LA NACION LINE | 12.05.99 | Cultura

 

El gran relato y su parodia en una novela de virtuosismo formal
Mito, origen e ironía

LA HISTORIA
Por Martín Caparrós
(Grupo Editorial Norma)-943 páginas-($ 45)

SIN dudas La Historia es una novela ambiciosa, no sólo a causa de su extensión, sino porque movido por la voluntad de construir un mito (voluntad que contrasta con el predominio actual de obras minimalistas y fragmentarias), Martín Caparrós no vacila en retomar recursos de grandes obras de la tradición occidental, empezando por el hallazgo de un manuscrito que irá de mano en mano a través de los tiempos.

La novela se inicia en el siglo XVI, con el relato en el que Oscar, príncipe y futuro soberano de la Ciudad y las Tierras, describe la vida, las costumbres y las concepciones filosóficas de su civilización, presuntamente situada en lo que hoy son los Valles Calchaquíes. La narración tiene como centro la revuelta encabezada por el bastardo Juanca, quien inicia la sublevación de "los vulgos" en reclamo de que "la vida Larga" (la vida después de la muerte) deje de ser patrimonio del clan familiar que gobierna y se extienda a todo el pueblo. Para estos capítulos narrados por Oscar, Caparrós inventa, con gran habilidad, una sintaxis novedosa. Se trata de un bello castellano, de alto vuelo lírico, que no corresponde a ningún lugar ni época determinados y cuyos rasgos distintivos son la elisión de los artículos, el uso de diminutivos y leves inflexiones arcaizantes.

Cuatro siglos después, el historiador argentino Mario Corvalán-Ruzzi, de ideas nacionalistas y marxistas, encuentra en una biblioteca francesa una versión del manuscrito de Oscar, traducida del español al francés, en el siglo XVIII, por Alphonse des Thoucqueaux. Hiperbólicamente convencido de que se halla ante un texto fundante de nuestra patria, de gran incidencia en el pensamiento ilustrado y en los movimientos revolucionarios de la modernidad, el historiador dedica casi veinte años de su existencia a glosarlo tan minuciosamente que la extensión de las notas supera a la del texto comentado.

Caparrós parece haber tomado el modelo de Pálido fuego de Nabokov -novela constituida enteramente por los comentarios del narrador sobre el poema de otro- para desplegar su mirada irónica sobre esos volúmenes cuyo corpus de notas excede el tamaño del texto original. Estas glosas del manuscrito de Oscar no sólo permiten a Caparrós exhibir su humor y sus conocimientos. Sumergen también al lector en un mundo que evoca, deliberadamente, los textos de Ficciones, de Borges, tanto por la profusión enciclopédica de alusiones, como por la imposibilidad de discernir entre citas verdaderas, distorsionadas y apócrifas. La historia pone así en evidencia cómo el lenguaje devora cualquier posible fragmento real y lo disuelve en la ficción.

Sobre el final, se introducen dos nuevas voces. En el anteúltimo capítulo, José Luis Miranda, un monje español que había sido cautivo de aquel pueblo precolombino y logrado escapar, ofrece otra visión de Oscar. El príncipe lo había elegido para ser su servidor y para que tomara nota de esas memorias que -una vez traducidas por Miranda del calchaquí al español- se transformarían en el manuscrito, el legado para los siglos venideros. En el último capítulo, un narrador identificado como M.C. (iniciales que remiten al autor de la novela) habla de su maestro Corvalán-Ruzzi, fallecido en 1976, y confiesa haber consagrado los últimos ocho años de su vida a preparar la versión final del manuscrito con las notas de su maestro. La Historia presenta un juego especular de voces del cual puede desprenderse una idea sobre la literatura: los textos no remiten al mundo sino a otros textos, la escritura siempre es reescritura.

Martín Caparrós, autor de las novelas Ansay o los infortunios de la gloria (1984), No velas a tus muertos (1986), El tercer cuerpo (1990) y La noche anterior (1990), concibió este libro como un mito de origen para la Argentina. No sorprende por lo tanto que el texto guarde relaciones con Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, novela que fue leída en su momento como un mito de origen para Latinoamérica. En efecto, ambas obras plantean la creación de un hipotético pueblo fundado por un clan familiar: la Ciudad y las Tierras, en La Historia y Macondo, en la obra del colombiano. No obstante, del trabajo formal de La Historia se deduce un escepticismo que revela cuánto tiempo ha pasado entre una y otra novela y cómo han cambiado las cosas desde entonces. La desconfianza en el poder del lenguaje para dar cuenta de un todo atraviesa la construcción de este libro y sugiere que en los años 90, signados por el cataclismo de los sentidos totalizadores, no es posible crear un gran relato de origen sin una cuota de autoironía. Acaso sea en razón de esa desconfianza que La Historia no está narrada por una sola voz sino por varias, a través de las cuales Caparrós -haciendo gala de un notable virtuosismo técnico- logra sortear felizmente la difícil tarea de construir un mito, con clara conciencia de que los mitos han caído en desgracia.

Florencia Abbate

 

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