La telaraña

de Teresa Caballero

Desgraciadamente, hay que volver a la rutina por más que algo en nuestro interior se rebele y a pesar de que nuestros pies quieran retroceder sobre lo andado. Esta mañana, cuando transpuse la puerta del edificio Alborada, me sentía como el perrito que pasó el día correteando en el campo y debe volver con el amo al encierro del departamento. Por supuesto que nadie me arrastró con la cadena ni me obligó a entrar como en el caso del perro, pero ese peso semejante a la mano fuerte del amo, ese empuje interior que mueve montañas llamado responsabilidad, me introdujo con más ímpetu, tal vez, que cualquier fuerza física. De allí que, antes de tomar verdadera conciencia de mis actos, estuve instalado en el escritorio, rodeado de papeles, taponado de rutina y poniéndome al día con todos los chismes y acontecimientos ocurridos durante mi ausencia.

    Taconi me avisó --todavía no sé si por compañerismo o simplemente por el placer de mortificarme-- que "querían 'serrucharme' el piso"; Roqué sugirió que me "quedara 'en el molde'" si me llegaban a hacer algún planteo; Busich dijo que no había que permanecer cruzados de brazos, que era necesario rebelarse, unirse todos y elevar una nota al Director General denunciando las anormalidades que venían sucediéndose en los últimos seis meses. Otros aprobaron la moción, agregando que había que persuadir al Sindicato para que interviniera y obligara a los jerarcas a deshacerse de los inútiles acomodados.
    Estos últimos, en las personas de Petrini y Figari, eran unos pobres infelices que habían sido admitidos en la Empresa pocos meses antes. Tenían cierto parentesco con la viuda del Director de Finanzas, dueña ahora de una buena parte del paquete accionario de la Compañía y, con tal motivo, estaban escalando posiciones a pasos agigantados. (En realidad, eran dos caraduras que pretendían tener grandes conocimientos y circulaban con arrogancia por todas las secciones de la Empresa vigilando nuestro comportamiento para después, con toda seguridad, dar cuenta a las autoridades).
    Rosita, la única mujer que trabajaba en nuestro Departamento, trató de calmar los ánimos diciendo que no debíamos anticiparnos a los hechos.
    La mañanan transcurrió sin mayor novedad y yo me dediqué a ordenar el archivo y revisar algunos papeles. Estuve tan ocupado con estas nimiedades que no tuve tiempo ni la picardía suficiente para percartarme de que, en ningún momeno, ingresaron en mi bandeja ni papeles, ni formularios, ni expedientes nuevos.
    Al día siguiente, en cambio, como ya tenía todo el trabajo actualizado, comenzaron mis sospechas.
    No era posible que no hubiera una sola factura para abonar a los proveedores, ni podía ser que las planillas de gastos estuvieran tan retrasadas como para no llegar a mis manos.
    A mediodía salí a almorzar con Clara, de Compras, y con Parodi, de Tesorería. Por ellos me enteré que estaban por producirse varios cambios, pero cuando quise abordar el tema de mi caso particular Clara se excusó diciendo que tenía que ir al Banco y Parodi se levantó a hablar por teléfono. No esperé que volviera. Pagué y me fui a caminar por Carlos Pellegrini. El ir y venir de la gente, el colorido de la ropa de las mujeres y esa aparente alegría que llevaban todos como pintada en la cara, me contagiaron un poco y, cuando entré en la oficina, me encontraba algo más despejado y optimista.
    Sin embargo, esta sensación duró apenas un momento. A eso de las tres cayó el Gerente acompañado por Petrini, uno de los obsecuentes acomodados. Todos saludamos con cortesía y ellos se detuvieron a conversar delante de mi escritorio. Querían saber en qué había quedado el asunto de las pautas de publicidad para el ejercicio que comenzaba. Se lo preguntaron a Roqué y no a mí, como hubiera correspondido.
    Cuando se fueron nos miramos todos. Rosita dijo que se olía algo; que, sin duda, "había gato encerrado". Alguien insinuó que el "chupamedias" de Petrini, seguramente, ocuparía mi lugar.
    Me sentí disminuído, desairado, y una ola de indignación se apoderó de mi persona. Si bien yo nunca había sido un servil ni un oportunista, era un tipo responsable, cumplidor y había puesto toda mi capacidad y conocimientos al servicio de la Empresa. Por mis conexiones particulares, la firma había conseguido la cuenta de La Céltica. Por mi vinculación personal con Agromet, habíamos obtenido que todas sus subsidiarias contrataran nuestros servicios. Y ¿así me iban a pagar estos cerdos?
    A la noche en vez de ir directamente a casa preferí meterme en un cine para distraer mis pensamientos, ennegrecidos ahora por el panorama laboral que me habían pintado.
    Cuando llegué, María Estela estaba preocupada. Pretexté haberme quedado fuera de hora por exceso de tareas y me acosté sin comer.

