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porqué los suizos no son trágicos
En mi primera visita a Ginebra había entendido por qué el pueblo suizo es ajeno a la tragedia: es imposible ser trágico en medio de tanta pulcritud, puntualidad y silencio. No en vano, los griegos y los romanos son ruidosos e impuntuales. Sin embargo, más allá de la higiene, el tiempo y los gritos, había una razón más profunda que justificaba ese divorcio. En aquella primera visita no la descubrí. A orillas del Leman contemplé el persistente chorro de agua que, con puntualidad helvética, salía del centro del lago, y caminé las calles de la ville, controlando cada paso, por temor a ensuciarlas. A poco de andar comprendí que detrás de la cortesía los suizos vigilaban mis movimientos: dispuestos a no perdonarme la mínima desprolijidad. En la pulcritud y en el orden eran idénticos a los bancos que habían fundado; como los bancos, carecían de emoción. Nuevas transacciones comerciales me hicieron regresar y, como la primera vez, anduve por sus calles, incluso caí en el lugar común de navegar el Leman a bordo de un bateau. Esas nuevas visitas me confirmaron la ausencia de tragedia, pero no la razón última de esa ausencia.
Ahora, por fin, frente a la puerta del Hotel Moderne, un descolorido afiche de Guillermo Tell mágicamente me daba la respuesta: la puntería del arquero había condenado al pueblo suizo. La historia esta plagada de intentos filicidas que modificaron culturas y pueblos: Moisés y Edipo tuvieron que salvarse de padres depredadores. Gracias a la generosidad de la hija del Faraón y al humanismo de Polibo, rey de Corinto, hoy sabemos de un Dios único y verdadero y sufrimos un complejo milenario. No fue fácil: Moisés tuvo que contentarse con ver la Tierra Prometida desde el Monte Nebo y Edipo se clavó en los ojos los broches de oro de Yocasta para no contemplar la catástrofe que había provocado. Fueron dos hechos calamitosos que Guillermo, prisionero de Gessler, no habrá tenido en cuenta cuando aceptó el desafío. Puntual y preciso, helvético al fin, Guillermo Tell clavó la flecha en mitad de la manzana y no en la frente de Guillermito, como tendría que haber sido. El pueblo suizo ganó un héroe hollywoodense, pero perdió sus posibilidades de ser trágico: se hizo bancario, fabricante de relojes, chocolates y quesos...
[vuelta al capítulo VI]
del capítulo V del libro "Sucesos Argentinos", de Vicente Battista. © 1995 Editorial Planeta, Buenos Aires.
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