Hay hombres favorecidos por los sueños.
Les predicen el futuro, como a los héroes de la Antigüedad,
o les permiten rescatar circunstancias valiosas del pasado. Hacen bien en
meditar sobre ellos, en interpretarlos. Hasta no me sorprende que los recojan
por escrito, en cuanto se despiertan, para que su tenue y móvil realidad
no se disipe o desfigure al contacto de la vida diurna.
He llegado a envidiar a esa clase de hombres.
Por la noche, como ya no recurro a los hipnóticos, me despierto varias
veces y compruebo que he soñado. Entonces cierro los ojos, vuelvo a dormir.
Mis sueños no consiguen desvelarme. No tienen ninguna relación
con mis preocupaciones intelectuales, con mi vida espiritual o afectiva. Tampoco son amenos, ni siquiera terroríficos, angustiosos, eróticos, o de un
simbolismo sexual inteligible, sino tan vacíos y a la vez tan colmados de insignificancias como el mas tedioso de mis días. Y por mis sueños,
eso creo en el primer momento, desfilan desconocidos. Despues sus rasgos me parecen de algún modo familiares. Acaso, reflexiono, he podido contemplarlos
noches pasadas en otro sueño. Por último, los identifico. Son
desconocidos o casi desconocidos, personas que he visto por casualidad
hace muchos años, a quienes no he dedicado jamás un pensamiento. A
veces reconstruyo las circunstancias del sueño en que aparecieron,
esforzándome por recordar si alguien, durante la vigilia, aludió
a ellos delante de mí. No, nadie mitigo su condición de intrusos
nocturnos.
Hace poco, sin embargo, soñé que estaba
en un cuarto grande con ventanas que daban al río. Cuando me trajeron el
desayuno, advertí, sobre la bandeja, uno de esos muñecos articulados
que utilizaban los pintores para estudiar los movimientos del cuerpo humano y la
caída de los ropajes. Jugué con el muñeco, de una madera muy
rubia y pulimentada, con una mano lo sostenía por las piernas, con la otra
le acariciaba la nuca. De pronto, al separar mi mano derecha de su cabeza tibia,
comprendí bruscamente que era una efigie en pequeño de
Rufino Velázquez.