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Recreación del cuento del escritor norteamericano
La pista de Hawthorne
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LA MUJER DE WAKEFIELD
Por Eduardo Berti
(Tusquets)-247 páginas |
En el juego literario, el recurso a claves ocultas suele ser uno
de los atractivos que intrigan y operan como acicates para el
interés de la lectura. Pero hay autores que, desde el vamos, desdeñan
frágiles ardides y pasan a señalar las pistas sobre las que levantaron
sus obras. En Jugar en serio. Aventuras de Borges, libro póstumo de Ezequiel de Olaso, el recordado filósofo señalaba
un rasgo decisivo en la obra del autor de El Aleph: el ejercicio artístico de la reescritura. Pues bien, a esa tendencia
pareciera sumarse el joven escritor Eduardo Berti. En La mujer de Wakefield, no hace nada más (ni nada menos, y esto está explícitamente sentado)
que retomar la historia planteada por Hawthorne en el texto ya
clásico en que se relata la historia de un hombre que parte de
su casa para entregarse, cerca de ella, a una vida distinta.
Sobre ese andarivel, Berti, autor de la novela Agua (1997) que tuvo buena acogida, traza los días que le tocan vivir
a la señora Elizabeth Wakefield cuando Charles, su marido, después
de diez años de apacible matrimonio, le dice con calma: "A propósito,
esta misma noche debo partir en viaje de negocios, no creo que
vuelva antes del viernes". Y abandona su casa... por veinte años.
Pero si la historia es similar a la de Hawthorne, ahora lo que
importa -en la versión bertiana- es la mirada de la mujer.
Todo sucede en la segunda década del siglo XIX: las costumbres
son distintas, las mujeres apenas si están enteradas de las cuestiones
en que andan los maridos, la prudencia y el pudor conllevan un
régimen de silencio y ocultamiento que Elizabeth cumple religiosamente
a lo largo de los meses. Si primero pesan sobre su ánimo leves
sospechas que se acentúan con el paso del tiempo, pronto ya no
cabe más que una única certeza: el marido se ha marchado para
no volver. Cuando la señora Wakefield descubre el paradero de
su esposo (en una casa vecina y semioculto tras una peluca colorada),
no son muchas las cosas que pueden cambiar. Y siguen los días,
entre las reflexiones que le provocan las mutaciones del alma
y de la vida, que vuelca en su diario, el acomodamiento a las
circunstancias, los problemas coyunturales con la familia y el
servicio. Hasta que llega a su fin la furtiva errancia marital
y existencial de Wakefield.
Inútil sería plantear divergencias, puntos de contacto y actualizaciones
(como la intromisión de bandas de jóvenes contestatarios que destrozan
las máquinas de las fábricas que los han dejado sin trabajo) de
esta novela respecto del cuento que la inspiró. Sí debe decirse
que, dueño de una manera de narrar coloquial, serena e intimista,
lejos de toda incontinencia verbal u otras tentaciones lamentables,
Berti consigue que la historia se deslice sin estridencias y con
notable encanto. Por lo demás, pinta el alma de una mujer y una
época. Si por ahí llega a cansar el repetido "estimado lector"
al que recurre, la apelación conlleva un tono de complicidad acertado.
En muchos momentos, La mujer de Wakefield trae el eco de Seda, aquella novela tan buena de Alessandro Baricco. Pero este vago
parentesco no hace más que poner de relieve los quilates de este
último libro de Eduardo Berti, escritor en el cual, sin duda,
hay que reparar.
María Esther de Miguel
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