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El gran relato y su parodia en una novela de virtuosismo formal
Mito, origen e ironía
LA HISTORIA
Por Martín Caparrós
(Grupo Editorial Norma)-943 páginas-($ 45)
SIN dudas La Historia es una novela ambiciosa, no sólo a causa de su extensión, sino
porque movido por la voluntad de construir un mito (voluntad que
contrasta con el predominio actual de obras minimalistas y fragmentarias),
Martín Caparrós no vacila en retomar recursos de grandes obras
de la tradición occidental, empezando por el hallazgo de un manuscrito
que irá de mano en mano a través de los tiempos.
La novela se inicia en el siglo XVI, con el relato en el que Oscar,
príncipe y futuro soberano de la Ciudad y las Tierras, describe
la vida, las costumbres y las concepciones filosóficas de su civilización,
presuntamente situada en lo que hoy son los Valles Calchaquíes.
La narración tiene como centro la revuelta encabezada por el bastardo
Juanca, quien inicia la sublevación de "los vulgos" en reclamo
de que "la vida Larga" (la vida después de la muerte) deje de
ser patrimonio del clan familiar que gobierna y se extienda a
todo el pueblo. Para estos capítulos narrados por Oscar, Caparrós
inventa, con gran habilidad, una sintaxis novedosa. Se trata de
un bello castellano, de alto vuelo lírico, que no corresponde
a ningún lugar ni época determinados y cuyos rasgos distintivos
son la elisión de los artículos, el uso de diminutivos y leves
inflexiones arcaizantes.
Cuatro siglos después, el historiador argentino Mario Corvalán-Ruzzi,
de ideas nacionalistas y marxistas, encuentra en una biblioteca
francesa una versión del manuscrito de Oscar, traducida del español
al francés, en el siglo XVIII, por Alphonse des Thoucqueaux. Hiperbólicamente
convencido de que se halla ante un texto fundante de nuestra patria,
de gran incidencia en el pensamiento ilustrado y en los movimientos
revolucionarios de la modernidad, el historiador dedica casi veinte
años de su existencia a glosarlo tan minuciosamente que la extensión
de las notas supera a la del texto comentado.
Caparrós parece haber tomado el modelo de Pálido fuego de Nabokov -novela constituida enteramente por los comentarios
del narrador sobre el poema de otro- para desplegar su mirada
irónica sobre esos volúmenes cuyo corpus de notas excede el tamaño
del texto original. Estas glosas del manuscrito de Oscar no sólo
permiten a Caparrós exhibir su humor y sus conocimientos. Sumergen
también al lector en un mundo que evoca, deliberadamente, los
textos de Ficciones, de Borges, tanto por la profusión enciclopédica de alusiones,
como por la imposibilidad de discernir entre citas verdaderas,
distorsionadas y apócrifas. La historia pone así en evidencia cómo el lenguaje devora cualquier posible
fragmento real y lo disuelve en la ficción.
Sobre el final, se introducen dos nuevas voces. En el anteúltimo
capítulo, José Luis Miranda, un monje español que había sido cautivo
de aquel pueblo precolombino y logrado escapar, ofrece otra visión
de Oscar. El príncipe lo había elegido para ser su servidor y
para que tomara nota de esas memorias que -una vez traducidas
por Miranda del calchaquí al español- se transformarían en el
manuscrito, el legado para los siglos venideros. En el último
capítulo, un narrador identificado como M.C. (iniciales que remiten
al autor de la novela) habla de su maestro Corvalán-Ruzzi, fallecido
en 1976, y confiesa haber consagrado los últimos ocho años de
su vida a preparar la versión final del manuscrito con las notas
de su maestro. La Historia presenta un juego especular de voces del cual puede desprenderse
una idea sobre la literatura: los textos no remiten al mundo sino
a otros textos, la escritura siempre es reescritura.
Martín Caparrós, autor de las novelas Ansay o los infortunios de la gloria (1984), No velas a tus muertos (1986), El tercer cuerpo (1990) y La noche anterior (1990), concibió este libro como un mito de origen para la Argentina.
No sorprende por lo tanto que el texto guarde relaciones con Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, novela que fue leída en su momento
como un mito de origen para Latinoamérica. En efecto, ambas obras
plantean la creación de un hipotético pueblo fundado por un clan
familiar: la Ciudad y las Tierras, en La Historia y Macondo, en la obra del colombiano. No obstante, del trabajo
formal de La Historia se deduce un escepticismo que revela cuánto tiempo ha pasado
entre una y otra novela y cómo han cambiado las cosas desde entonces.
La desconfianza en el poder del lenguaje para dar cuenta de un
todo atraviesa la construcción de este libro y sugiere que en
los años 90, signados por el cataclismo de los sentidos totalizadores,
no es posible crear un gran relato de origen sin una cuota de
autoironía. Acaso sea en razón de esa desconfianza que La Historia no está narrada por una sola voz sino por varias, a través de
las cuales Caparrós -haciendo gala de un notable virtuosismo técnico-
logra sortear felizmente la difícil tarea de construir un mito,
con clara conciencia de que los mitos han caído en desgracia.
Florencia Abbate
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