a primera y única vez que vi una semilla de "rududendrus" me acuerdo
que fue uno de esos tristes viernes de otoño en que hacía su entrada en
mi casa aquel extraño personaje todo vestido de negro, de aspecto
solemne, silencioso, contratado por mi abuela para darle cuerda a los
relojes. Recuerdo que sonó el timbre y mi abuela ordenó: "Abran la
puerta, es el Señor Zupagni". El Señor Zupagni me tenía fascinada y más
fascinada aún me tenía su maletín, de donde extraía una larga y plateada
cuerda con la que inyectaba nueva vida a los agonizantes relojes. Yo me
moría por revisar el maletín, por darlo vuelta de adentro para afuera,
pero el misterioso relojero sólo abría el cierre hasta menos de la mitad,
introducía dos de sus dedos haciendo pinza y sacaba la llave sin que yo
pudiera ver nada más. Lo seguía por todas las habitaciones y en todos sus
movimientos. Primero al comedor, allí estaba el reloj más lindo de la
casa, el que más le gustaba a Zupagni; parecía enamorado de ese reloj, lo
tocaba suavemente como si fuera una frágil porcelana. Después de darle
cuerda se sentaba en uno de los sillones a escuchar las campanadas. Fue
en una de esas esperas, embelesado con el "tan-tan-tan", cuando yo
aproveché para meter la mano en el maletín del señor Zupagni. Mis dedos
curiosos y más que curiosos, presurosos, resbalaron y tropezaron con una
cantidad de objetos rarísimos, por lo menos al tacto; unos duros y otros
blandos, pero, de repente, sentí que atrapaba algo muy pequeño, suave. Lo
extraje y sin mirarlo siquiera lo guardé en un bolsillo de la tricota. En
realidad estaba cometiendo un acto de robo y era perfectamente consciente
de ello, pero no me importaba. El sólo pensar que había podido penetrar
en el misterioso maletín y aún más: sustraer algo que éste encerrara, era
para mí un orgullo, un triunfo.
Cuando se fue Zupagni volví al lado de mi abuela pues ya se acercaba la
hora de rezar el rosario. Siempre lo rezábamos con mi hermano y a veces
se nos unía la gallega Angustias, a quien mi abuela tenía siempre al
trote porque era tan torpe que rompía cuanto tocaba, volcaba cuanto
florero o vaso de agua pasaba por sus manos y hacía estropicios con todo
lo que tenía cerca. Varias veces mi abuela la echó de la casa y luego,
arrepentida, le suplicó que se quedara tratando de tocarle el corazón al
decirle que no la dejara así, vieja y enferma. La gallega, por supuesto,
se hacía rogar, traía todos sus petates delante de mi
abuela para que los
revisara y viera que no se llevaba nada que no le perteneciera (por
aquello de "las honras") y se despedía de todos, para aparecer a los
cinco minutos, con el delantal puesto, a preguntar si había algo para
hacer o simplemente a cerrar las persianas.
Aquel rosario fue muy especial. Con una mano pasaba yo las cuentas
repitiendo cada avemaría y con la otra rozaba apenas el misterioso objeto
robado del maletín del relojero. Tendría que hacerlo cómplice a mi
hermano porque sola con toda esa aventura a cuestas no podría continuar.
Fueron los cinco misterios dolorosos más largos que haya rezado
jamás. Cada avemaría parecía durar diez minutos. (Además los misterios dolorosos
son aterrantes de por sí y parecen los más largos de los quince).
Pocos minutos después de terminar la Salve quedamos libres. Entraron mis
tíos y mis padres al cuarto y Angustias nos llevó al nuestro para
prepararnos el baño. Cuando me desnudé tuve la precaución de extraer de
mi bolsillo el pequeño tesoro hurtado al relojero. Cual no fue mi
sorpresa al descubrir que el tal tesoro no era más que una simple y burda
semilla.
Algo así como una semilla de zapallo o de girasol, parduzca,
insignificante. Sin embargo, no sé si porque me acordaba de "Jack and the
beanstalk" o simplemente porque quería hacer un experimento, la guardé en
una cajita en el cajón de mi mesa de luz.
