EDUARDO BERTI
 

Agua

UNO


Desde 1913, la vida de Luis Agua consistía en visitar pueblos aislados de la región central de Portugal, ofreciendo sus servicios como «gestor autorizado de la empresa de energía y luz Douglas & Banks», según decía en letras de imprenta la credencial que exhibía en cada aldea.
    Un chispazo. Un ruido. Una luz encendida. Aplausos de la concurrencia, fin de la demostración y Agua que daba un paso al frente.
    –¡E-lec-tri-ci-dad! –exclamaba, señalando la luz trémula en la lámpara.
    Algunos no daban crédito a sus ojos y gritaban su desconfianza. Otros no comprendían cómo podía una lámpara alumbrarse sin que hiciera falta un fuego. Lo mismo ocurría en cada aldea, con leves cambios. La gente se congregaba alrededor de Agua y lo aplaudía al final, como si fuera un mago o un artista. Sólo unos pocos hombres se acercaban de verdad interesados, y eran siempre los más poderosos.
    Luis Agua fundamentaba la eficiencia de su empresa haciendo ver que todo el equipo de demostración cabía en una sola valija. También explicaba cómo podían emplearse diversas fuentes de energía para obtener luz, y si no hallaba un motor a nafta, lograba ingeniárselas con un molino de viento, o hasta improvisaba una dínamo con alguna bicicleta.
    Y accionaba otra vez la palanca, y entre zumbidos se encendía la bombilla, y volvía a exclamar «¡e-lec-tri-ci-dad!». Entonces daba un paso al frente y los aldeanos lo cubrían con un manto de aplausos. Comúnmente soñaba con este rito.
    La empresa Douglas & Banks había recibido del Estado portugués un listado de casi cien pueblos a electrificar, pero el listado no era excluyente y las aldeas que la compañía visitaba por iniciativa propia arrojaban mayor ganancia, ya que en tal caso el Estado se abstenía de intervenir en la transacción.
    Las veces que cerraba un trato, Agua se marchaba dejando en manos de los técnicos la obra, la instalación de los cables, las llaves de luz y las lámparas. Debía regresar cada tanto para supervisar a los operarios y dar el visto bueno a los trabajos, a medida que estos iban avanzando; y como la mayoría de los pueblos aún sin electrificar ocupaban la región central del país, Luis Agua estaba harto ya de ir y volver desde su casa en Lisboa. Deseaba acortar la distancia de estos viajes y para ello, un mes atrás, había escogido Coimbra como lugar de residencia.
    Poblaban las aulas de Coimbra, una ciudad universitaria, los hijos de los hombres más adinerados del país. Los lugareños se estaban aprovechando de este furor y pedían mucho por el alquiler de un cuarto, así que Agua se hospedó a disgusto en una pensión de la Rua Oliveira Matos, en la denominada Baja Coimbra. Ya pensaba en volver a Lisboa cuando alguien le habló de una diminuta aldea, llamada Vila Natal, y la mención trajo de inmediato un poema a su memoria:
    Viviendo en una aldea plácida
    De donde sale el camino largo y firme
    Hacia un lugar de lágrimas y sangre
    Somos puros.
    Ah, pensaba Luis Agua, si la pureza se encontrase tan fácilmente, con un simple desplazamiento geográfico. Viejas generaciones habían vivido en busca de paraísos vírgenes, pero ese tiempo estaba terminado con la era moderna; en Vila Natal no buscaba Agua más que los mismos demonios de las grandes ciudades aunque reducidos a menor escala. No, a pesar del poema, no era la aventura y mucho menos la pureza lo que anhelaba en la aldea, si no la funcionalidad . A fin de realizar sus viajes de negocios Vila Natal estaba perfectamente ubicada, y además era barato el alojamiento.
    Se fijó en la lista de pueblos que la compañía le había asignado: Vila Natal no figuraba. Envió una carta proponiendo agregarlo a la lista, en caso de que no estuviera ya en la de Salvador Da Silva, el otro gestor, pero la respuesta del gerente de la empresa resultó lacónica: «No tenemos registro de ningún pueblo llamado Vila Natal, sospechamos inexistencia». Claro que en esta respuesta no se leía negativa alguna, y tres días más tarde Agua distrajo otros compromisos para llegarse hasta Vila Natal, en visita relámpago.
