esgraciadamente, hay que volver a la rutina por más que algo en
nuestro interior se rebele y a pesar de que nuestros pies quieran retroceder
sobre lo andado. Esta mañana, cuando transpuse la puerta del edificio
Alborada, me sentía como el perrito que pasó el día correteando en el
campo y debe volver con el amo al encierro del departamento. Por supuesto
que nadie me arrastró con la cadena ni me obligó a entrar como en el caso
del perro, pero ese peso semejante a la mano fuerte del amo, ese empuje
interior que mueve montañas llamado responsabilidad, me introdujo con más
ímpetu, tal vez, que cualquier fuerza física. De allí que, antes de tomar
verdadera conciencia de mis actos, estuve instalado en el escritorio,
rodeado de papeles, taponado de rutina y poniéndome al día con todos los
chismes y acontecimientos ocurridos durante mi ausencia.
Taconi me avisó --todavía no sé si por compañerismo o simplemente por el
placer de mortificarme-- que "querían 'serrucharme' el piso"; Roqué
sugirió que me "quedara 'en el molde'" si me llegaban a hacer algún
planteo; Busich dijo que no había que permanecer cruzados de brazos, que
era necesario rebelarse, unirse todos y elevar una nota al Director
General denunciando las anormalidades que venían sucediéndose en los
últimos seis meses. Otros aprobaron la moción, agregando que había que
persuadir al Sindicato para que interviniera y obligara a los jerarcas a
deshacerse de los inútiles acomodados.
Estos últimos, en las personas de Petrini y Figari, eran unos pobres
infelices que habían sido admitidos en la Empresa pocos meses antes.
Tenían cierto parentesco con la viuda del Director de Finanzas, dueña
ahora de una buena parte del paquete accionario de la Compañía y, con tal
motivo, estaban escalando posiciones a pasos agigantados. (En realidad,
eran dos caraduras que pretendían tener grandes conocimientos y
circulaban con arrogancia por todas las secciones de la Empresa vigilando
nuestro comportamiento para después, con toda seguridad, dar cuenta a las
autoridades).
Rosita, la única mujer que trabajaba en nuestro Departamento, trató de
calmar los ánimos diciendo que no debíamos anticiparnos a los hechos.
La mañanan transcurrió sin mayor novedad y yo me dediqué a ordenar el
archivo y revisar algunos papeles. Estuve tan ocupado con estas
nimiedades que no tuve tiempo ni la picardía suficiente para percartarme
de que, en ningún momeno, ingresaron en mi bandeja ni papeles, ni
formularios, ni expedientes nuevos.
Al día siguiente, en cambio, como ya tenía todo el trabajo actualizado,
comenzaron mis sospechas.
No era posible que no hubiera una sola factura para abonar a los
proveedores, ni podía ser que las planillas de gastos estuvieran tan
retrasadas como para no llegar a mis manos.
A mediodía salí a almorzar con Clara, de Compras, y con Parodi, de
Tesorería. Por ellos me enteré que estaban por producirse varios cambios,
pero cuando quise abordar el tema de mi caso particular Clara se excusó
diciendo que tenía que ir al Banco y Parodi se levantó a hablar por
teléfono. No esperé que volviera. Pagué y me fui a caminar por Carlos
Pellegrini. El ir y venir de la gente, el colorido de la ropa de las
mujeres y esa aparente alegría que llevaban todos como pintada en
la cara, me contagiaron un poco y, cuando entré en la oficina, me encontraba algo
más despejado y optimista.
Sin embargo, esta sensación duró apenas un momento. A eso de las tres
cayó el Gerente acompañado por Petrini, uno de los obsecuentes
acomodados. Todos saludamos con cortesía y ellos se detuvieron a
conversar delante de mi escritorio. Querían saber en qué había quedado el
asunto de las pautas de publicidad para el ejercicio que comenzaba. Se lo
preguntaron a Roqué y no a mí, como hubiera correspondido.
Cuando se fueron nos miramos todos. Rosita dijo que se olía algo; que,
sin duda, "había gato encerrado". Alguien insinuó que el "chupamedias" de
Petrini, seguramente, ocuparía mi lugar.
Me sentí disminuído, desairado, y una ola de indignación se apoderó de
mi persona. Si bien yo nunca había sido un servil ni un oportunista, era
un tipo responsable, cumplidor y había puesto toda mi capacidad y
conocimientos al servicio de la Empresa. Por mis conexiones particulares,
la firma había conseguido la cuenta de La Céltica. Por mi vinculación
personal con Agromet, habíamos obtenido que todas sus subsidiarias
contrataran nuestros servicios. Y ¿así me iban a pagar estos
cerdos?
