Esquirlas de Atamisky (Abuelo Ernesto se descalzó una tarde, poco antes de su muerte,
y por única vez me enseñó las cicatrices en la planta de su pie.
Había atravesado mi infancia esperando ese momento, y no porque
dudara de la anécdota de abuelo y el polaco. "Esto es estar en
pie de guerra", comentó él, e inclinando mi cabeza hasta tocar
el suelo alcancé a oír un leve rumor de salvas: el grave ronroneo
de un combate en miniatura.)
Dos barcos esperaban en el puerto, las negras siluetas de
sus cascos temblando en el agua. Uno orientaría su proa rumbo
a Nueva York; el otro hacia Sudamérica. Al abuelo Ernesto, entonces
sin nada de abuelo, le tocó el segundo en un sorteo hecho allí
mismo en la dársena, y aunque planeaba desembarcar en Río de Janeiro,
a bordo cambió de planes y siguió hasta Buenos Aires. Semejantes
azares fundaron nuestra familia, más los azares de mis otros tres
abuelos, pero ninguno como Ernesto, quien sólo en sus últimos
años, siendo yo testigo, trabajó como jardinero y empleado textil,
como rematador y sereno. Dudo de la existencia de otro hombre
que haya desempeñado tantas profesiones.
Aunque había zarpado del puerto de Burdeos, el Argyle navegaba bajo bandera británica y pertenecía a la compañía escocesa
de Thomas Law. Se trataba en realidad de un navío mercante de
doce mil toneladas, donde además cabían cuatrocientos pasajeros,
incluidos doscientos en primera clase. El capitán del Argyle, de apellido impronunciable para la boca de mi abuelo, llevaba
un gorro azul hundido hasta las cejas y solía pasearse por el
castillo de proa Junto con el contramaestre. Tanto el capitán
como el contramaestre eran hombres extraños, que hablaban dos
idiomas a la vez, mezclándolos de una manera casi ecuánime. Del
inglés pronunciaban sólo aquellas palabras que callaban en francés,
y a la inversa. Era como si se hubiesen evitado la molestia de
aprender íntegramente dos idiomas; sin embargo, desplegaban en
sus charlas un vocabulario tan estrecho, que parecían haberse
reservado palabras nunca dichas para otros idiomas aún por conocer.
Salvo al bordear el golfo de Vizcaya, donde un viento feroz
meció el casco del Argyle de modo inclemente, no hubo otros incovenientes en la travesía.
Pasados los primeros días de altamareo, abuelo Ernesto tropezó
en el pasillo que unía los camarotes con un polaco, Atamisky de
apellido. No se hicieron amigos de inmediato. Primero averiguaron
que ambos balbuceaban una pizca de francés. En el barco viajaban
varios ingleses, italianos y franceses, pero muy pocos que hablasen
español. El polaco se alegró de conocer al abuelo, y le pidió
que le enseñara algunas palabras de su idioma. Abuelo Ernesto
no supo negarse. Argumentó que hablaba mucho mejor gallego que
castellano, y que por esa razón prefería Brasil como destino.
Dijo que el idioma portugués le parecía un gallego refinado y
musical. Pero Atamisky ignoró sus excusas.
A los once días de zarpar de Burdeos, el Argyle llegó a Río de Janeiro, donde fue amarrado por una noche. Abuelo
y Atamisky recorrieron la ciudad con propósitos distintos: para
el polaco se trataba de un mero paseo, mientras que abuelo Ernesto
dudaba entre desembarcar allí o continuar hasta el Río de la Plata.
Luego de tantas semanas a bordo, la sensación de andar en tierra
firme era exultante. Pese al calor que abrasaba las calles de
Río, muchos brasileños andaban con la frente transpirada, empecinados
en calzar zapatos duros y vestir trajes europeos. Abuelo quedó
azorado al ver hombres negros de dentadura resplandeciente hablar
el mismo idioma que en su infancia él había oído entre los portugueses,
cada vez que con sus padres cruzaba la frontera. Caminaron tres
horas hasta detenerse frente a un puesto de frutas. Una mulata
con un turbante rojo y amplias faldas color té los convidó con
una fruta amarillenta y alargada, exótica para Atamisky. El polaco
mordía ya su octava banana cuando insinuó al abuelo que lo acompañara
hasta Buenos Aires. No le costó mucho persuadirlo y envidio a
quien haya visto ambas siluetas pisando por primera vez el puerto
argentino.
Abuelo y Atamisky se vieron en Buenos Aires apenas tres veces.