    Detenida en el tiempo, contagiada por lo inexpugnable del castillo que presidía la comarca, Vila Natal parecía en la primavera de 1920 una aldea inmune a los cambios que ya eran realidad en otras ciudades. No recorrían sus caminos más que carros y caballos; no había más que velas a modo de iluminación. Si algún gigante invisible soplaba los vientos del progreso, por cierto que su aliento iba en dirección opuesta a Vila Natal; pero esto no preocupaba a los aldeanos por un motivo muy sencillo: nunca habían ido más allá de la región y desconocían todo cuanto se estaban perdiendo.
    La noche que Agua arribó a Vila Natal, el sitio semejaba un páramo por la niebla baja y la excesiva quietud. ¿Dónde estaba la gente? El único ruido que podía escucharse provenía de un vecino campanario. En la iglesia, un corpulento sacerdote repicaba las campanas a la vez que discutía con dos de sus monaguillos.
    –¿No les dije que estuvieran atentos a la hora? Están sonando las campanas en cualquier momento, pero nunca en punto... –se quejaba el religioso.
    Su tono era severo. La ineficiencia de sus ayudantes lo contrariaba de tal modo que se había distraído y llevaba ya –creyó contar Agua entre diez y doce campanazos, cuando no eran más de las nueve de la noche.
    –¿Dónde están todos? –preguntó Agua, luego de presentarse ante el religioso, quien dijo llamarse fray Teresino.
    –¿Dónde están? –repitió el fraile y echó una mirada a los jóvenes monaguillos.
    –En el remate, en el castillo –explicó uno de ellos, sin proporcionar mayores datos.
    Agua descendió las escaleras de la iglesia y regresó a la misma calle que había caminado minutos atrás. Un rumor de cascos lo distrajo, y entre la niebla creyó distinguir dos carros.
    –¡Alto! ¿Se dirigen al castillo? –gritó al ver los caballos enjaezados.
    De los dos carros que surcaban la avenida principal, sólo el segundo aminoró el paso para que Agua pudiera subir. En la galera viajaban cinco: un anciano, dos hombres de edad mediana y una mujer de aspecto bonachón sentada junto a la que parecía su hija.
    –Ah, veo que somos muchos tras el mismo tesoro –comentó uno de los hombres, mientras Agua trepaba.
    –No siempre se presentan ocasiones así –dijo la mujer.
    –Es cierto –repuso otro hombre.
    Agua lanzó una reverencia a los pasajeros y tomó asiento; la galera se hamacó suavemente y bastó esa señal para que el cochero azotara a los caballos.
    –¿Alguien leyó la descripción del lote?
    Quien hablaba era el anciano. Mientras lo hacía se refregaba un pañuelo por la frente, secándose el sudor. Su voz aguda traslucía ansiedad.
    –Pregunto esto porque me han dicho que tal vez haya un auténtico Rembrandt. Me resisto a creerlo, prefiero imaginar que nos toparemos con una copia esmerada. Hay copias que por su calidad valen bastante... ¡pero un original! Dios mío, valdría más de lo que podemos pagar entre todos.
    –¿Es usted especialista en arte o algo así? –preguntó la mujer.
    El anciano, que se hacía llamar míster Roger, respondió que era «algo así» y que desde años recorría los castillos portugueses en busca de piezas valiosas, antigüedades u obras de arte.
    –Las flaquezas económicas están acorralando a las familias distinguidas de la zona –explicó míster Roger–. Es como una plaga, la miseria. Ante su avance, los nobles no encuentran más remedio que vender esos tesoros que velaron por siglos.
    Tal era el caso, al parecer, de la viuda Antunes Coelho, a cuyo castillo se dirigían los dos coches.
    Se sabía en el pueblo que, aunque la mujer vivía entre muros de riqueza, nada de allí le pertenecía excepto dos pinturas que habían sido de su padre. Hasta tanto la viuda no resolviera ciertas cuestiones de herencia, sólo podía hacer uso de los campos en torno al castillo. Para colmo, una voraz sequía, consecuencia de una ola de calor fuera de lo común, había echado a perder la última cosecha, y para pagar las deudas la mujer debía rematar sus pinturas. El remate lograba sacudir no sólo la rutina aldeana, sino que convocaba a vecinos de otros pueblos. Y aunque eran muchos los interesados en los cuadros, eran más los que asistían a la subasta únicamente para conocer el castillo por dentro, ya que siempre había permanecido vedado a extraños.
