Sombras suele vestir (de la parte I)
Llegó el dia en que la señora de Vélez se
acostó entre un fragante desorden de junquillos, varas de
nardo, fresias y espadañas. El médico de barrio, a
quien doña Carmen arrancó del lecho esa madrugada,
diagnosticó una embolia pulmonar. La ceremonia fúnebre
tuvo lugar en el primer departamento, al lado de la puerta de calle,
que a ese fin cedió una vecina. Los inquilinos entraban a la
pieza de puntillas y una vez junto al ataúd dejaban caer sus
miradas sobre el rostro de la señora de Vélez con todo
el estrépito que habían contenido en sus pasos. Pero
del ataúd no llegaban señales de protesta. A la
señora de Vélez no parecían molestarla esas
miradas, ni los cuchicheos de los condolientes (sentados en torno a
Jacinta y Raúl) ni el ir y venir de doña Carmen (un
rosario negro enroscado a la muñeca) que distribuía con
sigilo infructuoso tazas de café, arreglaba coronas de palmas
o disponía nuevos ramitos a los pies del ataúd. En un
momento dado Jacinta salió de la rueda, se dirigió a la
portería, marcó un número en el teléfono.
Después dijo, en voz muy baja:
- ¿No ha preguntado nadie por mi?
- Ayer -le contestaron- habló
Stocker para verla a usted hoy, a las siete. Quedó en hablar
de nuevo. Me pareció inútil llamarla.
- Digale que voy a ir. Gracias.
Fue el comienzo de una tarde difícil de olvidar.
Primero, en la pieza de su madre, Jacinta permaneció un largo
rato con los sentidos anormalmente despiertos, ajena a todo y a la
vez de todo muy consciente, cernida sobre su propio cuerpo y los
objetos familiares que se animaban de una vida ficticia en honor a
ella, refulgían, ostentaban sus planos lógicos, sus
rigurosas tres dimensiones. «Quieren ser mis amigos -no
puedo menos de pensar- y hacen esfuerzos para que yo los
vea», porque este aspecto inesperado parecía corresponder
a la identidad secreta de los objetos mismos y a la vez coincidir con
su yo profundo. Dio algunos pasos por la pieza mientras perduraba en
sus labios, con toda la agresividad de una presencia extraña,
el gusto del café. «Y yo no los miraba. La costumbre me
alejaba de ellos. Hoy los he visto por primera vez.»
Y sin embargo, los reconocía. Ahí estaba ese
extravagante mueble barroco (los dos mazos de naipes sobre el cuero
amarillento) que terminaba en una repisa con un espejo incrustado.
Ahí estaban las medicinas de su madre, un frasco de digital,
un vaso, una jarra con agua. Y ahí estaba ella, con su cara de
planos vacilantes, sus rasgos inocentes y finos. Todavía
joven. Pero los ojos, de un gris indeciso, habían madurado
antes que el resto de su persona. «Tengo ojos de muerta.»
Pensó en los ojos horizontales de su madre, guarecidos bajo
una doble cortina de párpados venosos, en los de Raúl.
«No; son miradas distintas, no tienen con la mía nada de
común.» Había en sus ojos el orgullo de los que
son señores y dueños de su propio rostro, pero
ya la estrofa final asomaba en ellos: azucenas que se pudren,
una especie de clarividencia inútil que se complace en su
falta de aplicación. Le traían reminiscencias de otras
personas, de alguien, de algo. ¿Dónde había visto
una mirada semejante? Durante un segundo su memoria giró en el
vacio. Se trataba de un cuadro, tal vez. El vacío se fue
poblando, adquirió tonalidades azules, rosadas. Jacinta
apartó los ojos del espejo y vio abrirse ante ella un
balcón sobre un fondo nocturno, vio ánforas, perros
extáticos, más animales: un pavo real, palomas blancas
y grises. Era Las dos cortesanas, del Carpaccio.
