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INTRIGAS MISTICAS
Verdades ocultas
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El Evangelio según Van Hutten
Por ABELARDO CASTILLO
(Seix Barral)-221 páginas |
El evangelio que Van Hutten, un arqueólogo sudamericano, encuentra
en 1947 cerca del Mar Muerto es un original escrito en arameo
y posiblemente contemporáneo a Jesús. La verdad que oculta pertenece
al orden de la heterodoxia: el cristianismo es un desprendimiento
de la secta de los esenios y representó el cisma de un cisma del
judaísmo. Disidente, anarquista, casi violenta, la secta judía
de los esenios era una comunidad que preconizaba la pureza, aunque se casaran y descreían de la propiedad porque la consideraban
un robo. Este evangelio esenio no sólo viene a oponerse a la verdad
oficial de la Iglesia -cualquiera sea su denominación- sino fundamentalmente
a demostrar la trama secreta del poder y descubrir lo más tremendo
quizá de nuestra contemporaneidad: que, de existir realmente,
la verdad no podrá ser nunca demostrada porque el poder somete
todo a su dispositivo, incluso las creencias. Por eso Van Hutten
finalmente decide no dar a conocer el manuscrito pese al sentido
revolucionario que contiene.
Hay una frase que podría resumir todo el arduo desvelo de Van
Hutten: "Yo buscaba el fundamento esenio del cristianismo y encontré
el Manifiesto comunista de Dios". Lejos del fracaso sin embargo,
Van Hutten debe admitir que el momento justo para hacer público
este evangelio arameo ha pasado y que la actualidad haría de él
(la ironía acá llega a su máximo punto crítico) una mera discusión
académica y no una revolución, vale decir, una verborragia y no
una praxis, una abstracción y no una intervención en lo social.
Una de las reflexiones más profundas de esta novela que hace de
la exégesis bíblica el motor de su historia es ésta: la revolución
es una forma de la lectura.
A diferencia del trayecto rectilíneo del cuento, voraz en su voluntad
económica y fiel a ese momento final que convierte el desenlace
en un nuevo acceso a la historia, la novela no ahorra gasto y
se extiende como si no le importara demasiado su propio fin. El
cuento es siempre fatal: hace del destino un arte y cristaliza,
en su minucioso y casi perfecto recorrido, las vicisitudes de
la historia. En cambio, la novela quiere olvidar la muerte, prefiere
la perduración como un modo de detener o postergar lo que tarde
o temprano finalmente advendrá. De allí que su arte sea el de
desplegar, el de extender los distintos pliegues de la historia.
Es lo que ocurre con El evangelio según Van Hutten, que es una historia que multiplica sus efectos de lectura: el
lector deberá traducir, interpretar, recordar, comparar, dudar,
creer. Y todas estas acciones podrían señalar pliegue tras pliegue,
como el manuscrito descubierto, el rumbo de las interpretaciones.
El evangelio de Van Hutten contiene una verdad que ha permanecido oculta durante dos mil años. Pero esta vez la novela de tema arqueológico deviene en otra
cosa: sabe que la verdad es un esfuerzo infructuoso y que la última
palabra sobre ella nunca es la última. En todo caso Castillo saca
provecho de la analogía entre la vida y la arqueología para convertirla
en la ley de lo novelesco: sólo se encuentra lo que se busca.
Como Schliemann sigue las pistas que Homero ha dejado en La Ilíada, así también Van Hutten con los textos bíblicos. Hay una frase
que podría funcionar como una de las tantas claves para la interpretación
de la novela: "Entonces Schliemann supo que Troya había existido,
porque Homero no podía mentir". El trabajo arqueológico es literal
y metafórico, es decir, parte de la trama y un modo de leer. El
sentido entonces es una decisión del lector, que se vuelve un
arqueólogo. Es como si Castillo planteara que la novela puede
ser en realidad un evangelio (después de todo las dos palabras
remiten al relato de una novedad, de una noticia desconocida),
pero, si lo es, no puede ser más que un evangelio apócrifo.
Con esta novela Castillo vuelve a escribir su primer libro, El otro Judas, y retoma una de sus obsesiones más persistentes: ir a buscar
en el mundo bíblico un imaginario para sus narraciones. Pero,
además, hay un gesto oculto que esta novela trama y es en relación
con la narrativa argentina: la distancia que establece con la
literatura borgeana. Si para el autor de El Aleph la teología es concebida como una rama de la literatura fantástica,
para Castillo es posible todavía extraer de ella, más cerca de
las ideas que de las imágenes, el material de su narrativa. A
ese horizonte de creencias y misterios no le corresponde el régimen
de lo fantástico.
A Castillo le interesa en todo caso la intensidad de las ideas, vale decir, la capacidad que ellas tienen para generar un relato:
análogamente, en un rapto de ingenio, Van Hutten piensa que el
cristianismo es una novela policial escrita por el Espíritu Santo.
Más allá entonces de funcionar como fuente de la trama novelística,
hay demasiada pasión y minucioso conocimiento en Castillo acerca
del mundo bíblico para pensar que se trata sólo de una inspiración.
Pergeñada la novela como traducción o exégesis de un original
escrito en arameo, se podría inferir una definición: trasladar
una lengua muerta a la propia, eso sería una novela. El novelista
entonces resucita en su escritura el cadáver del sentido eclipsado.
La tercera novela de Castillo hace algunos guiños al lector. Van
Hutten es uruguayo y su nombre nos conduce al inolvidable personaje
de Horacio Quiroga. En cambio, el narrador que remite a la persona
del autor mediante varias alusiones (el ajedrez, el barrio de
Once, haber escrito un libelo sobre Judas, etc.) carece de nombre
y es apostrofado una vez como un "hombre de la ciudad". Cartografías
secretas de esta narrativa: la nominación se vuelve un principio
radical, ya que en las dos novelas anteriores el narrador y protagonista
era Esteban Espósito, el nombre del huérfano y ahora el narrador
llega a ser innominado. Al narrador le ocurre lo mismo que al
manuscrito de Van Hutten: no se oculta pero tampoco se revela.
En todo caso El evangelio según Van Hutten dice que la verdad es siempre apócrifa, secreta, anárquica, no
oficial y contracanónica.
ENRIQUE FOFFANI
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