A la noche en vez de ir directamente a casa preferí meterme en un cine
para distraer mis pensamientos, ennegrecidos ahora por el panorama
laboral que me habían pintado.
Cuando llegué, María Estela estaba preocupada. Pretexté haberme quedado
fuera de hora por exceso de tareas y me acosté sin comer.
A la mañana siguiente aparecí antes que los demás. No era por hacer
buena letra, si no simplemente por no haber podido quedarme un minuto más
en la cama.
El trabajo fue llegando para todos. Para mí: nada. (El tener que estar
en una oficina es una de las obsesiones de encierro más patéticas que
conozco. Pero tener que soportar todo esto sin hacer nada, es tanto
peor; no hay forma de tortura que pueda comparársele). Me dediqué a hacer
palabras cruzadas. Cuando acabé con ellas, ayudé a Rosita a controlar una
lista y, después de esto, me aboqué a la tarea de escribir cartas a los
muchachos de Mendoza. Otra tarde pasó sin pena ni gloria y, nuevamente me
encontré camino a casa pateando una tapita de cerveza.
María Estela me preguntó cosas. No recuerdo exactamente cuales, pero lo
cierto es que le contesté de mala manera y me encerré en el dormitorio.
La cordura me indicaba que esa no era la conducta correcta, que mi mujer
nada tenía que ver con mis problemas de trabajo, pero mi indignación era
tan fuerte que permanecí enclaustrado haciendo caso omiso de la voz de mi
conciencia.
Los días sucesivos fueron iguales o más aburridos que los anteriores. Mi
escritorio seguía vacío de papeles y, lo que es curioso, juntando polvo.
Al principio me dediqué a limpiarlo yo mismo. Después decidí abstenerme
para ver hasta dónde llegaba la canallada de los limpiadores. (No sé por
qué extraña razón los subalternos se regocijan cuando alguien está caído
y, en vez de ayudarlo, le ponen el pie encima). Un mes más tarde había
tanta tierra en mi escritorio que me hizo estornudar. A mis compañeros ya
no les caía en cuenta. Yo era como un mueble más, pero un mueble sucio,
abandonado. Varias veces quise intervenir en las conversaciones que
mantenían, pero fue inútil. Ni siquiera me miraban. Era como si yo no
existiera.
Una mañana encontré una cucaracha en el primer cajón. La plasté con un
papel y la tiré al canasto. Nadie pareció advertirlo.
Otro día pude ver las patas de una araña, escapando entre los papeles y
sobres. La busqué con insistencia, pero fué inútil; había desaparecido.
Transcurrieron varios meses antes que lograra atraparla. Sin embargo,
cuando lo hice, no pude matarla. No quise. Después de todo, era la única
compañera que me quedaba dentro de esa cárcel.
A partir de aquel día comencé a llevarle galletitas y bizcochos. Ya no
me importaba la situación en la oficina ni la indiferencia de mis
compañeros. Ahora tenía una colega, una verdadera amiga.
Ellos trabajaban como máquinas, mientras yo me comunicaba románticamente con mi camarada.
Un día resolvimos, de común acuerdo, construir una telaraña. Una
telaraña gigantesca que nos cubriera y separara de los demás, de todo ese
mundo que no nos comprendía. Entonces comenzó nuestra labor. Ella
trabajaba de noche y yo la ayudaba durante el día. Empezamos dentro de
los cajones, doblando y acomodando nuestro trabajo para que nadie lo
advirtiera. Tejimos y tejimos a lo largo de varios meses. La telaraña
tenía que ser fuerte y resistente. Era necesario tejer un millón de veces
sobre el mismo pedazo para que nada ni nadie pudiera destruirlo.
Y, por fin, llegó el tan ansiado día. Entré en la oficina bastante más
temprano que de costumbre y, aprovechando que estábamos solos, ayudé a
la arañita a desplegar nuestra obra. Era casi tan inmensa como la carpa
de un circo, y gruesa e indestructible como una malla de acero. Comenzamos
a extenderla y a cubrir el escritorio destartalado, tapado ya por un
espeso polvo. Luego la silla --tan desvencijada como aquél--, la mesita
con la máquina de escribir, los archivos, el armario metálico, la percha.
Cuando estaba casi todo cubierto, me introduje dentro del globo que se
había formado.