    Quienes conocieron el castillo aquella noche estarían de acuerdo en describirlo como majestuoso: amplias alfombras persas tendidas de pared a pared y, por fuera, muros de piedra negra invadidos por una tenue sombra de musgo. Ubicado en las afueras de Vila Natal, a varias horas de viaje a caballo desde la ciudad de Coimbra, el edificio había sido erigido en el siglo xv a pedido de la familia Antunes Coelho, una de las más poderosas y tradicionales en la zona. Lejos de su deterioro posterior, en aquel 1920 era todavía sinónimo de opulencia.
    Alcanzar el castillo llevaba menos de media hora a caballo por el camino de tierra que unía Vila Natal con el río Barroso, un afluente del Mondego. Al llegar, Agua advirtió que otros siete carruajes se les habían anticipado y, de pronto, se sintió algo ridículo por estar yendo a un remate con una maleta de viaje. Esperó a que los demás bajaran del carruaje, deslizó el equipaje bajo el asiento y en un aparte le pidió al cochero que no regresara sin avisarle.
    El pueblo entero parecía reunido en el gran parque que rodeaba la construcción. Alta, el pelo en rodete para subrayar su porte erguido, la señora Fernanda Antunes Coelho aguardaba a las visitas al pie de una escalinata de mármol. Parsimoniosamente, Agua se acercó a besarle la mano, y debió admitir que la mujer lucía espléndida para la ocasión. Tenía alrededor de cincuenta años, pese a que aparentaba diez menos, y su altivez se encubría, apenas, bajo ensayados ademanes de bondad.
    –Atravesé muchas regiones y he visto pocos castillos como este –le dijo Agua, y no mentía.
    La viuda agradeció con una mueca y sus ojos despidieron un repentino brillo esmeralda. Acto seguido, míster Roger y cierto caballero de pelo entrecano condujeron a Luis Agua puertas adentro, a un salón donde se destacaba la figura de un joven llamado Pedro Broyz.
    El tal Broyz, que se paseaba con un aire distraído entre la gente, fumando un habano de aroma exquisito, al ver que entraba el inglés se acercó a saludarlo con una sonrisa esforzada. No parecía haber entre ellos, notó Agua, una corriente de simpatía, pese a que míster Roger, en su juventud, había sido amigo y administrador del padre de Broyz.
    Como el remate se demoraba Agua le preguntó a Broyz cuál era su profesión, una simple pregunta para pasar el tiempo. «Soy médico pero no ejerzo. Verá usted, esa nunca fue mi verdadera vocación», respondió Broyz. El único antepasado médico en su familia, agregó, era cierto bisabuelo –no apellidado Broyz, sino Schillman, Schulman, o algo así– que aún gozaba de cierta fama por haber atendido a Hegel en Berlín, durante la epidemia de 1831, la misma que había hecho escapar a Schopenhauer rumbo a Francfort. Broyz esperaba que aquel dato de su abolengo impresionara a los presentes, pero nadie hizo el menor comentario; entonces, tras un silencio incómodo, pidió permiso y marchó en busca de la viuda.
    –Caballeros, por favor –llamó el diminuto y encorvado subastador–. Son estas dos auténticas obras maestras de la pintura universal
    La gente iba agolpándose alrededor del primer óleo: la «Mujer vestida de amazona» de Manet. El rematador ya esgrimía su martillo cuando míster Roger se dirigió imprevistamente al bajo estrado donde estaban los cuadros y, ayudándose con su bastón de marfil, inició una lenta inspección Aunque el subastador le echaba duras miradas, no pudo impedir que míster Roger interrumpiera el remate para anunciar que el Rembrandt y el Manet presentados como genuinos eran meras imitaciones.
    –No puede ser. ¿Está seguro? –exclamó Broyz.
    Un murmullo de desconsuelo sobrevoló las cabezas de la multitud. Casi todos aguardaban un gesto del subastador, que miraba a la viuda, que miraba a Broyz, que miraba a míster Roger, que miraba al subastador, igual que casi todos.
    Alargando su bastón, entre ademanes ampulosos, el inglés empezó a recorrer cada trazo de los óleos, subrayando los detalles que delataban a los copistas.
    De inmediato la señora Fernanda intentó disculparse ante la concurrencia. Otros expertos en arte no habían advertido esos detalles. Primero su padre, luego ella y su finado esposo habían supuesto durante años que los cuadros eran auténticos.
    –Nadie duda de sus intenciones –se apresuró a responderle míster Roger, cuya pericia había despertado la admiración general, especialmente cuando arriesgó el apellido del imitador del Rembrandt.
