fragmentos de:
Sucesos Argentinos

de Vicente Battista



VI


ABRI LA PUERTA. Todo estaba igual a como lo había dejado, acaso con algo más de polvo. La señora de la limpieza se haría cargo del polvo, yo tendría que hacerme cargo de la soledad. Fuera donde fuera, hiciera lo que hiciese, esto era lo que encontraría al volver. Dos sobres me esperaban en el piso; estaban franqueados, los habían arrojado por debajo de la puerta. Uno era de Mayte, madrileña, casada, infiel. Habíamos decidido repetir nuestra aventura de Madrid y planificamos un fin de semana en la Costa Brava, Tossa de Mar y un largo paseo por la ciudad fortificada. Mayte en pocas líneas explicaba la imposibilidad de su viaje, que otra vez sería, había dibujado dos palomas y había escrito «te quiero», más por costumbre que por sentimiento. Me consolé pensando que nunca segundas partes fueron buenas. Rompí la carta y le presté atención al otro sobre. Era de cierta sociedad evangélica, me trataban de hermano, y se empeñaban en explicar todos los beneficios que obtendría si de una vez por todas aceptaba a Dios Padre, único y verdadero. Me eché a reír, leí un par de veces la propuesta, pero seguí tan ateo como siempre. Me abandonaba Mayte y en su lugar me ofrecían a Dios, no me interesaba el cambio. Rompí la carta y por un instante pensé si no me estaría condenando al fuego eterno. Lo mejor era apagarlo con un buen whisky, me serví una buena medida, me quité los zapatos y caí sobre el sillón, con la mirada fija en el teléfono. «Es tiempo de que suenes», le dije y esperé a que se cumpliera la orden. Cuando sonó la campanilla creí que era una alucinación auditiva, pero el teléfono chirriaba real y cercano. Levanté el auricular con la secreta esperanza de oír la ignota voz de Dios: los evangelistas eran capaces de llegar de cualquier forma. Era Jordi.
    ­Benvingut ­dijo .
    ­Pensé que eras Dios ­dije.
    ­Soy Dios. Los miércoles, al caer la noche, adopto mi versión catalana. ¿Cuándo llegaste?
    Le dije que hacía apenas unos minutos, que lo de Mayte se había pinchado y que unos evangelistas habían decidido utilizar el correo para traerme el mensaje de Dios. Dije que el correo funcionó bien, pero el mensaje no y que en ese momento estaba descalzo, bebiendo un whisky.
    ­Buscando un pecho fraterno donde morir abrazado ­ dijo Jordi.
    ­Nada de eso, lo de Ginebra fue diez puntos. Conocí a un italiano cojonudo y, por fin, descubrí por qué los suizos no son trágicos.
    Pidió que se lo explicara y le dije que las grandes ideas nunca se dicen por teléfono, sólo personalmente o por carta. Le recordé las epístolas de Pablo y dije que no me iba a demorar en ejemplos de correspondencia que habían modificado la historia de la humanidad.
    ­¿Sabés de alguna idea fundacional que se haya dicho por teléfono?­concluí.
    ­Fundacionales no, pero te puedo dar un buen número de destrucciones que se lograron con sólo coger el auricular: Hiroshima y Nagasaki, sin ir más lejos ­dijo­. Deberías volver a ver Hiroshima mon amour, no ha perdido interés.
    Le expliqué que estaba hablando de otra cosa, que tenía que revelarle algo importantísimo y que me negaba a hacerlo por teléfono. Propuso que nos encontrásemos en un barcito del Borne, una hora más tarde.
    ­¿Estás en condiciones?
    Dije que un buen baño me pondría cero kilómetro, que me sentía joven y fuerte. Dijo que no fuese gilipollas, que no era ni joven ni fuerte y que lo del baño habría que discutirlo. Aseguró que yo necesitaba un tónico especial, hecho de gin, ajenjo, azúcar, hielo y limón. Dijo que en ese barcito lo hacían como en ningún sitio, que no demorase en llegar.
    Nuevamente, Jordi tuvo razón. Mi cuerpo desnudo bajo la ducha no fue ni joven ni fuerte; nunca más lo sería. Tampoco era cierto que un buen baño me pudiese poner cero kilómetro. El tónico que me había prometido quizá lograra sacarme de la niebla en la que me había metido.
    El bar estaba casi vacío, descubrí a Jordi apoyado en la barra.
    ­Te llevo uno de ventaja­dijo­, puedo esperar a que me empates.
    ­Vengo cargado de casa­dije.
    ­Esto es otra cosa ­dijo y me acercó un vaso estrecho, contenía un líquido de color impreciso, hielo y una rodaja de limón.
    Era otra cosa. Primero sufrí un sacudón fuerte y frío, estuve por repudiar el brebaje, pero Jordi dijo que conservase la fe. No se equivocó: a la tercera vuelta ya había solucionado mis conflictos: me importaba poco la juventud perdida, me sentía fuerte y con ganas de hablar. Pedí una cuarta copa y pregoné mi teoría acerca del buen ojo y el buen pulso de Guillermo Tell. Termine la exposición, que se me antojó brillante, pero no advertí la menor sorpresa en Jordi.
    ­Eso ya lo ha dicho un escritor vuestro ­sentenció­, muy conocido, por cierto.
    ­¡Qué decís!
    ­Digo que a la hora de plagiar busques a alguien de menor fuste.
    Fue vano decirle que no era plagio. Fue vano decirle que podía ofrecerle innumerables casos de coincidencias históricas. Le dije que otro escritor, también de fuste, había dicho que de no haber existido él alguien hubiese escrito lo que él había escrito. Jordi, condescendiente, atribuyó la pobreza del argumento a mi alto contenido etílico. Dijo que esas cosas sólo se dicen en los reportajes. Insistió en que lo mío era un mero plagio.
    Decidí defender al plagio como una de las bellas artes. La forma más refinada, la más perfecta: Shakespeare copiando a la Corín Tellado de su época para conseguir Otelo. La quinta vuelta nos llevó a la conciliación, ya no sabíamos bien acerca de qué estábamos discutiendo. Brindamos como borrachos de ley. Jordi me preguntó por Ginebra.
    ­Ahora sería conveniente una cerveza­dije.
    ­Tu viaje a Suiza. ¿Cómo fue tu viaje a Suiza?
    ­¿Suiza?­dije­. Ojalá que los trabajos siempre fueran así.
    Ordené otra vuelta y eufórico le conté que todo había salido mejor de lo que yo esperaba. Le hablé de Marcello Di Renzo y le dije que habíamos ido a Aosta, a comer una polenta casi tan buena como la que hacía mi abuela. Estaba de verdad contento y no quería disimularlo. Ignoraba que aquello apenas había sido el prólogo de una historia no del todo feliz.
    ­Mañana a las once te esperan Lores y Verges ­dijo Jordi.
    ­Para pagarme el dinero que con tanta astucia he ganado ­dije y levanté el vaso.
    ­Prefiero ser inteligente a ser honrado ­dijo Jordi­. Yago ­agregó.
    Esa noche, en aquel barcito del Borne, yo aún me consideraba astuto.