    A la mañana siguiente aparecí antes que los demás. No era por hacer buena letra, si no simplemente por no haber podido quedarme un minuto más en la cama.
    El trabajo fue llegando para todos. Para mí: nada. (El tener que estar en una oficina es una de las obsesiones de encierro más patéticas que conozco. Pero tener que soportar todo esto sin hacer nada, es tanto peor; no hay forma de tortura que pueda comparársele). Me dediqué a hacer palabras cruzadas. Cuando acabé con ellas, ayudé a Rosita a controlar una lista y, después de esto, me aboqué a la tarea de escribir cartas a los muchachos de Mendoza. Otra tarde pasó sin pena ni gloria y, nuevamente me encontré camino a casa pateando una tapita de cerveza.
    María Estela me preguntó cosas. No recuerdo exactamente cuales, pero lo cierto es que le contesté de mala manera y me encerré en el dormitorio. La cordura me indicaba que esa no era la conducta correcta, que mi mujer nada tenía que ver con mis problemas de trabajo, pero mi indignación era tan fuerte que permanecí enclaustrado haciendo caso omiso de la voz de mi conciencia.
    Los días sucesivos fueron iguales o más aburridos que los anteriores. Mi escritorio seguía vacío de papeles y, lo que es curioso, juntando polvo. Al principio me dediqué a limpiarlo yo mismo. Después decidí abstenerme para ver hasta dónde llegaba la canallada de los limpiadores. (No sé por qué extraña razón los subalternos se regocijan cuando alguien está caído y, en vez de ayudarlo, le ponen el pie encima). Un mes más tarde había tanta tierra en mi escritorio que me hizo estornudar. A mis compañeros ya no les caía en cuenta. Yo era como un mueble más, pero un mueble sucio, abandonado. Varias veces quise intervenir en las conversaciones que mantenían, pero fue inútil. Ni siquiera me miraban. Era como si yo no existiera.
    Una mañana encontré una cucaracha en el primer cajón. La plasté con un papel y la tiré al canasto. Nadie pareció advertirlo.
    Otro día pude ver las patas de una araña, escapando entre los papeles y sobres. La busqué con insistencia, pero fué inútil; había desaparecido. Transcurrieron varios meses antes que lograra atraparla. Sin embargo, cuando lo hice, no pude matarla. No quise. Después de todo, era la única compañera que me quedaba dentro de esa cárcel.
    A partir de aquel día comencé a llevarle galletitas y bizcochos. Ya no me importaba la situación en la oficina ni la indiferencia de mis compañeros. Ahora tenía una colega, una verdadera amiga. Ellos trabajaban como máquinas, mientras yo me comunicaba románticamente con mi camarada.
    Un día resolvimos, de común acuerdo, construir una telaraña. Una telaraña gigantesca que nos cubriera y separara de los demás, de todo ese mundo que no nos comprendía. Entonces comenzó nuestra labor. Ella trabajaba de noche y yo la ayudaba durante el día. Empezamos dentro de los cajones, doblando y acomodando nuestro trabajo para que nadie lo advirtiera. Tejimos y tejimos a lo largo de varios meses. La telaraña tenía que ser fuerte y resistente. Era necesario tejer un millón de veces sobre el mismo pedazo para que nada ni nadie pudiera destruirlo.
    Y, por fin, llegó el tan ansiado día. Entré en la oficina bastante más temprano que de costumbre y, aprovechando que estábamos solos, ayudé a la arañita a desplegar nuestra obra. Era casi tan inmensa como la carpa de un circo, y gruesa e indestructible como una malla de acero. Comenzamos a extenderla y a cubrir el escritorio destartalado, tapado ya por un espeso polvo. Luego la silla --tan desvencijada como aquél--, la mesita con la máquina de escribir, los archivos, el armario metálico, la percha. Cuando estaba casi todo cubierto, me introduje dentro del globo que se había formado.


    Ahora la arañita continúa el trabajo de cerrar, desde afuera. Y yo espero. Espero a mis compañeros. Sólo me queda un minuto de oxígeno y tal vez no pueda despedirme, pero, pensándolo bien, a esta altura, ¿qué me importa? Si no llegan a tiempo, ya no interesa. A mí me queda la verdadera vida por delante, la libertad imperecedera que sólo conocen los pájaros, los insectos y las flores. A ellos, estúpidos esclavos, no les resta más que la muerte lenta del encierro eterno, esa que frecuentan los cobarde, los villanos, los rastreros.


de "La telaraña" (Ediciones de Gog y Magog) , © 1976 Teresa Caballero.

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