La última de ellas, en un bar de la Avenida de Mayo, Atamisky
comunicó al abuelo que partía hacia Montevideo "por dos o tres
días", dijo, en busca de una tal Irina. Superado el desconcierto,
durante un año abuelo Ernesto pasó regularmente por la pensión
de Monserrat donde se había alojado el polaco. Siempre el dueño
respondía que no tenía noticias de Atamisky. Pronto ocurrió lo
previsible: abuelo también dejó la ciudad y los amigos se perdieron.
De la colección de profesiones que abrazó mi abuelo, algunas
lo llevaron a poblados de la provincia de Buenos Aires. Fueron
cinco años en Pergamino, Rojas, Saladillo, General Belgrano; él
era por entonces un treintañero, sin renguera y ansioso por reunir
buenos ahorros. Un año pasó trabajando en la estación Pergamino,
a cargo de bultos y encomiendas. A veces, cuando el movimiento
mermaba, solía aprovechar la ocasión y treparse al primer tren
para recorrer pueblos vecinos, pero tantas veces lo descubrían
los guardas y jefes de otras estaciones, que a varias multas y
castigos sobrevino el despido. Pocos días después el abuelo se
cruzó con un carro que iba muy despacio y portaba grandes anuncios
de distintas vacantes de trabajo. "Se necesita lavacopas para
salón comedor", decía uno de los carteles. Un hombre lo invitó
a subir al carro y lo llevó hasta una taberna también conocida
como parador de viajeros. El abuelo debía lavar platos y copas;
le presentaron al cocinero y a su ayudante quien, por increíble
que parezca, era el Polaco Atamisky, algo más desgarbado pero
siempre con aquella barba color tabaco y su precario castellano.
Dos ristras de ajo pendían del techo de la cocina, adornadas
con moños rojos. Atamisky pelaba cebollas para cortarlas en cuatro
luego de aplacarlas con agua hirviendo. Abuelo hundía sus brazos
arremangados en un balde de agua espesa, cuya superficie reflejaba
estelas de jabón. El tercer hombre, encargado de preparar las
comidas, solía burlarse de Atamisky, tras haber descubierto que
el polaco acostumbraba llevar un trabuco antiguo enfundado en
la cintura. Cuando Atamisky se distraía u ocupaba ambas manos,
el cocinero le arrebataba el arma y luego, con gestos cómicos,
la usaba para amasar o pisar carne. Al ver a su amigo enfurecido
e insultando en polaco, abuelo Ernesto apenas disimulaba la risa.
Una noche apareció una rata entre los hornos. El cocinero
alzó el trabuco a la altura de los ojos y descerrajó un disparo
que sonó como el chasquido de un arma de juguete. La bala no dio
de lleno en la rata, que quedó semicubierta de sangre, inmóvil
pero aún viva. Ni abuelo ni el cocinero osaron darle un golpe
de gracia para evitarle el sufrimiento. La rata gemía de dolor
y el polaco decidió decapitarla con una cuchilla y arrojarla entre
los restos de comida Con la cuchilla aún en vilo, le gritó al
cocinero que nunca más le arrebatase el arma. Luego los tres aguardaron
toda la noche a que la dueña de la taberna irrumpiera en la cocina,
inquieta por el eco del disparo, pero el bullicio del salón al
parecer lo había sepultado
Al terminar la jornada, abuelo y el polaco debían compartir
un dormitorio con dos camas desvencijadas, la de Atamisky bajo
la otra. La primera noche abuelo descubrió que el polaco se quejaba
al dormir, eran alaridos ahogados. Nunca él había escuchado unos
gritos de dolor así, y se preguntaba no sólo cuál era la causa
sino si Atamisky, de día tan saludable y vigoroso, era capaz de
recordar esos rezongos al despertar. Muchas personas que abuelo
Ernesto había oído roncar o hablar en sueños nada recordaban a
la mañana siguiente; no así el polaco, quien supo explicar los
gemidos una vez que abuelo osó mencionárselos.
Llevo la guerra adentrosentenció Atamisky. Y nada más
Abuelo Ernesto halló en ésa la frase acertada para el temblor
de mantas y sábanas que cada noche ocurría en la cama de abajo
donde dos ejércitos parecían pugnar en torno del magro cuerpo.
¿Quién peleaba contra quién? ¿Y por qué? Desde el colchón de arriba,
abuelo observaba las convulsiones de Atamisky y juraba oír detonaciones
y disparos, aviones en sobrevuelo y repiqueteos de metralla, aunque
todo fuese pura imaginación: el polaco llevaba la guerra en su
cuerpo debido a una lluvia de esquirlas caída en pleno combate,
a fines de 1916.
