Sombras suele vestir (de la parte II)
El sufrimiento ajeno le inspiraba demasiado respeto para
intentar consolarlo: Bernardo Stocker no se atrevía a ponerse
del lado de la víctima y sustraerla del dominio del dolor. Por
un poco más se hubiera conducido como esos indígenas de
ciertas tribus africanas que cuando alguno de entre ellos cae
accidentalmente al agua, golpean al infeliz con los remos y alejan la
chalupa, impidiendo que se salve. En la corriente y los caimanes
reconocen la cólera divina: ¿es posible luchar con las
potencias invisibles? Su compañero «ya está
condenado»: ¿prestarle ayuda no significa colocarse, con
respecto a ellas, en un temerario pie de igualdad? Así,
llevado de sus escrúpulos, Bernardo Stocker aprendió a
desconfiar de los impulsos generosos. Más tarde había
conseguido reprimirlos. Compadecemos al prójimo
-pensaba- en la medida en que somos capaces de
auxiliarlo. Su dolor nos halaga con la conciencia de nuestro poder,
por un instante nos equipara a los dioses. Pero el dolor verdadero no
admite consuelo. Como este dolor nos humilla, optamos por ignorarlo.
Rechazamos el estímulo que originaría en nosotros un
proceso análogo (aunque de signo inverso) y el orgullo que
antes alineaba nuestras facultades del lado del corazón y nos
inducía fácilmente a la ternura, ahora se vuelve hacia
la inteligencia para buscar argumentos con que sofocar los arranques
del corazón. Nos cerramos a la única tristeza que al
herir nuestro amor propio lograría realmente entristecernos.
Su impasibilidad le permitía a Bernardo Stocker
vislumbrar la magnitud de la aflicción ajena. Ahora bien: ante
el dolor de Jacinta reaccionó de manera instantánea,
poco frecuente en él. ¿No era esto debido, precisamente,
a que Jacinta no sufría?
Jacinta se trasladó a vivir a un departamento de la
plaza Vicente López. Ese invierno no se anunciaba
particularmente frío, pero al despertar, no bien entrada la
mañana, Jacinta oía el golpeteo de los radiadores y un
leve olor a fogata llegaba hasta su pieza: Lucas y Rosa
encendían las chimeneas de la biblioteca y del comedor. A las
diez, cuando Jacinta salía del dormitorio, ya los sirvientes
se habían refugiado en el ala opuesta de la casa.
Bernardo Stocker heredó de su padre esta pareja de
negros tucumanos, así como heredó sus actividades de
agente financiero, sus colecciones de libros antiguos, su no
desdeñable erudición en materia de exégesis
religiosa. El viejo Stocker, suizo de origen, llegó al
país setenta años atrás: la ganadería, el
comercio y los ferrocarriles empezaban a desarrollarse, el Banco de
la Provincia estaba en trance de ocupar el tercer lugar del mundo, y
el Comptoir d'Escompte, Baring & Brothers, Morgan & Company,
trocaban en relucientes francos-oro y libras esterlinas los cupones
del gobierno. El señor Stocker trabajó, hizo fortuna,
pudo epilogar sus tareas en la Bolsa (después de un rato de
charla en el Club de Residentes Extranjeros) con el estudio del
Antiguo y Nuevo Testamento. En religión también era
partidario del «libre examen», de la «libertad
cristiana», de la «liberalidad evangélica».
Habia participado en los tempestuosos debates en torno a Bibel und
Babel, pertenecía a la Unión Monista Alemana,
rechazaba toda autoridad y todo dogmatismo.
Fue en un viaje por Europa. Bernardo (tenía
dieciséis años) acompañó a su padre
durante dos noches consecutivas al Jardín Zoológico de
Berlín. Los profesores laicos, los rabinos, los pastores
licenciados y los teólogos oficiales se arrancaban la palabra
en el gran salón de actos: discutían sobre
cristianismo, evolucionismo, monismo; sobre la Gottesbewusstsein
y la influencia liberadora de Lutero; sobre tradición
sinóptica y tradición juanina. ¿Había o no
existido Jesús? Las epístolas de San Pablo ¿eran
documentos doctrinales o escritos de circunstancia? El rugido
nocturno de los leones aumentaba la efervescencia de la asamblea. El
presidente recordaba al público que la Unión Monista
Alemana no se proponía inflamar las pasiones y que se
abstuviera de manifestar su aprobación o su vituperio: cada
discurso terminaba entre una baraúnda de aplausos y silbidos.