    Lejos de vanagloriarse, míster Roger sentía un vuelco en el corazón por no haber hallado más que reproducciones. Agua creyó su deber consolarlo. Todos admiraban sus conocimientos y mucho le agradecían haber impedido una estafa involuntaria. Dicho esto se acercó y lo tomó del brazo como a un padre. Pero lo que verdaderamente inquietaba a míster Roger era la vajilla de porcelana antigua expuesta en las vitrinas y, más aún, la pulsera de plata y rubíes que danzaba en la muñeca derecha de la viuda. El inglés sabía de sobra que, debido a un testamento, la viuda no podía vender esa vajilla, pero sí en cambio la pulsera o los cuadros; y como nadie había ofrecido ni un centavo por las reproducciones, pensó que era el momento de alzarse con un trofeo.
    –¿Podría enseñarme su pulsera, señora Fernanda? –le dijo al cabo de un rato, en voz muy baja–. No es esta mi especialidad, usted lo sabe mejor que yo... pero se trata de una joya admirable ¿Nunca pensó en venderla?
    –¿La pulsera? Lo siento, no está en venta –se excusó Fernanda, amablemente.
    Un gesto de decepción cruzó el rostro hirsuto del anciano. Empujó la espalda de Luis Agua y juntos abandonaron el lugar, rumbo a la carroza que los esperaba para el regreso a Vila Natal. El cochero restalló el látigo y las ruedas se estremecieron.
    En camino, míster Roger explicó a Luis Agua que el joven Pedro Broyz no era otro que el prometido de la viuda. «Es veinticinco años menor que ella», dijo en primer lugar, como si esto le preocupara. «Se conocieron en el paseo a la vera del río gracias a que yo los introduje», añadió enseguida con cierto orgullo. Y al ver que Agua se interesaba, siguió contando que tiempo atrás, más precisamente una tarde de octubre, la viuda lo había mandado llamar por intermedio de un mensajero, para pedirle consejos financieros.
    –Llevaba cerca de siete años recluida en el castillo –dijo el inglés–, siete años desde la muerte de su marido. Acababa de gastar todos los ahorros, todo el dinero heredado de Antunes Coelho, y aunque a duras penas sobrevivía gracias a las cosechas, estaba tan mal asesorada que seguía trabajando las tierras con herramientas y máquinas obsoletas. Me dijo: «¿Qué hago ahora?». Le respondí: «Compre maquinarias nuevas, asesórese con algún agrimensor». Me dijo: «¿Con qué dinero? Estoy en la ruina». Le dije: «Entonces despida a los criados, venda el castillo. Con el dinero vivirá sin sobresaltos». Ella se rió. «Lo que propone es imposible». Y cuando explicó las razones fue que supe del testamento.
    –¿Qué testamento? Contado así no se entiende... –protestó Agua.
    –Espérese –dijo el inglés–. Sucede que su marido dejó un testamento al que yo describiría como... perverso. Según la voluntad de Antunes, hasta que ella no vuelva a casarse nada del castillo le pertenece: ni sus muebles y sus piezas de arte, ni los jardines o la caballeriza. Increíble, ¿verdad?
    –Increíble. ¿Entonces? –preguntó Agua.
    –Entonces, como el testamento impedía mi sugerencia de que lo vendiera todo, pensé de inmediato en el padre de Broyz, un comerciante respetable y muy apuesto pese a que estaba por cumplir setenta años. No sé si le dije que el finado esposo casi doblaba la edad de ella. Cuando Antunes murió, la belleza de Fernanda estaba intacta, y por algún tiempo varios hombres de Vila Natal se acercaron al castillo, interesados en la viuda y no en la herencia.
    –¿No en la herencia? Cuesta creerlo.
    –Es que Fernanda, con su reclusión casi monástica, había logrado guardar en secreto las condiciones del testamento. ¿Me sigue?
    –Lo sigo.