X


­POR EL TEMA de las autopistas­repetí.
    Jordi seguía sin entender. Eran las once de la mañana y sólo habíamos bebido café, no se podía atribuir a un alcohol temprano...pidió que le explicase otra vez eso de las autopistas. Me armé de paciencia y comencé de nuevo. Dije que los militares que gobernaban mi país (ya era tiempo de nominarlo «mi país») habían resuelto encarar obras de gran envergadura, obras faraónicas.
    ­Esas que no se pueden dejar de ver desde cualquier sitio­expliqué­. Una vieja costumbre fascista: Hitler lo hizo en Alemania y Mussolini en Italia.
    [...]
    ­¿Tu problema es moral?­se sorprendió Jordi.
    ­No, sólo que no quiero hacer ese trabajo.
    ­Claro, y no te veo a ti como paleta, fratacho en mano, construyendo autopistas ­dijo.
    En ese momento descubrí que aún no le había contado cuál iba a ser mi papel en esta comedia de enredos. Le expliqué que el dinero que había llevado a Ginebra era apenas el primer acto.
    ­La obertura­dije­, si querés un ejemplo más musical.
    Le pregunté si recordaba al italiano de la polenta, el que me había llevado a aquella trattoria en Aosta. Marcello Di Renzo, dije, como si pronunciar el nombre fuese suficiente. Di Renzo, repetí, estaba listo para partir a Buenos Aires, pero lo pescó la Brigada de Delitos Monetarios y en lugar de aterrizar en Ezeiza fue a parar a la cárcel Modelo. Jordi dijo que lo sentía mucho y quiso saber qué tenía que ver yo con todo eso.
    ­Quieren que reemplace a Di Renzo ­dije­. Quieren que viaje a la Argentina.
    ­Todavía no sé en función de qué. Tu capacidad para el relato se ha deteriorado seriamente en estos últimos días ­dijo y echó whisky en dos copas, me alcanzó una­. Esto quizá te ayude.
    Bebí un trago y le expliqué que el gobierno argentino había llamado a una licitación internacional para la construcción de las autopistas. Lores y Verges representaban a una poderosa constructora que pensaba presentarse a esa licitación.
    ­En Buenos Aires tengo que ponerme bajo las órdenes de un pez gordo, ajustar con él los precios de la oferta y hacer los pactos necesarios hasta conseguir la adjudicación.
    ­Y el dinero depositado en Suiza serviría para acelerar los trámites ­dijo Jordi.
    ­Y aceitar a quien sea necesario ­completé­. No tengo ganas de viajar a mi país, y mucho menos de hacer ese trabajo.
    ­Niégate ­dijo Jordi.
    ­No puedo.
    ­¿Por qué no puedes decir que no?
    ­Porque me tienen agarrado...

[capítulo XXV]


del libro "Sucesos Argentinos", de Vicente Battista. © 1995 Vicente Battista. © 1995 Editorial Planeta, Buenos Aires.