Cuando las luces se apagaron y Angustias nos despidió como todas las
noches, decidí contarle todo a mi hermano. El me contemplaba fascinado a
través de la velita "nochebuena" que nos hacía encender mi abuela antes
de dormirnos. Me había convertido en heroína con motivo del hurto del
maletín. Cuidadosamente abrí el cajón y saqué la cajita que contenía la
misteriosa semilla. Mi hermano seguía con la mirada todos mis
movimientos. Me arrodillé al lado de su cama, coloqué la cajita sobre sus
rodillas y procedí a abrirla. Me estremecí en el primer instante porque
hubiera jurado que la semilla había crecido. Claro está que mi hermano no
tenía por qué creerme. Después de todo, él no la había visto antes.
-- ¿Y por esa porquería hacés tanto lío? --me dijo en tono burlón y algo
desinteresado.
-- Callate, ¿vos qué sabés? Esta semilla tiene magia, vas a ver --le
dije, aunque no muy convencida.-- Por ahora guardémosla en esta cajita,
mañana la llevamos a la azotea y la plantamos en alguna de esas macetas
que tiene la tía Maluchi.
Maluchi, nuestra tía más querida, tenía debilidad por las plantas y
había instalado en la azotea de la casa un inmenso vivero con las plantas
más variadas y pintorescas. Nosotros podíamos subir siempre que hubiera
sol y el tiempo estuviera templado, y nos quedábamos jugando una o dos
horas hasta que las sirvientas hubieran limpiado la casa. Angustias nos
cuidaba mientras lavaba la ropa, canturreando divertidísimas gallegadas.
Así fue que a la mañana siguiente, que por suerte fue de un sol radiante,
después de tomar el desayuno, cuando Angustias apareció en el comedorcito
diario a buscarnos para llevarnos como siempre a la azotea, ni mi hermano
ni yo esperamos como otras veces que repitiera la invitación. Ni siquiera
aguardamos que recolectara los perros de la casa. La azotea era nuestro
solar, el paraíso de la tía Maluchi y, al mismo tiempo, el desagotadero
de las necesidades de los perros de la familia. Llegamos hasta el último
escalón, aunque parezca mentira, antes que los perros y eso que
éstos cuando se trataba de sus "necesidades" corrían como saetas. Cuando
Angustias abrió la puerta para hacernos pasar, un ovillo de niños y
perros la arrastró al suelo y, por fin, estábamos en la azotea. Corrimos
presurosos al vivero y en la primera maceta que no tenía planta arrojé la
semilla. La tapamos con un poco de tierra y nos fuimos a jugar. Confieso
que me olvidé de la semilla por varios días. Incluso dejamos de verla
algo así como por una semana, a raíz del mal tiempo. Comenzaba el
invierno y lógicamente los estudios, aunque con maestra particular en
casa, se hacían más pesados. Después de algún tiempo, una mañana no muy
fría, mamá ordenó a Angustias que me llevara a la azotea. Como mi hermano
estaba resfriado se quedó en nuestro centro de estudio jugando con el
"meccano" . Lo miré con cara de complicidad y allí fuí con la gallega.
La tía Maluchi estaba en el vivero contemplando sus plantas y poniendo
cartelitos. Grande fue mi sorpresa cuando vi la maceta que
encerraba nuestra semilla. Asomaba una pequeña e insignificante plantita y, clavado
en la tierra, un palito con un letrero que leía: "RUDUDENDRUS ORLOGIUS".
-- "¿Cómo diablos se le ocurrió a la tía Maluchi este nombre?" --pensé.
-- "Y más aún, si no ha plantado ella la planta, ¿acaso piensa que creció
sola?". Estas conjeturas me distrajeron un largo rato, tanto que cuando
Angustias me llamó a la realidad, diciendo que debía bajar, me pareció
que no había estado allí ni diez minutos. Maluchi se quedó con sus
plantas y los perros, y yo bajé ansiosa por contarle a mi hermano. El
hecho de que hubieran bautizado nuestro hurto me tenía muy intrigada. Esa
tarde, como todos los viernes, vino Zupagni a dar cuerda a los relojes.
Lo acompañé como siempre aunque sintiéndome bastante incómoda. No había
traído el maletín y se le veía muy pálido, enfermo diría yo. Después de
dar cuerda al reloj de la estatua de Napoleón que era el último del
recorrido, me pidió que lo condujera hasta mi abuela. No se me ocurrió
pensar que iba a pedir su cheque porque los niños no pensamos nunca en
cheques o en dinero, pero si se me hubiera ocurrido no habría acertado,
pues lo que fue Zupagni a decirle a mi abuela era que no vendría más a
casa, que se sentía fatigado y enfermo, y que se retiraría, que dejaría
su trabajo. El asunto no pareció tener mayor importancia o por lo menos
eso creí yo. La cuestión era que los relojes andarían una semana más y
después habría que aprender a darles cuerda. Mi tío Francisco era el más
indicado para hacerlo.
