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UNO
Yo me llamo Bentos Márquez Sesmeao y estoy acostumbrado a morir. Se lo digo
nada más para que se acuerde, Miranda, ya que usté es joven y le puede
faltar la memoria. Se lo digo para que vaya sabiendo que si se me antoja que no pasa,
por fuerte que sepa pechar su tobiano y filoso que tenga el cuchillo. Yo no soy hombre
de esos que se pueden sacar cagando a lonjazos. Todavía me le puedo plantar
a un caballo por ancho que sea de pecho y duro de garrones que sea. Y mentira eso
de que puedo salir corriendo si me ponen un espejo enfrente, porque hasta para mi
cara estoy curado de espanto. Y no se ría, porque es de verdá mi nombre,
acuerdesé. Bentos Márquez Sesmeao, y nada de eso que me nombran en el pueblo.
Ni Negro ni Carneiro ni el Cabo Negro ni Kincón, que fueron nombres que, contra
todo, ya me empezaban a gustar. Pero no en gentes como usté, Miranda, que al
fin y al cabo son lo mismo que yo, peones o así. Hubo otros que me lo pudieron
decir y hasta me gustaba, contra todo. Pero usté no, Miranda, usté mejor
no. Así que mejor haga el rodeo que le digo, cada vez que sale. Mejor endereza
para el lado de la estancia misma y se aguanta la vuelta, por lejos que le quede
el pueblo en ese modo. Después de todo debe ser lindo andar por los cardos,
ahora que es verano, porque a cada pata que pone el caballo en las tierras se largan
a volar un montón de gritos, a más de las perdices. Eso digo. Mejor eso
y no lo de andar probando qué de ligero le sale el cuchillo, bien a tiro de
mi vista, para intimarme y que no me arrime al alambrado, cada vez que usté
amaga para acá. Aparte que le va a costar trabajo porque ya hace rato que apuntalé
bien la tranquerita, con tres clavos así contra el poste, y es mi derecho. Cuando
mucho se costea un poco más para arriba, porque mi franja es corta y alambrado
de la estancia hay a patadas, contra el camino, para pasar. Ya sé que a los
ingleses no les gusta, pero mejor se anima a eso en vez de andar jodiendomé
a mí. Usté dirá que es una pavada eso de poner la estancia, digo la
tranquera principal por allá a cuatro leguas, y yo digo que sí. La tranquera
principal de le estancia. Pero también digo que cuando la pusieron (y esas épocas
yo lo sé mejor que usté, porque algo a mí me trajo Don Tomás),
cuando la pusieron el pueblo no era ni así de grande. Y aparte que ahora es
lo mejor, porque los patrones salen derecho al camino, y están a lo mismo de
Monte que de Belgrano. No a lo mismo, pero lo mismo de cómodos una vez que encaran
la ruta. Imaginesé si para ir a Buenos Aires, o mismo a Monte, tuvieran que
salir por este lado. Sería como media hora más, que es lo que hay del Manantiales
a la entrada de la estancia ida y vuelta. Se lo digo más justo, para que entienda.
Usté sabe que en auto, desde la entrada de la estancia al puente Manantiales,
que es como decir el pueblo, hay cuarto de hora, y sería bastante perder tiempo,
cuando se quiere ir a Monte, venir en coche por el lado de adentro un cuarto de hora,
para hacerlos de vuelta por el camino que uno vendría viendo todo al costado
en el viaje. Media hora justa, fijesé. Claro que usté es el que se jode
porque con el tobiano se hace como hora y media para venir a Belgrano cuando con
cruzar ya casi está. Pero no es mi culpa, Miranda, y yo no paro de aconsejarlo
bien. Usté tramitesé con los ingleses de abrir una tranquera donde termina
mi terreno, ahí cerca. Porque no es mi culpa que la parte mía caiga justo
donde estaba esa tranquera, Miranda. Así me gusta, cebesé el último,
solito, ahí en su puesto, y no insista en arrimarse porque esta franja es mía,
según consta en el testamento del mismo Don Tomás, y yo bien que la voy
a hacer respetar a la memoria dél. Algún día vas a tener un lugar
para morirte, Bentos. Así me dijo una vez. Cumplió y acá estoy y yo
voy a hacer respetar su memoria, la memoria del que fue su patrón. Pero el campo
está bueno, a esta hora, y mejor no discutir. Ni pelear. Eso también decía
Don Tomás, a veces, a la tarde. Que el campo estaba bueno y yo digo que quería
decir que estaba tranquilo, el campo, y él en esas veces no paraba de dibujar
y de dibujar. Y él decía que días así uno podía ser como
los chicos y agarraba el lápiz más finito y ahí se estaba, dele darle
y darle vueltas al lápiz con rayas muy finitas y así en el papel le salían
plantas como de juguete y vacas como de juguete y él se reía. Eran las
cosas que más me gustaban, claro que yo nunca entendí mucho y para esas
cosas hay que entender. Porque las cosas que no hacía con lápiz, esas de
color, no me gustaban nada. Pero las de lápiz y esas de rayas gruesas, con la
carbonilla, siempre me hacían algo. Esas más gruesas eran todas retorcidas
y oscuras y a mí no me gustaban mucho, pero me las quedaba mirando y él
me decía que era porque cuando las miraba me hacían acordar cosas, pero
no sé. En cambio, esos dibujos de rayas finitas me ponían contento y de
ahí tengo la costumbre de decir que el campo está bueno a esta hora, como
él decía, y yo mismo me pongo alegre y nada de ganas de pelear. Ni discutir.
Así que mejor que cada uno de nosotros se lama solo, Miranda, cada uno en su
misma casa. Va a ser mejor. Es lindo cuando uno puede terminar el día en paz
de Dios, sin que le tiemblen las manos por las rabietas. Mejor terminar el día
sereno, mirando cómo se acaba la luz natural, ahora que es verano y junto con
lo oscuro empiezan a joder los grillos y cada charco parece un circo, de lo alborotado.
Puras ranas y sapos, aparte de los ladridos, que recién empiezan. Es así.
Primero yo lo veo a Miranda que ceba el último mate y va para el lado del corral,
que está a unos cincuenta del rancho donde vive. A unos cincuenta metros. A
unos cien de mi vista, más menos que más, de seguro. Por lo menos, así
era cuando yo estuve en la estancia, que se decía que el rancho del puesto número
cuatro estaba justo a cien metros de la salida para el pueblo. Entonces más
más que menos, ahora me doy cuenta. Porque mi terreno es de este lado, donde
era el camino vecinal y era de la misma estancia. Después hicieron el camino
y el gobierno le compró la parte a los de San Manuel, así que El Negrete
se agrandó en lo que era, claro que los ingleses no tocaron nada y así
parece de ancho el camino a lo largo, nada más que con alambre en el pedacito
que me dejó Don Tomás, justo acá en la punta y cerca del pueblo, que
hasta eso pensó. Y habría que sacar la cuenta de cuánto terreno se
pierde así, que serían treinta metros de ancho por todo lo largo que hay
desde el Manantiales hasta más allá de la tranquera de entrada, con curvas
y todo el camino, como más de cuatro leguas. Una punta de plata, digo yo. Esas
cosas se las podría decir a Don Tomás pero no a éstos de ahora, que
apenas para no quedar mal con el pueblo ni nadie me dejaron venirme al terreno éste.
Me dejaron por cumplir con el testamento de Don Tomás, que me trajo del Brasil
y que se acordó de mí siempre y hasta el último momento y hasta escribió
de mí y de cómo me encontró y todo en esos papeles que me dejó
con algunos dibujos. Pobre Don Tomás.
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