Las legiones polacas, súbditas del ejército alemán, guerreaban
en 1916 al mando de von Hindenburg. El batallón que integraba
Atamisky llevaba dos semanas en Lodz, a la espera de que el general
Ludendorff impartiera precisas instrucciones. Pero los emperadores
de Austria y de Alemania proclamaron en Lublin el reino independiente
de Polonia y una muchedumbre se aglomeró en Varsovia, frente a
la plaza del Palacio, para vivar la noticia: de ahora en más,
los furiosos ataques enemigos serían repelidos por un ejército
polaco con su estado mayor propio, que asimismo haría las veces
de tapón entre ambos bandos en conflicto. Pronto Atamisky supo
cómo era un frente de batalla, y a la semana creyó que moría de
cuclillas, tras acusar el frío impacto de una granada enemiga.
Cuando la guerra terminó y Josef Pilsudski tomó plenos poderes,
Atamisky aún curaba sus heridas en un hospital varsoviano. Los
heridos como él se contaban por miles, y como las camas estaban
todas ocupadas debieron dejarlo yaciente en algún catre. Una enfermera,
Irina, le prodigó atenciones. No bien mejoró lo enviaron a casa
de unos parientes en Cracovia, donde vivían el hermano de su madre,
su esposa y dos hijas de poca edad: se trataba de un hogar destrozado,
ya que los dos primos varones de Atamisky habían muerto en un
mismo combate.
Cuatro meses después Atamisky reapareció en el hospital, con
aspecto saludable, en búsqueda de Irina. Nadie pudo decirle su
paradero, excepto otra enfermera. Irina, dijo la enfermera, había
renunciado de modo imprevisto al recibir su padre un coronel
retirado el cargo de embajador en Uruguay.
Abuelo supo esa historia aquella última noche, en el bar de
la Avenida de Mayo. Al reencontrar al polaco años después, como
asistente de cocina, no se atrevió a preguntarle por Irina, acaso
porque intuía un triste final en esos ojos siempre húmedos. Pero
la mirada triste de Atamisky debía adjudicarse también a la presencia
de la guerra entre sus huesos. Pese a las curas en Varsovia, ningún
médico había logrado extirparle el dolor. Eran decenas de esquirlas
hundidas en su carne. Y por un motivo extraño, que atrapaba al
abuelo, sólo entraban en batalla cuando el polaco dormía. Las
quejas del compañero de habitación y los rumores de exudaba su
cama lo desvelaban, pero más lo desvelaba el temor a que Atamisky
explotara, precisamente, como una granada ¿no se desarrollaba
una guerra bajo la piel del polaco? y que entonces en su cuerpo
se incrustaran no las esquirlas de un arma sino las de un hombre,
las de Atamisky.
Una noche en la que abuelo apenas dormitaba, la guerra dentro
del polaco cambió de temperamento, como anunciando la vecindad
del fin. Clarines y vítores antecedieron a una sorda explosión
. Atamisky tuvo lo que cualquier médico habría llamado epilepsia;
pero abuelo Ernesto, contándome esta historia una tarde cuarenta
y seis años después, bautizó a ese ataque de epilepsia como "la
batalla final", como el Día D de la campaña a la cama del polaco.
El puño de la explosión dejó en el aire un amargo olor a pólvora
que traspasó las paredes del dormitorio; pronto ingresaban allí
la dueña del salón y sus dos hijos.
¡El balde de arena!gritaron.
Las sábanas de la cama inferior ardían y el cuerpo del polaco
yacía quemado y malherido, boca abajo en el suelo. La espalda
desnuda revelaba una colección de profundas cicatrices: eso encarnizado
allí era la guerra de la que abuelo había escapado a tiempo, atravesando
el mar. Nadie de los cuatro en torno del cuerpo aceptaba la idea
de tocar aquella piel. Pero así como la repulsión hacia el cadáver
de Atamisky era la misma en la dueña y en sus hijos que en abuelo,
algo los separaba. Abuelo advertía en ellos una mirada acusatoria.
En la noche había detonado algo así como un disparo, le faltaba
una bala al trabuco que Atamisky dejaba sobre la mesa de luz cuando
dormía, y todas las sospechas conducían a Ernesto. Nadie creería
la historia de una rata fusilada por un cocinero, y menos la de
un hombre capaz de explotar.
Enfrentando las acusaciones de la dueña y de sus hijos, abuelo
Ernesto saltó de la cama alta y aterrizó descalzo a un paso del
cadáver de Atamisky. Tomó el trabuco y amenazó con abrir fuego
si le impedían escapar, pero algo punzante y metálico ya había
astillado la planta de su pie derecho. Era una esquirla. Con la
explosión el polaco había esparcido varias en el suelo. Por los
poros que antes las habían albergado goteaba ahora una sangre
oscura, espesa, y esa sangre indicaba que la guerra terminaba;
tras un redoble, Atamisky se rendía con un ronco quejido.
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