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Mi amistad con las letras italianas
por Adolfo Bioy Casares
para La Nación, Buenos Aires, 1996
No creo equivocarme al afirmar que, de una forma o de otra, las
letras italianas estuvieron siempre a mi lado. En mi infancia,
Collodi y su Pinocho -y sobre todo sus secuelas sospechadamente
espurias pero no menos apasionantes, escritas por un español y
publicadas en la colección Calleja (Pinocho en la luna, Pinocho
en el pais de los hombres flacos, etcétera)- alimentaron mi fantasía.
Supongo que le debo, en alguna medida, mi afición por la literatura
fantástica.
Después, en mi juventud, leí con fervor adolescente la obra
del primer Papini, antes de su doble conversión al fascismo y
al catolicismo; me gustaba su Diccionario del hombre salvaje y,
algo menos, Un hombre acabado, sus prematuras memorias . También,
con esperanzado entusiasmo, procuré admirar a Marinetti: conocer
su obra fue el rápido remedio.
La primera vez que leí la Divina Comedia lo hice en 1933, en
la traducción muy anotada de Manuel Aranda y San Juan; por aquel
entonces estaba convencido de que no se podía leer el Quijote
sin los miles de notas de Rodriguez Marín. A medida que leía,
a las notas del propio Aranda agregaba otras, de mi cosecha.
Pirandello, de visita en Buenos Aires, comió en más de una
oportunidad en la casa de mis padres: lo acompañaba una actriz,
su amante. Lo recuerdo inteligente, oscuro y no demasiado alto
ni demasiado delgado. De sus escritos, todavía celebro sus cuentos
y especialmente su drama Enrique IV.
Además de Papini, Dante y Pirandello, Croce fue otra de las
lecturas de mi adolescencia. En cuanto a Vico, el consejo de algún
profesor de filosofía me dio ganas de leerlo, aunque con el tiempo
y ya no sé muy bien por qué, fui postergándolo.
Con los años, fui haciéndome amigo de escritores italianos.
En 1960, durante mi asistencia a una reunión del Pen Club, en
Río de Janeiro, me sentí muy amigo de la delegación italiana:
más de una noche comí en el restaurante italiano de Copacabana
junto a Moravia y Elsa Morante, Morra, Bassani y otros. Después
tuve amistad con Guido Piovene y, por medio de Silvina, con Italo
Calvino.
A Moravia lo visité en Roma. Su estilo oral era tan preciso
como la prosa del mejor de sus libros; por su infalible perspicacia
y por señalar el lado cómico de las cosas ejercía un pesimismo
grato. Generosamente me dijo alguna vez que él era un escritor
famoso y que Wilcock era un gran escritor.
El caso de Wilcock es en realidad extraordinario. De joven
fue un excelente escritor argentino y, en su edad madura, un excelente
escritor italiano.
En mi relación con Bassani ocurrió una situación propia de
un film cómico, en la que me tocó el papel desairado. En los días
del congreso del Pen Club entablamos una camaraderia amistosa;
años después, cuando nos encontramos en Roma, tuve la impresión
de que me trataba con cierta distancia, como si yo pretendiera
hacer valer un mutuo sentimiento de amistad que nunca habia existido.
Algo más: en un acto público intentó descolocarme con preguntas
hostiles. De todos modos, me niego a creer que el simpatiquísimo
Bassani de Rio y de San Pablo fuera una invención mía.
Sus colegas italianos lo acusaban de una supuesta incapacidad
para situar historias fuera de la Ferrara natal; pero, como anotó
un kantiano, el imperativo categórico funciona libremente en ámbitos
cerrados, lo que equivale a decir que en Ferrara o en cualquier
otro paraje caben toda suerte de observaciones y verdades universales.
La mejor prueba de ello es su espléndida novela El jardín de los
Finzi Contini.
En 1981, una editorial húngara reunió en un mismo volumen un
libro de Calvino (Las ciudades invisibles) y uno mío (I,a invención
de Morel). Esta circunstancia nos fue gratísima y fue confirmada
por otra, no menos agradable: en 1984 los dos recibimos -él como
autor italiano, yo como autor extranjero- el Premio Mondello de
Sicilia. Siempre pensé que Calvino era un escritor prodigiosamente
inventivo y que los comienzos de muchas de sus narraciones eran
excelentes pero que, como las de Stevenson, a veces decaían hasta
malograrse en un final impreciso.
A Buzzati no lo conocí personalmente. Era, como yo, uno de
los autores de la colección Pavillions, de Laffont. George Belmont,
que la dirigía, solía hablarme de él y alguna vez me dijo que
encontraba afinidades entre nosotros. Por entonces de Buzzati
yo sólo había leído la espléndida novela El desierto de los tártaros,
asi que no presté mayor atención. En 1973, en París, más precisamente
en un banco de la Place des Etats Unies, leí en la edición francesa
Las noches difíciles e Il Colombre (si es el libro que en francés
se titula Le rêve de l'escalier) y comprobé que Buzzati y yo muchas
veces hemos coincidido en la invención de argumentos. Sin duda
compartimos la obsesión por los médicos, los hospitales y los
enfermos, y me agrada pensar que a lo mejor hay influencia suya
en mi cuento "Otra esperanza". Si nos hubiéramos encontrado probablemente
hubiésemos sido amigos; pero no hay que atribuir mi admiración
por él a la alegrfa de hallar las mencionadas coincidencias. Lo
admiro por su estilo directo, por su imaginación tan inventiva
y porque sus libros son hospitalarios para mi.
Hacia fines de los setenta, Italo Calvino me aconsejó que leyera
La conciencia de Zeno. Al poco tiempo partí con el libro a una
ciudad termal. Ese libro espléndido me enseñó a no ser pretencioso.
A mí, que creo entender de libros y que creo en mi criterio, las
primeras páginas de La conciencia de Zeno me parecieron insoportables.
Me irritaba que el protagonista, para dejar el cigarrillo, se
hiciera encerrar en un sanatorio y después pensara que todo era
un plan de la mujer para tener amores con el médico... Pero como
en las librerias de aquella ciudad sólo encontraba libros pornográficos
o guías de turismo gastronómico, retomé la novela y pronto llegó
el día en que descubrí su fascinación. La conciencia de Zeno es
un libro que siempre releo y a Svevo lo siento como a un hermano.
Para felicidad de los lectores, la literatura es una biblioteca
inagotable. Yo no sé si leí mucho o poco; de lo que estoy seguro
es de no haber sentido nunca el hastío que supone la frase "leí
todos los libros". De tanto en tanto, casi diría con regularidad
infalible, descubro libros y autores que abren nuevos horizontes
a mi vida. Así un día descubrí a Sciascia. Desde entonces, leo
todo libro suyo que esté al alcance de mi mano.
Sciascia cuenta sus historias en un tono muy grato, en una
prosa descansada, libre de las rigideces que a otros nos impone
el afan de concisión: tiene riquísimas novelas de menos de cien
páginas como Una historia simple. No quisiera que la mención de
ese librito admirable sugiera que en mi opinión son inferiores.
El Consejo de Egipto, Puertas abiertas, El capitán y la bruja,
1912+1, Todo Modo, El teatro de la memoria y algunos otros que
tal vez en este momento no recuerde.
Finalmente, no quiero olvidar a Casanova, cuyas extraordinarias
Memorias he releído últimamente con gran placer, y, sobre todo,
a Lampedusa, de quien he leído y releído su maravilloso Gatopardo
y sus cuentos, en especial "La sirena y el profesor".
Extraído del suplemento "Cultura" del diario La Nación, 14 de enero de 1996 © La Nación, 1996 |
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