-- Guarda esto, hijita, en el cajón del "tualé" --dijo la abuela
mientras me alcanzaba la cuerda plateada que tanto me gustaba.-- Dentro
de una semana alguien tendrá que usarla con los relojes.
La semana transcurrió sin mayores novedades. Mi hermano mejoró del
resfrío y yo, en cambio, caí en cama con fiebre. Por suerte mi hermano
hacía de emisario y me tenía al tanto de los adelantos de la planta.
Estuve en cama varios días porque se me complicó con el oído y, a raíz
de eso, mi madre no me dejó ir a la azotea por algo así como un mes.
La planta, según mi hermano, estaba altísima, era la más grande y la más
linda del vivero. Maluchi la regaba todos los días como si supiera que
requería más cuidados que las demás. Mi hermano nunca le preguntó nada y
ella, como si estuviera enterada de todo, jamás le hizo comentario
alguno. Sin embargo, le hablaba de las otras plantas y hasta le contó que
iba a sembrar unas semillas nuevas, pues llegaba la primavera.
Estábamos en pleno Septiembre cuando Francisco trajo la noticia. Se
había encariñado tanto con el manejo de los relojes que de cuando en
cuando estaba en contacto con el Señor Zupagni -- ¿Te acordás de Zupagni,
el relojero, chica? --me dijo sonriendo. Siempre sonreía cuando iba a
dar una mala noticia. No es que fuera de malos sentimientos, era
simplemente una costumbre. Me acuerdo que cuando leía las noticias
policiales o de accidentes en el diario, comentaba intercalando risitas,
"em... jeje... se cayó un tranvía... jeje... con quince... jeje...
obreros... a bordo... jeje... por el puente Avellaneda... jeje... por la
niebla... jeje...". Todos los dramas le causaban gracia, pero sin
maldad. Total que entre risitas y sonrisitas me espetó que el relojero
había pasado al otro mundo. A mí me dió mucha lástima, pero más que nada
confieso que tuve miedo. Mucho miedo porque pensé que, ahora que estaba
muerto, me vería desde el más allá y sabría que yo le había robado.
Cuando le conté a mi hermano, tuvo el mismo susto que yo. --Destruyamos
la planta --me dijo-- si no existe más la planta el muerto no se puede
enterar. Me pareció muy acertada su reflexión y decidí que debíamos
esperar el momento oportuno para subir a la azotea a quitarle la vida al
"rududendrus malditus". Esto fue en seguida del almuerzo, pues Maluchi se
recostaba al lado de mi abuela, mamá se quedaba tejiendo en su cuarto, mi
padre se iba al escritorio y las sirvientas dormían la siesta. Subimos de
puntillas y llevamos a cabo nuestro crimen de la manera más rápida y
sencilla. Arranqué la planta de un tirón y la arrojé lejos por arriba de
la empalizada que separaba nuestro edificio del hotel vecino. Bajamos en
un periquete y volvimos a nuestro cuarto como dos angelitos. Nadie diría
que acabábamos de cometer un crimen. Olvidados ya de la planta y del
relojero nos pusimos a construir un garaje con el "meccano" . No pudimos,
empero, concentrarnos mucho, pues un extraño zumbido que provenía de los
otros cuartos distrajo nuestra atención del juego.
-- Son campanadas --dijo mi hermano palideciendo.
-- Son los relojes --realicé-- los relojes que están sonando sin parar.
Y así continuaron cerca de una hora.
Los dos, inmóviles y consternados,
podíamos oir el ir y venir de la gente por la casa con el lógico
nerviosismo que el caso requería, pero las campanadas no cesaban, hasta
que de repente --no sabría describir el momento justo-- se hizo el
silencio, un silencio sepulcral. No se oía ni el tic-tac de los relojes,
nada.
Súbitamente se escuchó la voz de Francisco, pausada y sonriente, como
vaticinando alguna desgracia.
-- No caminan... jeje... están con toda la cuerda y sin embargo no
caminan... jeje... es como si se hubieran detenido para siempre...
jeje... los relojes están muertos... jeje... muertos como
Zupagni... jeje...
-- Y como la planta --pensé yo sin sonreir.
