|
TALENTOSA REESCRITURA
La historia dos veces contada
 |
LA MUJER DE WAKEFIELD
Por Eduardo Berti
(Tusquets)-247 páginas |
Nathaniel Hawthorne escribió un relato, Wakefield, la "historia conjetural" de un desterrado, considerado unánimemente,
es decir, por Borges, como el más grande y perfecto artilugio
narrativo de la historia, antecesor directo de los relatos de
Melville y Franz Kafka. Wakefield es un hombre sosegado, vanidoso,
egoísta, propenso a crear misterios pueriles, a guardar secretos
insignificantes; un hombre imaginativo, capaz de largas y vagas
meditaciones. Un día dice a su mujer que va a emprender un viaje
de negocios y que regresará en dos días. La mujer, que lo sabe
propenso a misterios inofensivos, no le pregunta las razones del
viaje. Wakefield sale de su casa con la intención más o menos
firme de inquietar a su esposa faltando una semana entera de casa.
Llega entonces al alojamiento que tenía listo, a la vuelta de
su casa, sonríe y da por concluido el viaje. Duda, se felicita,
teme que lo hayan visto y lo denuncien. Duerme. Al día siguiente
se pregunta qué va a hacer. Sabe que tiene algún propósito, pero
le cuesta definirlo. Finalmente descubre que su propósito es averiguar
la impresión que causará una semana de viudez en la ejemplar señora
Wakefield. La curiosidad lo impulsa hacia la calle. Camina, se
distrae, y de pronto se da cuenta de que la costumbre lo ha llevado
hasta su propia puerta. Retrocede. Entonces comienza la gran aventura
que lo mantendrá alejado de ella veinte largos años: cambia de
ropa, adquiere una peluca rojiza y establece una nueva rutina.
Lo aqueja la sospecha de que su ausencia no ha transformado lo
suficiente a la señora Wakefield. Decide no volver hasta haberle
dado un buen susto. Un día ve entrar en su casa al médico. Pospone
su reaparición, temiendo por la salud de su esposa. El tiempo
pasa. Una tarde Wakefield mira su casa. A través de la ventana
ve que en el primer piso han encendido el fuego. Comienza a llover.
Le parece ridículo mojarse cuando ahí tiene su casa, su hogar.
Sube las escaleras y abre la puerta. Han pasado veinte años desde
su "desaparición". En un momento del relato Hawthorne se lamentaba:
"¡Ojalá tuviera que escribir un libro en lugar de un artículo
de una docena de páginas! Entonces podría ilustrar cómo una influencia
que escapa a nuestro control pone su poderosa mano en cada uno
de nuestros actos, y cómo urde sus consecuencias un férreo tejido
de necesidad". Berti parece encontrar allí, en la tarea de hacer
realidad el sueño de Hawthorne, la razón de ser de este libro
admirable, y lleva a cabo un ejercicio de ampliación, o mejor,
de agigantamiento de la trama, estableciendo el punto de vista
de su narrador en las mismas circunstancias, pero prestando más
atención a lo que ocurre dentro de la casa, donde Elizabeth Wakefield "espera" su regreso. La
vuelta de tuerca, como un ejemplar desencadenamiento mecánico,
está dado por el hecho de que si en el relato de Hawthorne la
señora Wakefield aparecía sumisa y sencillamente expectante, en
el de Berti su voluntad cobra mayor relevancia, habiendo descubierto
a los pocos días de su "desaparición" la secreta morada del marido.
El éxito de la operación no tiene muchos precedentes. Orson Welles
había recurrido, con El proceso, de Kafka, a una obsesiva literalidad que concluía abandonando
a su héroe, Joseph K., en los brazos de la rebeldía, don éste
que Kafka no sólo no le había en ningún momento adjudicado, sino
que, probablemente, ni siquiera había conseguido imaginar para
él. En La mujer de Wakefield, al mismo tiempo, se agiganta el entorno, la compañía irrelevante
del relato: Amelia (la criada), Franklin (el paje), Georgiana
(la hermana de Elizabeth), Dorothy (la madre de Franklin), Ashley
(el cuñado de Elizabeth). El espectro histórico, como un espejismo,
contamina la trama: en plena carrera de industrialización cobran
importancia los ludditas, los obreros destructores de las máquinas
que los habían dejado sin trabajo. Hay un viraje sutil, una puesta
en marcha de otra "máquina" que echa a andar la historia en una
carrera loca. Si toda reescritura carga consigo una "angustia
de las influencias", Berti no sólo sale victorioso del trance,
sino que lleva las cosas al punto de hacer del maravilloso relato
de Hawthorne un sucedáneo, una continuación, una segunda parte.
Esta teoría se confirma con las palabras que cierran la novela:
"Alguien dirá otras tantas cosas, casi las mismas pero diferentes,
porque si toda historia (...) todavía está por escribirse, la
que acaba de ocupar este libro muy pronto ha de tornarse -si no
ha ocurrido ya- en una historia dos veces contada". Berti hace
en esa frase final alusión directa al libro Twice Told Tales (Historias dos veces contadas), en el que Hawthorne incluyó, en 1837, el relato en cuestión.
Hubo que esperar 162 años para saber la verdad, para ser testigos
de una coreografía de la viudez, que sólo aspira a no levantar
sospechas de las visitas de un reverendo que si algo tiene son
pretenciones matrimoniales y no deseos de purificar almas.
Pero lo verdaderamente mágico, lo que por definición debía seguir
siendo inexplicable, sigue en pie: ¿qué llevó a Wakefield a abandonar
su casa? Nunca lo sabremos. Y si en el relato de Hawthorne el
narrador abandonaba a su suerte al personaje una vez que, veinte
años después, volvía a atravesar el umbral de su casa para refugiarse
al lado de su mujer, junto al fuego, sin hacer referencia a su
destino ulterior (Hawthorne deja adivinar que, en cierto sentido,
cuando Wakefield vuelve a su casa ya está muerto) en la novela
de Berti éste seguirá siendo el poseedor de un secreto que llevará
consigo a la tumba. Berti se toma la libertad (¿y para qué sirve
la literatura sino para tomarse libertades?) de dotar a la sumisa
actriz secundaria del relato original de un papel protagónico
y de modificar drástica, magistralmente, el final de la historia.orges
decía que Wakefield prefiguraba a Kafka. Si Kafka hubiera escrito
esta historia, Wakefield no hubiera conseguido, jamás, volver
a su casa. Hawthorne le permitía volver. Berti, discípulo declarado
de los dos, también, pero su vuelta es mucho más atroz que su
larga e inexplicable ausencia.
GUILLERMO PIRO
|