    –Le dije a Fernanda: «Usted debe casarse con un hombre respetable y de dinero, como el señor Ricardo Broyz». Según estimaba yo, Broyz era la llave para abrir la trampa del testamento, pero además, con su dinero y bajo mi tutela como administrador, Fernanda podría explotar con eficacia esos campos tan mal aprovechados. «Una vez casados, deberían mecanizar las tierras y establecer un mejor modelo de trabajo», sugerí. Ella escuchó mis argumentos y aceptó finalmente conocer al señor Broyz, aunque no muy convencida. Luego fue mi turno de persuadir a don Ricardo. Llevaba apenas dos anos viudo y aseguraba que toda mujer empalidecía al lado del recuerdo de su esposa. Sin embargo conseguí que me acompañara una noche al castillo. Le presenté a la señora y los dejé a solas. Se cayeron bien, según averigüé a la mañana siguiente, pero no tanto como yo esperaba, y de ambos era el señor Broyz quien parecía más entusiasmado. De allí en adelante, durante dos meses Fernanda rechazó cada invitación que don Ricardo le hacía por mi intermedio. Cansado de este papel de diplomático sentimental, decidí tender a la viuda una pequeña trampa, invitándola a pasear a la vera del río sin decirle que allí estaría aguardándola su admirador.
    –Una falsa casualidad –festejó Agua, entre risas.
    –Algo así. Pero no crea que fue fácil. Nada odiaba la señora como abandonar el castillo. Sólo lo había hecho en contadas ocasiones, y siempre para visitar la iglesia de Vila Natal o algún monasterio cercano, por ejemplo el de Caminhos. La señora Fernanda guarda una extraña predilección por todo lo religioso y su familia...
    –No –interrumpió Agua–, por favor no se extienda en detalles, que empiezo a impacientarme. ¿Qué sucedió en aquella cita?
    –¿Qué sucedió? Usted debería imaginárselo. Figúrese la escena. Yo estoy parado a escasos metros del puesto de los botes. De un lado veo venir a la señora, agito una mano y ella enfila sonriente hacia mí. Intercambiamos unas palabras mientras la gente mira sorprendida, sin creer que la viuda haya salido por fin de su escondite. El señor Broyz se demora y se demora, cuando de pronto se acerca un muchacho al que en un primer momento no consigo reconocer.
    –Déjeme adivinar: ese muchacho... era el hijo de Ricardo Broyz.
    –Por supuesto –repuso míster Roger.
    –¿Que quería?
    –Estaba muy nervioso. Me llevó a un costado y comenzó a hablar a toda prisa y en voz baja. «¿No lo sabe?», dijo. «Esta madrugada, bien temprano, el fuego arrasó con el almacén de mi padre». Por supuesto que yo no lo sabía. Ahora el hijo de Broyz me informaba que poco y nada se había salvado de las llamas, y que su padre no conseguía reponerse de la catástrofe. «Póngase en mi lugar», añadió, «llegué de Coimbra ayer por la tarde y me encuentro con este panorama.» Intenté calmarlo. Le pregunté por qué no me habían avisado antes. Se supone que yo era el administrador del almacén, además de un viejo amigo de la familia; «Estoy buscándolo desde que empezó el fuego, míster Roger, pero mi padre se ha conmocionado tanto que hasta olvidó que usted debía estar acá.» De pronto, noté que Fernanda seguía con gran curiosidad nuestra conversación. «Señora Antunes Coelho», dije por decir, creo que únicamente para salir del paso, «este joven es hijo de don Ricardo.» Desde ese instante fue como si me hubiera vuelto invisible. El joven Broyz le tendió una mano. Ella le expresó sus condolencias por el incendio y él le propuso de inmediato que juntos recorrieran el paseo de la costanera. Ella no pudo negarse. Desde lejos se advertía el interés con que Pedro miraba a la viuda. Al principio pensé que Fernanda pretendía servirse de Broyz hijo para obtener información sobre Broyz padre. ¡Qué ingenuo fui! En realidad, estaba escogiendo entre ambos.
    –Pero... ¿y el padre?
    –Ni su hijo ni yo se lo contamos. Tampoco hizo falta. A los tres meses no se rumoreaba en el pueblo otra cosa que el noviazgo entre Pedro y la viuda. Entonces el contenido del testamento de Antunes se hizo vox populi, todos hablaban de las cláusulas más fastidiosas, todos explicaban el noviazgo a la luz de esas cláusulas. La salud de don Ricardo volvió a quebrarse, esta vez seriamente. Su entierro fue un escándalo. Y es lógico: mientras que el padre lo había perdido todo por culpa del incendio, el único hijo iba a alzarse con la mayor riqueza de la zona si finalmente desposaba a Fernanda. No hay caso, la vida está hecha de golpes de suerte. Claro que la buena suerte ajena nos despierta envidia, y muchos en Vila Natal, por no decir todos, acusaron a Broyz de mal hijo y de cazafortunas.
