, lo engañe y lo emborraché como si fuera
un chico. De todos modos, no puedo arrepentirme de esto.
Conté una historia inaudita, febril, en la que yo era (como
él quiso) uno que no entraría aunque un escuadrón de camellos
se paseara por el ojo de la aguja. Mi fortuna venía de generaciones.
Jamás, ni con el más prolijo y concienzudo derroche, podría desembarazarme
de ella; esta forma de vivir que yo llevaba él lo había adivinado
no era más que una extravagancia, una manera de quitarme el aburrimiento.
El viejo, poco a poco, empezó a odiarme. Y yo, mientras improvisaba,
iba llenando una y otra vez nuestras copas. Ennoblecida por el
alcohol, la idea aquella se gestaba cada vez más precisa, fascinante,
yo haría feliz a ese pobre diablo. Aunque todavía no sabía cómo.
De pronto dijo:
Pero, ¿por qué señor, por qué...?
No acabó de hablar: no se atrevió. Entendí que en ese instante
me aborrecía con toda
su alma. Ah, si él, el mugriento vagabundo, hubiese tenido una
parte, apenas una parte de mi supuesta fortuna. Sí, yo sabía que
él pensaba esto; yo sabía que ahora
solo pensaba en una aldea lejana, en un chico de mirada transparente
y pelo como trigo joven. Sin responder, me puse de pie. Fui a
buscar las dos últimas botellas que nos quedaban.
Le estaba dando la espalda ahora, pero podía verlo: inconscientemente
su mano se había cerrado sobre el mango de un cuchillo que había
sobre la mesa, pobre viejo. Ni siquiera pensaba que, de una sola
bofetada, yo podía arrojarlo a la calle despatarrado por la escalera.
Empezaba, el también, a ser una persona.
De golpe, volví a la mesa: sus dedos se apartaron.
Dije:
¿Sabés por qué? ¿Querés saber por qué?...
Bebimos. Hubo un silencio durante el cual miré rectamente sus
ojos; después, bajando la cabeza como aplastado por el peso de
lo que iba a decir, agregué con brutalidad:
¿Sabés lo que es el cáncer, vos?
El viejo me miraba. Apoyé las manos sobre la mesa y, con mi
cara al nivel de la suya, dije:
Por eso. Porque yo también soy un pobre infeliz que no se
anima a partirse la cabeza contra una pared.
El viejo, que me había estado mirando todo el tiempo, de pronto
comprendió lo que yo quería decir y sus ojos se hicieron enormes.
Concluí secamente:
Por eso.
Quiere decir...
Quiero decir que estás hablando con uno que ya se murió.
¿Entendés? Y entonces, ni toda mi plata ni toda la plata de veinte
como yo, van a poder resucitarme me erguí, hablaba con voz serena
y contenida. Por eso vivo lo poco que me queda como mejor me
cuadra. Yo no pertenezco al mundo, viejo. El mundo es de ustedes,
los que pueden proyectar cosas, lo que tienen derecho a la esperanza,
o a la mentira. Yo soy menos que un cadáver.
Mis últimas palabras eran tal vez demasiado teatrales, pero
Franta no podía advertirlo.
Calle usted, señor... murmuró aterrado.
Entonces, súbitamente, di el toque final a la idea que me torturaba:
Un cadáver dije con voz ronca que ahora, por una casualidad
en la que se adivina la mano de Dios, acaba de encontrar un motivo
para justificarse.
De pronto, la noche del puerto se hizo fiesta. En todos los
muelles las sirenas empezaron a entonar su histérico salmodio
y el cielo reventó de petardos. Brindamos con los ojos húmedos.
Fuegos multicolores se abrían en las sombras, desparramando sobre
el mundo extravagantes flores de artificio. Fue como si una enloquecida
sinfonía universal acompañara mis últimas palabras absurdas y
solemnes.
Por Dios, Franta dije, y creo que gritaba; por ese Dios
en el que vos no creés y que acaba de nacer para todos los hombres,
yo te juro que toda mi fortuna servirá para que vuelvas a tu tierra.
Es mi reconciliación con el mundo. Vas a volver viejo, y vas a
volver como un hombre.
La Nochebuena se ardía. Pitos, sirenas y campanas se mezclaban
con los perfumes nocturnos y entraban en tumulto por la ventana
abierta. A nadie le importaba, es cierto, el muchachito que pataleaba
en el pesebre, pero todos querían gozar del minuto de felicidad
que les ofrecía, él también, con su maravillosa patraña. En la
tierra bajo la estrella, los hombres de buena voluntad se emborrachaban
como cerdos y daban alaridos.
Franta me miró un instante. Sus ojos brillaban desde lo más
profundo, con un brillo que ya no olvidaré nunca: me creía. Me
creía ciegamente. En un arrebato de gratitud incontenible me besó
las manos y balbuceo llorando:
No te olvidaré mientras viva.
Me había tuteado. Había dejado de ser la bestia sometida y
mustia. Era un hombre: yo había cumplido mi obra.
Su cabeza cayó pesadamente sobre la mesa . Estaba borracho de
alcohol y de sueños. En esa misma posición, se quedó dormido.
Soñaba que volvía a la pequeña aldea de colinas grises y acariciaba
unos caballos rubios y miraba unos ojos tan claros como el cielo
del mediodía.
Con todo cuidado retiré mis manos de entre las suyas, y me
levanté, tambaleante. Tu cabeza era suave y blanca, viejo; yo
la había acariciado.
Después levanté el pesado candelabro de plata. Amorosamente,
con una ternura infinita, poniendo toda mi alma en aquel gesto
y sin meditar más la idea que desde hacía un segundo me obsesionaba,
dije: Feliz Nochebuena, Franta. Y le aplasté el cráneo.
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