Y ahí estaba Stocker, en el departamento de
María Reinoso. Tenía una cara percudida y un cuerpo
juvenil, muy blanco, que la ropa (falsamente modesta) parecía
destinada esencialmente a proteger. Cuando se la quitaba sin prisa,
doblándola con esmero, verificando el lugar en que dejaba cada
prenda de vestir, recuperaba la infancia. De la ropa surgia
más enteramente desnudo que los otros hombres, más
vulnerable: un niño casi desinteresado de Jacinta que
acariciaba las distintas partes del cuerpo de ella sin parar mientes
en el nexo humano que las vinculaba entre sí, como quien toma
objetos de acá y de allá para celebrar un culto
sólo por él conocido y después de usarlos los va
dejando cuidadosamente en su sitio. Una atención casi dolorosa
se reflejaba en su semblante: lo contrario al deseo de olvidar, de
aniquilarse en el placer. Se hubiera dicho que buscaba algo, no en
ella sino en sí mismo, y también, pese al ritmo
mecánico que ya no podia graduar a voluntad, se lo hubiera
tenido por inmóvil, a tal punto su expresión era
contenida, vuelta hacia dentro, al acecho de ese segundo fulgurante
de cuya súbita iluminación esperaba la respuesta a una
pregunta insistentemente formulada.
El había recobrado su aire perplejo y taciturno. Ella
pensaba con amargura en el retorno a los vecinos, al olor de las
flores, al ataúd. Pero el hombre no manifestaba deseos de
marcharse. Caminó por el cuarto, se instaló en un
sillón, a los pies de la cama.
Cuando Jacinta quiso dar por terminada la entrevista, la
obligó a sentarse de nuevo apoyando sus manos en los hombros
de ella.
- Y ahora -dijo- ¿qué piensa
usted hacer? ¿No le queda a usted nadie más?
- Mi hermano.
- Su hermano, es verdad. Pero es...
Se interrumpió. Aunque él no las hubiera
pronunciado, las palabras idiota o imbécil flotaban en el
aire. Jacinta sintió necesidad de disiparlas. Repitió
una frase de su madre:
- Es un inocente, como el de
L'arlésienne.
Y se echó a llorar.
Estaba sentada en el borde de la cama. El cobertor doblado en
cuatro y, debajo, las sábanas que momentos antes habían
rechazado ellos mismos con los pies formaban un montículo que
la obligaba a encorvar las espaldas, siguiendo una línea un
poco vencida, a fijar los ojos en el fieltro gris que cubría
el piso y desaparecía debajo del lecho, de un gris muy claro,
bañado de luz, en el centro de la pieza. Tal vez esta
posición de su cuerpo motivó su llanto. Las
lágrimas resbalaban por sus mejillas, la arrastraban cuesta
abajo, la impulsaban solapadamente a hundirse, a confundirse con el
agua gris del fieltro, en un estado de disolución semejante al
que experimentaba por las tardes cuando su madre hacía
solitarios sobre la mesa y hablaba sin cesar, dirigiéndose a
Raúl. Y en la nuca, en las espaldas, sentía el leve
peso de una lluvia dulce, penetrante. El hombre le decía:
- No llore. Escúcheme: le propongo algo que
puede parecerle extraño. Yo vivo solo. Véngase a vivir
conmigo.
Después, como respondiendo a una objeción:
- ...habremos de entendernos. En fin, lo espero, quiero
creerlo. Darwin habla de serpientes, ratones y buhos que fraternizan
en la misma cueva. ¿Qué nos impide fraternizar a
nosotros?
Y después, cada vez más insistente:
-Contésteme. ¿Vendrá usted? No
llore, no se preocupe de su hermano. Por el momento que ahí
quede, donde está. Ya veremos, más adelante, lo que
puedo hacer por él.
«Más adelante» había sido el
sanatorio.
José Bianco, de "Sombras suele vestir", Editorial Anagrama.
© 1987, Ana María Torres de González y Editorial Anagrama.
[Primera
Página]
[Bianco]