    Luis Agua se quedó en silencio, estudiando la mirada del inglés, tratando de averiguar qué pensaría él de Broyz. ¿Se habían tratado con cierta tirantez, antes del remate, porque el inglés también tildaba a Broyz de cazafortunas? No hizo falta que Agua formulara esta pregunta. Un tercer hombre que viajaba en el carruaje, y que hasta ese momento había guardado silencio, alzó la voz y opinó con desdén que al joven Broyz sólo le interesaba el dinero de los Antunes y que por conseguirlo poco le había importado matar a don Ricardo de un disgusto. Con vehemencia, míster Roger salió en defensa del hijo: Pedro Broyz podía atestiguarlo– se había enamorado de Fernanda sin saber de su riqueza o de la herencia.
    –Es cierto que a veces él se muestra antipático conmigo, acaso porque sospecha que fui yo quien le contó a su padre del noviazgo con Fernanda. Pero se equivoca... se equivoca. Nadie protegió la salud de don Ricardo como yo. Era mi único y verdadero amigo. Si hasta pagué de mis bolsillos sus últimos cuidados. Bah, esto no importa. Yo respeto a Pedro Broyz porque esa tarde que se conocieron a orillas del río, él acababa de volver al pueblo, luego de tres años en Coimbra, y nada sabía de los Antunes ni de la historia entre su padre y Fernanda.
    El hombre lanzó un murmullo de desaprobación, que el inglés ignoró.
    –¿Y ella? –siguió Agua con sus preguntas.
    –No creo que Fernanda sea capaz de amar a Broyz. La diferencia de edad es un obstáculo, sin duda, pero estimo que ella no consigue olvidar al finado y sólo busca a través de Broyz acceder a las riquezas que el testamento le escatima.
    Habían pasado algunos días sin lluvias en el pueblo y el camino estaba flojo, de manera que las ruedas del carro levantaban gruesas nubes de polvo.
    –De todas formas –continuó el inglés– tengo entendido que Fernanda y Broyz han de casarse pronto. Quién lo diría...
    Los caballos aminoraban su marcha y el cochero anunció desde el pescante:
    –Vila Natal. Hemos llegado.
    Luis Agua tomó su valija y se apeó primero. Después de ayudar al inglés, le tendió un saludo en señal de despedida.
    –Ha sido un placer. Espero verlo otra vez a mi regreso.
    –¿Cómo? ¿Se marcha? –preguntó míster Roger–. Acaba de llegar al pueblo y ya se va...
    –En verdad me iré mañana por la tarde respondió Agua y mencionó sus intenciones de radicarse en la aldea.
    –¿Radicarse aquí? ¡Qué bien! ¿Y dónde piensa pernoctar hoy?
    –Por cierto –dijo Agua– necesito que usted me recomiende alguna pensión.
    –¡Pensión! –exclamó míster Roger y empezó a reír–. En este pueblo no hay pensiones... como no hay tantas otras cosas.
    Entonces, al advertir el desconcierto de Agua, el inglés propuso:
    –Por favor, permítame hospedarlo esta noche.
    Luis Agua no podía sino aceptar, y ambos marcharon a pie a lo del inglés.
    –Ah, le encantará esta aldea. Sí, señor, es una acertada elección la suya de radicarse aquí. Y creo que puedo recomendarle algunas viviendas ideales para usted: pequeñas pero bien acondicionadas. El único inconveniente, me temo, es que son muchas las viviendas precarias y muy pocas las realmente confortables.
    Agua respondió que le bastaba con alquilar una habitación.
    –Eso está muy bien –dijo el inglés–. Por el mismo dinero que cuesta un cuarto de pensión en Coimbra, podrá conseguir albergue aquí, en un hogar distinguido. Podría ser en esta misma casa, ¿qué le parece?
    Tanto hablaba míster Roger que recién al día siguiente, durante el almuerzo, Luis Agua pudo contarle de su trabajo en la compañía eléctrica.
    –Qué interesante –exclamó el inglés–. Su llegada será como la llegada del progreso.
    –No es para tanto –dijo Agua, ruborizándose–. Además, no puedo instalarme todavía. Primero debo recorrer otros poblados por motivos de negocios, y a mi vuelta, estimo que en tres o cuatro meses, alquilaré una habitación en alguna casa.

 

de "Agua", novela de Eduardo Berti publicada por Tusquets. © 1997 Eduardo Berti.

 

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