Las mujeres se desmayaban. Hacía mucho calor. A la salida,
padre e hijo desfilaron ante los pabellones egipcios, los templos
chinos, las pagodas indias. Traspusieron la Gran Puerta de los
Elefantes. El señor Stocker se detuvo, le dio a su hijo el
bastón, se enjugó las gafas, las barbas y los ojos con
un pañuelo a cuadros. Había sudado o llorado,
había contenido decorosamente su entusiasmo.
«¡Qué noche! -murmuraba-. ¡Y
luego se habla de la moderna apatía religiosa! El estudio de
la Biblia, la crítica de los textos sagrados y la
teología no es nunca inútil, querido Bernardo.
Recuérdalo bien. Hasta si nos hace pensar que Cristo no ha
existido como personalidad puramente histórica. Hoy lo hemos
hecho vivir en cada uno de nosotros. Con ayuda de su espíritu
se ha transformado el mundo, con ayuda de su espíritu
lograremos transformarlo aún, crear una tierra nueva.
Discusiones como la de hoy no pueden sino enriquecernos.»
Así, acompañado por el espíritu de Cristo
y por su hijo Bernardo, en cuyo brazo se apoyaba, continuó
discurriendo de esta suerte. Tomaron un coche de punto, dejaron
atrás la hojarasca cárdena del Tiergarten, entraron en
Friedrichstrasse, llegaron al hotel.
Habían transcurrido muchos años, pero Bernardo
continuaba asentando sus pasos en las huellas del señor
Stocker, haciendo todo lo que aquél había hecho en
vida, quizá sin convicción, pero de una manera no menos
fiel. Se puso por delante ese ejemplo como hubiera podido elegir
cualquier otro: las circunstancias se lo suministraron. A decir
verdad, no le fue difícil adaptarse a la imagen de su padre.
Se casó muy joven y al poco tiempo enviudó, como el
señor Stocker. Su mujer todavía habitaba la casa (o
mejor dicho la biblioteca, o mejor dicho el escritorio de la
biblioteca) desde un marco de cuero. Por las mañanas, en la
oficina, Bernardo leía los diarios y conversaba con las
clientes, mientras su socio, Julio Sweitzer, despachaba la
correspondencia y el empleado, tras un tabique de vidrios azules,
anotaba en los libros las operaciones del día anterior.
También a Sweitzer lo había modelado el señor
Stocker. En otra época llevó la contabilidad de la
casa; fue ayudante del padre, hoy era socio del hijo, y los admiraba
como se admira a una sola persona. Don Bernardo, después de
morir, acudió puntualmente a la oficina (¿veinte,
treinta, cuántos años más joven?), afeitado y
hablando español sin acento extranjero, pero la
sustitución era perfecta cuando Bernardo y su actual socio
(ahora le había tocado el turno a Sweitzer de que lo llamaran
don Julio) discutían temas bíblicos en francés o
en alemán.
A las doce y media los socios se separaban: Sweitzer regresaba
a su pensión, Bernardo almorzaba en un restaurante
próximo o en el Club de Residentes Extranjeros; por la tarde
era generalmente Bernardo quien asistía a la Bolsa. Y.
mientras tanto, se va viviendo, como decía Stocker padre. En
el edificio de la calle 25 de Mayo los hombres corren de una pizarra
a otra, descifran a la primera ojeada los dividendos de los valores
por cuya suerte se preocupan y reciben como una confidencia, entre el
opaco aullido de las voces, las palabras que deben dirigirse
expresamente a sus oídos. Sí; en torno a Bernardo los
hombres dialogan y gesticulan y trabajan y se agitan con mayor o
menor fortuna, pero aquéllos que se han hecho solidarios de la
escrupulosa prosperidad de «Stocker y Sweitzer» (Agentes
Financieros, Sociedad Anónima Bancaria) pueden destinarse a
otro género de atención; pueden dejar que los
días, los recuerdos, los paisajes los maduren, y atisbar el
milagro imperceptible de las nubes cambiantes, del viento y de la
lluvia.
José Bianco, de "Sombras suele vestir", Editorial Anagrama.
© 1987, Ana María Torres de González y Editorial Anagrama.
[Primera
Página]
[Bianco]